FAZER LOGINPOV: Camila
Al salir del baño vi a Carlos en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, los codos en las piernas y la mirada distante. Cuando me notó, levantó la vista con una expresión extraña que mezclaba desconfianza y temor.
—¿Qué hiciste con Ángela? —inquirió de forma directa, con una voz tensa.
Me quedé quieta frente a él, acomodando lentamente un mechón de pelo detrás de mi oído.
—Nada —respondí tranquilamente—. ¿Te molestaría si realmente hubiera hecho algo con tu amante?
Su mandíbula se puso rígida.
—Camila, conoce tus límites, estas pasando una línea sin retorno y no me agrada tu comportamiento.
Me incliné más cerca, fijando mis ojos en los suyos.
—No me importa si te gusta mi comportamiento o no. Solo quiero advertirte de algo: esta noche no podrás seguir jugando con tu zorra.
Sus cejas se arrugaron.
—¿Qué estás insinuando?
Dejé escapar una sonrisa, lenta y llena de veneno.
—Hice zorra rostizada.
Él parpadeó, sorprendido.
—No comprendo…
—Es simple. —Me volteé y di unos pasos hacia el espejo, disfrutando de la tensión—. Sin querer, un secador encendido se me cayó en la tina. ¿Lo puedes creer? —Lo miré a través del reflejo—. Pero como tú manejas tan bien los accidentes, supongo que esto no te resultará difícil de ocultar.
Su cara se puso pálida.
—Tú… no…
—Oh, Carlos. —Solté una risa fría—. Estoy emocionada por conocer a tu próxima amante. Todavía tengo novecientas noventa y nueve formas más que probar.
Se levantó de repente, con los ojos muy abiertos.
—¿Estás loca?
Me acerqué despacio, casi tocando su hombro al pasar.
—Buenas noches, querido. Que tengas sueños dulces.
Lo dejé ahí, paralizado. Cerré la puerta de la habitación y, segundos después, escuché el estruendo de sus pasos apresurados hacia el baño. No me preocupó. Esa noche dormí maravillosamente.
*
*
A la mañana siguiente, los pasillos se sentían diferentes. El aire estaba lleno de un murmullo imperceptible: miedo, rumores, tal vez respeto. No lo sabía. Pero me gustaba.
Amelia fue la única que tuvo el valor para acercarse.
—¿Se enteró, señora?
Levanté la mirada de mi café.
—¿De qué?
—Encontraron muerta a Ángela. —Bajó la voz—. Al parecer… se electrocutó en la tina.
Me recosté en la silla, sin inmutarme.
—No me interesa. ¿Tienes mi agenda del día?
Ella dudó, como si esperara un comentario más. Pero al ver mi expresión, asintió rápidamente.
—Sí, señora.
Esa mañana fui a un refugio temporal.
El olor a barro, humedad y sudor me golpeó en cuanto bajé del auto. El lugar estaba lleno de colchones viejos, ropa mojada y cuerpos cansados. No obstante, en medio de ese desorden, los niños correteaban entre charcos de agua sucia como si estuvieran en un palacio.
Repartí paquetes de comida. Acaricié cabezas enredadas, escuché risas de esperanza. Hubo un momento en que olvidé el frío mármol de la mansión y recordé que incluso un pequeño acto podría transformar la vida de alguien. "Eso también es tener poder", pensé mientras una niña con las rodillas raspadas me abrazaba sin pedirme permiso.
Al volver a la mansión, el ambiente había cambiado. Amelia me recibió en la entrada, con una expresión tensa.
—Señora… hay visitantes.
—¿Visitantes?
—Sí. La señora Marta… su suegra. Y… una acompañante.
Levanté una ceja. No recordaba haber dado permiso para esto. Crucé el vestíbulo y ahí estaban: una mujer mayor, con rasgos severos, el cabello recogido con rigidez y mirada afilada; y junto a ella, una joven de rostro angelical, con un vestido claro y una tímida sonrisa. Su inocencia era tan perfecta que resultaba sospechosa.
