INICIAR SESIÓNHannah se quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos, no supo qué pensar. Parpadeó varias veces, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de escuchar. Su mirada se deslizó hacia Camilla y luego regresó lentamente a Julio. No... No lo había entendido mal. Él acababa de decirle que Camilla iba a vivir allí. En aquella casa. En aquella villa donde ellos fingían ser simples conocidos, cuando en realidad llevaban tres años casados. Camilla dio un paso al frente con una sonrisa cálida y natural. —Hola, Hannah. Cuánto tiempo. Hannah le devolvió una leve sonrisa. —Hola. Su voz sonó tranquila. Sin embargo, por dentro todo se tambaleaba. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que, en cualquier momento, iba a delatar todo lo que estaba sintiendo. Camilla recorrió el salón con una mirada de admiración. —Esta villa es todavía más hermosa de lo que recordaba. Sin responder, Julio tomó el asa de la maleta. —Rosa ha preparado la habitación de invitados para ti. —Gracias, Julio. Pronunció su nombre con una naturalidad desconcertante. Como si nada hubiera cambiado. Como si los años que habían pasado separados nunca hubieran existido. Como si su historia simplemente hubiera quedado en pausa para continuar hoy. Y Hannah... Como si jamás hubiera tenido un lugar entre ellos. Unos pasos apresurados resonaron en la escalera. Unos segundos después apareció Rosa. Respiraba con dificultad cuando se detuvo frente a Julio. —Señor. —Suba el equipaje de la señorita Monteros. —Sí, señor. Rosa tomó las maletas de inmediato. Cuando se alejó, Julio por fin dirigió la mirada hacia Hannah. Durante un breve instante, ella contuvo la respiración. Tal vez iba a preguntarle cómo estaba. O simplemente a darle los buenos días. Cualquier pequeño gesto habría sido suficiente. Pero nunca llegó. —Esta noche tenemos una reunión importante. Prepara la cena para tres. Su voz era tranquila. Profesional. Como si estuviera hablando con una empleada. No con su esposa. No con la mujer que llevaba días esperándolo. Hannah sintió que un nudo le cerraba la garganta. —De acuerdo... Pronunciar aquellas palabras le costó más de lo que habría imaginado. Julio asintió distraídamente y, con total naturalidad, apoyó una mano en la espalda de Camilla. Fue un gesto pequeño. Pero para Hannah fue como recibir una puñalada. Los dos subieron las escaleras uno al lado del otro. Sus voces fueron alejándose poco a poco. De pronto, Camilla soltó una pequeña carcajada. Unos segundos después, Julio respondió con otra. El silencio volvió a adueñarse de la casa. Hannah permaneció sola en medio del salón. Siguió mirando la escalera vacía, incapaz de apartar la vista. Al final bajó los ojos. El desayuno que había preparado con tanto cariño ya estaba completamente frío. El café de Julio había dejado de echar vapor hacía mucho tiempo. Una sonrisa triste apareció en sus labios. Se había levantado antes del amanecer. Había querido hacer algo especial para él. Dar la bienvenida a su esposo como una mujer feliz de volver a verlo. Y él... Ni siquiera se había dado cuenta de todo lo que ella había hecho. —Señora... La voz dulce de Rosa la sacó de sus pensamientos. —Debería comer algo. Hannah negó lentamente con la cabeza. —No tengo hambre. Rosa la observó con preocupación. —Ayer tampoco comió casi nada. Aquellas palabras dibujaron una sonrisa cansada en el rostro de Hannah. En aquella inmensa casa, Rosa probablemente era la única persona que notaba cuando ella estaba sufriendo. —No se preocupe por mí. Rosa guardó silencio unos segundos. Después murmuró: —El señor nunca debió traer a esa mujer a esta casa. El rostro de Hannah se tensó. Tras un largo silencio, respondió con una voz apenas audible: —Ella fue su primer amor... Rosa sostuvo su mirada. —Tal vez. Pero hoy la esposa es usted. Aquellas pocas palabras consiguieron devolverle un poco de calor al corazón. Sí. Ella era su esposa. Esa era la verdad. Pero era una verdad encerrada entre las paredes de aquella villa. En cuanto cruzaba el portón... Volvía a ser una desconocida. Una mujer sin nombre. Sin un lugar al lado del hombre que amaba. Solo la silenciosa guardiana de un matrimonio secreto que parecía desmoronarse un poco más cada día. Y mientras Julio ya caminaba hacia otra vida... Hannah solo intentaba reunir las fuerzas suficientes para no romperse por dentro.Las últimas cuarenta y ocho horasHannah casi no había pegado ojo.Desde su conferencia de prensa, su teléfono no había dejado de vibrar. Los periodistas repetían sus declaraciones, las redes sociales ardían hablando de su matrimonio y, sobre todo, de su divorcio.Pero no era todo aquel ruido constante lo que le impedía dormir.Era un simple mensaje.El de Julio.««No quiero simplemente impedir el divorcio. Quiero reconquistarte.»»Lo había leído una y otra vez.Con cada lectura, sentía que el corazón se le encogía un poco más.Finalmente, dejó el teléfono boca abajo sobre el colchón, como si de esa manera pudiera hacer desaparecer aquellas palabras.No quería volver a dejarse desestabilizar por una simple frase.No después de tres años de silencio.No después de todo lo que había tenido que soportar.---A las ocho en punto, Hannah llegó a las ofic
