FAZER LOGINCuando Luca entró, se encontró con las mismas miradas de expectación de antes.
No todos estaban convencidos de su llegada, pero el anuncio de Adriano como director deportivo cambiaría la dinámica.
Luca tomó asiento y miró a los presentes.
—Sé que todavía hay dudas sobre mi plan para Vittoria —dijo con calma—, pero quiero dejar algo claro desde el principio: no vine a este club solo. Quiero construir algo sólido y para eso necesito a las personas correctas.
Hizo una pausa y miró a su hermano.
—Por eso, quiero presentar oficialmente al nuevo director deportivo del A.S. Vittoria: Adriano Moretti.
Los murmullos no tardaron en aparecer.
Adriano se levantó de su asiento, con una expresión serena pero segura.
—Muchos de ustedes ya me conocen —dijo, apoyando las manos sobre la mesa—. Jugué en esta liga. Conozco lo que significa estar dentro de un vestuario, sé lo que pasa en la cabeza de un jugador cuando las cosas van mal.
Se tomó un segundo ante de continuar.
—Sé que este club no ha tenido estabilidad en años. Sé que el fútbol no se maneja solo con dinero ni con promesas. Se maneja con trabajo, con decisiones inteligentes y con un equipo que tenga una identidad.
Giró la vista hacia Luca.
—Mi hermano quiere construir algo real aquí, y yo también.
Giancarlo Riva, el presidente ejecutivo, se cruzó de brazos.
—No puedo decir que no sea una sorpresa, Adriano. Pero déjame preguntarte algo: ¿por qué ahora?
Adriano lo miró de frente.
—Porque es la primera vez que alguien en mi familia me ofrece la oportunidad de hacer algo con el fútbol sin tratarlo como un negocio más.
Hubo un breve silencio.
Luego, Riva asintió.
—Bien. Entonces empecemos.
Angela Ferraro tomó la palabra.
—Publicaremos el anuncio oficial en nuestras redes y organizaremos una entrevista con los medios para esta semana. La afición querrá escuchar lo que tienes que decir, Adriano.
—Lo sé —respondió él con una leve sonrisa—. Y estoy listo.
Luca se recostó en su silla, viendo cómo su hermano tomaba su nuevo rol con naturalidad.
Tal vez, después de todo, no estaba tan solo en esto.
Después de la presentación de Adriano, Luca se dirigió al campo de entrenamiento, donde lo esperaba el hombre que tenía en sus manos el destino del equipo dentro del campo: Massimo Bellucci.
El entrenador, de 56 años, estaba parado con los brazos cruzados, observando a sus asistentes colocar los conos para la práctica de la tarde. Su expresión era la de un hombre que había visto de todo en el fútbol, y que no estaba particularmente impresionado con la llegada de un joven empresario a "su" vestuario.
Cuando Luca y Adriano se acercaron, Bellucci los miró sin moverse.
—Así que este es el nuevo dueño del Vittoria.
Luca extendió la mano.
—Massimo. Es un gusto conocerte.
El entrenador se tomó su tiempo antes de estrechar la mano con firmeza.
—Moretti.
No lo dijo con desprecio, pero tampoco con entusiasmo.
—Espero que no te moleste que traiga a mi hermano —continuó Luca—. Adriano será el nuevo director deportivo.
Bellucci miró a Adriano y asintió levemente.
—Al menos alguien aquí sabe de fútbol.
Luca ignoró la provocación.
—Quiero hablar sobre el equipo, el estado de la plantilla y lo que necesitamos para esta temporada.
—¿Ahora te interesa el fútbol?
Adriano se adelantó antes de que Luca respondiera.
—Vamos a dejar algo claro desde el principio, Massimo. Luca es el dueño del club y yo soy el director deportivo. No estamos aquí para meternos en tu trabajo, pero sí para construir un equipo competitivo.
Bellucci se quedó en silencio unos segundos antes de asentir.
—Bien. Sigamos esta conversación en la oficina.
Los tres caminaron hacia el edificio donde estaban las instalaciones técnicas. En la sala de reuniones ya estaban esperando algunos miembros del cuerpo técnico.
Stefano Mancini – Asistente técnico Un hombre en sus cuarentas, de cabello corto y actitud disciplinada. Es el segundo al mando de Bellucci y quien maneja los entrenamientos cuando el entrenador no está.
