LOGINLía deja de respirar, al inicio por miedo.
El aire se atasca en su garganta, denso y doloroso, mientras los ojos dorados del Rey Alfa la escrutan con una intensidad que podría fundir el acero.
Debería estar temblando. Debería estar de rodillas, suplicando por su vida, orinándose del miedo como cualquier lobo de bajo rango, y más aún una siendo una «sin piel», cualquiera lo haría ante la presencia del depredador más letal del continente.
«¡Grita! ¡Corre! ¡Pide piedad!», se dice a sí misma, pero, extrañamente, su cuerpo no obedece al pánico.
De pronto, una calma antinatural nace en su pecho. A pesar de la oscuridad que emana de Magnar, a pesar de las historias de cómo arranca gargantas con sus propias manos, Lía no siente el impulso de huir de él.
Al contrario, el aroma que lo envuelve parece... correcto. Como si esa oficina, llena de peligro, fuera el único lugar seguro en un palacio lleno de traidores.
—Te he hecho una pregunta —gruñe el Rey. Da un paso hacia ella, saliendo de la penumbra del balcón.
Es gigantesco.
La luz de la luna revela una barba oscura y recortada, y una cicatriz pálida que le atraviesa la ceja izquierda, dándole un aire salvaje. No lleva corona, ni joyas. Solo los músculos tensos de un guerrero que vive para la batalla.
Lía retrocede instintivamente hasta chocar con la madera del balcón.
—Yo... lo siento, Majestad —susurra, y su propia voz le suena patética—. No sabía... no quería molestar. Me iré ahora mismo.
Gira sobre sus talones, corre hacia la puerta y se queda buscando el cerrojo con dedos torpes. Necesita salir de ahí lo antes posible, porque si se queda un segundo más bajo esa mirada dorada, siente que se va a incendiar.
Pero antes de que pueda bajar el pestillo, una mano enorme se cierra alrededor de su antebrazo.
El contacto es eléctrico.
No es doloroso, aunque la fuerza de su agarre es inmensa. Es un choque de calor que sube por su brazo y le eriza la piel de la nuca.
Sin poder contenerse, Lía jadea ante esa reacción. El Rey también se tensa y, por una fracción de segundo, el tiempo se detiene.
Magnar mira su propia mano sobre la piel pálida de ella con una expresión indescifrable, como si le sorprendiera el hecho de estar tocándola y no sentir la repulsión que siempre le provocan las lobas.
Luego, la máscara de frialdad cae de nuevo sobre su rostro.
—Nadie entra y sale de mis aposentos como si fuera su casa —dice con voz gélida. De un tirón brusco, la aparta de la puerta—. ¡Guardias!
La orden es un latigazo.
En cuestión de segundos, la puerta se abre de golpe, dos guardias reales, armados con lanzas y vistiendo la armadura de la élite, entran con las armas en alto. Sus ojos barren el despacho y se detienen en Lía, encogida en el suelo a los pies del Rey.
—¡Es la intrusa que nos informaron hace un rato! —brama uno de ellos.
La levantan del suelo sin ninguna delicadeza. Las manos de los guardias son rudas, y Lía sisea de dolor cuando le retuercen los brazos a la espalda.
—Sáquenla de aquí —ordena Magnar. Se ha girado de nuevo hacia el balcón, dándoles la espalda, como si la presencia de Lía ya no le importara en absoluto—. Ha interrumpido mi paz. Y saben lo que pasa cuando alguien se atreve a ello.
El guardia asiente con una mueca de miedo y respeto.
Empujan a Lía hacia el pasillo. La arrastran descalza sobre el mármol frío y nota que, lo que antes era un pasillo vacío, ahora empieza a llenarse de curiosos. Invitados de la fiesta, sirvientes y nobles se asoman para ver el espectáculo.
Es el paseo de la vergüenza.
Lía intenta mantener la cabeza alta, mientras las lágrimas de humillación le queman los ojos, pero no llora, y pronto los murmullos comienzan a correr como la pólvora.
