LA LUNA SELLADA

LA LUNA SELLADA

last updateLast Updated : 2026-10-30
By:  abiayuwaotaruUpdated just now
Language: Spanish
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SINOPSIS La noche en que Mooncrest ardió, la Diosa Luna lloró. Mientras el reino caía ante la traición y el acero, la última princesa fue ocultada, sus recuerdos sellados, su aura real borrada y su lobo encerrado en lo más profundo de su alma. Abandonada bajo un roble ancestral como una simple huérfana perdida, la princesa Hailey de Mooncrest desapareció de la historia. Dieciocho años después, ya no es una princesa. Es una muchacha sin lobo, criada entre la Manada del Bosque Oscuro, rechazada, ignorada y sin pertenecer nunca del todo a ningún lugar. Hasta la noche en que el sello comienza a resquebrajarse y el pasado que nunca debió recordar viene a cazar su sangre. Los enemigos que destruyeron su reino aún llevan coronas. El compañero para quien nació ya ha reclamado a otra. Y el poder que duerme dentro de ella nunca estuvo destinado a permanecer enterrado.

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Chapter 1

EL NIÑO PERDIDO

CAPÍTULO 1

POV DE LA VIDENTE REAL

La noche en que cayó el Reino de Mooncrest, supe que la Diosa Luna había comenzado a llorar mucho antes de que la primera gota de sangre tocara el suelo. Los cuernos de guerra resonaron por todo el reino y después llegaron los gritos.

Corrí por los pasillos del palacio con mis túnicas blancas recogidas entre las manos mientras los muros temblaban a mi alrededor. Cada explosión sacudía el polvo del techo y el olor a humo se colaba por los salones, mezclándose con la sangre y el miedo.

Había comenzado. La visión que temía desde hacía meses por fin se desplegaba ante mis ojos.

Cuando llegué al balcón del palacio, el rey Alaric permanecía inmóvil, contemplando el reino que había pasado su vida protegiendo. Nuestra hermosa Mooncrest ardía.

Los hogares desaparecían bajo las llamas, la plaza del mercado se había vuelto un campo de batalla y los guardias reales luchaban con todo lo que tenían, pero el enemigo seguía llegando. Eran simplemente demasiados.

La reina Elena estaba junto a su esposo, con las manos aferradas a la barandilla de piedra con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

"Han roto la puerta del este", susurró la reina.

El rey no respondió de inmediato. Sus ojos no se apartaban del campo de batalla. Cuando por fin habló, su voz cargaba más pena que ira.

"Abrieron las puertas desde adentro. Nos traicionaron", dijo el rey.

Cerré los ojos un breve instante. Había temido ese día: las patrullas desaparecidas, las cartas interceptadas, los sirvientes que se esfumaban sin explicación y los rumores dentro de los muros del palacio. Alguien había vendido Mooncrest a sus enemigos, y ahora pagábamos el precio.

Una violenta explosión sacudió el palacio bajo nuestros pies. La piedra se agrietó y las ventanas estallaron en pedazos.

La reina Elena ahogó un grito. "Ya están aquí", anunció.

El rey la miró. Ninguno de los dos necesitaba hablar. La verdad ya estaba escrita en sus rostros. Sin perder un segundo más, corrieron hacia la habitación real de los niños.

Yo los seguí de cerca. Por los pasillos, los sirvientes corrían llevando a niños aterrados hacia los pasadizos ocultos, mientras soldados heridos pasaban cojeando, negándose a abandonar sus puestos pese a la sangre que les corría por la armadura.

Nadie esperaba sobrevivir a esa noche.

El rey Alaric empujó las puertas de la habitación. En cuanto entré, se me rompió el corazón. La pequeña princesa Hailey estaba sentada en su cuna, ajena por completo a que su mundo se acababa. Levantó la vista y sonrió.

"Mamá", llamó con su vocecita.

La reina Elena soltó un sollozo quebrado y corrió hacia su hija. La levantó en brazos y la estrechó con tanta fuerza que pensé que jamás la soltaría.

"Mi dulce luna", susurró, besando una y otra vez la cabecita de rizos plateados de Hailey.

La pequeña princesa rio bajito. Era demasiado pequeña para entender por qué las lágrimas de su madre le cubrían la carita.

