INICIAR SESIÓNPOV: Camila
Flashback
Me paseaba emocionada por los corredores del palacio, agarrando la parte inferior de mi vestido preferido. Mi corazón latía con fuerza: iba a ver a mi esposo, el emperador. Aún mantenía la esperanza de que detrás de su rudeza pudiera haber algo de amor. Abrí con cuidado la puerta de sus habitaciones… y me detuve en seco.
Su voz. Grave. Familiar. Acompañada de otra voz femenina, dulce, que reía con complicidad.
—Será durante la cena —dijo él, sin saber que yo lo oía—. Nadie sospechará. El vino estará mezclado.
—¿Y si lo percibe? —preguntó la concubina.
—No lo hará. Confía demasiado en mí.
Mi sangre se volvió fría.
Planeaban asesinarme. Mi propio esposo. Mi emperador.
No lloré. No grité. Me quedé allí, recordando lo que no debía olvidar: en el juego del poder, incluso tu almohada puede convertirse en un arma.
Llegó la cena. Me ofrecieron dos copas. Mi mano no tembló al intercambiarlas.
Lo vi beber. La concubina también. Y mientras ellos se debatían en el suelo, envenenados por su ambición, me levanté con calma digna de un imperio.
“Nunca más vuelvan a subestimarme”, pensé antes de darles la espalda.
Desperté respirando con dificultad. La oscuridad de la habitación me hizo recordar que ya no estaba en Zafir. Ahora estaba en un nuevo lugar, rodeada de máquinas que hablaban, con mujeres que caminaban casi desnudas por las calles sin ningún tipo de vergüenza ni miedo. Aún me sorprendía ver cómo la audacia se había convertido en tendencia.
Suspiré. Aquí las batallas se libraban con discursos, entrevistas y sonrisas falsas. Pero en el fondo, era lo mismo: un imperio con un nuevo disfraz.
Muy temprano, Amelia llegó con su habitual puntualidad.
—Todo está preparado para la recaudación de fondos, señora.
Asentí. Ese desayuno reunía a las mujeres más poderosas del país. Políticas, empresarias, herederas de grandes fortunas. En Zafir lo habría llamado consejo de damas. Aquí tenía otro nombre, pero era lo mismo: poder vestido de seda. Me preparé para la batalla. Cabello suelto, vestido blanco impecable, tacones a juego. La elegancia del diseño decía sofisticación; la firmeza de mi caminar, con autoridad.
Al cruzar las puertas del salón, todas las miradas se posaron en mí. El murmullo cesó. Me saludaban con sonrisas, besos al aire y cumplidos vacíos. Yo respondía con gestos calculados, consciente de que cada inclinación de cabeza era un movimiento en el tablero.
Entre las asistentes, dos mujeres destacaban no por sus joyas, sino por sus miradas. Me observaban con desaprobación, casi con odio. Sonreí para mis adentros: podía percibir la envidia desde lejos.
Y ahí estaba Ángela, como siempre, envolviendo el ambiente con su perfume dulce y su vestido atrevido. Esperaba su ataque, y no tardó en llegar.
—Primera Dama —exclamó en voz alta, asegurándose de ser escuchada—. Qué sorpresa verte tan… diferente. No me malinterpretes, antes te veías más como abuela.
Las risas ahogadas de un par de mujeres confirmaron su intención.
Me giré lentamente hacia ella, levantando una ceja levemente.
—Ángela, querida. Qué amable de tu parte, pero vestía con decencia y decoro, pero por supuesto, que no sabes qué es eso, tu experiencia es en la cama del presidente.
Un murmullo de diversión recorrió la mesa. La sonrisa de Ángela se volvió tensa.
—Debo ser mejor que usted, para me acepte en su cama y a usted ni la mire.
—Tienes razón. —Me incliné un poco hacia adelante, con un tono suave pero afilado—Y si soy yo la que no lo quiere cerca y por eso se conforma con cualquier cosa.
Las risitas silenciosas de las invitadas hicieron claro quién había ganado. Ángela se hundió en su asiento, masticando su propia amargura.
El resto del desayuno fue fluido y tranquilo. Presenté mi idea, hablé sobre la tragedia de las inundaciones y de la necesidad de actuar. Cada palabra mezclaba el porte de una emperatriz y el lenguaje contemporáneo de una primera dama. Cuando terminé, logré lo que parecía imposible: no solo recaudamos una cantidad récord, también atraje la atención de los medios que deseaban entrevistarme en ese instante.
