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El precio de la maldición I
Las manos que la tocaban eran suaves, pero ajenas.
Movían su cuerpo como si fuera una muñeca de trapo, sin pedir permiso, sin mirarla a los ojos.
Ana se dejó hacer, quieta, con el desconcierto de todo el trato nuevo y la amabilidad con sabor extraño.
Pero aquella mañana, todo tenía un aire distinto.
Demasiado cuidado en sus acciones, demasiado silencio contenido evitando usar las palabras despectivas que siempre había recibido.
Le quitaron el vestido raído que usaba a diario, la chica había fruncido su rostro al ver los remiendos que le había hecho allí donde se había roto.
La bañaron entre dos muchachas, lavaron su cabello blanco y tallaron su cuerpo con esfuerzo y fueron muy meticulosas con sus manos y uñas, Anatema las tenía hechas un desastre por su trabajo en la huerta.
Mientras una secaba su cuerpo, la otra peinaba el cabello, y ella sólo podía dejarse manipular en silencio.
Su vestido fue reemplazado por una túnica de lino blanco con mangas que tenían un bordado delicado con hilos de plata y patrones de flores pequeños.
Luego vinieron las capas: Probaron varias, una de terciopelo verde oscuro, otra de color claro con bordes dorados, Sin preguntarle su opinión y sin considerar realmente que favorecía a su tono.
Le colocaron un vestido granate oscuro y trenzaron su cabello recogiendolo en un moño.
La perfumaron con esencias florales que no conocía, dulces y pesadas, como si intentaran cubrir el olor a tierra que la había acompañado toda su vida.
-No le pongas esa. -Susurró una de las mujeres, apartando una gargantilla de piedras negras. -Usa las amatistas, Si pones la gargantilla negra resaltará el color de sus ojos… Serán muy notorios.
Ana la miró tras escuchar eso, pero ellas siguieron trabajando como si se tratara de un maniquí y no la miraron nunca.
Le colocaron collares, brazaletes, anillos en cada dedo.
Piedras preciosas tintineaban con cada movimiento, como si su cuerpo fuera una joya a exhibir.
Un tributo.
Ana no dijo nada. No necesitaba palabras para entender las intenciones de la manada.
Al terminar se quedaron unos segundos repasando su cuerpo de pies a cabeza, al estar satisfechas simplemente se marcharon de la habitación dejándola sola.
Las dos mujeres que la asistieron no hablaron nunca con ella, pero no fueron igual de discretas entre sí cuando salieron al pasillo.
Ana apenas inclinó la cabeza para oírlas a través de la puerta entornada.
-Parece que los dichos eran ciertos. -Confirmó una con sorpresa.- ¿O por qué otra razón la dejarían entrar a la manada?
-Escuché que la ofrecerán como enlace… para recibir la dote. -La voz era baja, pero clara.
-Si otro clan la toma, no será más problema nuestro. -Se consoló.
-Es una locura que vayamos a recibir a un portavoz de la Manada Imperial Moon… Y por esa muchacha maldita.
-¿Y si la rechazan? Todos saben de la maldición que nos golpea por su culpa, La tierra no da frutos, los animales desaparecen. Este invierno va a matarnos con la escasez. ¿No es extraño que estén interesados en alguien así?
-No digas que yo te dije, pero La Manada Imperial Moon es conocida por la bestialidad de su Alfa… parece que recluta malditos para hacer toda la clase de hechicería con sus cuerpos.-La otra mujer se cubrió la boca horrorizada. -Dicen que si no les entregas a los Malditos mientras son generosos, pueden llegar a arrasar con toda una aldea por terquedad.
-Entonces más razón para deshacerse de ella. Aunque sea como tributo, que muera lejos y no aquí donde causa tanto daño.
Las palabras fueron un puñal helado en el pecho.
Ana apretó los labios.
Tendría que haber sospechado un poco más sobre las intenciones de su manada, pero el buen trato siempre viene acompañado de interés…
No lloró ante la revelación de su destino, aunque el miedo la invadía, también resonaban las últimas palabras de esa mujer “Qué muera Lejos” Encontraría la forma de hacer eso, morir lejos, cuando ella quisiera y donde ella dispusiera.
Se miró en el espejo al voltear nuevamente a la habitación, apartándose de la puerta.
La joven que la observaba desde el cristal no parecía ella.
No era la hija maldita escondida en la cabaña de los márgenes, ni la sombra que recolectaba raíces en silencio.
Era… otra. Una máscara. Un regalo envuelto con cintas doradas para ser entregado a quien mejor negociara.
Pasaron horas, el silencio de la habitación sólo era interrumpido por los lejanos murmullos de los empleados de esa enorme Casa central, moviéndose de un lado a otro, trabajando para aquel banquete donde ella era la ofrenda, el cerdo con la manzana jugosa en la boca.
