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El cielo estaba despejado aquella mañana. Un azul casi demasiado perfecto, como si el mundo ignorara por completo lo que estaba a punto de suceder.
Stephanelle Robio salió del hospital con un sobre blanco apretado contra su pecho. Sus dedos todavía temblaban ligeramente, incapaces de calmar la emoción que hervía en su corazón.
Después de años de espera, el médico finalmente le había dado la respuesta que tanto había esperado.
Estaba embarazada.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios. Sus ojos brillaron de felicidad mientras miraba el sobre entre sus manos.
Iba a tener un hijo.
Su hijo.
El hijo de Diego De La Capa.
Durante mucho tiempo, su matrimonio no había sido más que una alianza entre dos familias poderosas. Al principio, no había existido ternura ni verdadero amor entre ellos. Sin embargo, Stephanelle siempre había querido creer que con el tiempo las cosas cambiarían.
Quizás ese bebé sería el vínculo que finalmente los uniría.
Colocó delicadamente una mano sobre su vientre aún plano, con el corazón lleno de una alegría que no podía contener.
—Hola, mi pequeño milagro...
Su voz tembló ligeramente.
Lágrimas de felicidad aparecieron en las comisuras de sus ojos.
Quería ver el rostro de Diego cuando le diera la noticia. Ya imaginaba su sorpresa, su sonrisa, quizás incluso la primera vez que colocaría su mano sobre su hijo.
Sin esperar más, tomó un taxi para dirigirse a la mansión De La Capa.
Ese día debía ser el más hermoso de su vida.
Pero en cuanto cruzó las grandes puertas de la propiedad, su sonrisa desapareció.
Algo en el ambiente era diferente.
El silencio que reinaba en la sala le oprimió el corazón.
Toda la familia De La Capa estaba presente.
Diego estaba allí.
Pero no estaba solo.
A su lado se encontraba una joven elegante, vestida con un vestido de un precio exorbitante. Permanecía junto a él con una seguridad inquietante, con su brazo sujetando el suyo como si ese lugar le hubiera pertenecido desde siempre.
Stephanelle se quedó inmóvil.
Su mirada pasó de Diego a aquella desconocida.
—Diego... ¿quién es esta mujer?
Su esposo no respondió de inmediato.
Antes de que pudiera abrir la boca, la madre de Diego tomó un documento colocado sobre la mesa y lo deslizó frente a Stephanelle.
—Firma.
Stephanelle frunció el ceño.
Bajó lentamente la mirada.
Las palabras impresas en la primera página hicieron que perdiera todo el color de su rostro.
Acuerdo de divorcio.
Durante unos segundos, fue incapaz de respirar.
—¿Un... divorcio?
Su voz apenas salió.
Buscó la mirada de Diego, esperando encontrar una explicación, una duda, cualquier señal de que él no pensaba realmente hacer aquello.
Pero él apartó la mirada.
—Es lo mejor para los dos.
Aquellas simples palabras fueron más dolorosas que una larga acusación.
Sus dedos se relajaron sin que ella se diera cuenta.
El sobre que contenía la ecografía cayó suavemente al suelo.
El sonido fue débil.
Sin embargo, Stephanelle sintió que resonaba por toda la habitación.
Nadie se movió.
Nadie preguntó qué llevaba dentro de aquel sobre.
Nadie notó que acababa de llegar con una noticia que debería haber cambiado sus vidas.
La joven junto a Diego mostró una sonrisa satisfecha.
—Me llamo Rosalie Ramla.
Miró a Stephanelle de arriba abajo antes de añadir con calma:
—Soy yo quien merece este lugar.
Stephanelle sintió cómo su corazón se encogía.
No podía entenderlo.
Todo parecía irreal.
—Esta casa es mía...
Su voz era débil, pero todavía intentaba aferrarse a lo que conocía.
Rosalie soltó una pequeña risa.
—No. A partir de hoy, todo lo que te pertenecía será mío.
Los sirvientes presentes en la habitación bajaron la mirada. Ninguno se atrevió a defenderla.
Entonces, la suegra de Stephanelle dio un paso al frente.
Su rostro no mostraba ninguna compasión.
—No eras más que una chica pobre sin apellido. Nunca fuiste digna de pertenecer a nuestra familia.
