Share

Capítulo 2

Penulis: Olga Sombra
—¡Guau, miren eso! ¡Qué mujerón!

Dentro del Rolls-Royce, el chofer se la señaló al asistente para que también la viera.

El asistente alzó la vista y en sus ojos apareció el mismo sobresalto que provoca una belleza fuera de lo común.

—De verdad está bellísima.

Había acompañado a Javier a incontables eventos de la alta sociedad. Había visto a damas de familias poderosas, herederas de grandes familias y mujeres hermosas de todo tipo.

Pero ninguna se comparaba con la mujer que tenían delante.

Era deslumbrante, vibrante, arrebatadora. Sus ojos brillaban con un encanto casi hipnótico y, cuando miraba, irradiaba una sensualidad natural. El vestido rojo se agitaba con el viento, y ella entera parecía una llama en su punto más intenso.

Javier era famoso por ser frío, severo, exigente y casi ascético.

Había tenido no menos de ochenta citas, todas con mujeres de rostro y figura impecables. Y aun así, no hubo una sola que lograra interesarle.

A algunas ni siquiera llegó a verlas; le bastaba con escuchar su nombre para descartarlas de inmediato.

Por eso, esta vez, la abuela de Javier optó por no decirle de qué familia venía la chica. Simplemente lo mandó a una cita de verdad.

El chofer comentó:

—Con lo hermosa que es, al señor Cejudo debería gustarle mucho, ¿no?

El asistente, sin apartar la vista de aquella figura vestida de rojo, respondió:

—A él no le gustan las mujeres así. Al señor Cejudo le gustan las discretas, dulces, de perfil bajo. Además, detesta el rojo.

El chofer, hombre casado y curtido por la experiencia, soltó:

—El tipo ideal no existe. Todo depende de la química. Cuando alguien de verdad te entra por los ojos, te gusta tal como es.

El asistente replicó:

—Entonces apostemos. Yo digo que la cita del señor no va a llegar a nada.

El chofer sonrió.

—Yo digo que esta vez sí va a funcionar.

El asistente llevaba años al lado de Javier y creía conocerlo de memoria, así que estaba seguro de que ganaría.

—El que pierda le paga al otro mil dólares. ¿Qué dices? ¿Te animas o no?

El chofer confió en su intuición de hombre experimentado.

—Hecho.

Y así, los dos se quedaron mirando hacia el interior de la cafetería, atentos a cómo terminaba la cita.

***

Javier estaba sentado en el reservado número 6.

La luz del sol se filtraba por la ventana y le bañaba el rostro de facciones marcadas.

Camisa blanca, traje negro, espalda recta, porte impecable.

Todo en él parecía bañado por una luz dorada que lo hacía ver noble y deslumbrante.

Hoy en día, en cuanto la gente tiene un rato libre, se pone a mirar el celular. Javier no tenía esa costumbre. En su tiempo libre, prefería leer.

Sobre la mesa había una edición completamente en inglés. En español, el título era Cumbres borrascosas.

Sus dedos largos y elegantes pasaron la página, y una línea en inglés cayó ante sus ojos:

Only do not leave me in this abyss, where I cannot find you.

En español, significaba:

No me dejes en este abismo donde no puedo encontrarte.

Para Heathcliff, un mundo sin Catherine era un infierno en la tierra.

Javier nunca había estado enamorado.

Tampoco había amado a ninguna mujer.

Por eso, frente a ese amor feroz, abrasador y casi violento que el protagonista sentía por Catherine, no podía evitar mostrarse escéptico.

¿De verdad un hombre podía llegar a amar a una mujer de esa manera?

En ese momento, Javier creía que no.

Por lo complejo de su origen y de su entorno familiar, desde niño le habían inculcado una idea muy clara: un hombre debía poner por encima de todo el futuro y el honor de su familia; perderse en el amor no era más que una pérdida de tiempo.

En su círculo, la mayoría de los matrimonios eran alianzas. Consolidar el estatus social mediante un matrimonio conveniente, afianzar la posición de la familia, unir recursos, ampliar la red de contactos y proteger el prestigio familiar…

Ese era el sentido de su existencia.

Javier levantó la mirada de aquella frase y la posó en una moneda.

Estaba boca abajo.

La había dejado la mujer con la que pasó aquella noche.

Javier no solía usar marcapáginas, así que utilizaba aquella moneda como separador y siempre la llevaba consigo. Sus dedos largos y bien definidos tomaron la moneda plateada. La textura áspera se sintió con claridad en la yema de sus dedos.

Había pasado un año. Y aun así, seguía recordando con absoluta nitidez la sensación de tocarla.

Su piel era suave y fina, blanda como una nube, como seda tibia bajo las manos. Era muy sensible: cada vez que él la tocaba, su cuerpo respondía con un temblor de excitación.

