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CAPITULO 4

Author: Blanca Rios
last update publish date: 2022-09-30 05:50:38

Mis padres no querían bajo ninguna circunstancia que fuera a trabajar ese fin de semana y mucho menos que me quedara fuera de casa a pasar la noche entera. La última vez que me quedé fuera de nuestro hogar, en aquella fatídica fiesta de mi primer año, todo terminó en un completo desastre que me destrozó la autoestima y me hizo encerrarme por largas semanas en mi habitación, llorando a oscuras y sin probar bocado ni comer lo que normalmente consumo a diario. Sin embargo, no quería decirles la verdadera razón de mi urgencia; no podía confesarles que me veo completamente obligada por las amenazas de ese chico nuevo de la escuela. Para convencerlos, les mentí piadosamente y les dije que el generoso pago de los señores nos ayudaría económicamente por un mes al menos, solventando las deudas, y que absolutamente nada malo podría pasarme porque la casa era gigantesca y, según yo, solo estaríamos la pequeña niña y yo cuidando el lugar.

—Elizabeth… de verdad no tienes que hacerlo si te sientes insegura —insistió mi padre, mirándome con ojos llenos de una profunda preocupación paternal—. El próximo pago que me darán en mi trabajo es bastante bueno y nosotros podemos…

—No puedo retractarme a estas alturas y lo sabes muy bien, papá —lo interrumpí con suavidad, tratando de proyectar una firmeza que no sentía—. Ellos ya me están esperando en su propiedad, y decirles que no a última hora significaría quedar muy mal con ellos y perder un empleo seguro. Te prometo solemnemente que les enviaré un mensaje de texto en cuanto pise la casa.

Mis padres estaban sumamente angustiados por mi partida, y antes de que subiera al transporte, me pidieron encarecidamente que los llamara por teléfono de forma regular para que así pudieran estar más tranquilos con mi ausencia, así que les dije con una sonrisa forzada que lo haría sin falta. Al bajar del autobús en la parada solitaria de las afueras, cargando una pequeña maleta de mano con lo estrictamente necesario para estar aquí el fin de semana y para adelantar mis tareas escolares, caminé hacia los portones. Los señores ya estaban listos para salir; fueron sumamente breves con las explicaciones rutinarias de lo que debía hacer durante las próximas horas. La pequeña hija estaba despierta y me dio una inmensa ternura cuando ella tomó mi mano con una hermosa sonrisa inocente. En cuanto sus padres se fueron en el automóvil, la calma desapareció; estaba sumamente nerviosa porque no solo estábamos nosotras dos en la inmensa propiedad, sino que lo tenía a él parado exactamente a mi lado derecho mientras observamos en silencio cómo el auto de los señores se aleja por el camino.

—¡Vamos a jugar de una vez! —dijo la niña con una enorme emoción reflejada en su dulce voz—. ¡Liz, por favor, vamos!

Ella me pide jugar con insistencia, pero yo no soy una persona muy dada para los juegos infantiles; al ser hija única, no tengo hermanos menores así que no sé con exactitud qué tipo de juegos interactivos puede jugar una niña pequeña de su edad, por lo que decidí ser honesta y le dije amablemente que me sugiriera uno ella misma.

—¿Qué tal si jugamos a las escondidas en el pequeño bosque trasero de la casa? —propuso Damián interviniendo de repente en la conversación. Al verlo directamente a la cara, pasé saliva con dificultad ya que él tenía una sombría y maliciosa sonrisa instalada en su perfecto rostro que no me agradaba para nada, porque presentía en mi interior que había algo más oculto tras sus palabras—. ¿Qué opinas tú de la idea, hermana?

Para mis absolutas desgracias, la niña saltó de alegría y dice que sí de inmediato, alterándome los nervios por completo porque sabía que Damián seguramente tramaba algo oscuro entre manos que no era nada bueno para mí. Con el corazón acelerado, le sugerí a la pequeña si podíamos jugar otra cosa dentro de la sala, pero ella comenzó a hacer unos pucheros tan tristes que terminaron por conmoverme, por lo que no tuve más opción que ceder y decirle que sí jugaríamos en el patio. Pero lo peor de toda la situación es que él se ofreció de inmediato diciendo que nos buscaría a ambas, haciendo que mi mente comience a pensar con terror que, en realidad, él solo iría a cazarme a mí.

