LOGINLía se queda abrazada a su cuerpo, mirando por la ventana el oscuro horizonte y pensando que, lo único que debe hacer es soportar esa noche y todo estará bien.
La puerta se abre, dos doncellas que le entregan ropa ligera, demasiado para ser de cortesía, y una de ellas le dice con seriedad.
—Date una ducha y ponte eso. Estaremos afuera para que nos des tu ropa, ya no la necesitarás más.
Nada más, como si fuera una segunda sentencia.
Se abraza a sí misma, pero decide hacer lo que le han ordenado, no sea que llegue el Rey y le vaya peor; se ha quedado con una bata de seda traslúcida, tan fina que es casi como no llevar nada.
Es la vestimenta de una ofrenda.
—O de una concubina.
Lía camina descalza sobre la alfombra de piel frente a la chimenea apagada.
—Va a matarme —susurra al vacío—. O va a tomarme y luego a matarme.
Cierra los ojos y siente más paz en su pecho.
Si tan solo no hubiese sido tan ilusa ante la idea del amor, o tan leal a una manada que siempre la despreció.
A pesar de ser joven, de no tener gran fuerza y de ser una pésima guerrera, sabe que hubiese sobrevivido sin manada.
—O habría muerto mejor de lo que me toca ahora.
Un espejo le da su imagen, una extraña. El cabello oscuro le cae en cascada sobre los hombros, los ojos grandes y asustados brillan con lágrimas que se aguanta con estoicismo, y esa bata maldita... esa bata grita sumisión.
De repente, el pomo de la puerta gira.
El corazón de Lía se detiene un instante y luego arranca a galopar contra sus costillas. Se aleja del espejo y retrocede hasta chocar con el respaldo de un sillón de terciopelo, la puerta se abre y entra él, su verdugo.
El Rey Magnar llena el umbral con su presencia masiva. Se ha quitado la capa y la armadura ceremonial, quedando solo con unos pantalones oscuros y una camisa de lino negra, se ve incluso más joven.
Cierra la puerta tras de sí y echa el cerrojo, el sonido es definitivo, están encerrados.
Magnar se gira y sus ojos dorados encuentran a Lía al instante. Se detiene en seco, su mirada recorre el cuerpo de ella, desde los pies descalzos, subiendo por las piernas que se traslucen bajo la seda, hasta llegar a su rostro pálido.
Lía contiene la respiración, esperando el ataque. Esperando que se abalance sobre ella como un animal hambriento. Como el lobo en celo que puede ser esa luna llena, tal como todos los jóvenes que abajo celebran sus uniones.
Cierra los ojos, preparándose para el dolor, rezando para que sea rápido. Pero el ataque no llega. En su lugar, escucha un gruñido de fastidio.
—Ridículo.
Lía abre los ojos, confundida. Magnar no la está mirando con lujuria, la está mirando con..., ¿irritación? ¿Lástima?
El Rey camina hacia la enorme cama con dosel, pero no para acostarse. Arranca una manta de piel gruesa y oscura de un tirón. Se da la vuelta y, con un movimiento brusco de su muñeca, lanza la pesada tela hacia Lía.
La manta la golpea en el pecho y Lía la atrapa por puro reflejo, casi cayendo por el peso.
—Cúbrete —ordena Magnar—. Pareces un espectro muerto de frío, y no tengo ganas de follar con fantasmas esta noche.
Lía parpadea, aturdida. Sus manos torpes se apresuran a envolver la piel alrededor de su cuerpo, ocultando la bata transparente. El calor de la manta es inmediato, y el aroma que desprende, ese olor a él, la envuelve por completo.
—¿No... no va a hacerme daño? —pregunta, y su voz es apenas un hilo.
Magnar se sirve un vaso de agua y se lo bebe de un trago. Siente como si el líquido le quemara la garganta, pero no tanto como la furia que lleva conteniendo desde hace unas horas. Se gira para mirarla, apoyando la cadera en la mesa de madera maciza.
—Dime una cosa, cachorra —dice él, ignorando su pregunta—. ¿Por qué no peleaste?