Me detuve frente a ellas, erguida, con el eco de mis tacones resonando en el mármol.
—Buenas tardes —dije, con un tono neutral pero cortante—. ¿Puedo ayudarles?
La mayor dio un paso adelante, con una actitud de superioridad que casi era graciosa.
—Camila. Me dijeron que habías perdido la memoria. Pero por lo que veo… has quedado más tonta que antes.
Sonreí lentamente, como si observase a un insecto antes de aplastarlo.
—Señora, le pido respeto. No me importará su edad.
—Soy tu suegra, tú me debes respeto.
—No fui informada de su llegada.
—No necesito avisar de mi llegada —respondió, alzando la cabeza como si siguiera siendo dueña de algo.
Suspiré.
—Estoy intentando comportarme, pero la gente no ayuda. —Me dirigí a Amelia—. Que las señoras se ubiquen en una habitación. Voy a descansar.
La mujer mayor chasqueó la lengua.
—Espera, Camila.
Me giré lentamente, ya con la paciencia agotada.
—Quiero quedarme en el piso principal —anunció.
—Sabe que aquí solo hay dos habitaciones: la de su hijo y la mía.
—Entonces quédate en otro lugar. —Se cruzó de brazos—. Me gusta estar cerca de mi hijo.
Me acerqué con calma, permitiendo que el sonido de mis tacones llenara el silencio.
—Entonces dígale a su hijo que se mude. Porque no le voy a dar la mía.
Me di la vuelta, ignorando las protestas indignadas que brotaron de su boca.
Detrás de ella, la joven me miraba en silencio. Sus manos entrelazadas, pero sus ojos brillaban con astucia. No podía engañarme. Conocía esas miradas; las había visto miles de veces en mi vida anterior. Quienes parecen dulces son siempre las más peligrosas.
Comencé a subir las escaleras sin mirar atrás, dejando que los gritos de mi suegra resonaran tras de mí. “Que continúe ladrando”, reflexioné. “Si me irrita demasiado… siempre tengo la opción de cambiar de la zorra asada a la suegra intoxicada. Aún me quedan novecientas noventa y nueve maneras.”
Toda la mansión parecía estar en suspenso. Nadie se atrevía a interponerse en mi camino. No se pronunció ni una sola palabra mientras ascendía las escaleras, erguida, consciente de que cada mirada fija en mí comprendía lo mismo: que la Camila obediente ya no existía.
Yo la emperatriz… había regresado.
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo dulce de las forjas.Los campos, que una vez conocieron el fuego, ahora producen cosechas abundantes, gracias a los canales que Carlos y yo diseñamos, inspirados en recuerdos de un mundo antiguo con máquinas y agua domada. La medicina que trajimos de nuestras mentes modernas—ungüentos para heridas, infusiones para fiebres, hospitales en cada rincón del imperio—ha salvado miles de vidas. Los aldeanos me llaman "la emperatriz de la vida", pero sé que cada logro lleva el amor que Carlos y yo vertimos
Han pasado dos meses desde que di a luz a Ethan, Liam y Noah, y el palacio de Zafir se siente más vivo que nunca. Esta mañana, con el sol calentando el jardín y el aire oliendo a hierba fresca y jazmín, saqué a los trillizos a tomar el sol por primera vez desde mi cuarentena. Los coloqué en una manta suave bajo un roble, sus cunas portátiles a un lado, sus respiraciones tranquilas mientras dormían. Ethan, con su cabello negro, se removía un poco; Liam, de ojos azules, tenía un puño cerrado; Noah, mi pequeño rubio, parecía soñar, su rostro sereno. Los miraba, mi corazón hinchado de amor, un amor tan grande que apenas cabía en mi pecho. Desde un extremo del jardín, las risas de Lila y Mara llenaban el aire, sus trenzas castañas rebotando mientras corrían, perseguidas por Carlos. Él, con su túnica negra desabotonada, fingía tropezar para dejarlas ganar, sus carcajadas profundas uniéndose a las de ellas. Verlo así, libre y feliz, hacía que mi alma se sintiera completa.Sentada en la manta
