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CAPITULO 12

last update Fecha de publicación: 2025-08-25 18:12:21

El contacto de su mano firme en la espalda, el roce de sus dedos entrelazados, el calor de su cuerpo tan cerca… todo conspiraba contra su resolución de mantener la distancia.

—Eres peligrosa, Eva Rusell —murmuró Luca, rozando su oído con su voz grave.

—¿Y tú qué eres? —preguntó ella, sin apartar la mirada.

—Un hombre que ya no puede ignorar lo que siente.

El mundo pareció detenerse por un instante. Eva sintió que las defensas que había construido se tambaleaban, y por un momento pensó en rendir
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Último capítulo

  • Domando al amor   CAPITULO 66

    El símbolo brillaba débil bajo la luz de la luna. Eva se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole en el pecho. No era un garabato viejo ni un accidente en la roca: era la marca del Contador, reciente, hecha con intención.Se levantó despacio, apartando la mano de Luca de su cintura.—¿Qué pasa? —preguntó él, con la voz grave.Eva señaló la roca. Luca se inclinó, pasó los dedos sobre el grabado, y maldijo en voz baja.—Nos están cercando.—¿Cómo? —susurró ella, sintiendo que la garganta se le cerraba—. No puede ser casualidad.Luca la miró fijamente, los ojos oscuros como la noche.—Alguien está marcando el camino por nosotros.Al amanecer, Eva decidió no callar más. Cuando el grupo recogía sus cosas para continuar la marcha, los llevó hasta la roca y mostró el grabado.El silencio que siguió fue denso, mortal. Los hombres de Gabriel se miraron entre sí, inquietos. Elena frunció el ceño, su mano aferrada a la pistola. Marina abrazó a Santiago, como si quisiera esconderlo del mundo.Ga

  • Domando al amor   CAPITULO 65

    La estación amaneció teñida de rojo, como si el desierto entero hubiera sangrado durante la noche. El símbolo del Contador seguía marcado en la pared, fresco, imposible de ignorar.Gabriel ordenó la partida al alba. Nadie discutió: quedarse allí era una sentencia de muerte.Eva montó con la carpeta asegurada bajo el poncho. Marina acomodó a Santiago sobre la montura, su respiración más tranquila gracias a la medicina, pero aún débil. Los hombres de Gabriel revisaban armas y provisiones con movimientos calculados, como si cada gesto formara parte de un ritual aprendido en demasiadas batallas.Luca cabalgaba a un lado de Eva, rígido, con el rifle cruzado en la espalda. No apartaba la vista de ninguno de los aliados nuevos. Sus ojos parecían cuchillos listos para cortar en cuanto alguien hiciera un movimiento en falso.—No me gusta esto —murmuró.Eva suspiró.—Nunca te gusta nada.Él giró hacia ella, con una sombra de sonrisa amarga.—Porque casi siempre tengo razón.El camino fue largo,

  • Domando al amor   CAPITULO 64

    El eco de sus respiraciones aún flotaba en la penumbra de la estación cuando un ruido seco los hizo separarse. Eva y Luca se quedaron inmóviles, con el corazón latiendo como un tambor de guerra.No era el sonido del viento, ni el crujir de los rieles oxidados. Era algo más cercano, algo humano.Luca alzó el rifle en silencio, su mirada alerta, recorriendo la oscuridad. Eva, con la blusa aún desordenada, abrazó la carpeta instintivamente, sintiendo cómo la realidad regresaba con brutalidad.—Quédate atrás —susurró él, avanzando con pasos felinos hacia la esquina de la vieja oficina del jefe de estación.Un destello metálico brilló en la pared: un grabado, marcado con cuchillo o navaja. Luca se agachó para verlo mejor, y Eva, incapaz de quedarse quieta, se inclinó junto a él.El símbolo era simple: un círculo atravesado por dos líneas.Eva lo reconoció al instante.—Es la marca del Contador.La sangre se le heló en las venas. Aquella señal no estaba allí por casualidad. Era un aviso, un

  • Domando al amor   CAPITULO 63

    El desierto se extendía bajo la luz pálida de la luna. Los caballos avanzaban despacio, arrastrando el cansancio de la batalla. Eva mantenía la carpeta apretada contra el pecho, como si fuera lo único que la mantenía en pie. Cada tanto miraba hacia atrás, a Marina, que sostenía a Santiago con ternura, susurrándole canciones viejas que apenas lograba entonar entre lágrimas.Delante, Gabriel guiaba al grupo junto a sus hombres. Sus siluetas recortadas contra la arena parecían fantasmas del pasado. Nadie hablaba. Solo el crujido de los cascos en la grava y el silbido del viento llenaban el aire.Luca cabalgaba a su lado, siempre alerta, el rifle colgando de su hombro. Sus ojos no se apartaban de Gabriel ni un segundo.—No me gusta esto —murmuró, lo bastante bajo para que solo ella lo escuchara.Eva suspiró.—Lo sé. Pero si seguimos solos, Santiago morirá antes del amanecer.Luca apretó la mandíbula, sin responder.Horas después, Gabriel levantó la mano y el grupo se detuvo.—Descansaremo

  • Domando al amor   CAPITULO 62

    El eco de la voz se extendió entre las paredes del cañón. Eva sintió que el aire se volvía más denso, cargado de polvo y peligro. Luca no bajó el rifle, pero sus ojos se clavaron en Gabriel.—¿Quiénes son? —preguntó con frialdad.Gabriel levantó una mano, como pidiendo calma.—Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho.Eva observó a las figuras que emergían de la oscuridad. Eran cinco hombres y una mujer, todos armados. Sus ropas estaban desgastadas, sus rostros curtidos por el sol, pero había algo en su mirada: determinación, y un odio profundo hacia un enemigo común.El primero en acercarse era alto, de barba espesa y mirada dura. Se detuvo a unos pasos de Gabriel.—Te seguimos porque confiamos en ti, pero ahora nos traes a extraños. ¿Qué garantía tenemos de que no sean carnada del Contador?Gabriel respiró hondo, girando hacia Eva y Luca.—Ellos llevan la prueba. La carpeta. Con esto podemos golpear al Contador donde más duele.Un murmullo recorrió al grupo. La mujer de ojos claro

  • Domando al amor   CAPITULO 61

    El reflejo metálico aún ardía en los ojos de Eva cuando Gabriel se acercó. El fuego iluminaba solo una parte de su rostro, dejando la otra sumida en sombras. Parecía un hombre dividido, entre la calma que intentaba mostrar y el secreto que ya no podía ocultar.Luca sostuvo el rifle con ambas manos, apuntando directo a su pecho.—Habla. Y que sea rápido.Gabriel alzó las manos, tranquilo, sin apartar la mirada.—No están solos en esta guerra. Creyeron que sí, pero no. Existe una red, dispersa, que busca lo mismo que ustedes: derribar al Contador. Yo soy uno de ellos.Eva frunció el ceño, incrédula.—¿Y por qué ocultarlo hasta ahora?Gabriel suspiró, como si llevara años esperando esa pregunta.—Porque confiar cuesta caro. Si se los decía desde el principio, tal vez me habrían dejado tirado en la arena. Pero la verdad es que la señal que vieron era para mis compañeros. Vendrán.Marina se incorporó de golpe, con el rostro encendido de esperanza.—¡Entonces no estamos perdidos! Con ellos

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