LOGINSINOPSIS La noche en que Mooncrest ardió, la Diosa Luna lloró. Mientras el reino caía ante la traición y el acero, la última princesa fue ocultada, sus recuerdos sellados, su aura real borrada y su lobo encerrado en lo más profundo de su alma. Abandonada bajo un roble ancestral como una simple huérfana perdida, la princesa Hailey de Mooncrest desapareció de la historia. Dieciocho años después, ya no es una princesa. Es una muchacha sin lobo, criada entre la Manada del Bosque Oscuro, rechazada, ignorada y sin pertenecer nunca del todo a ningún lugar. Hasta la noche en que el sello comienza a resquebrajarse y el pasado que nunca debió recordar viene a cazar su sangre. Los enemigos que destruyeron su reino aún llevan coronas. El compañero para quien nació ya ha reclamado a otra. Y el poder que duerme dentro de ella nunca estuvo destinado a permanecer enterrado.
View MoreCAPÍTULO 1
POV DE LA VIDENTE REAL
La noche en que cayó el Reino de Mooncrest, supe que la Diosa Luna había comenzado a llorar mucho antes de que la primera gota de sangre tocara el suelo. Los cuernos de guerra resonaron por todo el reino y después llegaron los gritos.
Corrí por los pasillos del palacio con mis túnicas blancas recogidas entre las manos mientras los muros temblaban a mi alrededor. Cada explosión sacudía el polvo del techo y el olor a humo se colaba por los salones, mezclándose con la sangre y el miedo.
Había comenzado. La visión que temía desde hacía meses por fin se desplegaba ante mis ojos.
Cuando llegué al balcón del palacio, el rey Alaric permanecía inmóvil, contemplando el reino que había pasado su vida protegiendo. Nuestra hermosa Mooncrest ardía.
Los hogares desaparecían bajo las llamas, la plaza del mercado se había vuelto un campo de batalla y los guardias reales luchaban con todo lo que tenían, pero el enemigo seguía llegando. Eran simplemente demasiados.
La reina Elena estaba junto a su esposo, con las manos aferradas a la barandilla de piedra con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
"Han roto la puerta del este", susurró la reina.
El rey no respondió de inmediato. Sus ojos no se apartaban del campo de batalla. Cuando por fin habló, su voz cargaba más pena que ira.
"Abrieron las puertas desde adentro. Nos traicionaron", dijo el rey.
Cerré los ojos un breve instante. Había temido ese día: las patrullas desaparecidas, las cartas interceptadas, los sirvientes que se esfumaban sin explicación y los rumores dentro de los muros del palacio. Alguien había vendido Mooncrest a sus enemigos, y ahora pagábamos el precio.
Una violenta explosión sacudió el palacio bajo nuestros pies. La piedra se agrietó y las ventanas estallaron en pedazos.
La reina Elena ahogó un grito. "Ya están aquí", anunció.
El rey la miró. Ninguno de los dos necesitaba hablar. La verdad ya estaba escrita en sus rostros. Sin perder un segundo más, corrieron hacia la habitación real de los niños.
Yo los seguí de cerca. Por los pasillos, los sirvientes corrían llevando a niños aterrados hacia los pasadizos ocultos, mientras soldados heridos pasaban cojeando, negándose a abandonar sus puestos pese a la sangre que les corría por la armadura.
Nadie esperaba sobrevivir a esa noche.
El rey Alaric empujó las puertas de la habitación. En cuanto entré, se me rompió el corazón. La pequeña princesa Hailey estaba sentada en su cuna, ajena por completo a que su mundo se acababa. Levantó la vista y sonrió.
"Mamá", llamó con su vocecita.
La reina Elena soltó un sollozo quebrado y corrió hacia su hija. La levantó en brazos y la estrechó con tanta fuerza que pensé que jamás la soltaría.
"Mi dulce luna", susurró, besando una y otra vez la cabecita de rizos plateados de Hailey.
La pequeña princesa rio bajito. Era demasiado pequeña para entender por qué las lágrimas de su madre le cubrían la carita.
El rey Alaric se acercó despacio y rozó con su mano grande la mejilla de Hailey.
