LOGINLaredo oraba en su habitación cuando súbitamente se adentró al lugar Odriozova quien estaba muy alterada psíquicamente y que cerró la puerta por dentro pasando el cerrojo. Justo entonces resonaron los alaridos desesperados de un hombre; Watson.
—¿Qué sucede, Doctora? –preguntó Laredo alarmada— ¿Todavía siguen golpeando a Watson?
—Ya no, ahora lo están torturando.
—Dios mío…
—Traje esto –dijo mostrándole un revólver— fue el único que pude conseguir.
—¿Para qué?
—No seas ingenua, ¿Cuánto crees que tarden en venir por nosotras?
—¿Venir por nosotras? No la entiendo…
—¡Oh cielos! –dijo mirando hacia el techo— ¡No puedes ser tan inocente! Los escuché hablar sobre lo que piensan hacernos hace unos minutos pero ya lo sospechaba desde antes. ¡Son hombres! Y después de meses sin sexo querrán hacerlo antes de morir…
—¿Cree usted que abusarán de nosotras?
—¡Claro que sí! ¿Qué se los impide? Ya no hay leyes ni juzgados.
—¡Eso es horrible!
—¡Hey! –dijo desde lejos la voz de Robertson— ¿Dónde están las mujeres? Creo que es hora de que tengamos algo de goce por aquí…
—¡Ya vienen! –dijo Odriozova con turbia mirada en su rostro cargando el revólver.
—¿Piensa matarlos con esa pistola, Doctora? –preguntó Laredo.
—No, tonta, no son suficientes balas para todos. No es para matarlos a ellos.
Laredo comprendió.
—¡No! ¡No puedo matarme! ¡Es pecado! ¡Soy cristiana! ¡No me puedo suicidar!
—¿Tienes idea del infierno que vas a pasar cuando ellos te pongan las manos encima?
—No importa, será una prueba de Dios. Prefiero soportar el infierno durante unos días aquí que durante toda la eternidad.
—¡No seas tonta! No es sólo el ser violada. Leí el perfil psicológico de Andrade y es un psicópata en potencia. Torturaba animales cuando niño y maltrataba a otros niños más pequeños, y nunca ha tenido una relación formal con una mujer. Es un sádico y tiemblo en pensar lo que nos hará.
—Lo siento, Doctora, pero no puedo suicidarme, comprenda. Además, Dios me protegerá.
—Pues bien, yo no pasaré mis últimos días de vida siendo violada y torturada. Quiero estar con mi esposo y mis hijos. Que tengas suerte Natalia –sin más trámite colocó el revólver en su sien justo cuando los hombres comenzaron a golpear la puerta metálica para intentar entrar a la fuerza y gritaban comentarios lascivos, y disparó volándose los sesos.
A pesar de los cerrojos los hombres entraron a la habitación de Laredo forzando la puerta y la encararon. Robertson, que los lideraba, sostenía un rifle, los Hermanos Grimassi una pistola cada uno y Abdul un hacha. Contemplaron el cadáver aún tibio de Odriozova y luego a Laredo con lascivia.
—No la culpo –declaró Robertson— fue inteligente hasta el final.
—¡Por favor! –suplicó Laredo— no me hagan nada…
—Vamos a morir de todas formas, mi amor, ¿porqué no divertirnos un rato y pasarla bien antes de morir?
—No. Mi religión me prohíbe fornicar. Si quieren hacerlo tendrán que obligarme.
—Hubiera preferido que accedieras, amor, sería menos doloroso para ti, pero supongo que no era posible. Agarradla –ordenó a los Hermanos Grimassi— luego denudadla y atadla.
Los Grimassi obedecieron a pesar de los ruegos y forcejeos de Laredo y luego fue llevada hasta la cocina. En el trayecto, Robertson escuchó los gemidos lascivos provenientes del camarote de Greivik y se asomó observando al robusto vikingo en un acto homosexual con Tamayo.
—¡Greivik! –reaccionó atónito.
