LOGIN(POV de Emma)
Aparqué en el camino de entrada un poco después de las once. El Uber me había dejado antes de lo previsto porque la sesión de formación terminó antes de lo esperado. Estaba agotada pero emocionada; no podía esperar a sorprender a Ethan. Cuatro días fuera se me habían hecho eternos, sobre todo tan poco después de la boda. Cogí mi pequeña maleta y entré en silencio, esperando pillarlo desprevenido.
La casa estaba en penumbra; solo la lámpara del salón estaba encendida. Sonreí para mis adentros mientras me quitaba los tacones junto a la puerta.
—¿Ethan? Cariño, cogí un vuelo más temprano. ¡Sorpresa!
No hubo respuesta.
Dejé la maleta al pie de la escalera y subí. Mis pies en calcetines no hacían ruido sobre la alfombra. Quizá ya estaba en la cama. La idea me calentó por dentro. Podría meterme a su lado, enroscarme alrededor de su cuerpo y volver a sentir sus brazos rodeándome.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Se oían sonidos suaves desde dentro: respiración, movimiento, el leve crujido del colchón.
Empujé la puerta con la mano.
Y mi realidad se detuvo en seco.
Ethan estaba encima de Lila.
Los dos completamente desnudos.
Sus caderas todavía se movían, lenta y profundamente, dentro de mi prima. Ella tenía las piernas rodeándole la cintura y las manos clavadas en su espalda. La piel de ambos brillaba de sudor. La habitación olía a sexo: ese olor espeso, almizclado e inconfundible de dos personas follando. El semen ya se filtraba por donde estaban unidos, brillando en los muslos de ella y en las sábanas.
Los dos se quedaron congelados en el instante en que se abrió la puerta.
Los ojos de Lila se abrieron de par en par. Intentó empujar a Ethan, forcejeando, pero ya era demasiado tarde. Ethan giró la cabeza hacia mí; el color se le drenó de la cara.
—Emma…
No pude hablar. Mi cerebro se negó a procesar lo que estaba viendo. Mi marido, el hombre con el que me casé hacía tres semanas, estaba dentro de mi prima. En nuestra cama. La misma cama en la que hicimos el amor la noche de nuestra boda.
Las lágrimas me inundaron los ojos al instante. Un dolor agudo y aplastante explotó en mi pecho, como si alguien me hubiera atravesado las costillas de un puñetazo y me hubiera agarrado el corazón.
Las rodillas me flaquearon.
Esto no era real. No podía serlo.
Intentaba darle sentido a todo aquello, pero no había forma de colocarlo en su sitio.
Ethan se salió de ella con un sonido húmedo que me provocó náuseas. Lila agarró la sábana, intentando desesperadamente cubrirse, la cara pálida de shock.
Las lágrimas me llenaron los ojos de inmediato.
—Emma, espera… no es… —empezó Ethan, la voz quebrada mientras buscaba el pantalón de chándal.
Ya no podía escuchar más mentiras. Me di la vuelta y corrí escaleras abajo.
Las lágrimas lo emborronaban todo.
Bajé a toda prisa, las gotas cayendo sobre el suelo de madera con suaves golpecitos.
¿Cómo? ¿Cómo podía hacer esto? ¿Cómo podía ella? Lila… mi propia prima y mejor amiga desde que éramos pequeñas, la chica que me ayudó a elegir el vestido de novia. Y Ethan… mi marido. El hombre que me prometió para siempre hace solo unas semanas. Esto no se siente como para siempre, ¿verdad?
Lo oí detrás de mí, los pasos tropezando por la escalera mientras yo salía de la casa.
—¡Emma! ¡Emma, por favor!
No me detuve por él. Nunca. Llegué a la puerta principal, la mano temblando al agarrar el pomo.
—¡Emma, espera… déjame explicar!
Me giré despacio sin decir una sola palabra. Ethan estaba allí en ropa interior, el pelo revuelto, la culpa y el pánico escritos en toda la cara. Lila se había quedado unos escalones más atrás, envuelta en la sábana, los ojos llenos de shock.
No pensé. Le di una bofetada durísima.
La palmada resonó en su mejilla con tanta fuerza que me ardió la palma. El sonido hizo eco por toda la casa. Lila jadeó y se cubrió la boca con la mano, horrorizada.
La cabeza de Ethan salió despedida hacia un lado. Una marca roja de mi mano apareció al instante en su piel.
Después miré directamente a Lila. Ella se encogió ante mi mirada. No dije ni una palabra; no hacía falta. La mirada que le clavé lo decía todo: «Ya no somos familia. Estás muerta para mí».