Francesco Barone – Preparador físico
Responsable del estado físico de los jugadores. Un hombre de carácter fuerte, obsesionado con el rendimiento.
Matteo Rossetti – Analista táctico
Un exjugador retirado, ahora encargado de estudiar a los rivales y analizar el desempeño del equipo.
Claudio De Luca – Entrenador de porteros
Trabaja con los guardametas y supervisa su evolución.
Cuando todos tomaron asiento, Bellucci fue directo al punto.
—Vamos a ser francos. El equipo no está en buena forma. La temporada pasada terminamos a mitad de la tabla y sin un estilo de juego definido. No tenemos un líder claro en el vestuario y hay varios jugadores que no deberían estar aquí.
Luca apoyó los codos en la mesa.
—Quiero saber cuáles son nuestras debilidades y qué jugadores crees que necesitamos.
Bellucci resopló.
—¿Por dónde empiezo?
—Por los problemas más graves —respondió Adriano.
—Número uno: nuestra defensa es un desastre. No tenemos laterales decentes y los centrales son lentos.
—Número dos: en el mediocampo falta creatividad. Tenemos jugadores que corren, pero nadie que piense.
—Número tres: Rafa de Souza.
Luca frunció el ceño.
—¿Qué pasa con Rafa?
—Es nuestro delantero estrella, pero su actitud es un problema. Llega tarde a los entrenamientos, se cree más importante que el equipo y no ha estado rindiendo como se espera.
Adriano miró a Luca.
—Vamos a tener que hablar con él.
—Lo haremos. Pero primero, ¿qué jugadores quieres traer?
Bellucci exhaló, cruzando los brazos.
—Necesitamos al menos dos defensores con experiencia, un mediocampista creativo y un delantero que pueda competir con Rafa.
—Déjanos eso a nosotros —dijo Adriano—. Tú solo concéntrate en sacar lo mejor del equipo que tenemos ahora.
Bellucci los observó por un momento antes de asentir.
—Bien. Pero déjenme decirles algo.
Se inclinó hacia adelante.
—Si de verdad quieren que Vittoria vuelva a ser grande, van a tener que tomar decisiones difíciles.
Luca sostuvo su mirada.
—Estoy listo para eso.
Bellucci lo estudió un momento más, luego se puso de pie.
—Entonces, veremos si eres diferente a los otros dueños que han pasado por aquí.
Salió de la sala sin decir nada más.
Adriano suspiró.
—Vas a tener que ganarte su respeto.
Luca sonrió apenas.
—No espero nada fácil.
Adriano se cruzó de brazos y miró el campo de entrenamiento a través de la ventana.
—Bien. Porque esto recién empieza.
Cuando Bellucci salió de la sala de reuniones, Luca se quedó sentado unos segundos, observando los documentos sobre la mesa. Adriano, en cambio, se recostó en su silla con los brazos cruzados.
—Va a ser un dolor de cabeza —dijo sin rodeos.
—¿Bellucci?
—Sí. No confía en ti, y tampoco cree en cambios radicales. Si quieres que este equipo suba, vas a tener que convencerlo de que tu proyecto es más que una fantasía de niño rico.
Luca exhaló.
—No espero que me lo pongan fácil.
—Eso ya lo sabemos —murmuró Adriano, antes de revisar su reloj—. ¿Y ahora qué?
Luca tomó su teléfono y buscó el contacto de Silvia.
—Ahora empezamos a trabajar.
Marcó el número y la secretaria respondió en pocos segundos.
—Silvia, necesito que me consigas toda la información que tengamos sobre Bellucci. Sus equipos anteriores, sus estrategias, su forma de manejar el vestuario. Todo.
—¿Quiere que prepare un informe?
—Sí, y que me lo envíes antes del mediodía.
—Entendido. ¿Algo más?
Luca miró a Adriano, que lo observaba con una ceja arqueada.
—Sí, necesito también las fichas de los jugadores clave. Rafa de Souza, los defensas que tenemos y los juveniles que están destacando en la cantera. Quiero saber exactamente con qué contamos.
—Me encargaré de eso —dijo Silvia antes de cortar la llamada.
