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7. En paños menores

last update Fecha de publicación: 2026-01-16 12:32:10

~Ivette~

El camino de regreso a nuestra cabaña nunca me había parecido tan largo y asfixiante. El polvo del sendero se levantaba con cada uno de mis pasos furiosos, ensuciando el borde de mi vestido de flores, ese que mi abuela me había insistido tanto en usar para «causar una buena impresión». Qué estupidez.

La única impresión que había quedado grabada a fuego en mi mente era la de mi propia firma bajo una cláusula que me condenaba a algo mucho peor que la servidumbre.

—¡Un hijo, abuela! ¡Un hijo! —exclamé, deteniéndome en seco bajo la sombra de un roble—. ¿Cómo pudo el patrón ocultarme algo así? ¡Me dijo que sería un año de compañía, de fingir frente a la sociedad, de ayudarlo a enderezar al malcriado de su nieto! ¡Nunca mencionó que tendría que entregar mi cuerpo y mi vida de esa manera!

Mi abuela, que caminaba con los hombros hundidos y la mirada fija en sus manos sarmentosas, se detuvo a mi lado. Sus ojos nublados por los años y ahora por el arrepentimiento, se llenaron de lágrimas.

—Lo siento tanto, Ivette... de verdad, hija, yo no sabía que las cosas llegarían a ese extremo —susurró con la voz quebradiza—. El señor Walter siempre ha sido un hombre de ideas firmes, pero esto... si quieres, puedo volver ahora mismo. Hablaré con él, le suplicaré que rompa esos papeles, le diré que no puedes...

—¡No! —la interrumpí de inmediato, sintiendo un nudo en la garganta—. No vas a suplicar nada. Ya viste al abogado; esos papeles ya están en el sistema. Además, el patrón está delicado de salud. Si vamos con exigencias ahora, se le subirá la presión otra vez y no quiero cargar con su muerte en mi conciencia.

Apreté los puños, sintiendo cómo las uñas se clavaban en mis palmas. El rostro de Rowan, con su mandíbula perfecta y sus ojos cargados de soberbia, apareció en mi mente. La idea de tener un vínculo eterno con un hombre que me llamaba «lavandera» con tanto asco me daba náuseas.

—Haremos lo que sea necesario —dije, retomando la caminata—. Pero escúchame bien, abuela: ni una palabra de esto a mi madre. Ni de la cláusula, ni del desprecio de Rowan, ni de mis ganas de salir corriendo. Ella cree que este matrimonio es una bendición que nos sacará de la miseria y le dará el tratamiento que necesita. Si se entera de la verdad, se pondría mal, y su corazón no aguantaría la angustia.

—Tienes razón, hija. Seré una tumba —asintió ella, secándose las lágrimas con el delantal.

Llegamos a nuestra pequeña cabaña, un lugar humilde que olía a hierbas secas y a la humedad de la leña. Al entrar, el silencio me recordó la fragilidad de nuestra situación. Me dirigí directamente al cuarto del fondo, donde mi madre permanecía postrada.

El olor a medicina y a encierro me llegó de lleno.

—¿Ivette? ¿Eres tú, mi cielo? —la voz de mi madre sonó débil, como un hilo de seda a punto de romperse.

«Mi pobre madre»

Me esforcé por dibujar una sonrisa en mi rostro, una máscara que ocultara la tormenta que llevaba por dentro. Me senté a la orilla de su cama y tomé su mano fría entre las mías.

—Sí, mamá. Ya estamos aquí.

—Cuéntame... ¿cómo fue? ¿Ya es oficial? —preguntó ella, con un brillo de esperanza en sus ojos hundidos.

—Ya firmamos los documentos —dije con suavidad, omitiendo la parte donde casi le rompo la cara a mi futuro esposo frente al abogado—. Todo se está preparando para la unión. El patrón quiere que sea pronto.

—¿Y él? ¿Cómo es Rowan contigo? —mi madre me miró con intensidad, buscando la verdad en mis pupilas—. Dime que es un buen hombre, que te tratará como la reina que eres. No quiero que sufras por mi culpa, hija. Me parte el alma saber que te estás casando para costear mis cuidados.

Tragué saliva, sintiendo que la mentira me quemaba la garganta.

—Es... interesante, mamá. Es un hombre de ciudad, ya sabes, un poco reservado al principio y algo orgulloso, pero me trata con respeto —mentira—. Me ha preguntado por ti —mentira— y está ansioso por que todo salga bien. No te disculpes más, mamá. Esto es lo mejor para todos. Estarás bien, tendrás a los mejores especialistas y yo estaré feliz de tenerte unos años más conmigo.

La convencí de que descansara y, tras arroparla, salí de la habitación sintiéndome la persona más ruin del mundo. Me encerré en mi propio cuarto, un espacio minúsculo con una ventana que daba al patio de lavado donde, hasta hace poco, mi única preocupación era que no lloviera sobre las sábanas blancas.

Me tiré sobre la cama y miré el techo. «Un hijo». La frase se repetía en mi cabeza. Rowan no me quería, y yo lo detestaba. Él me veía como una campesina aprovechada y yo lo veía como un muñeco de plástico sin alma. ¿Cómo íbamos a cumplir ese contrato sin matarnos en el intento?