"Lo siento", susurró.
La reina Elena lo miró con desesperación. "Tiene que haber otra manera", suplicó.
El rey negó lentamente con la cabeza. "Si la encuentran..." La voz le falló. "La matarán", explicó.
El silencio se instaló en la habitación. Solo los sonidos lejanos de la batalla nos recordaban que cada segundo acercaba más a la muerte.
Di un paso al frente. "El túnel sigue seguro", sugerí, intentando mantener la voz firme pese al miedo que me arañaba el corazón.
"Pero no nos queda mucho tiempo", advertí.
La reina Elena apretó a Hailey aún más contra su pecho. "No", dijo.
Me coloqué frente a ellos. "Majestad, si esperamos más, ninguno saldrá con vida de este palacio".
"Es la hora", dijo el rey Alaric, mirando a la reina.
La reina lo miró como si le hubiera pedido que dejara de respirar.
"No", susurró, con las lágrimas rodándole por el rostro. "Solo tiene dos años. No puedo soltarla".
"Lo sé, pero debes hacerlo", suplicó el rey Alaric.
Nuevas lágrimas le corrieron por las mejillas. La pequeña Hailey estiró su manita y, torpemente, le secó una.
"No llores, mamá", dijo Hailey.
Había presenciado incontables nacimientos y muertes, pero nada me había destrozado el corazón como esas tres palabras inocentes. La reina Elena hundió de nuevo el rostro contra su hija.
"Lo siento tanto. Mereces mucho más que esto", susurraba la reina una y otra vez.
Hailey solo sonrió. "Quiero a mamá", dijo.
El rey Alaric se volvió un momento. Hasta el rey más fuerte seguía siendo un padre. Cuando volvió a mirar, se arrodilló frente a su hija.
"Mi valiente lobito", dijo.
Hailey aplaudió feliz. "Lobo", repitió.
Una leve sonrisa asomó al rostro del rey pese a las lágrimas que se le acumulaban en los ojos.
"Recuerda siempre una cosa: eres amada", dijo con calma.
Hailey ladeó la cabecita y repitió la última palabra sin entenderla.
"Amada", dijo.
Otra explosión retumbó por el palacio. Los muros de la habitación temblaron con violencia, cayó polvo del techo y miré hacia la puerta.
"Ya están dentro del palacio", empecé a decir.
El rey Alaric se puso de pie. Con dedos temblorosos, se quitó del cuello el colgante lunar real y lo depositó con suavidad en la mano diminuta de Hailey. La antigua reliquia desapareció dentro de su puñito.
Extendí los brazos lentamente. "Dámela".
La reina Elena se quedó paralizada. Todo instinto de madre le rogaba que siguiera abrazando a su hija, que huyera, que luchara, que murieran juntas. Pero si lo hacía, el linaje de Mooncrest terminaría antes del amanecer.
Por fin, con las manos temblando sin control, puso a la princesa Hailey en mis brazos. La niña se estiró de inmediato hacia sus padres.
"Mamá, papá", llamó Hailey.
La reina Elena se tapó la boca para ahogar el grito que amenazaba con escapar. El rey Alaric se inclinó y besó la frente de su hija por última vez.
"Vive", ordenó el rey.
Una sola palabra, pero cargaba las esperanzas de todo un reino. Envolví a la pequeña princesa en mi capa plateada para ocultarla de cualquier mirada y me volví hacia la puerta secreta oculta tras el muro.
Antes de entrar, miré atrás por última vez. El rey y la reina estaban uno junto al otro, no como gobernantes ni como leyendas, solo como dos padres preparándose para morir para que su hija viviera. Las lágrimas les nublaban la vista.
"Juro por la Diosa Luna mi vida por la de ella", les aseguré mientras afirmaba mi abrazo sobre la niña.
La puerta de piedra se cerró despacio entre nosotros con un estruendo sordo. La oscuridad engulló el pasadizo oculto. Escuché el inconfundible sonido de las espadas al desenvainarse.
Los últimos reyes de Mooncrest estaban listos para hacer su postrer resistencia, y recé para que su sacrificio nunca fuera olvidado.
