FAZER LOGINPOV — CAMILA
La búsqueda fue un laberinto que tragaba horas. León montó equipos, Martín abrió rutas, Santiago recorrió kilómetros. Yo revisaba mapas, escuchaba reportes, llamaba a contactos y volvía a escuchar el mismo resultado: callejón sin salida. Cada pista terminaba en un punto muerto: un hotel cerrado, una pista privada sin manifestación, un teléfono que cortaba. Era como perseguir hu
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo dulce de las forjas.Los campos, que una vez conocieron el fuego, ahora producen cosechas abundantes, gracias a los canales que Carlos y yo diseñamos, inspirados en recuerdos de un mundo antiguo con máquinas y agua domada. La medicina que trajimos de nuestras mentes modernas—ungüentos para heridas, infusiones para fiebres, hospitales en cada rincón del imperio—ha salvado miles de vidas. Los aldeanos me llaman "la emperatriz de la vida", pero sé que cada logro lleva el amor que Carlos y yo vertimos
Han pasado dos meses desde que di a luz a Ethan, Liam y Noah, y el palacio de Zafir se siente más vivo que nunca. Esta mañana, con el sol calentando el jardín y el aire oliendo a hierba fresca y jazmín, saqué a los trillizos a tomar el sol por primera vez desde mi cuarentena. Los coloqué en una manta suave bajo un roble, sus cunas portátiles a un lado, sus respiraciones tranquilas mientras dormían. Ethan, con su cabello negro, se removía un poco; Liam, de ojos azules, tenía un puño cerrado; Noah, mi pequeño rubio, parecía soñar, su rostro sereno. Los miraba, mi corazón hinchado de amor, un amor tan grande que apenas cabía en mi pecho. Desde un extremo del jardín, las risas de Lila y Mara llenaban el aire, sus trenzas castañas rebotando mientras corrían, perseguidas por Carlos. Él, con su túnica negra desabotonada, fingía tropezar para dejarlas ganar, sus carcajadas profundas uniéndose a las de ellas. Verlo así, libre y feliz, hacía que mi alma se sintiera completa.Sentada en la manta
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos, su rostro cansado pero iluminado por una sonrisa inmediata. "Ya voy yo", murmuró, levantándose con cuidado. Tomó al bebé que lloraba, el de cabello negro y ojos cafés, acunándolo contra su pecho. "Shh, Ethan, papá está aquí", dijo, su voz baja y cálida, meciéndolo hasta que el llanto se convirtió en gorgoteos. Alexandra sonrió, el corazón hinchado de amor, viendo cómo Carlos manejaba al pequeño con una ternura que la derretía. Ethan era el primero en nacer, el más pequeño, pero con un llanto fue
La barriga de Alexandra crecía cada día, redonda y pesada bajo sus túnicas, un recordatorio constante de la vida que llevaba dentro. Sentía las patadas, pequeños golpes que la hacían sonreír, aunque a veces, por su fuerza, se preguntaba si serían más de uno. En su cama, rodeada de mantas tejidas y el aroma a lavanda de las sábanas, se aferraba a la serenidad, al amor de Carlos y a las risas de Lila y Mara. Las gemelas, con sus vestidos de lino y trenzas castañas, trepaban a su lado, tocando su vientre con asombro. "¿Ya viene el bebé, mamá?", preguntaba Lila, sus ojos grandes. Alexandra reía, acariciando sus mejillas. "Pronto, pequeña." Carlos, siempre cerca, le traía infusiones para las fiebres o frutas para sus antojos, sus manos firmes sosteniendo las suyas. El palacio, con sus paredes de mármol y jardines fragantes, era un refugio de paz, aunque las fiebres de Alexandra la mantenían en reposo, tejiendo mantas de lana azul, blanca y rosa, soñando con el hijo que pronto conocería.Un
El palacio de Zafir, con sus torres negras brillando bajo el sol de otoño, vibraba con una energía nueva. Alexandra, aún emocionada por la noticia de su embarazo, sentía el corazón ligero, la promesa de la diosa resonando en su mente. Cada mañana, despertaba con una mano en su vientre, el calor de la vida creciendo dentro de ella.La rutina familiar seguía llenándola de alegría: levantarse al alba, el aire fresco colándose por las ventanas, y entrar en la habitación de Lila y Mara. Las gemelas, con sus trenzas castañas deshechas por el sueño, reían mientras Alexandra las ayudaba a ponerse vestidos de lino azul o rosa, cepillando su cabello con suavidad. Luego, los cuatro desayunaban en el jardín, bajo un roble frondoso, el aroma a pan caliente y miel mezclándose con el rocío. Carlos, con su túnica negra, hacía muecas para arrancar risas a las niñas, mientras Alexandra, en una túnica verde, observaba, su sonrisa ocultando los mareos matutinos que comenzaban a aparecer.El tiempo volaba
El palacio de Zafir despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma a pan fresco que se colaba desde las cocinas. Alexandra, en su nueva faceta como madre, encontraba una alegría que opacaba las habladurías de los nobles. Las murmuraciones de la corte, los susurros sobre las gemelas campesinas, se desvanecían ante la risa de Lila y Mara. Cada día, Alexandra se levantaba al alba, el cielo aún gris, y entraba en la habitación de las niñas, donde las camas con doseles blancos crujían bajo sus movimientos inquietos. Las despertaba con besos suaves, ayudándolas a ponerse vestidos de lino color lavanda o azul, cepillando sus trenzas castañas mientras ellas parloteaban sobre sueños de dragones y flores. Luego, los cuatro—Alexandra, Carlos, Lila y Mara—desayunaban en el jardín, bajo un roble que proyectaba sombras frescas. La mesa rebosaba de frutas, quesos y leche tibia, el aire oliendo a hierba húmeda y miel. Las niñas reían a carcajadas cuando Carlos fingía robarles un trozo