Debajo de él, parecía un pétalo azotado por la tormenta: delicada, temblorosa, indefensa, conmovedora. Incluso el sonido de su llanto le resultaba insoportablemente dulce, hasta el punto de empujarlo a perder todavía más el control.

Su cuerpo había quedado cubierto de sus marcas.

Aquella noche ninguno de los dos durmió. Estuvieron juntos hasta las ocho de la mañana, agotados, satisfechos, empapados de una intensidad imposible de olvidar.

Un rayo de sol se coló por la rendija de la cortina y cayó sobre la cadera de ella.

Antes de cerrar los ojos y quedarse dormido, Javier alcanzó a ver que tenía un lunar negro. Justo en el centro de la cadera derecha: pequeño, redondo, inconfundible.

Ella tenía la piel muy blanca, y ese lunar oscuro, tan perfectamente circular, destacaba sobre esa blancura de una forma casi hipnótica, con una sensualidad peligrosa.

Era la única señal que le había quedado para poder reconocerla.

Si ese lunar hubiera estado en su rostro, habría podido identificarla al instante en cuanto la volviera a ver.

Si quería reconocerla, no solo tendría que hacer que se quitara el pantalón. También tendría que lograr que se quitara la ropa interior.

De verdad, ese lunar estaba en el peor sitio posible. Probablemente jamás volvería a encontrar a esa mujer.

Mientras Javier pensaba, alguien se tambaleó a su lado y golpeó el borde de la mesa.

El café en la taza formó ondas concéntricas.

Una mujer vestida de blanco, que acababa de torcerse el tobillo, cayó contra el lateral del reservado.

Al perder el equilibrio, se golpeó la cabeza con la pequeña placa metálica del número, atornillada al borde exterior del reservado.

La placa, ya algo floja, giró media vuelta. El 6 se convirtió en 9.

La mujer levantó la vista, vio el rostro de Javier y se le iluminaron los ojos. Su voz se volvió dulce, suave, casi insinuante.

—Qué pena, de verdad, señor… ¿por qué no nos pasamos el WhatsApp? Así otro día puedo disculparme como se debe.

Javier bajó la vista a su libro y respondió con una frialdad glacial:

—Lo que puede resolverse hoy no hace falta dejarlo para otro día.

La mujer quedó en ridículo y se levantó.

Notó que el número había cambiado de 6 a 9, pero como acababa de ser rechazada, se dio la vuelta y se fue sin advertirle nada a Javier.

***

La puerta de la cafetería se abrió.

Sonia entró.

La brisa veraniega atravesó el lugar, levantando las páginas del libro sobre la mesa con un sonido claro y continuo que resonó en la calma del local.

El aire cálido golpeó el rostro de Javier, se coló por su camisa blanca y rozó su piel tersa.

Él volvió la cabeza hacia la entrada. Al mismo tiempo, Sonia lo miró a él. Sus miradas chocaron en el aire.

Sonia contuvo el aliento.

Así que un hombre también podía ser más hermoso que una mujer.

En el instante en que sus ojos se encontraron, todo pareció quedar suspendido, como si el tiempo se hubiera ralentizado.

Las demás personas, los objetos, el murmullo de alrededor… todo se volvió borroso.

La luz del mundo entero pareció concentrarse solo sobre ellos, y cada uno vio al otro con una claridad absoluta.

Cuando ella lo vio, fue como si una rosa escondida junto al muro por fin encontrara la luz. Cuando él la vio, fue como si, en medio de una niebla espesa, apareciera de pronto una única rosa.

La mirada de Sonia descendió del rostro de Javier a la placa del reservado: 9.

Él era su cita.

Muy distinto de lo que le había dicho Sara.

La duda solo cruzó por su mente un instante.

Si le hubiera tocado un patán, no pensaba ponerse exigente; pero si le había tocado un hombre así, no lo iba a dejar escapar.

Sonia esbozó una sonrisa radiante, llena de encanto, mientras caminaba hacia él.

Su melena negra, larga y ondulada caía con suavidad y se balanceaba con cada paso. El vestido rojo se ajustaba a su cuerpo con una caída delicada, dibujando una cintura fina.

La abertura dejaba ver sus piernas largas y claras, deslumbrantes a la vista. Piel blanca, vestido rojo, una elegancia que parecía mecerse con el viento.

Javier observó a la mujer que se acercaba. Y, por primera vez, descubrió que alguien podía llevar el rojo de una manera tan hermosa. Seguía siendo un color llamativo, pero en ella no le resultaba molesto.

El sonido de los tacones contra el piso se detuvo. Un aroma limpio y femenino, inconfundiblemente suyo, se coló en sus sentidos.

Sonia se sentó frente a Javier y fue directa al grano:

—Hoy vine a una cita.