—¿Entró a los aposentos del Rey?
—Es la huérfana, la hija de la traidora.
—Dicen que intentó seducirlo. ¡Qué osadía!
Al llegar al final del corredor, donde el pasillo real se une con la entrada al Gran Salón, el grupo se detiene. Hay una pequeña multitud congregada allí, bloqueando el paso. Y en primera fila, con una copa de vino en la mano y su impecable traje de gala, está Kian.
El mundo de Lía se reduce a la cara del hombre que hace una hora era su prometido secreto.
Kian la mira con desprecio, no hay amor en sus ojos, ni siquiera lástima. Jarek y los otros amigos de Kian están a su lado, riéndose por lo bajo.
—Vaya, vaya —dice Kian lo suficientemente alto para que los que están cerca lo escuchen—. Parece que la «sin piel» apuntaba alto. No le bastaba con un Beta, quería ir directo a la cama del Rey.
—Una puta siempre busca al mejor postor —responde Jarek con sorna.
Kian la mira directamente a los ojos y alza su copa en un brindis silencioso y burlón. Su mensaje es claro, se ha buscado tu propia tumba, y le ha ahorrado el trabajo de ensuciarse las manos.
Lía aprieta los dientes, tanto que le duele la mandíbula. El dolor de la traición se mezcla ahora con una furia caliente y roja, no va a llorar frente a él. No le dará ese gusto.
El jefe de los guardias se detiene, dudando hacia dónde girar.
—¿La llevamos a las mazmorras comunes o a las celdas de castigo, Capitán? —pregunta el subordinado—. La ofensa al Rey suele pagarse con...
—¡Alto!
La voz del Rey Magnar corta el aire como una espada, silenciando las risas, los murmullos y hasta la música que venía del salón.
Sobre todo, porque nunca ha detenido una de sus órdenes.
Después de dar la orden de que se lleven a la chica, una sensación extraña golpea el pecho de Magnar, deteniéndolo en seco antes de volver a las sombras.
Aquella muchacha, débil, mal vestida y solitaria, huele a desesperación. Huele a una traición tan amarga que le deja un sabor metálico en la lengua.
Hace apenas unos minutos, cuando salió al balcón, Magnar no esperaba encontrar nada más que el vacío habitual. Odia estas celebraciones, ver a los jóvenes llenos de ilusiones estúpidas, ajenos a la crueldad real del mundo. Pero entonces, la brisa nocturna le trajo algo que no había percibido en décadas.
Jazmín. Lluvia fresca. Y paz.
Ese último matiz es el que lo desconcierta. En el palacio lleno de ambición, lujuria y miedo, el aroma de la paz es una anomalía. Sus oídos, agudizados por su rango Alfa, captaron las voces provenientes del jardín inferior. Las palabras de la conspiración llegaron a él claras y nítidas, como el chasquido de un hueso al romperse.
«Que sea de todos y de nadie...»
La ira que siente ahora no es solo por la injusticia. Es la furia de un dragón al que le han tocado el tesoro. Sintió el aroma de la chica moverse, acercarse a su balcón, y cuando finalmente la tuvo al lado, temblando y sollozando, ese dolor ajeno se le ancló en el pecho como si fuera propio.
—Y la única manera de quitármelo es con sangre —gruñe para sí mismo.
Sale de su despacho privado, una habitación contigua a su dormitorio donde nadie tiene permiso de entrar, y avanza hacia el pasillo.
La escena que encuentra le hierve la sangre. Ve los rostros de su propia manada, nobles y guerreros, disfrutando del espectáculo de la humillación.
Nadie lo ve llegar, pero el aire cambia. Las antorchas parecen parpadear y atenuarse cuando su sombra inmensa devora la luz del pasillo. El silencio se propaga como una onda expansiva, cortando risas y murmullos de golpe.
Todos los presentes, incluido Kian, bajan la. El aura de poder del Alfa es densa y aplasta la voluntad de cualquiera lo suficientemente estúpido para sostenerle la mirada.
