INICIAR SESIÓNPOV CAMILA.
Una semana paso desde que llegue a este mundo, sigo aprendiendo de sus tecnologías como la llaman, no he visto al hombre que dice ser mi esposo ni a su amante, eso me ayuda a pensar en mis opciones, había recordado las memorias de Camila, ahora conocía su sufrimiento y todo lo que hacía para ayudar a ese hombre que la relego, la convirtió en una muñeca de exhibición, yo no era ella, yo soy una emperatriz despiadada y se lo voy a demostrar.
La lluvia era constante. Llevaba horas golpeando los ventanales, como si el cielo quisiera advertirme algo. Bajé las escaleras con paso firme, con los tacones resonando en el mármol como tambores de guerra. La escolta me esperaba en la entrada, ya informada de mis instrucciones. Desde anoche les dejé claro que no necesitaba la autorización de nadie para salir. Mucho menos de mi esposo.
—Vehículo listo, Primera Dama —me dijo uno de los hombres, inclinando apenas la cabeza.
Le respondí con un gesto breve, casi mecánico. Aún me resultaba extraño que me llamaran así, pero prefería eso a "la esposa del presidente". Eso sí que sonaba a condena.
Amelia me entregó un informe antes de subir al auto. Lo abrí de inmediato: una inundación al norte del país había dejado a miles de familias damnificadas. Siete mil doscientas personas sin hogar, sin agua potable, sin comida. Y ningún plan de acción claro. El gabinete había sido citado de emergencia esa misma mañana.
“Perfecto”, pensé. “Hora de conseguir aliados.”
El viaje fue silencioso. Observaba por la ventana los árboles caídos por la tormenta, los charcos que devoraban las aceras, y a la gente corriendo con bolsas en la cabeza como escudos inútiles. En mi otra vida, habría enviado tropas, comida caliente y arquitectos para reconstruir todo en una semana. Aquí, las decisiones se escondían detrás de correos, filtros y comités que no decidían nada.
Al llegar, nadie me detuvo. Nadie me preguntó qué hacía allí. Ni lo intentaron. Mis ojos, mi postura, y el modo en que crucé la puerta bastaron. Una mujer decidida no pide permiso.
Entré en la sala del gabinete con la cabeza en alto. Varios ministros ya estaban sentados. Algunos me miraron con sorpresa. Otros, con fastidio. Me abrí paso y me senté en una silla lateral, junto al extremo de la mesa. No esperé a que nadie me saludara.
Carlos levantó la vista, visiblemente molesto.
—¿Camila? ¿Qué haces aquí?
Lo miré con la calma afilada que perfeccioné durante años en mi antiguo imperio.
—Es una crisis nacional, ¿no? Como Primera Dama, tengo el deber de actuar. No pienso quedarme en casa organizando flores mientras el país se ahoga.
Vi cómo se tensaba su mandíbula. Me encantó.
—No tienes atribuciones para estar en esta mesa.
—Pues ya estoy sentada —respondí, abriendo el informe y acomodando mis papeles—. Si alguien tiene objeciones, puede pedirle a seguridad que me saquen de aquí. Pero dudo que lo logren.
Un murmullo incómodo recorrió la sala. El ministro de Defensa me lanzó una mirada curiosa. El de Interior, evitó la mía. Y en una esquina, como una espina mal disimulada, estaba Ángela. Su expresión era de absoluta indignación.
Apreté los dientes. Esa mujer me había subestimado desde el día uno. Me hablaba como si fuera una muñeca de porcelana, un adorno en la foto oficial. Me ignoraba, me corregía, me reprogramaba las citas sin consultarme. Pero hoy… hoy iba a escucharme.
Me levanté, sin pedir turno.
—Las zonas afectadas por la inundación incluyen seis veredas y tres municipios. Siete mil doscientas personas desplazadas. La mayoría sin acceso a servicios básicos. Mi propuesta es la siguiente: trasladar a las familias a los colegios que aún estén operativos, montar cocinas comunitarias y activar recolección de víveres en alianza con supermercados y fundaciones. Además, propongo abrir un canal oficial de donaciones, con fiscalización directa de la Contraloría. Esto no es una sugerencia: es una estrategia de guerra.