Sonreí a las cámaras, pedí unidad, animé a donar. No mencioné política, hablé de humanidad. Un arma mucho más poderosa. Cuando las luces se apagaron, las sonrisas cambiaron de matiz. Algunas mujeres aplaudieron; otras me miraron con resentimiento reprimido. El monstruo de la envidia había despertado. Una mujer mayor se acercó. Tenía la autoridad de quien dirige y la elegancia de quien no necesita demostrar nada.
—Te ves muy bien, Primera Dama —me dijo, estrechándole la mano—. El cambio te queda fenomenal. Ahora sí tenemos una primera dama.
Le mantuve la mirada.
—Siempre la tuvieron. Solo que antes prefería permanecer en silencio.
Ella sonrió con complicidad y se fue.
De regreso a mis habitaciones, intenté descansar. Pero el sonido del teléfono rompió mi tranquilidad. Un mensaje.
De Ángela.
“Tu esposo quiere verte. Dirígete a la habitación principal. Necesitamos hablar.”
Rodé los ojos. Qué molestia. Pero sería divertido molestarlo un poco, así que fui. La puerta estaba entreabierta. Empujé y entré, pero la cama estaba vacía. Hasta que escuché risas suaves y chapoteos que venían del baño, me acerqué. Y allí estaban: Carlos, mi esposo, y Ángela, su serpiente de confianza, enredados en la bañera como animales.
Pateé la puerta con fuerza.
—Interrumpo.
Carlos se sonrojó de inmediato.
—¡Camila! ¿Qué haces aquí?
—Me enviaste un mensaje. Vine a ver de qué se trataba.
—Yo no te mandé nada. Debes haber entendido mal.
Lo miré con una calma glacial.
—No, Carlos. El que está confundido eres tú.
Lo señalé con la mano.
—¿Podrías dejarnos solas un momento? Necesito hablar con tu asistente.
—¿Qué? ¿Estás loca?
—Sal. —Mi voz bajó un tono, tan fría que lo obligó a moverse.
Carlos salió, cubriéndose apenas con una toalla, murmurando algo que no escuché ni me importó. Me acerqué despacio a la tina. Ángela se acomodó en el agua, intentando sonreír con malicia.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué harás ahora?
La miré de arriba abajo.
—Desde niña me enseñaron a lidiar con mujeres como tú.
—¿Mujeres como yo? —replicó con burla.
—Fáciles. Que creen que con meterse en la cama de un hombre conseguirán el poder. Pero yo no soy “una mujer”. Soy una emperatriz. Y sé cómo se juega de verdad.
Di una vuelta alrededor de la tina. Mis tacones resonaban contra el mármol, cada paso más lento, más calculado. Tomé el secador de cabello que descansaba en el tocador. Lo encendí. El zumbido llenó la habitación.
Ángela abrió los ojos, sorprendida.
—¿Qué… qué haces?
Sonreí.
—Ayer vi un programa muy curioso. Se llamaba Mil formas de morir. Aprendí que, si dejo caer esto dentro de la tina, morirías en segundos.
Su respiración se agitó.
—No te atreverías. Irías a la cárcel.
—¿Presión? No, querida. Lo llamarían accidente.
Y, sin apartar la mirada, solté el secador.
El ruido del golpe contra el agua fue lo único que se escuchó, la luz fallo un momento, luego, los espasmos. La serpiente agitándose, sacudiéndose, hasta quedar inmóvil.
Silencio.
Me senté en la orilla de la tina un momento mirando el agua turbia, los cabellos flotando como algas.
—Que disfrutes el infierno, me saludas al diablo y dile que me encanta esta segunda oportunidad.
Luego apagué la luz del baño y me giré.
Una menos.
Me falta mi esposo.
Salí del baño con la misma calma con la que un general abandona un campo de batalla ganado. Y sonreí, Alexandra estaba de vuelta.
