INICIAR SESIÓNDe vuelta en el comedor de la casa de Thiago, el ambiente todavía vibraba con las risas y la incredulidad por el épico malentendido. Alessandro, con una mezcla de diversión y una inmensa ternura hacia su novia, se aclaró la garganta y se dirigió a sus familiares.—Bueno... creo que es momento de irme. Disculpen el escándalo, la verdad es que mi novia es un poco... apasionada cuando se trata de cuidarme —se disculpó Alessandro con una sonrisa torcida, mirando hacia la puerta por donde Anya acababa de huir.Anaís soltó una carcajada cristalina, negando con la cabeza mientras le daba un sorbo a su taza.—Tranquilo, Alessandro, no pasa nada. Todo bien, ve mejor tras ella y a ver cómo la calmas, ¡jajaja! Pobrecita, debe querer que la trague la tierra.En ese momento, la pequeña Mía se acercó trotando y tiró del pantalón de Alessandro para despedirse.—Adiós, tío Alessandro —le dijo la niña con su dulce vocecita, antes de cambiar de expresión y ponerse seria con sus exigencias infantiles—:
La luz del sol de la mañana se filtraba suavemente a través de los cortinajes de la habitación principal, iluminando el refugio donde Alessandro y Anya comenzaban a despertar. La tempestad de la noche anterior parecía muy lejana, pero el cuerpo de Alessandro se encargaba de recordárselo con cada movimiento. Anya se despertó sintiendo el calor del pecho de él contra su espalda. Al girarse para verlo, notó cómo el líder de la mafia hacía una mueca de dolor al intentar estirar el brazo, con las costillas aún adoloridas y los pómulos marcados por los golpes de Alaric. —No te muevas tan rápido, idiota —le reprochó Anya con una sonrisa tierna, acomodándose sobre su pecho y acariciándole con delicadeza el rostro magullado—. Tu cuerpo todavía te está pasando la factura de tu gran entrada con el tanque. Alessandro soltó una risa ronca, rodeándola con cuidado por la cintura y besándole la coronilla. —Valió cada maldito golpe, te lo aseguro —susurró él con voz ronca, antes de que un par de g
El pesado blindaje de los vehículos de los Di Santi atravesó los portones principales de la mansión familiar en Miami sin un solo rasguño. El operativo había sido un éxito rotundo.Apenas el convoy se detuvo, Alessandro descendió y le abrió la puerta a Anya, tendiéndole la mano con una mezcla de caballerosidad y posesión protectora. Ella la tomó de inmediato, sintiendo que por fin, después de horas de terror absoluto, encierro y el estruendo de las balas, volvía a respirar aire puro.Alejados por completo del asedio y la locura de su padre, Alessandro la guio directo hacia sus habitaciones privadas. El contraste no podía ser mayor: la habitación estaba envuelta en una cálida penumbra, con el silencio de la madrugada rompiéndose solo por el murmullo de la ciudad a lo lejos.En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, la adrenalina que los había mantenido firmes se desvaneció, dando paso a una necesidad urgente de cercanía. Alessandro la atrajo hacia su pecho con una ternura infinita,
La noche comenzaba a ceder ante las primeras luces del alba en las afueras de Miami, pero en la imponente mansión de los Turner, la oscuridad aún albergaba una tormenta inminente.Alessandro Di Santi se ajustaba las correas del chaleco táctico sobre sus costillas vendadas y adoloridas. A pesar de llevar el rostro marcado por los brutales golpes de la noche anterior, la mirada en sus ojos destellos de pura furia y determinación. Con el teléfono satelital vibrando en su bolsillo con la última señal enviada por Anya, subió a la parte trasera de un convoy de vehículos oscuros junto a su guardia de élite. No iba a permitir que le arrebataran a la mujer que amaba.Mientras tanto, en el interior de la mansión, el caos se desataba. El escándalo había despertado a Mónica, la hermana de Alaric, quien irrumpió sin tocar en el despacho principal, encarando a su hermano con los ojos destellando de ira.—¡Me enteré de todo lo que estás haciendo, Alaric! ¿Te has vuelto completamente loco? —le recla
Mientras tanto, en el ala principal de la mansión Turner, la tensión se cortaba con cuchillo. Las puertas del despacho de Alaric se abrieron de par en par. Anastasia, con el rostro encendido por una furia fría y elegante, entró sin invitación, plantándose frente a su esposo con una postura que no admitía réplicas.Alaric, sentado tras su enorme escritorio de caoba y revisando los documentos de los vuelos privados para el exilio forzoso de su hija, levantó la vista con molestia.—Anastasia, es de madrugada. Vete a dormir. Ya tomé una decisión sobre Anya y no pienso discutirla —espetó Alaric con voz áspera.—No me voy a ir a ninguna parte hasta que escuches lo absurdo que estás siendo, Alaric —respondió Anastasia, golpeando ligeramente el escritorio con la palma de la mano—. ¿Qué clase de locura pretendes cometer? Vas a destrozarle la vida a nuestra hija solo por tu orgullo idiota. No hagas con ella lo que a ti nunca te gustaría que te hicieran.Alaric se puso de pie de un golpe, furios
El eco de la pesada puerta de roble al cerrarse resonó en toda la recámara principal como una sentencia de muerte. El cerrojo giró desde afuera con un clic seco y definitivo. En cuanto los pasos de los guardias se alejaron por el pasillo, Anya Turner rompió en llanto, lanzándose contra la madera con los puños cerrados, golpeándola con rabia e impotencia.—¡Ábran la puerta! ¡Déjame salir, maldita sea! —gritaba con la voz desgarrada, las lágrimas surcándole las mejillas hinchadas de tanto llorar.Fuera de la habitación, en el segundo piso de la imponente mansión de los Turner, dos hombres armados custodiaban el umbral con instrucciones estrictas de Alaric: nadie entra, nadie sale, y bajo ninguna circunstancia se le permite a su hija tener contacto con el exterior. Su teléfono celular, su laptop y cualquier medio de comunicación habían sido confiscados y reducidos a cenizas en el despacho de su padre.Anya caminó por la lujosa habitación hecha una furia, sintiéndose como un animal enjaul