Luca dejó el teléfono sobre la mesa y miró a su hermano.
—¿Qué?
Adriano sonrió de lado.
—Al menos pareces que sabes lo que haces.
—No necesito que lo parezca.
—Entonces no lo arruines.
Pero antes de que Luca pudiera responder, el teléfono de Adriano vibró.
Él lo tomó, revisó el nombre en la pantalla y chasqueó la lengua antes de contestar.
—Padre.
Luca se tensó.
No era común que Enzo Moretti llamara sin motivo.
—¿Qué haces en Vittoria? —fue lo primero que dijo su padre, sin preámbulos.
Adriano intercambió una mirada rápida con Luca antes de responder.
—Trabajo.
—¿Trabajo? —repitió Enzo, con una nota de incredulidad—. ¿Llamas "trabajo" a esta locura de Luca?
—Llamo trabajo a hacer algo que realmente me interesa.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—Pensé que, de todos tus hermanos, serías el que le haría ver la realidad.
Adriano pasó una mano por su nuca y suspiró con frustración.
—Si por realidad te refieres a meterlo de nuevo en Moretti Enterprises y hacer que siga el camino que tú elegiste, entonces no. No voy a hacer eso.
—Eres su hermano mayor —respondió Enzo con voz firme—. Deberías ayudarlo a encontrar el camino correcto, no avivar sus ilusiones.
Luca apretó los puños sobre la mesa.
Adriano se mantuvo tranquilo, aunque su expresión se endureció.
—Luca ya encontró su camino, aunque no sea el que tú querías.
—El fútbol no es un negocio para los Moretti.
—Tampoco lo era para mí, pero lo intenté. ¿Recuerdas?
Esta vez, Enzo tardó más en responder.
El sol ya rozaba los tejados cuando Luca salió por la puerta lateral del Vittoria Center. Al ver el sedán gris con matrícula de Roma plantado junto a la rampa de suministros, le cambió el humor de golpe.—Ese coche no es de prensa —murmuró, sacando el móvil—. Seguridad, estación norte. Enseguida.Dos guardias llegaron, pero la puerta trasera del sedán se abrió antes de que pudieran preguntar. Bajó una mujer de traje azul marino, rostro sereno; detrás, un hombre de gabardina beige y mirada de granito.—Señor Moretti —saludó ella, mostrando credencial—. Inspectora Elena Baresi, Dirección Investigativa Antimafia. Él es el comisario Matteo Esposito.Luca apenas disimuló el fastidio.—No me habían avisado de ninguna visita.—A veces las visitas pierden encanto cuando se anuncian —intervino Esposito, seco.Baresi alzó una mano, conciliadora.—Es rutinario, señor. Tenemos indicios de que ciertas sociedades vinculadas a la familia Moretti están moviendo capitales a través de empresas deportiv
La ciudad seguía comentando el triunfo contra el Bologna. Dos a uno. El doblete del chico Matías Bianchi había devuelto algo que muchos en Vittoria creían perdido: ilusión. Pero en las oficinas del club, el ruido de la calle apenas rozaba las paredes. Aquí el tiempo seguía corriendo con otras urgencias.Luca Moretti llegó a las ocho. Al entrar en la sala de juntas se encontró a los directivos ya reunidos: Giancarlo Riva, Paolo De Santis, Lorenzo Bianchi, Angela Ferraro y un par de accionistas. Isabella Marchetti conversaba con ellos, taza de espresso en mano. Al verlo, todos se pusieron de pie.—presidente —saludó Riva, cordial—. Felicitaciones por el domingo; el gol de Bianchi aún circula por todas las cadenas.—Gracias, Giancarlo —respondió Luca, devolviendo un gesto de cortesía—. Pasen, por favor.Mientras tomaban asiento, Isabella deslizó una carpeta hacia él.—Solo un resumen del área comercial —explicó—. Nada urgente, pero pensé que querrías verlo antes de que se publique.Luca