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos, su rostro cansado pero iluminado por una sonrisa inmediata. "Ya voy yo", murmuró, levantándose con cuidado. Tomó al bebé que lloraba, el de cabello negro y ojos cafés, acunándolo contra su pecho. "Shh, Ethan, papá está aquí", dijo, su voz baja y cálida, meciéndolo hasta que el llanto se convirtió en gorgoteos. Alexandra sonrió, el corazón hinchado de amor, viendo cómo Carlos manejaba al pequeño con una ternura que la derretía. Ethan era el primero en nacer, el más pequeño, pero con un llanto fue
La barriga de Alexandra crecía cada día, redonda y pesada bajo sus túnicas, un recordatorio constante de la vida que llevaba dentro. Sentía las patadas, pequeños golpes que la hacían sonreír, aunque a veces, por su fuerza, se preguntaba si serían más de uno. En su cama, rodeada de mantas tejidas y el aroma a lavanda de las sábanas, se aferraba a la serenidad, al amor de Carlos y a las risas de Lila y Mara. Las gemelas, con sus vestidos de lino y trenzas castañas, trepaban a su lado, tocando su vientre con asombro. "¿Ya viene el bebé, mamá?", preguntaba Lila, sus ojos grandes. Alexandra reía, acariciando sus mejillas. "Pronto, pequeña." Carlos, siempre cerca, le traía infusiones para las fiebres o frutas para sus antojos, sus manos firmes sosteniendo las suyas. El palacio, con sus paredes de mármol y jardines fragantes, era un refugio de paz, aunque las fiebres de Alexandra la mantenían en reposo, tejiendo mantas de lana azul, blanca y rosa, soñando con el hijo que pronto conocería.Un
El palacio de Zafir, con sus torres negras brillando bajo el sol de otoño, vibraba con una energía nueva. Alexandra, aún emocionada por la noticia de su embarazo, sentía el corazón ligero, la promesa de la diosa resonando en su mente. Cada mañana, despertaba con una mano en su vientre, el calor de la vida creciendo dentro de ella.La rutina familiar seguía llenándola de alegría: levantarse al alba, el aire fresco colándose por las ventanas, y entrar en la habitación de Lila y Mara. Las gemelas, con sus trenzas castañas deshechas por el sueño, reían mientras Alexandra las ayudaba a ponerse vestidos de lino azul o rosa, cepillando su cabello con suavidad. Luego, los cuatro desayunaban en el jardín, bajo un roble frondoso, el aroma a pan caliente y miel mezclándose con el rocío. Carlos, con su túnica negra, hacía muecas para arrancar risas a las niñas, mientras Alexandra, en una túnica verde, observaba, su sonrisa ocultando los mareos matutinos que comenzaban a aparecer.El tiempo volaba
El palacio de Zafir despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma a pan fresco que se colaba desde las cocinas. Alexandra, en su nueva faceta como madre, encontraba una alegría que opacaba las habladurías de los nobles. Las murmuraciones de la corte, los susurros sobre las gemelas campesinas, se desvanecían ante la risa de Lila y Mara. Cada día, Alexandra se levantaba al alba, el cielo aún gris, y entraba en la habitación de las niñas, donde las camas con doseles blancos crujían bajo sus movimientos inquietos. Las despertaba con besos suaves, ayudándolas a ponerse vestidos de lino color lavanda o azul, cepillando sus trenzas castañas mientras ellas parloteaban sobre sueños de dragones y flores. Luego, los cuatro—Alexandra, Carlos, Lila y Mara—desayunaban en el jardín, bajo un roble que proyectaba sombras frescas. La mesa rebosaba de frutas, quesos y leche tibia, el aire oliendo a hierba húmeda y miel. Las niñas reían a carcajadas cuando Carlos fingía robarles un trozo