Las puertas se abrieron al anochecer, cuando las últimas luces del día apenas teñían de rojo las columnas talladas en piedra.
Dos guardias la escoltaron sin decir palabra, y Ana avanzó por el corredor como si flotara.
Las telas que llevaba se arrastraban tras ella, pero incómoda por el peso de tanta ropa, y las joyas en su cuerpo y cabello trinaban al chocarse por el movimiento.
El salón principal de la Casa Central era inmenso.
Ana nunca había entrado allí, ahora, pisando su suelo de mármol y respirando ese aire cargado de incienso, lo sentía tan ajeno como si perteneciera a otro mundo.
Velas y lámparas colgantes iluminaban las paredes, proyectando sombras irregulares.
Las mesas estaban dispuestas en forma de media luna, repletas de copas, platos y bandejas con carnes cocidas de diferentes maneras.
Había jabalí, cordero, aves asadas enteras... pero poco más. Algunas frutas arrugadas decoraban los extremos, casi como un intento de color.
No había panes, ni cereales, ni verduras. Ni siquiera las carnes estaban aromatizadas con las hierbas que recordaba de las pocas veces que había cocinado en la cabaña. Solo sal y humo.
Desperdician todo para una sola noche… Pensó con molestia, tras escuchar que la culpaban por la falta de alimento.
Y sin embargo, el silencio entre los miembros de la manada no era celebración, sino tensión.
Los ojos se clavaban en ella. Curiosos, distantes, algunos francamente hostiles.
Sabían quién era. Incluso quienes nunca la habían visto, sabían lo que representaba.
Ana sólo se sentó en el lugar asignado que le indicaron los escoltas, cerca del centro de la mesa, en un asiento acolchado que contrastaba con el banco áspero donde comía a diario.
No se atrevía a tocar la copa frente a ella ni probar la comida. Nadie se lo había prohibido, pero tampoco nadie le había explicado su papel.
¿Debía esperar? ¿Sonreír? ¿Hablar?
Las voces a su alrededor eran un murmullo constante.
Conversaciones rápidas, risas breves, cuchicheos entre los altos rangos de la manada.
Muchos llevaban insignias grabadas en sus ropas, símbolos que ella no comprendía. Nunca le enseñaron esas jerarquías.
Entonces, entró él.
No sabía quién era, pero lo supo apenas lo vio.
No por su ropa, que era más sobria que la de los demás. Ni por la forma en que los demás se pusieron de pie al instante, inclinando levemente la cabeza.
Fue por la manera en que el aire parecía hacerse más denso en su presencia. Como si el invierno se hubiese marchado por las puertas junto a él.
Ana bajó la vista, temiendo haberlo mirado demasiado tiempo.
¿Será él? -se preguntó- ¿El emisario de la Manada Imperial Moon?
No podía estar segura. Para ella, todos en ese lugar eran desconocidos.
Y sin embargo, algo en su pecho se estremeció de miedo.
Los pasos del hombre resonaban contra el suelo mientras recorría el salón. Habló con algunos, intercambió frases breves, y luego se sentó al otro extremo de la mesa principal, frente a ella.
No la miró.
Pero Ana sintió el peso de su atención, como si sus ojos estuvieran sobre ella incluso cuando no lo estaban físicamente.
Final IVLo sospechaba, pero Ana no quería creer que él estaba tramando a su espalda, poniendo excusas y evitando regresar. La primer semana que permanecieron en la cabaña fue a la espera de su recuperación, luego Ashven insistía en que aún no estaba en condiciones a lo que accedió a permanecer allí tres días más. La segunda semana pasó y Ashven comenzó a poner excusas sobre preparar suministros para el viaje, el cual no llevaría más de cinco días a pie. Mientras él se encargaba de los preparativos pasaron tres días más. La molestia ya se clavaba en su costilla y mordía su lengua antes de comenzar una pelea, porque él siempre sonreía y quitaba seriedad a sus reclamos de forma inocente.La distraía con planes o le mostraba lugares en el bosque profundo, contaba historias y se cansaba de preguntarle sobre sus años en su antigua manada. Corrían en su forma Lobuna cazando juntos. Todo era hermoso y amaba pasar sus días de esa forma, pero.. Pero en Imperial Moon habían muchas personas q