Luego me giré, abrí la puerta de un tirón y salí.
Subí al coche, arranqué el motor, los dejé en la casa y conduje lejos, muy lejos.
Las lágrimas me corrían por la cara durante todo el trayecto. No sabía adónde iba, solo sabía que necesitaba alejarme de aquella casa.
De ellos, al menos.
Acabé en un bar tranquilo a unos kilómetros. De esos con luces tenues y taburetes de cuero gastado.
Me senté en la barra y pedí chupitos.
Primero tequila.
Luego whisky.
Después lo que el camarero me pusiera delante.
Los primeros no tocaron el dolor. Seguía ahí, como una roca inamovible en el pecho, afilada. Pero seguía viéndolos… las caderas de Ethan moviéndose entre las piernas de Lila, la forma en que ella se aferraba a él. Mi marido. Mi prima. En nuestra cama de matrimonio.
—Mierda.
Me tomé otro chupito.
Y otro.
Y otro…
Y otro…
Y otro…
Hasta que perdí la cuenta, supongo.
La habitación empezó a girar despacio. Mis pensamientos se volvieron espesos y borrosos, pero el dolor seguía ahí, latiendo… aunque más lejos. ¿Cómo podía hacerme esto? Esperaba traiciones de los hombres, eventualmente… pero no de él. Y mucho menos solo unas semanas después de decir «sí, quiero». Esta era una traición de primera.
Y Lila… se suponía que era como una hermana.
Aplaqué el vaso vacío contra la barra.
No. Ya estaba harta de ser la víctima. Harta de llorar por gente a la que no le importaba una m****a.
Venganza.
Era lo único que tenía sentido ahora.
El alcohol me ralentizaba el cerebro, pero la idea llegó de todos modos: oscura, fea… y por eso mismo perfecta.
Lila tiene un hermano menor. Steven. Cumplió dieciocho el mes pasado. Todavía vive con sus padres. Un chico dulce. Inocente. Familia.
Sonreí con amargura ante el siguiente chupito.
Me lo follaría. Me llevaría al hermanito de Lila de la misma forma en que ella se llevó a mi marido. Que sintiera lo que es que alguien a quien quieres te traicione desde dentro de la familia.
La idea debería haberme disgustado, pero el alcohol hizo que tuviera todo el sentido del mundo, que me pareciera justicia.
Pagué la cuenta, cogí una botella sin abrir de la barra cuando el camarero no miraba y salí tambaleándome hacia el coche.
El mundo se inclinó cuando me metí dentro, pero me daba igual. Ya no me importa nada.
Estaba harta de sufrir.
Era hora de hacerles daño a ellos.
La mansión del señor vampiro se alzaba pesada en las colinas a las afueras de la ciudad, toda de piedra negra y rejas de hierro que mantenían los gritos dentro. Esa noche las cortinas de terciopelo estaban corridas a cal y canto, las velas goteaban cera al suelo y el aire apestaba a sangre.Elara la bruja se reclinaba en una silla de respaldo alto, las piernas abiertas, la bata de seda negra abierta de modo que sus pesadas tetas y su coño afeitado quedaban completamente expuestos. Sonreía como una depredadora mientras miraba al señor Varyn y a sus dos hermanos vampiros arrastrar a Marcus hasta el centro de la habitación. El hombre estaba desnudo, las muñecas encadenadas a la espalda, la polla sacudiéndose con cada paso hacia ella, y los músculos todavía estremeciéndose por la pelea que había perdido antes esa noche.Había sido un cazador arrogante, lo bastante estúpido como para irrumpir en la mansión pensando que podía matar a un vampiro. Ahora solo era carne.—De rodillas, maricón —
Serena supo que la había jodido en el segundo en que cruzó la frontera de la manada.Era una loba solitaria, desterrada de su propio clan tres meses atrás después de matar a la compañera de un ejecutor de alto rango en un ataque de ira ciega. La noticia viajaba rápido en su mundo. Ahora cada manada de la región tenía su olor marcado como problema. Llevaba tiempo sin dinero, muriendo de hambre y desesperada cuando se coló en el territorio de Varg Thorne para cazar. Solo un ciervo, se dijo a sí misma.Entrar y salir.La atraparon antes de que siquiera hundiera los dientes.Cinco de ellos salieron de los árboles como lobos demonios, gruñendo, los ojos brillando amarillos bajo la luna naciente. No se molestaron en hablar. Manos toscas la estrellaron contra la tierra, le arrancaron la ropa a jirones y la arrastraron desnuda y sangrando a través del matorral hasta la guarida.La cueva apestaba a pelaje mojado, sangre vieja y semen.Varg estaba esperando.El Alfa era un monstruo de hombre, i
El apartamento de Lena olía a vino tinto y a la vela de vainilla que había encendido para fingir que esto era civilizado. Los tres llevaban veinte minutos rodeándose en el sofá, riendo alto, tocándose con demasiada casualidad. Lena estaba sentada en el medio, las piernas recogidas debajo de ella. Lisa a su izquierda, atrevida como siempre, una mano ya descansando alta en el muslo de Lena. Theophilus —Theo para todos los que no querían perder el aliento— estaba a la derecha, los hombros anchos ocupando espacio, sus ojos oscuros saltando entre las dos mujeres como si todavía no pudiera creer lo afortunado que había sido.—¿Estás segura de esto? —preguntó Lena, sobre todo por Theo. Ya sabía que Lisa estaba dispuesta. Lisa había sido la que le susurraba ideas asquerosas al oído en el bar.Lisa respondió inclinándose y besando a Lena con fuerza, la lengua deslizándose como si la poseía. Lena gimió en ello. Theo miraba, respirando más pesado. Cuando Lisa se apartó, lo miró a él.—Tu turno.