—¿Pelear? —Lía frunce el ceño, confundida.
—Cuando ese imbécil y sus amigos planeaban su pequeña diversión —Magnar escupe las palabras con asco—. Cuando los guardias te arrastraron. ¿Por qué no peleaste? No tienes loba, lo huelo, pero tienes dientes. Tienes uñas.
Lía baja la mirada, avergonzada. Claro que tiene con qué defenderse, pero nunca fue buena para eso.
—Son más fuertes que yo, Majestad. Kian es un Beta y sus amigos son guerreros de élite. Yo soy... nadie. Si hubiera peleado, solo habría hecho que fuera más doloroso.
Magnar deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco que la hace saltar. Lía siente que las lágrimas quieren salir, pero se aguanta.
—Ese es el error de los débiles —gruñe, cruzando la habitación hacia ella.
Lía retrocede, pero el sillón le bloquea el paso. Magnar se detiene a un metro de distancia, es tan alto que tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
Y piensa que ese es su fin.
De cerca, el Rey es aterrador, pero hay algo en sus ojos dorados que no es violencia. Es curiosidad y algo más, algo que ella puede soportar.
—En el salón no me tuviste miedo como los demás —dice con la voz grave y peligrosa—. No mostraste sumisión, ¿sabes cuántos han hecho eso y han quedado vivos?
—Lo siento…
—Y ahora, que estamos solos, bajas la mirada, te encoges y te muestras sumisa, entregada a tu suerte. Te quiero peleando, cachorra.
Ella asiente, pasa saliva y el Rey solo suspira con frustración.
—Sé lo que planeaba Kian. Escuché su conversación en el jardín. Sé que te prometió la marca y planeaba entregarte a esos perros.
Los ojos de Lía se llenan de lágrimas ante la mención de la traición, pero se muerde el labio para no llorar.
—Entonces... ¿sabe que soy inocente? ¿Sabe que no entré aquí para seducirlo? —Magnar suelta una risa corta y seca, carente de humor.
—Nadie entra aquí para seducirme, niña. Entran para espiarme o para intentar matarme mientras duermo. Pero tú... tampoco es que me puedas seducir, hueles a leche todavía.
Da un paso más, invadiendo su espacio personal. Magnar alza una mano y, con un dedo calloso, levanta el mentón de Lía, obligándola a mirarlo. El contacto es áspero, pero no cruel.
—Y hueles a traición, sé reconocer ese olor mejor que nadie. Es un hedor que se te pega a la piel, que te amarga la sangre. Kian es un idiota que se cree Alfa.
Lía tiembla bajo su toque
—Él... él es hermano del Alfa de mi manada, es su Beta.
—Sí, pero al final del día, quien manda es el Alfa. Y tu destino ni siquiera depende de su hermano, sino de mí —le dice con sus ojos clavados en los de ella, como si no pudiera apartarse de aquella chica indefensa y débil.
—No es lo que creía, después de todo —susurra Lía con dolor.
El Rey se aleja, pasando una mano por su cabello oscuro, visiblemente cansado. El silencio se hace unos segundos, hasta que lo rompe ora vez.
—No voy a matarte, Lía —dice finalmente, pronunciando su nombre por primera vez. Lía se deja caer en el sillón, aferrándose a la manta como si fuera un salvavidas.
—Gracias... gracias, Majestad.
—No me des las gracias todavía —advierte él—. No puedes salir de aquí. Si sales por esa puerta ahora, Kian sabrá que no te he tocado, o peor, creerá que te he perdonado y buscará otra forma de acabar contigo. Para que vivas, todos tienen que creer que ahora eres mía.
Lía traga saliva. Sabe perfectamente lo que eso significa y sus mejillas se ruborizan.
—¿Suya?
—Mi propiedad. Mi juguete. Mi sirvienta. Llámalo como quieras —Magnar se encoge de hombros con indiferencia—. Mientras estés bajo mi techo y bajo mi olor, nadie en esa maldita manada, en todo el jodido reino, se atreverá a tocarte un pelo. Ni siquiera un asqueroso Beta que se cree superior.