Final IIIllevaban una semana en la cabaña. La herida de Ana estaba mucho mejor y casi cicatrizada. Aunque Ashven la perseguía impidiendo que hiciera las cosas más simples de la casa, ella ya estaba más que lista para afrontar el viaje de regreso a la manada. Aunque era temerosa de las reacciones que podrían surgir ante… la nueva afinidad con Ashven. Se avergonzaba y sentía el calor en la cara de sólo imaginar a Charlotte siendo testigo de un beso entre ellos. Seguro su amiga no podría cerrar la boca de la sorpresa.Ah ¿Cúal sería la reacción de aquellas mujeres que estaban detrás de Ashven? Bueno, eso no le importaba demasiado mientras no se quisieran pasar de listas con ella. Además, ese Ashven había quedado atrás. No sólo con su versión de cabello moreno, sino con su personalidad tan dura y confrontativa con la que Ana siempre había chocado. Ahora se trataba de un Lobo domesticado que cuidaba en todos los aspectos, se levantaba al Alba par salir a cazar ya que algunos suministr
Final IIPronto el ambiente de la cabaña se volvió más cálido. Las noches seguían siendo frías, por lo que el fuego confortaba aún en primavera y tan alejados como la zona Norte. La tina se fue llenando rápidamente ya que Ashven se dio cuenta que podía calentarlo sumergiendo su mano directamente. Las reservas en la cabaña no incluían los aceites de lavado, pero Ashven había conseguido una barra de jabón de uno de los cajones, algo era mejor que nada. -¿Puedes llevarme hasta la puerta? -Ana aún temía enderezar y extender el estómago y aún más sin el vendaje que le sujetara, temía abrir la herida al mínimo esfuerzo. Ashven la levantó sin problema y no la dejó discutir. Había llevado una silla de las del comedor y allí la sentó. -No puedes colocarte una venda sola ¿Podrás lavarte? -Ana entendió aquello. “Wow, se habían besado, pero desnudarse frente a él ¡Era otra cosa! “-Bueno, intentaré..-¿Y qué pasa si se te abre la herida? De todas formas tendré que entrar a ayudarte. -La vió d
Final Como había dicho Ashven. Luego de que ella comiera comenzó a levantar el improvisado campamento. Apagó el fuego cubriendo con tierra las cenizas para cubrir rastro y se deshizo de las hojas que habían cumplido de cama para ella. Lo bueno era que había conseguido algo de ropa. Las manchas de sangre le daban una indicación de donde, por lo que no iba a preguntar. -Déjalo así, yo me ocupo. - Intentó ser de ayuda, pero Ashven se movía mucho más rápido sin permitirle hacer nada. -¿Está muy lejos? La columna de humo de la que hablaste. -Un poco. -Ashven la miró de pies a cabezas, pensativo, luego simplemente le dió la espalda y se puso de cuclillas.-¿Qué haces? -Preguntó Ana extrañada por las manos qué la llamaban.-Sube, te llevaré en la espalda ¿o prefieres caminar? -La miró sobre el hombro derecho. -No lo prefiero, pero tampoco quiero ser una carga. -Y yo no quiero que tus heridas empeoren. -¿Qué hay de las tuyas? - Ashven suspiró por la discusión, ambos preocupándose por
Obedece Aunque había duda, no se separó. No la rechazó y eso sólo hizo envalentonar a Ana a profundizar un poco más. No sabía cómo decir lo que sentía, pero besarlo de la misma forma que lo había hecho él, era lo único que quería. Tuvo que separarse cuando las manos de Ashven tocaron su herida en la espalda al intentar abrazarla. -¿Qué carajös tengo en mi espalda? -Preguntó llorando de dolor. -Yo.. Cuando te desmayaste te atrapé, pero.. -Ah, puedo adivinarlo… tus manos deben estar dibujadas en mi espalda. -Bromeó sujetando su mano para que no se apartara. -De hecho, es el patrón de las cadenas. -Ana frunció el ceño y miró las muñecas liberadas. Aún tenía las marcas del largo tiempo que fue aprisionado. Aquello le trajo a la cabeza todo el tiempo que había estado preguntándose si estaba bien… si aún podía hacer algo para encontrarlo. Las lágrimas que había ocultado a Charlotte y el miedo de que el tiempo corriera en contra. Cada día que pasaba sin poder ir en su búsqueda, con to
Despierta A las afueras, todo lobo o persona que salía huyendo era detenido. Los grupos de Imperial que se habían replegado en toda el área había reducido con éxito a todos los que aún podían resistirse y hubo más casos de Lobos que fueron imposibles de someter, teniendo que recurrir a la muerte. -Coloca esos cuerpos por ese lado. -Ordenó Kol quitándose los guantes. Estaba agotado del esfuerzo y aún quedaban muchos cuerpos por mover. -¿No hay noticias aún? -El fuerte había caído. Todos los forasteros capaces de pelear habían sido aprisionados o dados de baja , otros salían tan mal heridos de los túneles que sólo rogaban por ayuda, pero entre ellos aún esperaban ver los rostros de sus compañeros. El grupo de Gora, que era el encargado de rescatar a Ashven, aún no daba señales y los más jóvenes comenzaban a alterarse. Y más aún dada la naturaleza de las heridas con las que salían los renegados. El fuego los había alcanzado en la huida por lo que temían el estado del interior y el p