Apenas dos horas después de la publicación del comunicado, Madrid ya estaba en plena efervescencia.Los teléfonos no dejaban de sonar. Los periodistas buscaban cualquier información que pudieran conseguir. En las redes sociales, los comentarios aparecían a una velocidad increíble.«¿Julio Iglesias llevaba tres años casado en secreto?»«¿Quién es Hannah Belmonte, la esposa oculta del poderoso director ejecutivo?»«El matrimonio secreto que sacude a las familias Iglesias y Belmonte.»Sentada en su escritorio, Hannah leyó algunos titulares antes de apagar la pantalla.No tenía ningún deseo de saber más.—¿Estás bien? —preguntó Léa.—Sí.Hannah dejó el teléfono sobre la mesa.Dudó unos segundos.—Bueno… eso creo.Léa tomó asiento frente a ella.—¿Quieres que pospongamos las reuniones de hoy?Hannah negó con la cabeza de inmediato.—No.Tomó una carpeta.—Al contrario. Quiero trabajar.Estaba cansada de ver cómo toda su existencia giraba alrededor de Julio.Había vivido así durante tres añ
A la mañana siguiente, Hannah llegó a Belmonte Prestige con una energía que no había sentido en mucho tiempo.La conversación que había tenido con Julio volvía a su mente de vez en cuando, sobre todo cuando algún momento de silencio la hacía pensar. Pero se negaba a permitir que aquel hombre volviera a ocupar todo el espacio de su cabeza.Tenía otras cosas que hacer.Y eran mucho más importantes.Sobre su escritorio se acumulaban los primeros contratos de producción, las propuestas que Léa había preparado y el calendario del lanzamiento de la colección.Léa entró con varios documentos entre los brazos.—Tenemos que fijar la fecha de presentación de la colección.Hannah tomó los documentos y los revisó rápidamente.—Dentro de tres semanas.Léa levantó la cabeza de golpe.—¿Tres semanas? ¿Hablas en serio?—Sí.—¿De verdad quieres hacerlo tan rápido?Hannah dejó el documento sobre la mesa y sonrió.—Si espero hasta estar perfectamente preparada, podría pasarme toda la vida esperando.Léa
Tres días.Por más que Julio intentara pensar en otra cosa, ese plazo no dejaba de rondar por su cabeza.D-3.Sentado detrás de su escritorio, tenía frente a él una pila de contratos que apenas había revisado.Sus ojos se desviaron hacia el reloj.Ya eran más de las siete de la tarde.—¿Señor Iglesias?Sophia entró con una carpeta bajo el brazo.—La reunión de mañana se ha adelantado a las nueve.—Muy bien.Ella dejó la carpeta sobre el escritorio, pero no se marchó.Julio levantó la mirada.—¿Sucede algo más?—Debería irse a casa.Julio esbozó una sonrisa cansada.—¿Por qué?—Porque lleva aquí desde esta mañana y ni siquiera se ha tomado un descanso de verdad.Julio se recostó en su silla.—¿Desde cuándo se preocupa por mí?Sophia cruzó los brazos.—Desde que mira el teléfono cada cinco minutos.Julio no respondió.Ella le dedicó una pequeña sonrisa antes de salir de la oficina.Cuando se quedó solo, su mirada volvió inmediatamente hacia el teléfono.La conversación con Hannah seguía
Lo que él nunca había vistoA la mañana siguiente, Hannah fue la primera en llegar a Belmonte Prestige.Dejó su bolso sobre el escritorio, abrió las ventanas y respiró profundamente el aire fresco que entraba en la oficina. Madrid apenas comenzaba su día.Sin querer, sus ojos se posaron en el ramo de flores que Julio le había enviado el día anterior.Seguía allí.Le había pedido a Léa que lo pusiera en un jarrón, pero desde entonces no había vuelto a tocar la pequeña tarjeta que estaba atada a las flores.Ya no quería pasar el tiempo buscando un significado oculto detrás de cada gesto de su marido.Había sufrido demasiado por eso.Esta vez quería seguir adelante.—¿Hannah?Léa asomó la cabeza por la puerta.—Los inversores han confirmado su llegada para las once.Hannah se giró inmediatamente hacia ella.—Perfecto.Tomó la carpeta que estaba sobre su escritorio.—Vamos a mostrarles lo que hemos preparado.Su voz sonaba segura. Sin embargo, en el fondo de su corazón todavía quedaba un
—Entonces habla.La voz de Hannah sonaba tranquila.Demasiado tranquila, quizás.Al otro lado del teléfono, Julio permanecía en silencio.Desde que había salido de la casa de los Belmonte, había imaginado aquella conversación una y otra vez. Había preparado frases, pensado en lo que podría decirle y en cómo explicarle todos sus errores.Pero ahora que ella finalmente le daba la oportunidad de hablar, su mente estaba en blanco.—No sé por dónde empezar.Hannah cerró los ojos por un instante.Ya sentía regresar aquel viejo cansancio.—Empieza por la verdad.Julio se recostó en su sillón y se pasó una mano por el rostro.—Fui injusto contigo.Hannah no respondió.Después de unos segundos, él continuó:—Y sé que eso no es una excusa.—No. No lo es.La respuesta llegó de inmediato.Julio bajó la mirada.—Lo sé.Un silencio pesado se instaló entre los dos.Entonces Hannah hizo la pregunta que llevaba demasiado tiempo guardándose.—¿De verdad te arrepientes de nuestro matrimonio?Julio se qu







