登入Camila Campbell sólo quería vivir lo que cualquier adolescente: amistades, libertad y la emoción del primer amor… incluso si ese amor nacía en el lugar menos esperado. Pero la vida cambió de rumbo con una pérdida que la dejó sin suelo, y justo cuando empezaba a sanar, el regreso de su padre biológico la arrastró a un pasado del que creía haberse liberado. Entre el deseo de recuperar su voz, la culpa y la necesidad de proteger lo que ama, Camila aprenderá que a veces el peligro puede tener tu mismo apellido y que la fuerza para sobrevivir se encuentra en los lugares más insospechados. “Hipnotízame” es una historia sobre el primer amor, la resiliencia y el oscuro precio del perdón.
查看更多Las tardes en los suburbios siempre tenían un aire de calma engañosa. A simple vista, todo parecía perfecto: jardines recién podados, buzones relucientes y vecinos que saludaban como si la vida entera se resumiera en un intercambio de sonrisas. Vivir cerca de la ciudad nos daba acceso a todo, pero también nos envolvía en esa burbuja de comodidad que parecía diseñada para que nadie cuestionara nada. Yo solía pensar que, si la vida fuera una película, este vecindario sería ese fondo brillante que contrasta con los secretos que nadie quiere contar.
Crecí en una casa amplia y luminosa, con una mamá que provenía de una familia acomodada y un papá que había sabido ganarse su lugar en el mundo con esfuerzo y talento. Digo papá porque así lo siento, aunque técnicamente no lo sea. Sam entró en mi vida cuando tenía seis años y desde entonces nunca me ha faltado nada: ni risas ni apoyo ni ese tipo de abrazos que sólo dan los papás de verdad. A veces creo que me entiende mejor que mi propia madre, aunque nunca se lo confiese en voz alta.
Kate, mi mejor amiga, suele decir que vivo en una especie de cuento moderno: bonita casa, bonita familia y una vida que parecería impecable desde afuera. Ella también venía de una familia acomodada, pero como en su propio castillo pocas veces encontraba un cómplice disponible para sus travesuras, recurría al mío para llevarlas a cabo. Lo que no sabe —o más bien lo que sólo ella intuye— es que incluso los cuentos tienen sus capítulos raros y que a veces las princesas no están pensando en castillos ni en vestidos, sino en cómo convencer a sus madres de dejarlas ir a un concierto de música alternativa.
Esa noche, la mesa del comedor estaba servida como siempre: impecable, con platos perfectamente alineados y el aroma a pasta recién hecha flotando en el aire. Mamá había encendido unas velas pequeñas, como si fuera necesario dar solemnidad a una cena entre tres. Papá sonreía desde su lugar habitual, con esa expresión tranquila de quien sabe que en cualquier momento alguien saldría con una petición.
Y no se equivocaba.
“Kate tiene entradas para un concierto el sábado en la noche y quería ver si podía acompañarla”, dije, rompiendo el silencio justo después de que todos probamos el primer bocado.
En realidad, esa música no me llamaba la atención; mis gustos eran variados, pero no tan alternativos. Sin embargo, Kate me había hablado tanto de ese grupo que, cuando me pidió que la acompañara, no dudé en decir que sí. Después de todo, sabía que era el tipo de cosas que hacían las mejores amigas.
“¿Y de qué concierto se trata?”, preguntó mamá, levantando la vista del plato.
“Es una banda que toca música alternativa, pero últimamente se volvió la favorita de Kate y no puede sacársela de la cabeza.”
“Recuerdo cuando eso me pasaba con Sirens: escuchaba sus canciones por horas y las repetía una y otra vez hasta volver loca a mi mamá”, rió suavemente.
«¿Sirens?»
¿En serio, mamá había dicho ‘Sirens’? Creo que sus gustos musicales y los míos no tienen nada que ver. No es que los de Kate fueran mucho mejores, pero Sirens… ¿en serio?
“¿Y cuál es el nombre de la banda?”, intervino papá, siempre con su tono conciliador.
“Trollex.”
Y justo en ese momento, como si la escena necesitara un giro inesperado, apareció Jacob en el comedor. Ninguno de los tres lo había escuchado entrar, así que seguramente había planeado sorprender a papá.
“¿Trollex? Interesante elección”, comentó con su voz calma y seria, esa que parecía reservada para impartir verdades universales. “Una banda que atrae a una gran cantidad de gente alternativa, con consumo de sustancias también alternativas en sus conciertos, por no decir que su música carece de todo sentido.”
Mamá me miró con el ceño fruncido.
“¿Drogas y alcohol? Oh, Cami, ese es un ambiente al que no me gustaría que fueras. Creo que no es buena idea ir a ese concierto”, expresó mamá con evidente preocupación. Luego se dirigió a Jacob: “Pasa a sentarte, Jacob; enseguida te traigo un plato para que cenes con nosotros.”
Jacob se acercó para besarle la frente a mamá y luego abrazar a papá. A mí sólo me dirigió una mirada de reconocimiento, como siempre, y decidí ignorarlo, como siempre.
“Mamá, Jacob exagera; no es así. Sí, mucha gente toma en los conciertos, pero no quiere decir que todos sean borrachos ni que yo vaya a hacerlo igual. Drogas y alcohol hay en todos lados”, intenté sonar convincente, pero los ojos de mamá ya me advertían que debía ir cancelando los planes. No iría al concierto.
“Sí, pero hay lugares donde se facilita más. Lo siento, Cami, pero es un no”, dictó su sentencia.