El pasadizo oculto se extendía muy hondo bajo el palacio, iluminado solo por antiguas piedras lunares incrustadas en las paredes. Sostenía a la princesa Hailey con fuerza contra mi pecho mientras corría. Cada paso pesaba más que el anterior.
Detrás de mí, los sonidos de la guerra resonaban por el túnel: el choque del acero, los rugidos de los lobos y los gritos de los soldados moribundos. Cada sonido me recordaba una verdad dolorosa: Mooncrest daba su último aliento.
La pequeña Hailey se había quedado dormida en mis brazos, con sus deditos aún aferrados al colgante lunar real que le había dado su padre. No tenía idea de que acababa de ver a sus padres por última vez. Recé para que jamás recordara esa noche.
El túnel por fin se abrió en la sagrada Cámara de la Luna. La luz lunar caía por la abertura circular en lo alto e iluminaba el antiguo altar en el centro. Aquel lugar había presenciado el nacimiento de cada gobernante de Mooncrest durante siglos, y esa noche presenciaría la desaparición de su última princesa.
Con las manos temblorosas, recosté a Hailey sobre el frío altar de piedra.
"Lo siento, pequeña, pero es la única manera", susurré.
Alcé ambas manos hacia la luz de la luna y empecé a hablar en la lengua ancestral de la Diosa Luna. El poder respondió de inmediato. La cámara tembló y símbolos blancos se alzaron del suelo y giraron alrededor del cuerpecito de Hailey.
Las lágrimas me nublaban la vista mientras pronunciaba el hechizo prohibido. "Sello tus recuerdos". Las runas brillantes se fundieron en su frente. "Sello tu aura real". Una luz blanca envolvió su corazón. "Sello a tu lobo hasta el día en que el destino te llame a casa".
Hailey gimió suavemente. Una sola lágrima rodó por su mejilla antes de que la magia terminara de asentarse. La princesa de Mooncrest había desaparecido. Ante mí solo yacía una niña común, una huérfana sin lobo, invisible para quienes cazaban el linaje real.
Me incliné y le besé la frente. "Cuando la luna elija a su reina, toda cadena que te impongo esta noche se romperá", susurré.
La envolví en una vieja capa de viaje para esconder cualquier rastro de realeza y la llevé por otro pasadizo oculto que conducía al Bosque Creciente.
Cuando el alba pintó el cielo, las llamas ya habían devorado el palacio a nuestras espaldas. Desde el borde del bosque vi cómo el humo se alzaba sobre el reino al que había servido toda mi vida. Mooncrest había caído.
En silencio, deposité a la niña dormida al amparo de un roble ancestral. Fue lo más difícil que había hecho jamás. Aparté un mechón de cabello plateado de su rostro.
"Perdóname, no pude quedarme", susurré.
Si el enemigo me encontraba con ella, todo lo que el rey y la reina habían sacrificado no serviría de nada.
"Mi vida fue prometida por la tuya y pienso cumplirlo", dije, con las lágrimas cayendo libremente por mi rostro. Con una última mirada, desaparecí entre unos arbustos cercanos.
Pasaron las horas. Escondida entre los árboles, vigilaba desde lejos para que ella no se alejara vagando. Patrullas de la Manada del Bosque Oscuro cabalgaban por el borde del Bosque Creciente y el corazón me latía con fuerza.
La pequeña princesa seguía sentada bajo el roble ancestral donde la había dejado, débil por el hambre y el agotamiento. De pronto, un guerrero detuvo su caballo.
"Alfa Víctor", llamó.
El Alfa Víctor desmontó de inmediato. Se acercó despacio a la niña asustada y se arrodilló frente a ella. Su voz fue suave.
"Pequeña, ¿dónde está tu familia?"
Hailey alzó la vista con unos ojos azules llenos de miedo. Abrió la boca para responder, pero no salió nada, solo lágrimas. Su cuerpecito se tambaleó antes de caer hacia adelante.
Víctor la atrapó antes de que tocara el suelo, mientras la oscuridad la reclamaba una vez más.
Me perdí en el bosque, sabiendo que la princesa estaba a salvo y que el Alfa Malachi había conquistado el reino de Mooncrest.