El Rey camina hacia el otro lado de la habitación, donde hay una puerta más pequeña que Lía no había notado.
—Esa habitación de ahí conecta con la mía —señala—. Hay una cama. No es grande, pero es mejor que el suelo de los barracones o de la cárcel. Dormirás allí.
—¿Voy a... dormir aquí? ¿Con usted? —Magnar la mira por encima del hombro, en otra situación, en otros tiempos, se habría reído de esa inocencia.
—No conmigo. Cerca de mí. Y te advierto, tengo el sueño ligero gracias a todos los intentos de asesinato en mi contra. Si intentas algo estúpido, te arrancaré la cabeza antes de que parpadees.
—No lo haré, Majestad —promete Lía rápidamente—. Pueden decir lo que sea de mí, pero soy leal hasta la muerte.
—Bien. Ahora lárgate a dormir. Tu respiración y tu apariencia de pollo mojado me molestan.
Lía no necesita que se lo diga dos veces.
—Buenas noches, Majestad —susurra ella.
Magnar no responde, pero sus hombros se tensan levemente.
Lía entra en la pequeña habitación contigua. Se deja caer en el colchón, agotada hasta la médula, se acurruca bajo la manta que el Rey le ha dado.
Inhala profundamente ese aroma y no siente miedo.
Siente que, al fin, alguien la está protegiendo.
Del otro lado, hay un lobo que no sabe qué está haciendo. Ser huérfana no es ningún pecado, y acerca de su loba… No es la primera persona que conoce que no tiene lobo y que puede darle sorpresas.
—Y no se inclinó en el salón —dice con una sonrisa de medio lado, pasando su dedo índice por su labio inferior y mirando a la luna—. ¿Qué quieres de mí esta vez, Diosa mía?
Aquella respuesta llegará a la mañana siguiente, y probablemente no le gustará.
El verano ha llegado al reino y parece que ha venido para quedarse.Durante siglos, estas tierras fueron conocidas como el Reino del Hielo Eterno, un lugar donde el sol era un invitado tímido y la nieve cubría los secretos de sangre de generaciones pasadas.Pero el clima, al igual que el corazón de su Rey, ha cambiado.La nieve cada año se retira hacia los picos más altos, revelando valles de un verde vibrante y salvaje que muy pocos ancianos recordaban que existía.En los jardines traseros del palacio, el sonido de la risa infantil es más fuerte, y definitivamente más caótico, que el de cualquier tambor de guerra que haya resonado en estas murallas.—¡Liam, espérame! ¡Eso es trampa, usaste el salto Vargr! —grita una niña de cuatro años con el cabello negro como la noche y unos ojos violetas que brillan con travesura.—¡Corre, Elara! ¡Si no corres, eres la presa! —responde el Príncipe heredero. A sus seis años, Liam ya muestra
La habitación de Ágatha se baña, de pronto, por la luz de la mañana con un halo de esperanza.Ha pasado una hora desde que tomó el antídoto, y el cambio es milagroso. El color ha vuelto a sus mejillas y puede sentarse sin ayuda. El Sanador Mayor retira las manos de la frente de ella, con una expresión de asombro absoluto y se retira casi con miedo.—Es increíble, Majestad —dice el anciano, mirando a Lía—. Su loba... no murió.—¿Qué? —Lía deja caer la taza de té que sostenía—. Pero ella dijo que dejó de sentirla. Se supone que el veneno mata al lobo…—El veneno la obligó a entrar en un estado de hibernación profunda, casi catatónica, para proteger el núcleo vital de su humana —explica el sanador—. Al retirarse la toxina, la loba está despertando. Es débil, sí, y tardará unos días más en recuperar su fuerza completa, pero está ahí. Su madre es tan fuerte como usted, mi Reina.Lía se cubre la boca con las manos, con los ojos llenos de lá