La vieja cabaña crujía bajo el peso de la luna casi llena. Elara empujó la pesada puerta de madera, su capa negra todavía oliendo a hierbas secas y humo de vela de la tienda. En el momento en que entró, el olor era espeso, almizclado, animal: el olor de Rowan. Calor puro. Rowan ya estaba esperando. Paseaba cerca de la chimenea de piedra, sin camiseta, el sudor brillando en su estómago tonificado y en sus pechos pequeños y firmes. Los ojos le brillaban ámbar en la luz baja. El calor previo al cambio la tenía feral esa noche. Las venas se le marcaban en los antebrazos, las garras ya a medio salir. —Por fin —gruñó Rowan, la voz baja y áspera. Cruzó la habitación en dos zancadas y empujó a Elara contra la puerta—. Hueles a otras personas. Lo odio. El aliento de Elara se le atascó cuando Rowan le enterró la cara en el cuello, inhalando profundamente, la lengua arrastrándose por su pulso. —Entonces márcome otra vez —susurró, los dedos deslizándose en el pelo oscuro y desordenado de
La casa segura olía a hormigón húmedo y aceite de armas. Jax cerró la puerta de una patada detrás de él, el rifle todavía colgado al hombro, sangre salpicada en la manga izquierda del guardia al que había apuñalado en la escalera.Se estaba quitando los guantes cuando se abrió la puerta del baño y Kane salió, ya sin camiseta, limpiándose la cara con una toalla.—Tienes que estar de puta broma —gruñó Jax.Los ojos de Kane lo recorrieron, fríos y planos.—La misión está hecha. El objetivo está muerto. Lárgate de mi casa.—¿Tu casa? —Jax se rió bajo y con maldad—. Le metí dos balas en el pecho a ese cabrón antes de que tú siquiera limpiaras el perímetro. Este es mi contrato.Kane tiró la toalla a un lado. El pecho todavía le brillaba de sudor, viejas cicatrices cruzándole las costillas.—Le corté el cuello y lo vi desangrarse. Limpio y profesional. Algo de lo que tú no sabrías nada.Se quedaron ahí mirándose fijamente, dos años de trabajos robados, entregas saboteadas y casi encuentros p
* Una nueva colecciónEl sol de la tarde tardía sangraba oro a través de la sabana africana, convirtiendo la hierba alta en un mar de fuego. Me agarré al borde del jeep de techo abierto, los muslos pegajosos de sudor bajo mi fina falda caqui.Habíamos estado rebotando por estos caminos de tierra durante horas, y ya habíamos visto leones perezosos a la sombra, un enorme elefante macho agitando las orejas y aislado, cebras dispersándose a nuestro acercamiento.Cada sacudida del jeep había presionado el asiento duro justo contra mi clítoris, y estaba empapada y goteando.Max se sentó a mi lado, su brazo fuerte rozando el mío, la camisa desabrochada lo suficiente para mostrar el sudor brillando en su pecho. La mandíbula la tenía tensa, los ojos escondidos detrás de las gafas de sol, pero yo conocía esa mirada. La misma que ponía cuando quería arruinarme.Nuestro guía, Joseph, frenó el jeep en un mirador panorámico que dominaba una amplia llanura salpicada de acacias. «Cinco minutos», dijo