Cada palabra la golpeaba con fuerza.
Stephanelle apretó los puños hasta sentir que sus uñas se clavaban en su piel.
Quería hablar.
Quería decirles que llevaba al hijo de Diego en su vientre.
Quería mostrarles la ecografía y recordarles que todavía era su esposa.
Pero cuando cruzó la mirada fría de Diego, todas las palabras desaparecieron.
No había nada en sus ojos.
Ni arrepentimiento.
Ni tristeza.
Solo indiferencia.
Entonces se agachó, recogió el sobre del suelo y lo abrazó contra su pecho.
Sin gritos.
Sin lágrimas.
Simplemente se dio la vuelta y abandonó la mansión.
Las enormes puertas se cerraron detrás de ella con un sonido pesado.
Unos instantes después, una lluvia fina comenzó a caer.
Stephanelle permaneció inmóvil frente a la propiedad, dejando que algunas gotas resbalaran por su rostro.
Levantó la mirada hacia el cielo.
Su voz era baja, pero estaba llena de una nueva ira.
—Si el destino realmente quiere destruirme... que lo intente.
Todavía no sabía que aquel día, el día en que lo había perdido todo, también sería el día en que su verdadera historia comenzaría.
Porque Stephanelle Robio no era una mujer común.
Era la heredera legítima de la familia Robio, una verdad oculta durante veinticinco años.
Una poderosa familia esperaba su regreso.
Diez hombres que el mundo entero conocía por su riqueza, influencia y poder pronto descubrirían que su pequeña hermana seguía viva.
Y el día en que la encontraran...
Aquellos que se habían atrevido a humillarla comprenderían su error.
—Mamá… ¿por qué papá quiere echarme?La pequeña voz volvió a resonar por toda la casa.Stephanelle se quedó paralizada.Había dejado de respirar sin siquiera darse cuenta. Sus ojos ya no se apartaban de los altavoces instalados en la pared.Aquella voz…La conocía.No de ayer.No de un sueño.Ya la había escuchado antes.Cuando era niña.—No… —murmuró.Diego se acercó inmediatamente.—¿Stephanelle?Ella se llevó una mano a la sien.Un dolor intenso le atravesó la cabeza.Cerró los ojos.Y, de repente, apareció una imagen.Una habitación.Una pequeña cama blanca.Una mujer sentada al borde del colchón.Su madre.Estaba llorando.Frente a ella había un hombre alto, vestido elegantemente.Su rostro era imposible de distinguir.Borrosa.Como si su mente todavía se negara a mostrarlo.Entonces se escuchó una pequeña voz.—Mamá…La pequeña Stephanelle estaba llorando.—No quiero irme.Su madre la tomó inmediatamente entre sus brazos.La abrazó con tanta fuerza que la niña escondió el rostro
— Yo.La palabra resonó en la habitación.Stephanelle se quedó paralizada.Se giró de golpe. Su cabello le rozó el rostro, pero ni siquiera sintió el movimiento.No había nadie.El pasillo detrás de ella estaba completamente vacío.—¿Quién habló? —preguntó Diego.Ben levantó inmediatamente una mano.—¡Nadie se mueva!Sus diez hermanos reaccionaron al mismo tiempo.Cada uno tomó posición, vigilando una parte diferente de la habitación. Cada ruido era examinado con atención; cualquier sombra podía esconder a alguien.Stephanelle, por su parte, no apartaba los ojos de la oscuridad.—¡Muéstrate!Nada.Ni un solo movimiento.Entonces se escuchó una pequeña risa ahogada detrás de la pared.Charles se dirigió inmediatamente hacia el panel de control.—La voz viene del sistema de seguridad.Sus dedos comenzaron a moverse rápidamente sobre su ordenador.Frunció el ceño.—Esperen…Pasaron unos segundos.Su expresión se endureció.—Alguien todavía controla esta casa.Ben se acercó.—¿Puedes loca