Magnar camina despacio, los guardias que sujetan a Lía tiemblan visiblemente, sus armaduras tintineando por el miedo incontenible. Y, a pesar de la situación en la que se encuentra, la única que no se inclina, la única que lo mira con ojos llorosos, pero desafiantes, es ella.
El Rey se detiene frente a la chica, su vista va a las manos sucias de los guardias que aprietan los brazos pálidos y delgados de Lía. Un gruñido bajo vibra en su garganta.
—Suéltenla —ordena.
Los guardias la sueltan de golpe, como si la piel de ella quemara, y retroceden dos pasos, pálidos como el papel.
—¿Quién ha dicho nada de mazmorras? —pregunta Magnar con voz suave. El capitán de la guardia traga saliva, sudando frío.
—Señor... ella invadió su privacidad. Asumimos que... el castigo estándar es...
—¡No asumas nada! —le corta el Rey, y esta vez su voz es un trueno que hace estremecer los cristales de las ventanas.
Magnar levanta la vista y sus ojos dorados, brillantes y letales, barren la multitud. Se detienen un segundo en Kian y le parece tan patético, con el miedo en sus ojos.
Luego, la mirada del Rey vuelve a Lía, quien se abraza a sí misma, temblando de frío y de un terror que le parte el alma al Rey, aunque no deje que se note en su rostro pétreo.
—Llévenla a mi cuarto —ordena Magnar.
El silencio que sigue es absoluto. Los ojos de los cortesanos se abren desmesuradamente.
—¿A... a su cuarto, Majestad? —tartamudea el guardia, confundido, creyendo haber escuchado mal.
El verano ha llegado al reino y parece que ha venido para quedarse.Durante siglos, estas tierras fueron conocidas como el Reino del Hielo Eterno, un lugar donde el sol era un invitado tímido y la nieve cubría los secretos de sangre de generaciones pasadas.Pero el clima, al igual que el corazón de su Rey, ha cambiado.La nieve cada año se retira hacia los picos más altos, revelando valles de un verde vibrante y salvaje que muy pocos ancianos recordaban que existía.En los jardines traseros del palacio, el sonido de la risa infantil es más fuerte, y definitivamente más caótico, que el de cualquier tambor de guerra que haya resonado en estas murallas.—¡Liam, espérame! ¡Eso es trampa, usaste el salto Vargr! —grita una niña de cuatro años con el cabello negro como la noche y unos ojos violetas que brillan con travesura.—¡Corre, Elara! ¡Si no corres, eres la presa! —responde el Príncipe heredero. A sus seis años, Liam ya muestra
La habitación de Ágatha se baña, de pronto, por la luz de la mañana con un halo de esperanza.Ha pasado una hora desde que tomó el antídoto, y el cambio es milagroso. El color ha vuelto a sus mejillas y puede sentarse sin ayuda. El Sanador Mayor retira las manos de la frente de ella, con una expresión de asombro absoluto y se retira casi con miedo.—Es increíble, Majestad —dice el anciano, mirando a Lía—. Su loba... no murió.—¿Qué? —Lía deja caer la taza de té que sostenía—. Pero ella dijo que dejó de sentirla. Se supone que el veneno mata al lobo…—El veneno la obligó a entrar en un estado de hibernación profunda, casi catatónica, para proteger el núcleo vital de su humana —explica el sanador—. Al retirarse la toxina, la loba está despertando. Es débil, sí, y tardará unos días más en recuperar su fuerza completa, pero está ahí. Su madre es tan fuerte como usted, mi Reina.Lía se cubre la boca con las manos, con los ojos llenos de lá