El rey Alaric se acercó despacio y rozó con su mano grande la mejilla de Hailey.

"Lo siento", susurró.

La reina Elena lo miró con desesperación. "Tiene que haber otra manera", suplicó.

El rey negó lentamente con la cabeza. "Si la encuentran..." La voz le falló. "La matarán", explicó.

El silencio se instaló en la habitación. Solo los sonidos lejanos de la batalla nos recordaban que cada segundo acercaba más a la muerte.

Di un paso al frente. "El túnel sigue seguro", sugerí, intentando mantener la voz firme pese al miedo que me arañaba el corazón.

"Pero no nos queda mucho tiempo", advertí.

La reina Elena apretó a Hailey aún más contra su pecho. "No", dijo.

Me coloqué frente a ellos. "Majestad, si esperamos más, ninguno saldrá con vida de este palacio".

"Es la hora", dijo el rey Alaric, mirando a la reina.

La reina lo miró como si le hubiera pedido que dejara de respirar.

"No", susurró, con las lágrimas rodándole por el rostro. "Solo tiene dos años. No puedo soltarla".

"Lo sé, pero debes hacerlo", suplicó el rey Alaric.

Nuevas lágrimas le corrieron por las mejillas. La pequeña Hailey estiró su manita y, torpemente, le secó una.

"No llores, mamá", dijo Hailey.

Había presenciado incontables nacimientos y muertes, pero nada me había destrozado el corazón como esas tres palabras inocentes. La reina Elena hundió de nuevo el rostro contra su hija.

"Lo siento tanto. Mereces mucho más que esto", susurraba la reina una y otra vez.

Hailey solo sonrió. "Quiero a mamá", dijo.

El rey Alaric se volvió un momento. Hasta el rey más fuerte seguía siendo un padre. Cuando volvió a mirar, se arrodilló frente a su hija.

"Mi valiente lobito", dijo.

Hailey aplaudió feliz. "Lobo", repitió.

Una leve sonrisa asomó al rostro del rey pese a las lágrimas que se le acumulaban en los ojos.

"Recuerda siempre una cosa: eres amada", dijo con calma.

Hailey ladeó la cabecita y repitió la última palabra sin entenderla.

"Amada", dijo.

Otra explosión retumbó por el palacio. Los muros de la habitación temblaron con violencia, cayó polvo del techo y miré hacia la puerta.

"Ya están dentro del palacio", empecé a decir.

El rey Alaric se puso de pie. Con dedos temblorosos, se quitó del cuello el colgante lunar real y lo depositó con suavidad en la mano diminuta de Hailey. La antigua reliquia desapareció dentro de su puñito.

Extendí los brazos lentamente. "Dámela".

La reina Elena se quedó paralizada. Todo instinto de madre le rogaba que siguiera abrazando a su hija, que huyera, que luchara, que murieran juntas. Pero si lo hacía, el linaje de Mooncrest terminaría antes del amanecer.

Por fin, con las manos temblando sin control, puso a la princesa Hailey en mis brazos. La niña se estiró de inmediato hacia sus padres.

"Mamá, papá", llamó Hailey.

La reina Elena se tapó la boca para ahogar el grito que amenazaba con escapar. El rey Alaric se inclinó y besó la frente de su hija por última vez.

"Vive", ordenó el rey.

Una sola palabra, pero cargaba las esperanzas de todo un reino. Envolví a la pequeña princesa en mi capa plateada para ocultarla de cualquier mirada y me volví hacia la puerta secreta oculta tras el muro.

Antes de entrar, miré atrás por última vez. El rey y la reina estaban uno junto al otro, no como gobernantes ni como leyendas, solo como dos padres preparándose para morir para que su hija viviera. Las lágrimas les nublaban la vista.

"Juro por la Diosa Luna mi vida por la de ella", les aseguré mientras afirmaba mi abrazo sobre la niña.

La puerta de piedra se cerró despacio entre nosotros con un estruendo sordo. La oscuridad engulló el pasadizo oculto. Escuché el inconfundible sonido de las espadas al desenvainarse.

Los últimos reyes de Mooncrest estaban listos para hacer su postrer resistencia, y recé para que su sacrificio nunca fuera olvidado.