Silencio.
El ministro de Defensa asintió con seriedad.
El de Interior tomó notas como si acabara de recordar su trabajo.
Y Ángela… ah, Ángela parecía a punto de desmayarse.
Le lancé una mirada directa.
—Disculpen… ¿cuál es el rol de las asistentes en esta mesa? ¿También toman decisiones, o solo vigilan a las esposas?
La sonrisa que se le escapó al de Hacienda fue lo mejor de mi mañana.
Ángela se irguió, roja como un tomate.
—Señora, yo trabajo directamente con el presidente.
—Entonces hazlo desde afuera —le dije con voz baja pero cortante—. Aquí no te necesitamos.
Carlos no dijo nada. Nadie lo hizo. Ella salió hecha una furia. Yo me senté otra vez. Y por primera vez, me sentí realmente de regreso.
La reunión fluyó como un río que encuentra cauce. Cada propuesta mía era escuchada, valorada, anotada. Cuando finalizó, los ministros se levantaron uno a uno, algunos dándome un ligero asentimiento. Me bastaba eso. El respeto no se exige. Se gana.
Cuando todos salieron, Carlos se quedó sentado, con los brazos cruzados y los ojos oscuros.
—¿Qué estás haciendo, Camila?
—Gobernando —le dije, sin mirarlo.
—Me estás ridiculizando frente a mi equipo.
—No necesito ridiculizarte. Lo haces tú solo.
—¿Desde cuándo te volviste esta… mujer?
—Desde que me empujaste por las escaleras —respondí. Su rostro perdió el color—. ¿Pensaste que lo había olvidado?
—Camila… yo… fue un accidente.
—No lo fue. Me empujaste. Me viste caer. Y luego mentiste como un cobarde.
Se puso de pie.
—¡Cuidado con lo que dices!
Me acerqué lentamente, hasta quedar frente a él. Pude sentir su respiración, densa y alterada.
—No te tengo miedo, Carlos. Antes, tal vez. Pero esa mujer murió con el golpe. La que ves ahora… aprendió a sobrevivir.
Me giré para irme, pero me detuve en la puerta.
—Y por cierto… ya sé usar el celular. Y el portátil. Y las cámaras de Palacio. Estoy aprendiendo todo. Rápido. Así que si planeas algo más… asegúrate de hacerlo bien. Porque esta vez… no me vas a matar.
Salí sin mirar atrás. La lluvia aún caía, pero ya no me importaba. Porque en esta vida… el agua no me ahogaba. Me impulsaba. Y yo… yo estaba lista para gobernar. Otra vez.
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo dulce de las forjas.Los campos, que una vez conocieron el fuego, ahora producen cosechas abundantes, gracias a los canales que Carlos y yo diseñamos, inspirados en recuerdos de un mundo antiguo con máquinas y agua domada. La medicina que trajimos de nuestras mentes modernas—ungüentos para heridas, infusiones para fiebres, hospitales en cada rincón del imperio—ha salvado miles de vidas. Los aldeanos me llaman "la emperatriz de la vida", pero sé que cada logro lleva el amor que Carlos y yo vertimos
Han pasado dos meses desde que di a luz a Ethan, Liam y Noah, y el palacio de Zafir se siente más vivo que nunca. Esta mañana, con el sol calentando el jardín y el aire oliendo a hierba fresca y jazmín, saqué a los trillizos a tomar el sol por primera vez desde mi cuarentena. Los coloqué en una manta suave bajo un roble, sus cunas portátiles a un lado, sus respiraciones tranquilas mientras dormían. Ethan, con su cabello negro, se removía un poco; Liam, de ojos azules, tenía un puño cerrado; Noah, mi pequeño rubio, parecía soñar, su rostro sereno. Los miraba, mi corazón hinchado de amor, un amor tan grande que apenas cabía en mi pecho. Desde un extremo del jardín, las risas de Lila y Mara llenaban el aire, sus trenzas castañas rebotando mientras corrían, perseguidas por Carlos. Él, con su túnica negra desabotonada, fingía tropezar para dejarlas ganar, sus carcajadas profundas uniéndose a las de ellas. Verlo así, libre y feliz, hacía que mi alma se sintiera completa.Sentada en la manta