—He sido homosexual toda la vida –reconoció Greivik viéndolo de reojo— pero lo había ocultado hasta ahora. ¿Qué sentido tiene seguir reprimiendo mis deseos si voy a morir?
—Muy cierto.
Laredo fue llevada a la cocina y colocada boca abajo sobre la mesa del comedor. En un costado yacía Watson, semidesnudo y golpeado en todo el cuerpo, con ambos ojos cerrados y sangrando por la nariz, la boca y la sien derecha. Lo habían cortado con cuchillos y quemado con aceite hirviente de la cocina de Abdul.
Laredo se limitó a rezar mientras la violaban, siendo Robertson el primero, durante un largo proceso que se extendió toda la noche por turnos, al tiempo que sus compañeros se dedicaban también a beberse toda la despensa de licores y hartarse de la comida que otrora hubieran racionalizado. El abuso se extendió toda la noche y durante algunos momentos, Laredo pensó que debió haber seguido el consejo de Odriozova…
La madrugada de ese espantoso día había llegado. Robertson y los demás estaban borrachos y alcoholizados, incluyendo a Abdul que había dejado de lado sus creencias islámicas y había sucumbido al nihilismo de Robertson. Las súplicas que hizo Watson por agua y comida no eran atendidas. A Laredo si la alimentaban y le daban de beber porque la querían viva, aunque usualmente la extorsionaban con favores sexuales a cambio del alimento. Al principio se resistió por pudor religioso pero en cuanto el hambre y la sed la abrazaron flaqueó su fe y comenzó a cumplir cualquier petición a cambio de saciar sus necesidades.
Nadie se dio cuenta cuando Andrade –que no dormía— arrastró el cuerpo de Watson lejos de su localización porque todos estaban muy dormidos sea por la borrachera o el cansancio en el caso de Laredo.
La mañana llegó aunque ahora se levantaban mucho más tarde que antes, en que sus faenas comenzaban antes del amanecer. No se bañaban ni aseaban tanto como antes y desayunaban casi cualquier cosa hecha rápidamente por Abdul. Laredo, que agradecía el descanso que le daban las horas de sueño, fue despertada a patadas por Robertson quien siempre era el primero en violarla y comenzó esa mañana casi inmediatamente después de despertar y comer algo.
—¿Han visto a Watson? –preguntó el hermano menor Grimassi.
—¿Y a Andrade? –observó el hermano mayor.
—Búsquenlos –ordenó Robertson que se había convertido en líder innato.
La pareja de hermanos rebuscó por toda la base que era relativamente pequeña, así que no les fue difícil encontrar el cuerpo de Watson, pero la visión del mismo los llenó de pavor. Estaba en la bodega, colgado de cabeza y amordazado para amortiguar sus gritos. Andrade lo había despellejado vivo y le había sacado las entrañas.
Ambos llegaron a informarle a Robertson sobre el macabro hallazgo pero éste desdeñó la gravedad del asunto aduciendo que Watson se lo merecía y que Andrade probablemente había querido vengarse del maldito al igual que ellos.