—Yo también —respondió Javier.

Cerró el libro, y la moneda quedó atrapada entre las páginas.

—Sonia Sánchez.

—Javier Cejudo.

Intercambiaron nombres.

Sonia bajó las pestañas y tomó un sorbo de café. La espuma blanca se quedó por un instante en sus labios rojos, antes de deshacerse y dejar en ellos un brillo húmedo.

Por fuera parecía tranquila, serena. Por dentro, en cambio, era un torbellino: "¡La familia Cejudo! ¡Javier! ¿Quién, en el círculo de la capital, no conocía a la familia Cejudo? ¿Y quién no había oído hablar del heredero de la familia más poderosa de la capital?"

Cada sílaba de su nombre evocaba dinero, poder y estatus… y, además, a un hombre completamente fuera del alcance de cualquiera.

Incontables damas de familias poderosas habían intentado conquistar a ese codiciado soltero llamado Javier. Unas tiraban de contactos, otras recurrían a artimañas, otras conseguían presentaciones solo para verlo una vez, ganarse su favor y casarse con él para convertirse en la gran señora del círculo de la capital.

Pero todas habían fracasado.

Un año atrás, Sonia ya había escuchado a Sara decir que estaba buscando cómo acercarse a la abuela de Javier para lograr que Elvira tuviera una cita con él y acabara casándose con él.

Sonia esbozó una sonrisa irónica.

Si no se equivocaba, la verdadera cita de Javier ese día era con Elvira.

A ella, Sara le había arreglado una cita con un hombre de cincuenta años, divorciado y con dos hijos. A su hija, en cambio, le había reservado al hombre más codiciado del círculo de la capital.

Eso ya no era favoritismo.

Era humillación pura.

Quién iba a imaginar que, por capricho del destino, Sonia terminaría topándose con Javier.

La taza de café volvió al plato con un sonido nítido.

Sonia levantó la vista y lo examinó con calma.

La camisa blanca era de una calidad impecable. Sus hombros anchos le daban una estructura firme y elegante. La tela se tensaba lo justo sobre el pecho, marcando una presencia llena de fuerza contenida.

La línea firme de su torso descendía desde los hombros y se estrechaba hacia la cintura. La camisa estaba metida dentro del pantalón negro, y desaparecía en una zona que invitaba a imaginar demasiado.

Parecía un hombre que sabía perfectamente cómo hacer el amor.

A Sonia le dio sed de repente.

Tomó la taza y volvió a beber un sorbo.

Al mismo tiempo, Javier también la observaba.

Tenía la piel muy blanca, pero no era una blancura apagada, sino una luminosidad limpia y fina, sin una sola impureza.

Sus ojos oscuros se clavaron en ella. Y, de pronto, una extraña sensación de familiaridad brotó en su interior.

Mirándola a los ojos, preguntó:

—¿Nos hemos visto antes?
Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 30

    Lo de la mudanza no requirió que Sonia moviera un solo dedo.Javier ya había enviado personal especializado para encargarse de todo.Dos mujeres ayudaban a Sonia a ordenar sus cosas, y dos hombres hacían lo mismo con las de Luis.El asistente de Javier se quedó ese día junto a Sonia de principio a fin, pendiente de todo lo que ella necesitara.La casa ya de por sí era pequeña, y con tanta gente entrando y saliendo todo el tiempo, Sonia y Luis terminaron siendo los que menos tenían que hacer.La silla de tres patas, claro, no valía la pena llevársela. La mesa vieja, desconchada y sin gracia tampoco era como para encariñarse con ella. Y ese ventilador destartalado, que casi no servía de nada, ni siquiera valía la pena llevárselo.Luis fue hasta la cocina.—Este lavavajillas también llévenselo. Lo compré de segunda mano a principios de año.El asistente sonrió con calma.—El señor Cejudo no suele usar cosas de segunda mano.Luego añadió:—La mansión tiene de todo. Todos los muebles son de

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 29

    En realidad, no estaba satisfecha con esa empresa, ya que no encajaba con su plan de carrera, pero por ahora solo puede conformarse.Sonia se echó el bolso al hombro y, cuando estaba a punto de salir para la empresa, sonó el timbre.Al abrir, encontró al asistente de Javier.Sonia preguntó:—¿Javier se dejó algo?El asistente respondió:—Señorita Sánchez, vengo por un asunto relacionado con usted.Sonia no lo entendió y volvió a preguntar:—¿Qué asunto?—El señor Cejudo me pidió que viniera a ayudarlos a ustedes con la mudanza.Luis corrió hacia la puerta, curioso.—¿Mudarnos a dónde? Ojalá que la casa tenga aire acondicionado, porque si no, me voy a morir de calor.El asistente esbozó una leve sonrisa.—Eso es lo de menos.Luis lo miró con evidente incredulidad.—¿Qué pasa? ¿Javier nos va a regalar un departamento enorme o qué?—Una casa de mil doscientos metros cuadrados —respondió el asistente—. El señor Cejudo tiene muchísimas propiedades a su nombre y dio instrucciones de elegir u

