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Capítulo 14 – La Cueva de las Sombras

ผู้เขียน: Déesse
last update วันที่เผยแพร่: 2025-04-27 17:21:17

Ivy

No sé cuánto tiempo he estado caminando.

El mundo a mi alrededor ha perdido sus contornos.

El bosque se extiende infinitamente, poblado de sombras móviles, de murmullos apenas audibles.

El hombre – o la bestia, ya no lo sé – me arrastra en silencio. Su mano envuelve la mía con una fuerza tranquila. Inflexible. Irreal.

Debería resistirme. Huir. Gritar.

Pero lo sigo.

Lo sigo como si toda mi vida no hubiera sido más que un largo camino hacia ese momento.

El viento se desliza por mi cabello. El olor de la tierra húmeda, de las hojas muertas, de la sangre seca me revuelven el estómago.

Y, sin embargo, mi cuerpo pide más.

Más de él. Más de esa presencia que me envuelve, me devora.

— ¿A dónde me llevas? susurro.

Su voz resuena en la noche.

— A casa.

Un escalofrío me recorre.

— ¿Quién eres… realmente?

Se vuelve hacia mí. Su rostro es hermoso. Terriblemente hermoso. Pero inhumano.

Su piel parece vibrar con un brillo febril. Sus ojos… esos ojos dorados me consumen.

— Somos los que te esperaban. Aquellos que tu sangre llamaba.

Sacudo la cabeza, con la garganta apretada.

— Soy humana. Nunca he…

Se detiene. Se inclina hacia mí. Su aliento ardiente roza mi piel.

— No, Ivy. Nunca has sido realmente humana. Llevas en ti una maldición. O un don. Todo depende de lo que elijas hacer con ello.

Me quedo paralizada, incapaz de hablar.

Y la marcha continúa.

El bosque se abre de repente a un abismo. Un agujero enorme en la tierra. Las tinieblas se escapan de él como un aliento helado.

— Ahí.

Él señala la oscuridad.

— ¿Quieres que baje allí?

Una sonrisa se dibuja en sus labios.

— No hay vuelta atrás. No para ti. No ahora.

Tiemblo. Pero no me deja opción. Sus brazos me envuelven, y caemos juntos en la noche.

La caída es vertiginosa.

El suelo desaparece. El cielo también.

No hay más que esta oscuridad profunda que me traga por completo.

Quiero gritar.

Pero ningún sonido sale de mis labios.

Luego la luz vuelve. Débil. Rojiza.

Antorchas alineadas en muros de piedra rugosa.

El aire está saturado de calor, de sangre, de miedo.

— ¿Dónde estamos?

Su voz se vuelve más grave.

— En la cueva. La nuestra. La tuya.

Frunzo el ceño.

Siluetas se desprenden de las sombras. Tres hombres. Inmóviles. Inmensos. La misma mirada dorada. La misma potencia contenida.

Me observan en silencio.

— Ivy, susurra. Este es Lyam, Kael y Soren. Mis hermanos. Aquellos que ya conoces… en tus sueños.

Mi corazón se detiene.

Uno de ellos avanza. Lyam, lo reconozco. Su rostro es más duro, más salvaje. Extiende la mano hacia mí, sin una palabra.

Retrocedo.

— ¡No me toquen!

Pero Lyam gruñe. Un sonido gutural que resuena contra los muros de piedra.

— Ella tiene la sangre. Lo sentimos. Ya arde por dentro.

Kael se acerca también. El más alto, el más frío. Sus ojos me atraviesan.

— Has abierto la puerta, Ivy. Ya no puedes cerrarla.

Aprieto los puños.

— ¡No he pedido nada! ¡Quiero irme!

Una risa áspera se eleva. Soren. El último. Se adelanta, lento, felino.

— Eso es falso. Quieres comprender. Quieres saber qué te quema cada noche. Este vacío que nada llena. Eres nuestra. Desde siempre.

Retrocedo, chocando contra la pared helada.

— ¿A ustedes?

Me rodean. Sus presencias me aplastan.

— Naciste para esto, Ivy, murmura el primero. Para nosotros. Para la manada.

Me ahogo.

— ¿Qué son ustedes? ¿Lobos? ¿Monstruos?

Kael sonríe.

— Sombras. Garras. Colmillos. Recuerdos de otro tiempo. Nos llaman como quieren. Pero lo que importa… es este vínculo.

Grito.

— ¡No tengo ningún vínculo con ustedes!

Lyam se acerca tan cerca que siento su aliento en mis labios.

— Tu corazón miente, Ivy. Tu cuerpo ya nos reclama. Lo sientes, ¿verdad?

Desvío la mirada. Pero tiene razón.

Mi piel estremece.

Mi garganta está seca.

Los deseo. A todos.

Y eso me aterra.

— ¿Por qué yo?

Soren se ríe.