Damián comenzó a contar en voz alta tapándose los ojos contra la pared. De prisa, le dije en un susurro a la pequeña que nos escondiéramos juntas en el mismo sitio, pues no quería bajo ningún concepto que él me encontrara sola en la inmensidad del jardín, pero ella me miró confundida y me dijo que eso no era parte de las reglas del juego y que debíamos escondernos completamente separados. Quise engañarla sutilmente y tomarla del brazo, pero ella se fue corriendo a toda velocidad antes de que pudiera convencerla de lo contrario. Al quedarme sola en medio del patio trasero, no tuve más opción que hacer exactamente lo mismo y buscar un lugar donde esconderse; corrí lo más lejos que pude hacia la zona boscosa, deseando con todas mis fuerzas que él buscara primero a su hermana y se olvidara de mí. Finalmente, me quedé muy quieta y agachada detrás de unas enormes rocas grises.

Me quedé en un absoluto y sepulcral silencio, controlando mi propia respiración para que no me encontrara fácilmente en mi escondite, pero de pronto, unos extraños y profundos gruñidos animales rompiendo el silencio me hicieron reaccionar con pánico. “¿Acaso esta gente tiene perros guardianes sueltos por el jardín?”, me pregunté con el rostro pálido. El miedo más puro recorre mi cuerpo por completo cuando escucho claramente que los feroces gruñidos se van acercando paso a paso hacia mi posición, como si la criatura supiera con exacta precisión el lugar exacto donde me encontraba.

Una respiración profunda, caliente y pesada justo a mis espaldas me hace congelarme por completo en mi sitio. Estaba totalmente petrificada, presa del pánico absoluto, ya que era exactamente ese mismo y aterrador gruñido que había escuchado segundos antes entre los árboles. Mis labios no hacen más que temblar de forma descontrolada mientras, lentamente, siento que aquella imponente presencia cambia de posición, rodeando las rocas con pasos silenciosos hasta estar plantada directamente frente a mí. Al ver a semejante y monstruosa bestia frente a mis propios ojos, lamiendo sus afilados dientes con un hambre feroz, como si ya sintiera de antemano el sabor de mi carne fresca en su paladar, mi mente colapsó. “U–un lobo”, pensé horrorizada. Jamás en toda mi vida había visto un lobo tan descomunal, enorme y de pelaje oscuro como ese.

—¡¡Liz!!... —se escuchó a lo lejos el eco de una voz infantil.

Era Skaí. La pequeña niña estaba gritando en alguna parte del jardín y, para colmo de males, había un lobo salvaje que se había metido descaradamente a la propiedad. En medio de mi parálisis, ya me podía ver a mí misma encerrada en prisión por negligencia ante la posible muerte de la niña, imaginando al infeliz de su hermano mayor culpándome directamente por su deceso ante las autoridades; un pretexto perfecto y más que suficiente para que me odie todavía más y quiera matarme con sus propias manos.

—¿Qué?... —susurré en un hilo de voz.

Palidezco al instante y mis ojos se abrieron desmesuradamente al ver que el lobo estaba cambiando de forma de manera antinatural, rompiendo sus huesos hasta que, en cuestión de segundos, se convierte en él. Mi voz simplemente no sale de mi garganta debido a la impresión y lo único que puedo hacer es tartamudear horrorizada al ver que sus ojos humanos estaban brillando con una intensidad sobrenatural en un color carmesí, mientras una sonrisa escalofriante y calculadora adorna su rostro.

DAMIAN

Pensé firmemente que ella gritaría de puro terror al verme en mi forma real, que rogaría por su vida o intentaría correr despavorida por el bosque, pero no fue así; hizo todo lo contrario a mis expectativas y simplemente se desmayó del susto, provocando que la diversión y el juego de caza para mí se acabaran de golpe. Cabreado y frustrado, gruño con fuerza desde lo más profundo de mi pecho mientras la veo tirada completamente inconsciente en el suelo. “En serio que es una humana patética”, pensé con desprecio. En una situación real de verdadero peligro, ahora mismo ya estaría completamente muerta y devorada por los lobos salvajes que rondan las montañas.

—¡Ahí están! —gritó Skaí, corriendo apresurada hacia el claro donde yo me encontraba. Ella se detiene en seco y frunce el ceño, sumamente molesta al ver a su nueva niñera tirada e inmóvil en el suelo—. ¡¿Qué demonios le hiciste, Damián?!

