LOGINMarcus ya estaba completamente vestido cuando salió del vestidor, pero aún llevaba en el cuerpo esa calma extraña que solo aparecía después de una noche compartida con Helena. No era una calma absoluta, porque Marcus nunca parecía del todo en paz, pero sí había algo distinto en él desde que ella estaba en su vida de esa manera: menos rígido, menos afilado, como si por momentos dejara de estar hecho solo de deber, estrategia y violencia contenida.El traje oscuro le quedaba impecable, la camisa apenas rozando la tensión de sus hombros, el reloj sujeto a la muñeca con la precisión de alguien que no perdía tiempo en banalidades. Iba a salir. Tenía un día largo por delante. El puerto lo esperaba al igual que el cargamento de los rusos.El negocio iba mejor de lo previsto.Ningún cargamento había sido interceptado en las últimas entregas, nadie había intentado desviar mercancía, y eso, en el mundo de Marcus, ya era casi una victoria. Una victoria pequeña, sí, pero suficiente para que el dí
Helena solo tomó asiento con toda la serenidad que pudo y comenzó a cenar con calma, como si no acabara de ser puesta en duda delante de todos. Su silencio, más que cualquier respuesta, hacía que las insinuaciones de William sonaran todavía más mezquinas.Marcus, a su lado, dejó los cubiertos sobre la mesa con una lentitud deliberada.—No tienes por qué preocuparte por mi esposa padre. —dijo, sin levantar demasiado la voz— De eso me ocupo yo.William alzó la vista de inmediato, crispado por el tono.—Marcus, yo solo——Helena estuvo conmigo —lo interrumpió él, con una tranquilidad que contenía una sonrisa apenas perceptible— Todo el día. En el muelle.La mesa quedó en silencio.Larry fue el primero en reaccionar, arqueando las cejas con sorpresa abierta, como si no esperara una confesión tan directa. Arthur, en cambio, no mostró demasiado, aunque su mirada se afiló con interés. Y es que había en la frase de Marcus algo más que una simple aclaración, más parecía una declaración de contr
Marcus había tratado de mantener la calma, guardar la compostura, cuidar su imagen y la de su esposa.Pero por supuesto era un hombre de carne y hueso, y de pronto el beso que le estaba dando a Helena subió de intensidad, sin siquiera percatarse las carpetas terminaron en el suelo, y el bello trasero de su esposa sobre el escritorio, aunque claro, sólo bastó con que un gemido, casi rozando el dolor saliera de los labios de Helena, para que Marcus recordara la lesión de su esposa, una que ya estaba curada, pero eso no quería decir, que el trasero de Helena pudiese brincar o presionarse sobre la madera de un escritorio.—No puedes culparme bebé, esto es tu culpa y deberás asumirla.Aseguró con la voz ronca Marcus, mientras aún estaba en el interior de Helena, salvo que, en esta ocasión, la sujeto de la cintura, y caminó con ella hasta una de las paredes, obligando a Helena a enroscar sus piernas en la cadera de Marcus.—Dios, Marcus.Lo felicitó Helena, y es que la postura, no solo ayud
Una vez dentro, Marcus cerró la puerta detrás de ellos y el ruido del puerto quedó amortiguado al instante. La oficina era pequeña, con un escritorio de madera oscura, varias carpetas apiladas y una silla que parecía haber sido usada durante años para resolver asuntos que no admitían testigos.Helena lo observó por un momento en silencio.Todavía estaba alterada por la forma en que había reaccionado. No solo por la amenaza en sí, sino por la facilidad con que Marcus había pasado del control absoluto al peligro puro. Había algo en él que podía cambiar de temperatura en un parpadeo. Y eso, lejos de asustarla del todo, le resultaba extrañamente magnético.—No tenías que hacer eso —dijo ella al fin, aunque no sonó a reproche.Marcus se quitó un guante, lo dejó sobre el escritorio y la miró directamente.—Sí tenía.—Iba a hablar yo.—Lo sé.Helena frunció apenas el ceño.—Entonces ¿por qué te adelantaste?Marcus se apoyó en el borde del escritorio, cruzando los brazos.—Porque no me gusta
Helena no se marchó.Permaneció en la oficina lateral, de pie junto a la ventana estrecha que daba al muelle, mientras Marcus retomaba el trabajo como si su sola presencia no hubiera alterado por completo el aire de aquel lugar. Pero sí lo había hecho. Ella podía sentirlo en la forma en que los hombres del puerto evitaban mirar hacia la construcción, en el silencio más obediente que se extendía cada vez que Marcus cruzaba entre ellos, en el modo en que incluso los más bravucones parecían enderezar la espalda en cuanto él aparecía.Desde allí, Helena observó una versión de su esposo que no conocía del todo.No era el hombre del comedor, ni el de la mansión, ni el que hablaba poco y sostenía demasiado con la mirada. Aquí, entre contenedores, madera húmeda, acero oxidado y cargamentos cubiertos con lonas oscuras, Marcus parecía ocupar un lugar distinto. Más afilado. Más exacto. Cada gesto suyo tenía un propósito. Cada palabra, cuando la decía, movía a los otros hombres con una facilidad
Apenas cruzó el perímetro del galpón, varios hombres de la familia Jackson la notaron. Algunos bajaron la vista enseguida, por respeto o por miedo al reconocer que el custodio que iba al lado de la mujer era uno de los hombres de confianza de Marcus. Otros, sin embargo, se quedaron mirándola con una descarada falta de pudor.Helena sintió el peso de esas miradas como si fueran manos ajenas.Era hermosa, sí. Lo sabía, y quizás por ello no necesitaba que nadie que ella no quisiera, se lo hiciera saber. Pero además el vestido que llevaba, aunque recatado y cayendo hasta la rodilla, marcaba su figura con una discreción que esos hombres no parecían interesados en respetar. Hasta que de pronto las miradas se volvieron comentarios y los comentarios, en halagos vulgares, hasta tal punto que los halagos pronto se ensuciaron de una familiaridad obscena que le hizo tensar la mandíbula.—Ese tipo de hembras no suelen venir por aquí… quizás está buscando un hombre que la haga llorar y no precisame