— Porque eres la última. La clave. Aquella que puede liberarnos… o condenarnos para siempre.

Sacudo la cabeza.

— No…

— Sí, Ivy. Y pronto, lo entenderás. La primera luna se acerca. Tu transformación comenzará. Y entonces… no habrá escape.

Me desplomo en el suelo, incapaz de luchar.

Las lágrimas me arden en las mejillas.

Se arrodillan a mi alrededor, como depredadores rodeando a su presa.

Y en la sombra, una voz se eleva, grave, implacable:

— Prepárenla. La caza apenas comienza.

La piedra es fría bajo mis rodillas. Mis manos aún tiemblan.

Me rodean, sus sombras estirándose bajo la luz rojiza de las antorchas.

No me atrevo a moverme. Ni a respirar.

Lyam es el primero en acercarse. Su mirada muerde mi piel como una mordida invisible.

— Ya sientes los efectos, ¿verdad?

Aprieto los dientes.

— No.

Una mueca retuerce sus labios.

— Miente otra vez, Ivy.

Roza mi brazo. Su mano es ardiente. El contacto envía una onda de choque a través de mi cuerpo, desatando algo que estaba dormido bajo mi piel.

Retrocedo bruscamente.

— ¡Para!

Pero sé que tiene razón.

Hay un calor insidioso, esta fiebre creciente que me devora por dentro. Mis venas arden. Mis pensamientos se entrelazan.

Mi cuerpo ya no me pertenece.

Kael se acerca también, más medido, más glacial. Se agacha frente a mí, su mirada fija en la mía.

— Tu sangre se despierta, Ivy. Resiste si quieres, pero eso no cambiará nada.

Sacudo la cabeza.

— Nunca quise esto.

— Sin embargo, estás aquí.

Coloca dos dedos bajo mi mentón, levantando mi rostro hacia él.

— Sientes la llamada, ¿no es así?

No respondo.

Soren estalla en risa.

— Su olor cambia.

Se inclina sobre mí, sus labios rozando mi oído.

— Ella ya es nuestra.

Me ahogo.

Los latidos de mi corazón resuenan en todo mi cuerpo.

Todo se acelera.

Todo se tambalea.

Lyam agarra mi mano y la coloca sobre su pecho desnudo. Su piel es ardiente. Palpitante.

— Siente eso, Ivy. Nuestros corazones laten al mismo ritmo.

Es verdad.

Un escalofrío de terror recorre mi espalda.

Quiero escapar. Alejarme.

Pero una fuerza más grande que yo me lo impide.

Están demasiado cerca. Demasiado intensos.

Y este fuego dentro de mí…

Solo crece.

— ¿Qué me han hecho? susurro.

Soren sonríe.

— Nada. Eres tú la que se está despertando.

Quiero gritar.

Pero mi voz se ahoga en mi garganta.

El calor se vuelve insoportable.

Me desplomo sobre el suelo de piedra, mis uñas hundiéndose en la tierra dura.

Algo está cambiando en mí.

Algo que no controlo.

— Es normal, Ivy, susurra Kael. Está comenzando.

Siento sus manos sobre mí. Calientes. Possesivas.

Me rodean.

Me envuelven.

— Déjalo pasar, ordena Lyam. No luches.

Pero no puedo.

El dolor explota en mi cabeza.

Mi visión se nubla.

Y todo se vuelve negro.

---

Despierto de un salto.

Mi piel está cubierta de sudor. Mis músculos me duelen.

Pero eso no es nada comparado con el hambre que me destroza el estómago.

Respiro con dificultad.

— ¿Qué…?

Kael está sentado cerca de mí. Silencioso. Observador.

— Te sientes mejor.

Sacudo la cabeza.

— ¿Qué me está pasando?

Lyam se acerca, su mirada ardiente.

— Sientes la sed, ¿verdad?

Trago saliva.

Un rugido sordo sube por mi garganta.

No entiendo.

Tengo hambre. Un hambre que no tiene nada de humana.

Kael extiende la mano.

— Toma esto.

Es un trozo de carne cruda. Sangrienta.

Hago una mueca.

— No.

— Lo necesitas.

Sacudo la cabeza.

— No soy… como ustedes.

Un silencio.

Luego Soren se agacha frente a mí, su sonrisa carnívora iluminada por las antorchas.

— Ya lo eres.

Desliza un dedo por mi labio inferior.

— Mira.

Bajo la mirada.

Mi aliento se corta.

Colmillos.

Largos colmillos afilados sobresalen de mis labios.

Me paralizo.

No.

Es imposible.

Tiemblo.

Lyam coloca una mano en mi nuca, obligándome a levantar el mentón.

— Acepta, Ivy.

Quiero gritar. Huir.

Pero no puedo.

Porque en el fondo de mí…

Sé que tiene razón.

Y que nunca volveré a ser la misma.

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