* * *Dos días después, Alfonso llegó a una finca cerca de Sopron, a pocos kilómetros de la frontera entre Hungría y Austria. El lugar figuraba como un criadero de caballos. Debajo de los establos había una sala protegida contra micrófonos y una mesa circular de pizarra oscura.Seis sillas tenían dueño. La séptima estaba vacía.Dimitri Volkov representaba las rutas rusas y balcánicas. Renjiro Kaito había viajado desde Tokio con un intérprete al que no necesitó. Patrick O’Connelly controlaba puertos menores en Irlanda y dos corredores en Bélgica. Lucía Navarro llevaba las cuentas de los muelles españoles. Marcus Blackson había llegado desde Chicago con tres teléfonos apagados dentro de una bolsa sellada.Alfonso ocupó la silla Moretti y dejó los dos permisos en el centro.—Alguien abrió Roma con una autoridad que no le pertenece —dijo Alfonso.Dimitri no tocó los documentos.—Tus hombres dejaron pasar la carga —dijo Dimitri.—Porque el sello superó sus controles —respondió Alfonso.—Y
* * *Salvatore Greco salió de su oficina en el Senado a las nueve y doce de la noche. Su coche oficial lo esperaba en la entrada principal, pero un Mercedes conocido se detuvo antes. Reconoció al conductor de Enzo.—El señor Moretti desea verlo —dijo el hombre.—Pudo llamarme.—Lo hizo. Usted no contestó.Salvatore revisó el teléfono. Tenía una llamada perdida. Miró a sus escoltas y les indicó que siguieran el Mercedes.—Ellos no vienen —dijo el conductor.—Soy senador de la República.—Esta noche es el esposo de Valentina.Salvatore entendió la diferencia. Subió.El seguro de la puerta se cerró cuando el coche tomó la avenida. Su teléfono quedó sin señal. Salvatore no preguntó adónde iban.Lo llevaron a un antiguo depósito ferroviario al norte de la ciudad. Alessandro esperaba junto a una mesa de metal. Enzo estaba sentado al otro extremo, con el permiso falso y varias hojas extendidas frente a él.No ataron a Salvatore. Un hombre cerró la puerta y se quedó delante.—Si querías habl
Adriano contestó en la cocina del apartamento de Via Germanico. Tenía hielo sobre la rodilla, cuatro puntos en el cuello y una taza de café que no había probado.—Cuéntamelo tú —dijo Alfonso—. Claudio está demasiado enojado para ordenar los hechos.Adriano le contó todo. No suavizó el primer golpe a Carlo, la emboscada ni el disparo que mató a Fabrizio. Cuando terminó, Alfonso tardó tanto en responder que Adriano miró la pantalla para comprobar que la llamada no se había cortado.—¿Quién habló con Laura? —preguntó Alfonso.Adriano apartó la bolsa de hielo. La mejilla todavía le dolía donde Laura lo había golpeado.—Yo.Alfonso dejó pasar unos segundos.—¿Te pegó?—Sí.Adriano se tocó la mejilla con el dorso de los dedos.—Bien. Esa parte no la repares.Adriano apretó la bolsa de hielo.—Encontré a tu traidor.Alfonso no respondió de inmediato. Adriano oyó el roce de un papel al otro lado.—Encontraste a dos imbéciles que vendieron una puerta. El que tenía la llave sigue libre.—Fabriz
Una ráfaga atravesó la puerta. El hombre que iba delante recibió un tiro en el brazo; otro impacto le rompió el chaleco y lo lanzó contra la pared. Claudio respondió desde el suelo. Alguien gritó en el pasillo.—¡Sabían por dónde veníamos! —dijo Paolo.Adriano vio un cable fino junto al marco. No era un sensor térmico. Era una cámara del tamaño de un tornillo.—Nos vieron romper la pared —dijo Adriano.Claudio arrastró al herido detrás de las cajas.—Paolo, presión en el brazo. Tú, Moretti, conmigo —ordenó Claudio.Avanzaron por lados opuestos. Un hombre asomó la pistola sin mostrar el cuerpo. Adriano disparó a la mano; dos dedos y el arma cayeron al piso. El grito abrió un hueco. Claudio cruzó, golpeó al tirador en la garganta y lo dejó contra la pared.Otro guardia salió de la sala de pesas. Llevaba una escopeta. Adriano se lanzó detrás de una máquina, pero la pierna derecha no respondió a tiempo. El disparo destrozó el espejo sobre su cabeza. Fragmentos le abrieron la oreja y el cu







