로그인Se detuvo un instante frente al altar, inclinó la cabeza y cerró los ojos.
—Dame claridad señor. —murmuró. —Aaunque no sea la respuesta que espero. Encendió una vela y, mientras la llama tomaba fuerza, pensó en las confesiones que escucharía ese día, en las cargas ajenas que se sumarían a las suyas. Sabía que su labor no era solo repetir oraciones, sino escuchar, acompañar, sostener silencios. ¿Pero. ¿Quien ki sostenía a él? Pensó por un momento sintiendo dudas por esa inquietud nueva en su pecho, una sensación de que algo... o alguien... estaba a punto de poner a prueba todo aquello en lo que había creído. Cuando levantó la vista, notó que no estaba completamente solo. En uno de los últimos bancos, una figura permanecía sentada, inmóvil, como esperando el momento exacto para hablar. El padre Claudio respiró hondo. Acomodó los pliegues de su sotana y se preparó para comenzar, sin imaginar que aquella jornada marcaría un antes y un después en su vocación. El problema con Zermatt era que todo el mundo se conocía… y todo el mundo opinaba. Y ahora, aparentemente, todo el mundo estaba convencido de que Olivia Rous Baxter era la novia secreta del padre Claudio Marccetti. Cosa que, por supuesto, era absurdísima. Ridícula. Escandalosamente falsa. Eloisa escuchó atentamente a Olí, contar todo lo que había escuchado sobre los rumores en el pueblo. —Explícame algo. —dijo Eloisa, sentada en la cama de Olí, con una manzana en la mano. —¿Cómo pasamos de “huimos sin dinero” a “escándalo parroquial” en menos de una semana? —Talento natural. —respondió Olí, poniéndose las zapatillas. —Siempre he sido eficiente. —Te miró como si fueras pecado con piernas. —añadió Eloisa. —Y eso no lo inventó el pueblo, le diste material de película. Olí se dejó caer boca arriba sobre la cama. —No mires así. No va a pasar nada. —habló con una seguridad que ni ella misma se la creía. —Claro que va a pasar algo. —sonrió Eloisa. —Siempre pasa algo cuando dices eso. Olí tomó una almohada y se la lanzó. —Es sacerdote, Elo. SA CER DO TE. —deletreo Oli. —Y tú eres una Baxter. —replicó Eloisa. —Lo prohibido te persigue como el Wi-Fi gratis. —expresó Eloisa mientras arreglaba su cabello. Olí se tapó el rostro ocultando esa emoción que la delataba. —No me gusta. —murmuró. —Es decir… sí me gusta, pero no me gusta que me guste. —trató de aclarar. —Eso es exactamente lo que lo hace divertido. —dijo Eloisa girando se, cruzando los brazos, y mirarla de frente. —¿Un intento fallido de normalidad en ti?. ¡Noooo! —gritó Eloisa, lanzándose a la cama y ahogado ese grito en la almohada. Olí se carcageo y se lanzó también a la cama teniendo una gu3rr4 de almuadas y reían dejando por un momento las preocupaciones que cada una llevaba dentro. Despues de un rato de juegos y charlas, Olí, se puso de pie y salió sin decir nada, Eloisa la miró salir y sonrió haciendo un gesto de negación. —No sé que es peor. Si el que no te des cuenta de lo que sientes. O que no lo aceptes. —dijo Eloisa respirando profundo. Esa mañana, Olí decidió confrontar a Claudio. Tomó la bicicleta y volvió al centro del pueblo y se dirigió a la iglesia. Entró muy despacio y lo observó en silencio hasta que el notó su presencia. Claudio se acercó a ella a paso lento sin saber exactamente lo que estaba sintiendo en ese momento al verla ahí. Olí se paró y fue a su encuentro. —Claudio. Tenemos un problema. Un Gran problema. —dijo cruzándose de brazos. —¿Más grande que el hecho de que no dejo de pensar en ti? —preguntó él sin pensar y medir consecuencias. Ambos se quedaron congelados. —Eso… Eso no lo dije.. —añadió él rápidamente —Sí lo dijiste. —No. Lo imaginaste. —¿Que lo imaginé? No. No