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 28

    Sonia le lanzó una mirada a Javier.—No me estoy escondiendo. Me está llamando una amiga y tal vez quiera hablar conmigo de algo privado.Salió al balcón y contestó la llamada.La voz de la casera llegó del otro lado de la línea:—Hola, Sonia, ¿cuándo vas a poder pagar la renta de este mes?Sonia bajó aún más la voz:—Sí, tenía el dinero para pagar la renta, pero este mes mi abuela se enfermó y se me fue todo en gastos médicos. De verdad, esta sí fue una urgencia. ¿Podrías darme unos días más?La casera no habló con dureza, aunque en su tono también se notaba el cansancio de alguien que tampoco lo estaba pasando bien.—Yo confío en ti. Sé que no lo haces a propósito. Pero mi hijo, que tiene autismo, ha estado peor últimamente, y quiero llevarlo a un hospital mejor para que reciba una mejor atención.—Lo entiendo. Sé que tampoco la tienes fácil. Estoy buscando trabajo y ya hay una empresa dispuesta a contratarme. En cuanto empiece, voy a pedir que me adelanten parte del sueldo. ¿Puedo p

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 27

    Sonia se volvió y vio que Javier la estaba mirando.En ese momento, él estaba apoyado contra la pared, con una pierna extendida y la otra flexionada. Tenía una almohada apretada contra el bajo vientre.Sonia llevaba muy poca ropa. Su cintura delgada y sus largas piernas quedaban al descubierto.No estaba acostumbrada a mostrar tanta piel delante de alguien con quien aún no tenía tanta confianza, así que cuando se topó de lleno con la mirada de Javier, sintió una mezcla de incomodidad y vergüenza.Pero no dejó que se le notara nada en el rostro. Mantuvo la compostura y lo saludó con naturalidad:—Buenos días.—Buenos días —respondió Javier con la voz notablemente ronca.—Ya terminé de hacer ejercicio. Voy a bañarme.La mirada de Javier recorrió su rostro y luego descendió por su cuerpo.Acababa de terminar de entrenar, así que tenía las mejillas encendidas y los labios más rojos de lo habitual. Finas gotas de sudor le perlaban el rostro, el cuello, la cintura y las piernas.Sonia pregun

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 26

    Si hubiera sido cualquier otro hombre quien le hiciera esa pregunta, Sonia habría pensado sin dudar que estaba frente a un descarado.Pero sabía que Javier no era de esos.Él lo decía completamente en serio.Y si ella le contestaba que no le había gustado, estaba casi segura de que él cambiaría de estrategia, como si de verdad buscara otra forma de solucionarlo: ajustar la intensidad, cambiar de sitio, dejar la suavidad atrás y volverse más insistente… y volver a intentarlo con ella.Entonces, ¿acaso ella era un problema matemático para él?En serio… ¿qué se suponía que debía responder a eso?Así que Sonia decidió fingir que estaba dormida.Cerró los ojos con fuerza y, ella, que jamás roncaba, hasta moduló la respiración para que sonara lenta y pareja, como si llevara rato profundamente dormida.Javier giró la cabeza para mirarla, sorprendido. ¿De verdad se había quedado dormida cuando él apenas había alcanzado a decir un par de frases?Su cuerpo firme se inclinó un poco hacia ella. Su

  • De Gorda a su Obsesión   Capítulo 25

    —¿No estás molesto?—¿Por qué habría de estarlo?Javier siguió limpiando el piso con la toalla. Sus dedos, pálidos y limpios, se tiñeron de rojo por el vino, pero a él no pareció importarle en lo más mínimo.—Lo que te preocupa es totalmente razonable. Entre las obligaciones de un matrimonio también está el respeto mutuo. Y como tu esposo, creo que debo respetar lo que piensas.¿Y eso era, para él, tratarla con respeto y cortesía?Sonia pensó que, en realidad, aquello no le desagradaba en absoluto.Las pestañas de Javier le sombreaban los ojos, largas y rectas, como plumas oscuras. Ella lo observó en silencio, con los ojos húmedos y brillantes.De pronto, él levantó la mirada. Sus ojos eran negros, profundos, insondables. La miró de frente y dijo:—Tarde o temprano, vas a ser mía.Qué manera tan dominante de decirlo.Las pestañas de Sonia temblaron ligeramente.La luz de la habitación se apagó y todo quedó a oscuras.Los dos estaban acostados en la cama, cada uno en un extremo.La puer

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status