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo dulce de las forjas.Los campos, que una vez conocieron el fuego, ahora producen cosechas abundantes, gracias a los canales que Carlos y yo diseñamos, inspirados en recuerdos de un mundo antiguo con máquinas y agua domada. La medicina que trajimos de nuestras mentes modernas—ungüentos para heridas, infusiones para fiebres, hospitales en cada rincón del imperio—ha salvado miles de vidas. Los aldeanos me llaman "la emperatriz de la vida", pero sé que cada logro lleva el amor que Carlos y yo vertimos
Han pasado dos meses desde que di a luz a Ethan, Liam y Noah, y el palacio de Zafir se siente más vivo que nunca. Esta mañana, con el sol calentando el jardín y el aire oliendo a hierba fresca y jazmín, saqué a los trillizos a tomar el sol por primera vez desde mi cuarentena. Los coloqué en una manta suave bajo un roble, sus cunas portátiles a un lado, sus respiraciones tranquilas mientras dormían. Ethan, con su cabello negro, se removía un poco; Liam, de ojos azules, tenía un puño cerrado; Noah, mi pequeño rubio, parecía soñar, su rostro sereno. Los miraba, mi corazón hinchado de amor, un amor tan grande que apenas cabía en mi pecho. Desde un extremo del jardín, las risas de Lila y Mara llenaban el aire, sus trenzas castañas rebotando mientras corrían, perseguidas por Carlos. Él, con su túnica negra desabotonada, fingía tropezar para dejarlas ganar, sus carcajadas profundas uniéndose a las de ellas. Verlo así, libre y feliz, hacía que mi alma se sintiera completa.Sentada en la manta
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos, su rostro cansado pero iluminado por una sonrisa inmediata. "Ya voy yo", murmuró, levantándose con cuidado. Tomó al bebé que lloraba, el de cabello negro y ojos cafés, acunándolo contra su pecho. "Shh, Ethan, papá está aquí", dijo, su voz baja y cálida, meciéndolo hasta que el llanto se convirtió en gorgoteos. Alexandra sonrió, el corazón hinchado de amor, viendo cómo Carlos manejaba al pequeño con una ternura que la derretía. Ethan era el primero en nacer, el más pequeño, pero con un llanto fue
La barriga de Alexandra crecía cada día, redonda y pesada bajo sus túnicas, un recordatorio constante de la vida que llevaba dentro. Sentía las patadas, pequeños golpes que la hacían sonreír, aunque a veces, por su fuerza, se preguntaba si serían más de uno. En su cama, rodeada de mantas tejidas y el aroma a lavanda de las sábanas, se aferraba a la serenidad, al amor de Carlos y a las risas de Lila y Mara. Las gemelas, con sus vestidos de lino y trenzas castañas, trepaban a su lado, tocando su vientre con asombro. "¿Ya viene el bebé, mamá?", preguntaba Lila, sus ojos grandes. Alexandra reía, acariciando sus mejillas. "Pronto, pequeña." Carlos, siempre cerca, le traía infusiones para las fiebres o frutas para sus antojos, sus manos firmes sosteniendo las suyas. El palacio, con sus paredes de mármol y jardines fragantes, era un refugio de paz, aunque las fiebres de Alexandra la mantenían en reposo, tejiendo mantas de lana azul, blanca y rosa, soñando con el hijo que pronto conocería.Un
El palacio de Zafir, con sus torres negras brillando bajo el sol de otoño, vibraba con una energía nueva. Alexandra, aún emocionada por la noticia de su embarazo, sentía el corazón ligero, la promesa de la diosa resonando en su mente. Cada mañana, despertaba con una mano en su vientre, el calor de la vida creciendo dentro de ella.La rutina familiar seguía llenándola de alegría: levantarse al alba, el aire fresco colándose por las ventanas, y entrar en la habitación de Lila y Mara. Las gemelas, con sus trenzas castañas deshechas por el sueño, reían mientras Alexandra las ayudaba a ponerse vestidos de lino azul o rosa, cepillando su cabello con suavidad. Luego, los cuatro desayunaban en el jardín, bajo un roble frondoso, el aroma a pan caliente y miel mezclándose con el rocío. Carlos, con su túnica negra, hacía muecas para arrancar risas a las niñas, mientras Alexandra, en una túnica verde, observaba, su sonrisa ocultando los mareos matutinos que comenzaban a aparecer.El tiempo volaba
El palacio de Zafir despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma a pan fresco que se colaba desde las cocinas. Alexandra, en su nueva faceta como madre, encontraba una alegría que opacaba las habladurías de los nobles. Las murmuraciones de la corte, los susurros sobre las gemelas campesinas, se desvanecían ante la risa de Lila y Mara. Cada día, Alexandra se levantaba al alba, el cielo aún gris, y entraba en la habitación de las niñas, donde las camas con doseles blancos crujían bajo sus movimientos inquietos. Las despertaba con besos suaves, ayudándolas a ponerse vestidos de lino color lavanda o azul, cepillando sus trenzas castañas mientras ellas parloteaban sobre sueños de dragones y flores. Luego, los cuatro—Alexandra, Carlos, Lila y Mara—desayunaban en el jardín, bajo un roble que proyectaba sombras frescas. La mesa rebosaba de frutas, quesos y leche tibia, el aire oliendo a hierba húmeda y miel. Las niñas reían a carcajadas cuando Carlos fingía robarles un trozo