Escuchar sus reclamos infantiles no es lo que quiero ni tengo paciencia para soportar en este momento, así que, ignorando sus preguntas, tuve que cargar el cuerpo de Elizabeth en mis brazos hasta la casa principal. La llevé escaleras arriba y la dejé caer sobre la cama de la habitación que mis padres habían arreglado especialmente para que pasara el fin de semana. Me detengo a observarla por unos momentos en el silencio del cuarto, y verla allí tendida solo me trae el amargo y doloroso recuerdo de la maldita bruja que en el pasado me arrebató cruelmente a mi verdadera mate. Elizabeth seguramente es su maldita reencarnación, y no voy a dejarla en paz bajo ninguna circunstancia; la haré vivir un infierno tan asfixiante en esta vida que ella misma deseará quitarse la vida.

—Conozco a la perfección esa mirada retorcida, Damián. Déjala en paz de una vez, ella es una simple humana, no tiene nada que ver con nuestro pasado —advirtió Skaí desde el marco de la puerta, mirándome con seriedad.

—Será mejor que no te metas en mis asuntos, hermanita —le respondí, volteando a verla con los ojos entrecerrados—, si no quieres que te encierre en tu habitación durante días, exactamente como aquella vez.

—Le diré todo lo que haces a mis padres en cuanto regresen, y ellos te echarán de esta casa como una vez ya lo hicieron en el pasado. Nadie te quiere aquí y lo sabes perfectamente, Damián. Aunque aparentes con los humanos del pueblo que eres una buena persona, todos los de nuestra especie sabemos que eres un monstruo; ni siquiera pudiste protegerla a ella cuando más te necesitó.

—¡¡Skaí!! —gruñí totalmente cabreado, enseñando los colmillos, pero ella me reta de la misma forma, plantándose firme en su lugar y desafiándome abiertamente con su mirada.

—Soy solo una niña, pero no te tengo ningún miedo, hermano —sentenció con madurez antes de dar un paso hacia la cama.

De pronto, Elizabeth despierta soltando un jadeo ahogado. En cuanto abre los ojos y me ve de pie a unos centímetros de ella, sus ojos se llenan de un miedo tan puro que empieza a hiperventilar. Mi hermana pequeña, al notar el estado de shock de la chica, sale de la habitación diciendo en voz alta que buscará algo de agua fresca para ella. Elizabeth no decía una sola palabra, permanecía muda y temblorosa en la cama, sin mencionar que no me quitaba los ojos de encima, vigilando cada uno de mis movimientos como si fuera una presa acorralada.

—Te desmayaste en mitad del bosque mientras jugábamos —le dije con un tono casual, rompiendo el silencio—. Cuando te encontré en el suelo, estabas pálida.

—Tú… tú eres… un lobo —consiguió articular con la voz rota por el pánico.

—¿Perdón? ¿De qué estás hablando? —dije fingiendo absoluta confusión, esbozando una falsa sonrisa de incredulidad para jugar con su mente—. Oye, sé perfectamente que no he sido el mejor compañero contigo en la escuela, pero tampoco es para que me digas lobo de esa manera. ¿O es que acaso te volviste loca tras el golpe del desmayo?

—¡No, yo sé perfectamente lo que vi en ese bosque! ¡Estabas transformándote! —exclamó desesperada, tratando de convencerse a sí misma.

—¿Y qué fue lo que viste exactamente, Elizabeth? —cuestioné con ironía.

Verla tan confundida, asustada y dudando de su propia cordura me hace reírme de ella internamente, porque en verdad la estoy haciendo creer que todo fue un simple sueño o que tal vez sufrió alucinaciones debido al estrés del golpe con la pelota. Me siento con total tranquilidad al borde de la cama, acortando la distancia entre nosotros, y desvío mi mirada hacia el pequeño collar que trae consigo alrededor de su cuello. Su cuerpo tiembla visiblemente cuando mi piel roza con la suya en el momento en que tomo el dije del collar con mis dedos; mi mano baja un poco por su clavícula, poniéndola completamente tensa y rígida del temor.

—Chica tonta… —murmuro, acercándome lentamente a su rostro. Al sentir su respiración agitada golpear contra mis labios, me doy cuenta de que está demasiado nerviosa por mi cercanía—. ¿Por qué tendría que lastimar algo que me pertenece? Tú me perteneces a mí, Elizabeth, y esta misma noche… te lo voy a demostrar.

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Comments (1)
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Erika Villegas
Esta loco ...
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