Ahora se encontraban en medio de un vasto y yermo desierto. El cielo en ese mundo era de un tono anaranjado e iluminado por tres soles de diferente tamaño. La arena no era como la de la Tierra pues tenía un olor acre y una textura diferente.—Este lugar se ve aún más inhóspito que los anteriores.—Pero miren —dijo Meredith señalando hacia el cielo—, hay vida.Una veintena de criaturas sobrevolaban por el cielo. Tenían una forma aplastada y romboide que les permitía planear. No tenían plumas, sino que estaban cubiertos por una piel gruesa y rugosa, totalmente lampiña. Sólo tenían un ojo ubicado en el frente y parecían ignorar a los recién llegados.—Será mejor que exploremos este sitio —sugirió Harrison—, y busquemos agua y comida o moriremos. Dejamos las mochilas de superviv
La conmoción de atravesar el abismo tuvo los mismos efectos tortuosos que antes. Los cuatro convictos aterrizaron esta vez sobre una superficie fría y nevada. Quizás por el temor a ser acechados por algún elemento de la fauna local, o porque ya habían experimentado aquel dolor antes, se recuperaron un poco más rápidamente.—¿Qué es eso? —preguntó Kane observando hacia la distancia. En el horizonte nublado y bajo una copiosa nevada que dificultaba la visión, se podía observar una siniestra silueta aproximándose. De lejos parecía un gigante antropoide con tres cabezas, aunque cuando estuvo suficientemente cerca como para ser distinguido se dieron cuenta que esa criatura distaba mucho de ser simiesca.Para empezar no tenía cabeza realmente, sino tres ojos que brotaban directamente de los hombros y que se extendían como los ped&uacut
Al atravesar el agujero negro los cinco viajeros experimentaron un dolor imposible de describir. Era como si cada molécula de su cuerpo, cada fibra de su ser, fuera estirada y torcida caóticamente. El suplicio era tan intenso e intolerable que pudieron haber enloquecido. Se encontraban justo en medio del vacío más absoluto, en la oscuridad más completa. No había aire que respirar, no había una mínima partícula de luz, todos gritaron pero sus gritos eran mudos ya que no existía el sonido. Aquella tortura fue tan terrible que todos se arrepintieron de inmediato por haber escogido eso en lugar de la muerte.Luego el tormento cesó. Salieron disparados a través de un portal dimensional abierto del otro lado y cayeron sobre lo que parecía ser tierra.Llegaron incapacitados. Habían salido ciegos del agujero negro, pero no mudos. Gritaban con todo su ser como una
—Sal —le dijo uno de los militares abriendo la puerta de su celda. La luz que penetró a través de la entrada le lastimó los ojos. Era muy temprano en la mañana y ella estaba durmiendo. El sol aún no salía y de todas maneras, era invierno.Meredith estaba aún sobre la cama de su estrecha y aséptica celda, debajo de las raídas cobijas. Se cubrió los ojos con el antebrazo para protegerlos del resplandor.—¿Me da tiempo de alistarme? —le pidió al gringo hablándole en su mal inglés.—Rápido —ordenó él y cerró la celda de nuevo. Meredith se levantó del duro catre pegado a la pared y que sólo tenía un colchón que no era demasiado cómodo. Vestía en ese momento sólo una camiseta sin mangas y su ropa interior. Se estiró, bostezó y en
LA VISITA DE MEDIANOCHENunca fue mi intención matar a esa persona. En serio, nunca quise hacerlo. Aquella noche cuando salí de la fiesta de la empresa estaba pasado de copas y quizás no debí haber manejado, pero ¿Quién iba a saber que eso pasaría, por Dios?En verdad me siento terrible por lo que sucedió pero no creo merecer este castigo infernal. Mi mente se encuentra atormentada por esta pesadilla de la que no puedo despertar…Aquella fatídica noche que arruinó mi vida para siempre y quizás condenó mi alma a un suplicio eterno, transitaba yo por el túnel del Zurquí con una torrencial lluvia bajo los efectos de bebidas embriagantes nublando y entorpeciendo mi mente. Los relámpagos violaban la oscuridad cíclicamente y los enormes goterones empujados por una estremecedora ventisca dificultaban el manejo.De
Flor siempre había maldecido su destino. Nunca comprendió porque tenía que ser ella, precisamente ella, quien tuviera la desagradable, repulsiva e insoportable tarea de cuidar a ese anciano asqueroso.Tenía veinte años y debía de estar disfrutando su juventud con amigos y novios, pero no cuidando a un anciano agonizante. Cada vez que el maldito viejo le girtaba para darle órdenes, Flor se estremecía de odio, de asco y dolor. Recordaba con ira todo el sufrimiento que le había proporcionado y su corazón se inflamaba en un corrosivo rencor.Al principio el anciano daba órdenes como un dictador. Postrado a una cama no tenía más opción que gritarle día y noche; “Tráeme la comida, zorra, Quiero agua, prostituta, Acomódame la almohada, estúpida, Cámbiame el pañal cerda, Tráeme el periódico maldita”. P