lo imaginé. Porque lo dijiste. Sí. Lo escuché muy bien. —insistió ella. —¡Olí! —Olk...nada Claudio. Se lo que dijiste Lo escuché. ¿ Porque te cuesta aceptarlo? Un silencio se instaló entre los dos. Olí percibió la incomodidad que tenía Claudio y loal interpretó. Luego ella estalló en carcajadas. —Tranquilo, padre. Respira. Nadie va a excomulgarte por pensar, osea pensar en mi. Claudio se pasó una mano por el rostro. —Eres un peligro Oli. —Lo sé. Y tú eres muy serio para tu propio bien. Se miraron. Sonrieron. Y por primera vez, ambos entendieron que aquello no era un drama prohibido… Era una comedia romántica que el destino, empezó a tejer con tropiezos, risas, miradas largas… y una pregunta inevitable flotando en el aire: —Claro que no pude ser. —respondió Claudio. Olí sin pronunciar palabras, y olvidando lo que iba a decir, se dió media vuelta y salió de la iglesia, sintiendo un dolor inexplicable que la hacía llorar. El día pasó cada uno cumpliendo con sus labores pero con el pensamiento puesto el uno en el otro. Las noches era iguales, cada uno en su cama tratando de dormir sin que esa imagen se deshaga de su mente. A la mañana siguiente, Claudio tomó una decisión firme. Se iba a comportar como un adulto responsable. Nada de sonrisas largas. Nada de conversaciones innecesarias. Nada de café compartido. Duró exactamente doce minutos pensando en lo que no haría. Cuando la vió llegar. —Buenos días, Olivia. —saludó al verla llegar al orfanato. —Buenos días, Claudio. —respondió ella, dulce… demasiado dulce —¿Dormiste bien? —preguntó ella. —Sí —respondió él automáticamente—Digo. No. —se aclaró la garganta. —Quiero decir… sí. Dormí bien. Como una persona normal. Santa. Equilibrada. Olí alzó una ceja. —¿Estás seguro? Porque pareces alguien que discutió con Dios toda la noche. —No fue una discusión. —murmuró él. —Fue un intercambio intenso de opiniones. Eloisa apareció con una caja. —¿Otra vez peleando temprano? —preguntó. —Qué bonita pareja. —dijo sonriendo. —¡NO SOMOS PAREJA! —dijeron ambos al mismo tiempo. Se miraron. —Qué sincronía. —añadió Eloisa. —Me encantan de verdad. El día del desastre inevitable era ese. Doña Olga, con la mejor de las intenciones, fue la responsable del siguiente caos. —Padre Claudio. —dijo esa tarde. —El pueblo organiza el festival de otoño este fin de semana. Necesitan voluntarios. —Excelente. —respondió él. —Yo puedo ayudar. —Y las niñas también. —añadió doña Dorotea con una sonrisa inocente. —Especialmente Olí, que tiene carisma. Olí escupió el jugo que estaba bebiendo. —¿Festival? ¿Con gente? —Si mi niña. Mucha gente. —confirmó Olga. —Y música. Y baile. Claudio sintió un escalofrío. —Baile… —repitió él. —Bueno… bailar no es pecado. —dijo Olí y sonrió lentamente. —Eso depende de con quién bailes, ¿Verdad padre.? —preguntó con sarcasmos Eloisa. Claudio decidió que necesitaba rezar. Urgentemente. Doña Olga, Olí y Eloísa sirvieron el desayuno a los niños y, una hora después, regresaron a la casa. Las risas aún flotaban en el aire, mezcladas con el olor a pan recién hecho y chocolate caliente. —Olí, tienes que ordeñar las vacas hoy día. —anunció Eloisa. —Si. Hoy es tu día Olí. —dijo doña Olga con tono solemne, como si estuviera dictando una sentencia irrevocable. Olí se quedó inmóvil, con la taza a medio camino de la boca, y parpadeó varias veces. —¿Hoy… hoy, es hoy? —preguntó, mirando al techo como si esperara que las vacas hubieran aprendido a ordeñarse solas durante la noche. Eloísa soltó una carcajada y le dio un pequeño empujón con el codo. —Tranquila, Olí, piensa que es como exprimir una bolsa de leche… pero la bolsa te mira, muge y te juzga. Doña Olga negó con