«Piensa, Ivette, piensa», me ordené.

No podíamos seguir así. Si íbamos a estar casados un año, necesitábamos una tregua. La guerra abierta solo nos destruiría a ambos y terminaría matando al patrón de un infarto. Se me ocurrió que, antes de la boda, debía poner las cartas sobre la mesa.

Haríamos un pacto solo nosotros dos, reglas de convivencia, límites claros y, sobre todo, una forma de lidiar con esa bendita cláusula del heredero sin perder la cordura.

—Mañana —me dije en voz alta—. Mañana iré a buscarlo y lo obligaré a escucharme. No me importa lo altanero que sea.

Pasé la noche en vela, ensayando mi discurso. Tenía que ser firme. No iba a permitir que me pisoteara en mi propia casa, o en la de su abuelo, que para el caso era lo mismo.

***

Al día siguiente, me levanté antes de que el sol terminara de salir. Me puse lo primero que encontré y caminé hacia la casa grande con el corazón martilleando contra mis costillas. Crucé la entrada principal; los empleados ya estaban en sus labores, pero en el segundo piso, donde estaban las habitaciones principales, reinaba el silencio.

Subí las escaleras de madera preciosa, sintiendo que cada escalón era un paso hacia la boca del lobo. Llegué a la puerta de Rowan y toqué con fuerza.

Pero nada.

—¿Rowan? —llamé, tratando de que mi voz no temblara, estaba nerviosa—. Soy Ivette. Necesito hablar contigo. Es urgente.

Volví a tocar, pero el silencio fue la única respuesta. Pensé que tal vez seguía dormido o que me estaba ignorando a propósito para hacerme sentir pequeña. La rabia, siempre tan oportuna, reemplazó a mis nervios.

—Escúchame bien, muñequito de ciudad, no me voy a ir de aquí hasta que me des la cara —gruñí para mis adentros.

Giré el pomo de la puerta con la intención de dejarle una nota o simplemente despertarlo a gritos. Para mi sorpresa, la puerta no tenía seguro. Se abrió con un suave quejido, revelando una habitación amplia, lujosa y desordenada.

—¿Rowan? —asomé la cabeza con cautela, entrando apenas un par de pasos—. ¿Estás aquí?

En ese preciso instante, la puerta del cuarto de baño se abrió de golpe. Una nube de vapor salió primero, seguida inmediatamente por él.

Me quedé petrificada. Rowan no llevaba una toalla, ni una bata, ni una sola prenda de ropa. Estaba completamente desnudo, secándose el cabello con una toalla pequeña mientras caminaba con bastante confianza, como si fuera normal salir en pelotas. El agua todavía resbalaba por su pecho marcado y bajaba por su abdomen firme, perdiéndose en lugares que mi imaginación nunca se había atrevido a explorar.

«Esa cosa es grande».

Él no se dio cuenta de mi presencia hasta que estuvo a escasos metros. Cuando bajó la toalla y sus ojos se encontraron con los míos, el aire desapareció de mis pulmones.

—¡Ah! —el grito se me quedó atorado en la garganta mientras me cubría los ojos con las manos, sintiendo que mi rostro estallaba en llamas—. ¡Cúbrete! ¡Por Dios, Rowan, cúbrete!

—¿Pero qué demonios haces tú en mi habitación? —su rugido de indignación vibró en las paredes, y pude escuchar el movimiento frenético de él tratando de agarrar algo para taparse.

Mi plan de una tregua civilizada acababa de irse directo al caño.

«Genial, Ivette».

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Comentarios (11)
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Yolanda Perdomo guzman
jajjajajja si claro ta hasta lo midió lo grande y hay si tapateeeee jajaja
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Arlet Patricia Perez Perez
Jajajajaajajaja. Antes dea tregua le conoció la gausamayeta.
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Gabriela Gutiérrez
no creo que ese grosero quiera llegar a un acuerdo entre ambos ,ojalá y me equivoco pero aja conociéndolo
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Último capítulo

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    [...]~Ivette~ Abrí los ojos lentamente, encontrándome con la luz suave de la mañana filtrándose por las cortinas de la cabaña. Durante unos segundos me quedé quieta, disfrutando de aquella tranquilidad extraña que rara vez existía en nuestras vidas desde que nos habíamos convertido en padres.Sentí un brazo rodeándome la cintura casi de inmediato cuando intenté moverme. —No te levantes todavía… —murmuró Rowan con la voz pastosa mientras hundía el rostro en mi cuello.Sonreí.—Tengo que preparar el desayuno.—El desayuno está sobrevalorado.—Eso lo dices porque no eres tú quien amanece con hambre.Él gruñó bajito, aferrándose más a mí como un niño caprichoso.—Cinco minutos más.—Dijiste eso hace diez minutos.—Entonces dame otros diez.Solté una pequeña risa y me giré para besarle la frente.—Descansa. Rowan protestó algo inentendible, pero terminó soltándome de mala gana. Aproveché para salir de la cama antes de que cambiara de opinión y me arrastrara otra vez entre las sábanas.

  • Domando a un millonario    191. Final

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