El pasadizo oculto se extendía muy hondo bajo el palacio, iluminado solo por antiguas piedras lunares incrustadas en las paredes. Sostenía a la princesa Hailey con fuerza contra mi pecho mientras corría. Cada paso pesaba más que el anterior.

Detrás de mí, los sonidos de la guerra resonaban por el túnel: el choque del acero, los rugidos de los lobos y los gritos de los soldados moribundos. Cada sonido me recordaba una verdad dolorosa: Mooncrest daba su último aliento.

La pequeña Hailey se había quedado dormida en mis brazos, con sus deditos aún aferrados al colgante lunar real que le había dado su padre. No tenía idea de que acababa de ver a sus padres por última vez. Recé para que jamás recordara esa noche.

El túnel por fin se abrió en la sagrada Cámara de la Luna. La luz lunar caía por la abertura circular en lo alto e iluminaba el antiguo altar en el centro. Aquel lugar había presenciado el nacimiento de cada gobernante de Mooncrest durante siglos, y esa noche presenciaría la desaparición de su última princesa.

Con las manos temblorosas, recosté a Hailey sobre el frío altar de piedra.

"Lo siento, pequeña, pero es la única manera", susurré.

Alcé ambas manos hacia la luz de la luna y empecé a hablar en la lengua ancestral de la Diosa Luna. El poder respondió de inmediato. La cámara tembló y símbolos blancos se alzaron del suelo y giraron alrededor del cuerpecito de Hailey.

Las lágrimas me nublaban la vista mientras pronunciaba el hechizo prohibido. "Sello tus recuerdos". Las runas brillantes se fundieron en su frente. "Sello tu aura real". Una luz blanca envolvió su corazón. "Sello a tu lobo hasta el día en que el destino te llame a casa".

Hailey gimió suavemente. Una sola lágrima rodó por su mejilla antes de que la magia terminara de asentarse. La princesa de Mooncrest había desaparecido. Ante mí solo yacía una niña común, una huérfana sin lobo, invisible para quienes cazaban el linaje real.

Me incliné y le besé la frente. "Cuando la luna elija a su reina, toda cadena que te impongo esta noche se romperá", susurré.

La envolví en una vieja capa de viaje para esconder cualquier rastro de realeza y la llevé por otro pasadizo oculto que conducía al Bosque Creciente.

Cuando el alba pintó el cielo, las llamas ya habían devorado el palacio a nuestras espaldas. Desde el borde del bosque vi cómo el humo se alzaba sobre el reino al que había servido toda mi vida. Mooncrest había caído.

En silencio, deposité a la niña dormida al amparo de un roble ancestral. Fue lo más difícil que había hecho jamás. Aparté un mechón de cabello plateado de su rostro.

"Perdóname, no pude quedarme", susurré.

Si el enemigo me encontraba con ella, todo lo que el rey y la reina habían sacrificado no serviría de nada.

"Mi vida fue prometida por la tuya y pienso cumplirlo", dije, con las lágrimas cayendo libremente por mi rostro. Con una última mirada, desaparecí entre unos arbustos cercanos.

Pasaron las horas. Escondida entre los árboles, vigilaba desde lejos para que ella no se alejara vagando. Patrullas de la Manada del Bosque Oscuro cabalgaban por el borde del Bosque Creciente y el corazón me latía con fuerza.

La pequeña princesa seguía sentada bajo el roble ancestral donde la había dejado, débil por el hambre y el agotamiento. De pronto, un guerrero detuvo su caballo.

"Alfa Víctor", llamó.

El Alfa Víctor desmontó de inmediato. Se acercó despacio a la niña asustada y se arrodilló frente a ella. Su voz fue suave.

"Pequeña, ¿dónde está tu familia?"

Hailey alzó la vista con unos ojos azules llenos de miedo. Abrió la boca para responder, pero no salió nada, solo lágrimas. Su cuerpecito se tambaleó antes de caer hacia adelante.

Víctor la atrapó antes de que tocara el suelo, mientras la oscuridad la reclamaba una vez más.

Me perdí en el bosque, sabiendo que la princesa estaba a salvo y que el Alfa Malachi había conquistado el reino de Mooncrest.

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