POV: HaileyLos extraños cambios en mi cuerpo se habían vuelto imposibles de ignorar. Mis sentidos estaban más agudos que nunca y el calor que respondía a la luz de la luna aún persistía bajo mi piel.El Alfa Víctor no tenía explicación, pero no podía dejar de preguntarme si las respuestas estaban en algún lugar del pasado que no lograba recordar.Me acerqué al baúl de madera bajo mi ventana. Guardaba las pocas pertenencias que el Alfa Víctor había conservado de la noche en que me encontró de bebé bajo un roble ancestral en el Bosque Creciente.Ya había buscado entre ellas antes, pero nunca con tanta urgencia. Dentro había una manta desteñida, ropa vieja y algunos objetos.Los aparté hasta que un colgante de plata se deslizó desde un pliegue de tela y cayó en mi palma.Tenía forma de luna creciente, con delicadas marcas en los bordes y una pequeña piedra en el centro. Su hechura no se parecía a nada que hubiera visto en una manada.Lo miré fijamente, mientras un dolor desconocido me s
POV: HaileyNo podía dejar de pensar en el Alfa Kael. Sus palabras frías se repetían una y otra vez en mi mente y me irritaban más cada vez que las recordaba.En un momento, me había mirado con una intensidad que me aceleró el corazón. Al siguiente, me había tratado como si yo no fuera más que una molestia."Mantente fuera de mi camino, Hailey". Las palabras resonaban en mi cabeza.Odiaba cuánto me habían dolido. ¿Por qué debía importarme lo que pensara de mí? Era un Alfa con sus propios problemas y yo no tenía motivo para buscar su atención. Sin embargo, no podía olvidar la extraña sensación que había pasado entre nosotros cuando me tocó.Sacudí la cabeza y volví a mis deberes. Llevaba una canasta de ropa doblada por el corredor de la casa de la manada cuando escuché a dos personas hablando detrás de una puerta cerrada."El Alfa quiere que se duplique la patrulla del este antes de que termine la semana", dijo la voz de un hombre."Les avisaré a los demás", respondió otro. "Pero si la
POV: KaelMe había enfrentado a renegados, a Alfas rivales y a enemigos que con gusto me habrían cortado la garganta mientras dormía. Ninguno me había inquietado como lo había hecho una muchacha sin lobo.Incluso sentado frente al Alfa Víctor en su sala privada de reuniones, no lograba sacarla de mis pensamientos. Cada vez que intentaba concentrarme en los informes entre nosotros, recordaba el momento en que nuestros dedos se tocaron.El extraño calor que me había recorrido. La manera en que mi lobo se había quedado en silencio de golpe para después resurgir con una intensidad que jamás había experimentado. No tenía sentido.Había conocido a incontables mujeres a lo largo de mi vida. Algunas habían intentado ganarse mi atención, otras me habían temido demasiado para sostenerme la mirada.Ninguna me había hecho sentir que algo dentro de mí la reconocía antes de saber siquiera su nombre. Pero Hailey sí, y ese era un problema que pensaba resolver antes de que destruyera todo lo que había
POV: HaileyLogré pasar la primera hora de trabajo sin pensar en el Alfa Kael Blackthorn. Para la segunda hora, ya había perdido la cuenta de las veces que su rostro había invadido mis pensamientos, y lo odiaba.La forma en que me había mirado antes de alejarse con tanta frialdad. Nunca había reaccionado así ante nadie, y me negaba a creer que un solo roce pudiera significar algo.Era un desconocido y nada más. Repetí esas palabras mientras ordenaba suministros en una pequeña sala junto al salón de reuniones, con la esperanza de que acallaran las preguntas en mi cabeza.Entonces sentí un leve calor removerse bajo mi piel. Dejé de trabajar y me llevé la mano al pecho. La sensación se desvaneció casi de inmediato y me quedé mirando la sala vacía.¿Qué me pasaba? Esta reacción extraña era nueva y no tenía idea de cómo explicarla.Me obligué a seguir trabajando. Voces se filtraban por la puerta abierta mientras los guerreros se reunían cerca del salón. El Alfa Víctor estaba reunido con Ka
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