la cabeza riendo, aunque una sonrisa traicionera se le escapó por la comisura de los labios. —Menos teatro y más manos al trabajo. Y apúrate, que las vacas no esperan… y cuando esperan, se ponen de muy mal humor. —Perfecto. —suspiró Olí. Tomó su chocolate y salió. —Si no regreso, estaré entre las patas de las vacas. Olí salió al valle a traer las vacas con la resignación de quien va directo a enfrentar su destino. El sol despuntaba y la hierba aún estaba húmeda, pero ella caminaba arrastrando los pies. —Vamos, chicas… cooperación voluntaria. —murmuró, silbando de una forma tan desafinada que ni los pájaros se dignaron a responderle. Las vacas la miraron desde la distancia con absoluta indiferencia. Una rumiaba con calma, otra se rascaba contra un árbol y la tercera la observaba fijamente, como si estuviera evaluando qué tan divertido sería desobedecerla. —No me miren así. —añadió Olí, alzando los brazos. —Yo no pedí este trabajo, fue herencia emocional. —dijo sintiendo algo de temor. Se acercó agitando una rama que había encontrado en el camino, convencida de que eso la hacía ver más profesional. La vaca más grande dio dos pasos… pero en dirección contraria. —¡Eh, eh! ¡El corral no es para allá!. —protestó, señalando con entusiasmo inútil. En ese momento, una de las vacas decidió trotar lentamente colina abajo. Olí, en un intento heroico por mantener la dignidad, comenzó a correr tras ella… y terminó resbalando, y aterrizando sentada con un sonoro golpe. Desde el suelo, miró al cielo. —Señor, si esto es una prueba, ya entendí el mensaje. Recuncio a fijarme en tu servidor. —dijo. —No no me escuches. Es solo la desesperación del momento. —testificó. Miró a la vaca que se detuvo, giró la cabeza y mugió con aire triunfal, como riéndose de ella. Olí se levantó, se sacudió el pantalón y suspiró. —Está bien, ganaste esta ronda. —dijo. —Pero tarde o temprano… alguien tiene que tomar leche en esta casa y el orfanato. Y así, entre tropezones, diálogos y vacas que parecían disfrutar cada segundo, Olí continuó su épica y poco gloriosa misión por el valle. Una hora después Olí logró por fin encaminar a las vacas valle arriba, o al menos eso creyó. Caminaba delante de ellas con una rama a modo de bastón, inflando el pecho como si fuera una experta… cuando de pronto, al girar una curva del sendero, se encontró con quién menos se espero. Claudio, después de saber de la organización del festival. Y salir casi escapando de lo inevitable. Decidió visitar a doña Olga. "Claro. Ver a doña Olga" pensó para convencerse así mismo. Iba ensimismado en sus pensamientos cuando de pronto frenó su bicicleta. —¡Ave María! —exclamó. —¡Santa vaca! —respondió Olí al mismo tiempo. Ambos retrocedieron un paso. Olí levantó la vista y se encontró con el padre Claudio, con una expresión de absoluto desconcierto en el rostro. Detrás de Olí, las vacas se detuvieron en seco, formando una fila tan ordenada que parecía ensayada. —Hola… —dijo Claudio, acomodándose la sotana. —No recuerdo haber pedido ganado para la misa de hoy. Olí se quedó mirando la sotana, y a luego las vacas. —Claudio, lo juro por esta rama bendita que no sabía que el valle era territorio eclesiástico. —¿Acaso. O ves que estás lejos de los corrales de doña Olga? Olí miró y fue entonces que se percató de lo desviada que estaba del camino. —¡Joder! Estás vacas locas. Pero las llevaré al corral. Ni crean que dejarán a mis niños sin leche para su chocolate. —habló con determinación y empezó a encaminarlas en dirección a los corrales. En ese instante, una de las vacas decidió acercarse a Claudio y olfatearle la sotana con sospecha. Claudio se quedó rígido, sin moverse, con los ojos abiertos como platos. —¿Es… normal que me huela así? —susurró. Que nunca antes tuvo una cercanía así con las vacas. Olí lo miró y sonrió con picardía. —Tranquilo padre. Solo está verificando si usted es de fiar. —respondió Olí fingiendo seriedad. —Oli...