El claro del bosque no está iluminado por la luna, sino por una fogata pequeña que proyecta sombras largas y distorsionadas.Kian está atado a un tronco seco. Su piel, antes cuidada, ahora está cubierta de ampollas y sudor frío. Lía no ha usado cuchillos todavía, ha usado algo peor.Todos saben que el veneno de Víbora de Fuego, una toxina lenta que quema los nervios desde el interior, como si tuviera lava corriendo por las venas, es una de las peores cosas que puede atacar a un ser vivo.—¡Por favor...! —gime Kian, retorciéndose—. ¡Haz que pare! ¡Te daré lo que quieras!Lía, sentada en una roca frente a él, limpia sus garras con un paño de seda con una calma terrorífica.—Ya me has dado lo que quería. Tu miedo —dice ella con una sonrisa tan oscura, que hasta Darius se impresiona. Lía se pone de pie y saca un pergamino—. Pero antes de que mueras, quiero que escuches por qué te vas al infierno.—Lía... —suplica él.—¡Cállate! —ruge ella
El patio de armas está sumido en la luz anaranjada del atardecer. Los caballos con las provisiones resoplan, soltando vapor por las narices y sintiendo la tensión de sus jinetes.Es un viaje largo, especialmente para una madre que no se ha apartado de su hijo por más de un día para cumplir con sus obligaciones.Magnar sujeta las riendas del caballo negro de Lía, negándose a soltarlo. No quiere dejarla ir sola, tiene miedo de que a ella le pase algo y él no esté a su lado para protegerla, para dar su vida.—Déjame ir contigo —insiste por décima vez. Su voz es un gruñido bajo, cargado de frustración—. Kian es peligroso, como cualquier una rata acorralada. Si te hace algo...—Si vienes conmigo, ¿quién cuidará a Liam? —pregunta Lía, ajustándose los guantes de cuero con calma—. ¿Quién cuidará a mi madre en sus últimos días? Esto es algo que tengo que hacer yo, amor. Kian me debe demasiado, la deuda es enorme.Magnar aprieta la mandíbula y asiente levemente.Sabe que ella tiene razón, Ágath
Las dos semanas siguientes son un regalo y una tortura al mismo tiempo.En los jardines de invierno, bajo el sol pálido de la tarde, Ágatha sostiene a Liam en su regazo. Sus manos, aunque visiblemente más delgadas y temblorosas, acarician la espalda del bebé con una sabiduría antigua.—No le des carne todavía, Lía —aconseja Ágatha con voz suave, mirando a su nieto intentar morderse el puño—. Su estómago es delicado. Empieza con puré de manzana asada y peras. Y cuando empiece a caminar... —Ágatha tose un poco, cubriéndose la boca con un pañuelo que esconde rápidamente—. Cuando empiece a caminar, no corras a levantarlo cada vez que se caiga. Deja que aprenda a levantarse solo, así se crían los fuertes.—Manzanas y dejarlo cae, entendido —musita Lía, con un tono algo melancólico.Intenta sonreír, en verdad que sí, pero sus ojos escanean el rostro de su madre y no puede. La piel de Ágatha está cada vez más gris, las venas negras de sus muñecas han subido por sus brazos, ocultas bajo las m
La habitación de los lirios huele a ungüentos medicinales y a sentimientos intensos que se quedaron estancados desde hace tanto tiempo.Ágatha, recostada entre almohadones de plumas, parece pequeña y frágil, pero su voz, aunque débil, tiene la firmeza de quien ha sobrevivido al infierno.—Thorne sabía lo que hacía —relata Ágatha, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea—. No solo me desterró. Me envió directo al Territorio de los Renegados, en la frontera este. Sabía que Lía estaba creciendo y que si yo me quedaba cerca, su fuerza Vargr despertaría antes y él perdería el control sobre la manada.Lía, sentada a los pies de la cama, aprieta los puños sobre su regazo.—Te usó para mantenerme dócil.—Me usó para mantenerte viva —corrige Ágatha, mirando a su hija con tristeza—. Si yo me hubiera resistido, te habría matado siendo una niña. Tuve que irme, Lía. Tuve que aprender a ser invisible. Me cubría de barro y ceniza todos los días para ocultar mi olor, comía raíces, dormía en á