El claro del bosque no está iluminado por la luna, sino por una fogata pequeña que proyecta sombras largas y distorsionadas.Kian está atado a un tronco seco. Su piel, antes cuidada, ahora está cubierta de ampollas y sudor frío. Lía no ha usado cuchillos todavía, ha usado algo peor.Todos saben que el veneno de Víbora de Fuego, una toxina lenta que quema los nervios desde el interior, como si tuviera lava corriendo por las venas, es una de las peores cosas que puede atacar a un ser vivo.—¡Por favor...! —gime Kian, retorciéndose—. ¡Haz que pare! ¡Te daré lo que quieras!Lía, sentada en una roca frente a él, limpia sus garras con un paño de seda con una calma terrorífica.—Ya me has dado lo que quería. Tu miedo —dice ella con una sonrisa tan oscura, que hasta Darius se impresiona. Lía se pone de pie y saca un pergamino—. Pero antes de que mueras, quiero que escuches por qué te vas al infierno.—Lía... —suplica él.—¡Cállate! —ruge ella
El patio de armas está sumido en la luz anaranjada del atardecer. Los caballos con las provisiones resoplan, soltando vapor por las narices y sintiendo la tensión de sus jinetes.Es un viaje largo, especialmente para una madre que no se ha apartado de su hijo por más de un día para cumplir con sus obligaciones.Magnar sujeta las riendas del caballo negro de Lía, negándose a soltarlo. No quiere dejarla ir sola, tiene miedo de que a ella le pase algo y él no esté a su lado para protegerla, para dar su vida.—Déjame ir contigo —insiste por décima vez. Su voz es un gruñido bajo, cargado de frustración—. Kian es peligroso, como cualquier una rata acorralada. Si te hace algo...—Si vienes conmigo, ¿quién cuidará a Liam? —pregunta Lía, ajustándose los guantes de cuero con calma—. ¿Quién cuidará a mi madre en sus últimos días? Esto es algo que tengo que hacer yo, amor. Kian me debe demasiado, la deuda es enorme.Magnar aprieta la mandíbula y asiente levemente.Sabe que ella tiene razón, Ágath
Las dos semanas siguientes son un regalo y una tortura al mismo tiempo.En los jardines de invierno, bajo el sol pálido de la tarde, Ágatha sostiene a Liam en su regazo. Sus manos, aunque visiblemente más delgadas y temblorosas, acarician la espalda del bebé con una sabiduría antigua.—No le des carne todavía, Lía —aconseja Ágatha con voz suave, mirando a su nieto intentar morderse el puño—. Su estómago es delicado. Empieza con puré de manzana asada y peras. Y cuando empiece a caminar... —Ágatha tose un poco, cubriéndose la boca con un pañuelo que esconde rápidamente—. Cuando empiece a caminar, no corras a levantarlo cada vez que se caiga. Deja que aprenda a levantarse solo, así se crían los fuertes.—Manzanas y dejarlo cae, entendido —musita Lía, con un tono algo melancólico.Intenta sonreír, en verdad que sí, pero sus ojos escanean el rostro de su madre y no puede. La piel de Ágatha está cada vez más gris, las venas negras de sus muñecas han subido por sus brazos, ocultas bajo las m
La habitación de los lirios huele a ungüentos medicinales y a sentimientos intensos que se quedaron estancados desde hace tanto tiempo.Ágatha, recostada entre almohadones de plumas, parece pequeña y frágil, pero su voz, aunque débil, tiene la firmeza de quien ha sobrevivido al infierno.—Thorne sabía lo que hacía —relata Ágatha, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea—. No solo me desterró. Me envió directo al Territorio de los Renegados, en la frontera este. Sabía que Lía estaba creciendo y que si yo me quedaba cerca, su fuerza Vargr despertaría antes y él perdería el control sobre la manada.Lía, sentada a los pies de la cama, aprieta los puños sobre su regazo.—Te usó para mantenerme dócil.—Me usó para mantenerte viva —corrige Ágatha, mirando a su hija con tristeza—. Si yo me hubiera resistido, te habría matado siendo una niña. Tuve que irme, Lía. Tuve que aprender a ser invisible. Me cubría de barro y ceniza todos los días para ocultar mi olor, comía raíces, dormía en á