—exclamó Claudio. —De verdad. Tienen un detector especial para pecadores… y para personas nerviosas. La vaca mugió fuerte, justo cuando Claudio dio un pequeño salto hacia atrás y cayó al suelo llevándose con el a Olí. Su cercanía fue tanta que sus aliento se mezclaron. Sus miradas se encontraron llena de intensidad y nerviosismo, sus corazones retumbaban que podían escucharse. —¡Perdón! —dijo, Oli tragando el nudo formado en su garganta. Claudio recorrió esos labios entre abierto y fue entonces que sintió un fuerte deseo de probarlos. Claudio respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. —Creo… creo que esta mañana necesitaba una señal divina. —dijo Claudio mirando al cielo. —Pero no esperaba que viniera con cuatro patas. —respondió Oli. Una de las vacas, como si entendiera, soltó otro mugido solemne. Olí se incorporó , limpio sus manos en el pantalón mientras Claudio quitaba una rama seca en sus cabellos. Ambos se miraron un segundo… y no pudieron evitar reírse. Las vacas, satisfechas con el caos provocado, retomaron su marcha tranquilas, como si aquel encuentro ridículo fuera parte natural del orden del mundo.Habían construido un nuevo orfanato, no eran simples cuartos donde dormían, era una mansión inmensa con jardines y parques, dónde cada niño tenía una vida con dignidad. Era una gran organización, dónde las madre solteras tenían apoyo, al igual que los ancianos.La estancia de doña Olga, era un inmenso huerto, con corrales y pastos para todas las vacas que tenían.Una tarde, mientras Abril dibujaba en el suelo de la sala, Oli se apoyó en el marco de la puerta observando a Claudio armar un castillo de bloques con su hija.—Cinco años. —murmuró.Él levantó la vista.—¿Tan rápido?Ella asintió.—¿Te arrepientes de algo?Claudio se quedó en silencio un momento. Miró a Abril, concentrada intentando colocar una pieza demasiado grande en un espacio pequeño.—No, nunca . —respondió con calma.—Sabes, yo siempre soñé con una familia grande, tener hermanos, para jugar, compartir y porque no... también pelear, esa parte de la hermandad. —dijo Oli sentándose junto a ellos.—Mi madre murió cuando
Arianna vio la escena de sus hijos con Claudio, y no sintió celos. No sintió rabia. No sintió miedo. Sintió paz. -Ya es hora padre. -dijo Enzo. -Se feliz hijo, te lo mereces. Y quiero nieto corriendo pie la casa. -dijo Paolo abrazando a su hijo. Claudio los miró sintiendo esa presión en su pecho. Miró a su padre, a sus hijos. Y por último a Arianna, que sonrió levemente. Claudio sonrió y caminó seguido por todos. A lo lejos comenzaron a escucharse murmullos. Invitados tomando asiento. El murmullo alegre de la gente del pueblo que jamás imaginó ver a su antiguo sacerdote casarse en ese mismo altar. En casa de doña Olga, Oli sostenía el ramo con manos ligeramente temblorosas. Era de rosas blancas también. Su vestido caía con sencillez y elegancia. No buscó extravagancias. No necesitaba probar nada. No necesitaba demostrar que era suficiente. Ella ya lo sabía. Había llorado en ese mismo baño semanas atrás, convencida de que el futuro incierto. Había sentido el dolor d