Stephanelle no apartaba los ojos de la pantalla.La dirección que aparecía debajo del mensaje le provocó un escalofrío.La conocía.Demasiado bien.Aquella vieja casa…Allí era donde todo había comenzado a derrumbarse.Durante unos segundos, las voces a su alrededor parecieron alejarse. Permaneció inmóvil, con el teléfono entre las manos, mientras recuerdos que había intentado enterrar volvían a la superficie.Una puerta.Una habitación sumida en la oscuridad.Una voz masculina.Y después… nada.Stephanelle cerró lentamente los puños.Ya no quería tener miedo de aquel lugar.—Irée.—No.La respuesta de Ben fue inmediata.Stephanelle giró la cabeza hacia él.—Ben…—Has leído el mensaje. Quieren que vayas sola. Eso es exactamente lo que esperan de ti.—No estaré sola.Ben clavó la mirada en ella.—Precisamente. No irás.Diego se acercó.—Iré contigo.Stephanelle lo miró.Su rostro permaneció inexpresivo.—No necesito que me protejas.Diego recibió aquellas palabras sin protestar.Sin em
El nombre de Mason Reed quedó suspendido en el aire, pesado y casi amenazante.Stephanelle permaneció inmóvil.Conocía a ese hombre. ¿Quién no lo conocía?En el mundo de los negocios, el nombre de Mason Reed bastaba para hacer que las voces bajaran de tono. Rara vez aparecía en público y, aun así, su influencia iba mucho más allá de las paredes de sus propias empresas. Una sola decisión suya podía poner a una compañía en dificultades de la noche a la mañana.Stephanelle giró lentamente la cabeza hacia Rosalie.—¿Tu padre… es Mason Reed?Rosalie sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.—Sí.Al escuchar aquellas palabras, Diego retrocedió un paso.—Es imposible.Rosalie lo miró. Su expresión permaneció sorprendentemente tranquila.—¿Por qué? ¿Porque pensabas que lo sabías todo sobre mi familia?Diego apretó los dientes.—Mason Reed está involucrado en varios asuntos criminales.—Lo sé.La respuesta, pronunciada sin la menor duda, sorprendió a todos.Ben, con los brazo
El nombre de George De La Capa permaneció unos segundos en el aire, como si nadie se atreviera realmente a hablar de ello.Diego miraba fijamente la carta sin parpadear. Sus labios se entreabrieron ligeramente.—¿Mi abuelo... el jefe de Black Crown?Su voz era tan baja que apenas parecía salir de su garganta.Stephen apartó la mirada.Aquel gesto, aunque tan simple, hizo que Stephanelle sintiera un profundo malestar en el pecho.Ella conocía a su padre. Sabía reconocer aquella mirada.—Papá...Stephen finalmente volvió a mirarla.—No puedo confirmar que George dirigiera Black Crown.Diego apretó los puños.Sus nudillos se volvieron blancos.—¡Pero su nombre está escrito aquí!—Lo sé.—Entonces, ¿por qué lo proteges?Stephen permaneció en silencio.Volvió a bajar la mirada, incapaz de responderle.Ben intervino antes de que la situación empeorara.Su voz se mantuvo tranquila, pero su tono no dejaba lugar a discusión.—Nadie está protegiendo a nadie. Primero debemos verificar esta infor
Las siluetas aparecieron entre los árboles.Eran numerosas. Una decena de hombres, quizá más, todos vestidos de negro, avanzaban en dirección a la casa.Ben reaccionó de inmediato.Se colocó delante de Stephanelle para protegerla.—¡Todos a cubierto!Los hermanos Robio se dispersaron inmediatamente alrededor de su hermana.Diego tomó la mano de Stephanelle y la llevó detrás de un viejo muro de piedra.—Quédate aquí.Ella apretó sus dedos.—¿Y tú?—Volveré.—Diego...Él se inclinó ligeramente hacia ella y le dedicó una sonrisa tranquilizadora a pesar de la tensión que reinaba a su alrededor.—Te lo prometo.De repente, un disparo resonó en la noche.La bala impactó contra la puerta metálica con un fuerte estruendo.Stephanelle dio un respingo.—¡Están disparando! —gritó Steve.Los hombres de Black Crown salieron de sus escondites y avanzaron rápidamente.Ben no perdió ni un segundo.—¡David, toma el lado izquierdo! ¡Alex, conmigo! ¡Steve, quédate con Stephanelle!—¡Entendido!Los herma