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos, su rostro cansado pero iluminado por una sonrisa inmediata. "Ya voy yo", murmuró, levantándose con cuidado. Tomó al bebé que lloraba, el de cabello negro y ojos cafés, acunándolo contra su pecho. "Shh, Ethan, papá está aquí", dijo, su voz baja y cálida, meciéndolo hasta que el llanto se convirtió en gorgoteos. Alexandra sonrió, el corazón hinchado de amor, viendo cómo Carlos manejaba al pequeño con una ternura que la derretía. Ethan era el primero en nacer, el más pequeño, pero con un llanto fue
La barriga de Alexandra crecía cada día, redonda y pesada bajo sus túnicas, un recordatorio constante de la vida que llevaba dentro. Sentía las patadas, pequeños golpes que la hacían sonreír, aunque a veces, por su fuerza, se preguntaba si serían más de uno. En su cama, rodeada de mantas tejidas y el aroma a lavanda de las sábanas, se aferraba a la serenidad, al amor de Carlos y a las risas de Lila y Mara. Las gemelas, con sus vestidos de lino y trenzas castañas, trepaban a su lado, tocando su vientre con asombro. "¿Ya viene el bebé, mamá?", preguntaba Lila, sus ojos grandes. Alexandra reía, acariciando sus mejillas. "Pronto, pequeña." Carlos, siempre cerca, le traía infusiones para las fiebres o frutas para sus antojos, sus manos firmes sosteniendo las suyas. El palacio, con sus paredes de mármol y jardines fragantes, era un refugio de paz, aunque las fiebres de Alexandra la mantenían en reposo, tejiendo mantas de lana azul, blanca y rosa, soñando con el hijo que pronto conocería.Un
El palacio de Zafir, con sus torres negras brillando bajo el sol de otoño, vibraba con una energía nueva. Alexandra, aún emocionada por la noticia de su embarazo, sentía el corazón ligero, la promesa de la diosa resonando en su mente. Cada mañana, despertaba con una mano en su vientre, el calor de la vida creciendo dentro de ella.La rutina familiar seguía llenándola de alegría: levantarse al alba, el aire fresco colándose por las ventanas, y entrar en la habitación de Lila y Mara. Las gemelas, con sus trenzas castañas deshechas por el sueño, reían mientras Alexandra las ayudaba a ponerse vestidos de lino azul o rosa, cepillando su cabello con suavidad. Luego, los cuatro desayunaban en el jardín, bajo un roble frondoso, el aroma a pan caliente y miel mezclándose con el rocío. Carlos, con su túnica negra, hacía muecas para arrancar risas a las niñas, mientras Alexandra, en una túnica verde, observaba, su sonrisa ocultando los mareos matutinos que comenzaban a aparecer.El tiempo volaba
El palacio de Zafir despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma a pan fresco que se colaba desde las cocinas. Alexandra, en su nueva faceta como madre, encontraba una alegría que opacaba las habladurías de los nobles. Las murmuraciones de la corte, los susurros sobre las gemelas campesinas, se desvanecían ante la risa de Lila y Mara. Cada día, Alexandra se levantaba al alba, el cielo aún gris, y entraba en la habitación de las niñas, donde las camas con doseles blancos crujían bajo sus movimientos inquietos. Las despertaba con besos suaves, ayudándolas a ponerse vestidos de lino color lavanda o azul, cepillando sus trenzas castañas mientras ellas parloteaban sobre sueños de dragones y flores. Luego, los cuatro—Alexandra, Carlos, Lila y Mara—desayunaban en el jardín, bajo un roble que proyectaba sombras frescas. La mesa rebosaba de frutas, quesos y leche tibia, el aire oliendo a hierba húmeda y miel. Las niñas reían a carcajadas cuando Carlos fingía robarles un trozo