El lugar que lo había acogido cuando se sentía sin rumbo. Vio el lugar más pequeño, más acogedor. Emiliano y Enzo llegaron a recibir a Claudio. -Papá.. Oli, que bueno que volvieron. -Dijo Emiliano abrazando a su padre. Luego se unió Enzo a ese abrazo. -¿Dónde está Paolo? -Venimos de despedirlo, se llevó a Aimar a Berlín. Mejores tratamientos. Claudio entendió, miró a su mujer, y tomó su mano. Claudio miró el campanario. Luego la miró a ella. Las campanas comenzaron a sonar, marcando el mediodía. No era una boda. No era una despedida. Era simplemente el tiempo avanzando. -Nuestra nueva vida nos espera. -dijo Claudio. Y por primera vez, Claudio no lo vivía desde el altar... Sino desde el suelo. Al lado de la mujer que eligió. Y esa elección, aunque costosa, era completamente suya. Oli apretó su mano con fuerza cuando salieron del atrio. El aire del pueblo parecía cargado. Enzo y Emiliano los esperaban junto al auto. No hubo preguntas ni reproches, s olo mir
Día de la bodaEl murmullo dentro de la parroquia crecía como una ola.Las flores blancas seguían adornando el altar. El órgano había quedado en silencio abrupto. Las puertas laterales se abrieron de golpe cuando Oli salió corriendo por la acera empedrada, levantando apenas el borde de su vestido.El velo quedó atrapado unos segundos en el picaporte.Lo arrancó sin mirar atrás.—¡Oli! ¡Espera! —gritó Claudio, saliendo tras ella.La alcanzó antes de que cruzara la reja del atrio. La tomó del brazo con firmeza, pero sin brusquedad.—Déjame, Claudio.Sus ojos estaban brillantes. A punto de salir las lágrimas contenidas por el miedo.—No… no te voy a dejar. —respondió él, colocándose frente a ella para obligarla a mirarlo.—Vamos a enfrentar juntos lo que se presente después de esto. Mira… todos saben de nuestro amor. Nadie nos juzga.Oli soltó una risa breve, temblorosa.—¿Estás seguro? Porque hace un momento yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Además no todos saben de tu dec
El sacerdote Ricardo lo miró.—ve por ella hijo, que... —aconsejó el padre.Emiliano sintió que la tragedia no había terminado en el precipicio. Y con la muerte de Dominic.Apenas estaba comenzando. Y ahora, también con él.Subió al auto dejando a Ricardo casi con la palabra en la boca. Condujo lo más rápido que pudo para alcanzar la y decirle la verdad de aquella noche.Llegó al aeropuerto y bajo corriendo. Miró entre la multitud y al fin logró verla entre la gente."sorpresa" Eloisa acariciando el rostro del hombre del que se había vengado utilizándolo a él.-Con que ese es el hombre que amas. Que tonto fuí. Creyendo que ese hijo podía ser mío. -dijo sintiendo un mal sabor de boca. Se dió la vuelta, caminó y se detuvo un momento más y se volteó a mirar a Eloisa quien caminaba abrazada de Louis.Final de Emiliano. Enzo.Enzo salió de la parroquia y subió al auto, por un momento se quedó mirando a la nada, pero en su mente se repetía una y otra vez las palabras de Aitiana."¿Huyendo
Día del accidenteLas campanas aún resonaban cuando todo comenzó a desmoronarse.Enzo fue el primero en notar la tensión en el rostro de Paolo. Lo vio salir de la iglesia con el gesto desencajado, siguiendo a Dominic y a Aimar hacia el estacionamiento.—Algo no está bien. —murmuró.Emiliano, nervioso, miró hacia la puerta principal donde los invitados murmuraban confundidos.—¡Joder! Todo esto se volvió un desastre desastroso. La novia y el padre se fugaron, la enfermera y el novio se fugaron…—habló Emiliano con sorna .—¿Quieres callarte? —renegó Enzo, ya caminando con rapidez. —Mira el accidente que pueden provocar ese par si siguen así.Subieron al auto sin decir más. El motor rugió cuando Enzo aceleró.La carretera serpenteaba cuesta abajo. A lo lejos, distinguieron el vehículo de Dominic avanzando con violencia, demasiado rápido. El auto de Paolo iba detrás, intentando alcanzarlos.—Esto va a terminar mal… —susurró Emiliano, aferrándose al asiento.Entonces lo vieron.El movimi







