FAZER LOGINLudovica Conti soñaba con ser chef, no con pertenecer al mundo de la mafia. Pero cuando Gabriele De Luca, el imponente heredero del imperio criminal, entra en su vida… todo cambia. Él la desea, la protege, la reclama como suya… incluso si ella fue entregada como pago por una deuda. Entre fuego, traición y deseo, Ludovica descubrirá que el amor más peligroso… es el que no puede evitar. Porque él y esos ojos son su perdición… y también su único refugio.
Ver maisDesde que me levanté, algo se sentía diferente.No era dolor exactamente. Era… una presión extraña. Como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo, estirándose desde dentro. Me había duchado temprano, como todos los días, y bajé a desayunar con una leve molestia en la parte baja de la espalda. Nada grave, pensé. Nada que no me hubieran dicho que podía pasar en las últimas semanas del embarazo. Ya estábamos casi al final. Siete meses y tres semanas. Podía ser solo eso. Preparativos del cuerpo.Gabriele no estaba.Ese día tuvo que viajar a Palermo. Asuntos urgentes del consejo, de esos que no podía delegar y que literalmente lo llevaban al otro extremo de Sicilia. Me besó la frente antes de salir, me dijo que no tardaría más de unas horas y que cualquier cosa lo llamara de inmediato.—Estoy bien —le aseguré, sonriendo con la seguridad que él siempre necesitaba para poder marcharse en paz.Y era verdad. O al menos eso creía.Mi madre, que se había quedado a vivir con nosotros junto
Después de la tormenta, llegó el silencio.Un silencio diferente, no vacío ni lleno de miedo como antes. Era un silencio tibio, necesario. Como si el alma de esta casa, que había sido testigo de tanto horror, hubiera soltado por fin el aire contenido en sus paredes.Gabriele se levantó temprano esos días. Aunque sus heridas no habían sanado del todo, su mente ya estaba despierta, tan afilada como siempre. Lo veía salir con determinación, hablar por teléfono durante horas, reunirse con hombres que antes me parecían meros fantasmas armados, pero que ahora empezaban a mostrar rostros humanos, rostros que dudaban, que buscaban dirección, que aceptaban que habían estado del lado equivocado.La traición de Antonio, y de Marco con él, había dejado más que cicatrices. Había tambaleado estructuras que durante décadas se creyeron inquebrantables. Gabriele sabía que no bastaba con limpiar la superficie. Había que escarbar hondo, arrancar raíces podridas y sembrar algo nuevo. Y él lo estaba hacie
La noche se estiraba como una sombra interminable.Habían pasado ya más de cinco horas desde que crucé la puerta de casa, y seguía sin poder respirar con normalidad. El cuerpo me dolía entero, no solo por las heridas que traía encima, sino por la tensión que me devoraba los nervios desde dentro. Sentía el peso del bebé en mi vientre, recordándome a cada momento que debía cuidar de él… pero ¿cómo podía hacerlo cuando mi alma estaba allá afuera, corriendo entre la oscuridad, persiguiendo a un fantasma que aún no sabía si respiraba?Teresa, dulce, paciente, incansable, había intentado por todos los medios convencerme de que subiera a descansar. Me preparó un té con manzanilla y menta, lo dejó a mi lado, me acarició el cabello como lo hacía mi madre cuando era niña, e incluso me ofreció un cambio de ropa limpia. Pero nada lograba sacarme del sofá. No podía. No iba a cerrar los ojos hasta que supiera algo. Algo real. Algo que me dijera que Gabriele estaba vivo.Había llamado a Fyodor, dos
El impacto contra las rocas no fue tan brutal como podría haber sido, pero suficiente para dejarme sin aire, con la vista nublada y el cuerpo hecho un nudo de dolor. Resbalé unos metros por la ladera, chocando contra ramas, tierra suelta, una raíz que me desgarró el costado. Después… silencio. No sé cuánto tiempo pasó. Un minuto. Dos. Diez. Lo único que recuerdo es el ardor de mis pulmones al intentar tomar aire y un zumbido constante en los oídos.Cuando por fin pude abrir los ojos, la montaña ya no temblaba. Las detonaciones se oían más lejos. El cielo, cubierto de nubes, parecía más cercano, más pesado. El sabor metálico en la boca me indicó que sangraba, aunque no podía decir exactamente de dónde. Me senté con torpeza, tanteando con las manos hasta que encontré algo sólido a lo que aferrarme.Me dolía todo. Pero estaba vivo.Y lo sabía. Sabía que le había dado el disparo a Antonio. Lo vi tambalearse, vi su expresión sorprendida, la mancha roja extendiéndose en su costado. Lo vi ca






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