“¿Y desilusionar a Kate? Lleva semanas esperando ese día”, contesté con una voz que ni siquiera reconocí en mí misma.
“Ya vendrán más conciertos cuando tengas una edad más apropiada; mientras tanto, puedes verlos desde tu teléfono.”
“Claro, porque vivir la experiencia de un concierto por teléfono es casi igual que ir a uno…”, murmuré, sin poder evitar el sarcasmo.
“Cami, contestar así no te dará más puntos. Pareces una niña pequeña haciendo berrinche”, replicó mamá, implacable.
Sentí la indignación subir como fuego. Si Jacob no hubiera abierto la boca, esto jamás habría sido un problema. Y encima de todo, él se veía bastante divertido con la conversación.
“No es un berrinche de niña chiquita”, repliqué, cruzándome de brazos, “Es sólo que Kate lleva mucho tiempo esperando a que hagan una gira y coincidió en que vendrían aquí.”
“Si lo lleva esperando desde hace tanto, ¿por qué no lo mencionaste antes?”, preguntó mamá. Y ahí me quedé muda; no pude dar una respuesta, deja una sensata; no pude pronunciar respuesta alguna.
«¿Por qué no había pedido permiso antes?»
Eso no era típico de mí; suelo ser precavida. Ahora estaba enojada conmigo misma.
Mamá se dio cuenta de que ya carecía de argumentos e intentó suavizar las cosas porque no quería simplemente decir que no; me estaba expresando sus mortificaciones, que quizá eran válidas—o muy válidas—, pero también lo decía como si ella nunca hubiera tenido mi edad.
«¿Sirens fue en los ochenta o en los noventa?»
«¿Hubo algo malo en esa década?»
«Debí haberme preparado mejor para esta conversación.»
Mientras seguía absorta en mis pensamientos, mamá intentó una nueva estrategia para distraerme.
“Mira, deberías aprender de Jacob; él siempre es tan ecuánime”, añadió mamá con una sonrisa que me cayó como un balde de agua fría.
“¿De Jacob? Tiene veintitrés años y todos los días se viste de traje. Además, ¿cómo sabes que no era diferente a sus diecisiete?”
“A los diecisiete ya había entrado a la universidad”, intervino él, con aire de suficiencia y esa sonrisa ladeada que me sacaba de quicio.
Papá brillaba de orgullo al escucharlo y yo sólo rodé los ojos.
“Ay, por Dios, ¿quién te invitó?” fue lo único que se me ocurrió decir, aunque ya sabía que mis réplicas nunca estaban a la altura cuando se trataba de él.
“No sabía que necesitaba una invitación”, me devolvió otra de sus sonrisas magníficas, como si siempre tuviera la última palabra. Papá reprimía una risa mientras mamá intentaba ponerse seria.
“Cami, no pelees con Jacob. Él siempre es bienvenido aquí”, dijo mamá con firmeza. Y entonces añadió la frase que lo complicó todo: “Si alguien como Jacob las acompañara el sábado, no tendría inconveniente en que fueras.”
Genial. Ahora sí que mamá me la había puesto imposible. Jacob y Trollex eran dos universos que jamás se tocarían.
“Mamá, no tenemos más opciones. El hermano de Kate no ha regresado de su viaje y no creo que Jacob quiera ir con nosotras… ¿O sí? ¿Te gustaría acompañarnos al concierto, Jacob?” Lo miré directamente y le regalé mi mejor sonrisa. Total, no perdía nada por intentarlo; el ‘no’ ya me lo había dado mamá.
Mientras esperaba su respuesta, traté de sostenerle la mirada. Sus ojos tenían una intensidad que a veces me intimidaba; parecía que me atravesaban, como si intentara hablarme sin palabras, como si me hipnotizara. Era una batalla muda en la que ninguno quería ceder, pero ambos sabíamos muy bien que yo perdería.
Seguramente fueron sólo segundos, pero para mí parecieron minutos. Rompí el contacto, suspiré y bajé la vista a mi plato. No había razón para ilusionarme; Jacob nunca había hecho nada por mí que no fuera desinteresado.
«¿Por qué habría de empezar ahora?»
“Lo haré”, dijo de pronto.
Levanté la cabeza de golpe, sorprendida. Mamá y papá también lo miraron con incredulidad.
“¿Lo harás? ¿Irás al concierto con nosotras?”
“Ya dije que lo haría, ¿no?”
“Oh, ¡Jacob!”
No pude evitar sonreírle. Kate iba a enloquecer de felicidad y, por alguna extraña razón, yo también me sentía… emocionada. Jacob notó mi sonrisa y, por un instante, percibí cómo apretaba la mandíbula, como si algo en él también se hubiera movido. No quería arriesgarme a que cambiara de opinión, así que me volteé hacia mis papás.
“¡Genial! Kate estará feliz. No puedo esperar a contarle.”
“Cami…”, comenzó mamá.
“Tú dijiste, mamá. No se vale retractarse”, contesté antes de escuchar el típico ‘aun así creo que es mejor que no vayan’, así que desvié la atención. “¿Quién quiere postre?”
Mamá suspiró y papá contuvo una risa porque sabía que se había precipitado al tratar de distraerme y le salió al revés. Ninguno de nosotros esperaba esa respuesta de Jacob, pero fue más que bienvenida.
Continuamos la cena tranquilamente. Papá hablaba de su trabajo y mamá lo interrumpía de vez en cuando con algún comentario gracioso. Jacob casi no participó, pero sentía su mirada fija en mí, como si no dejara de observarme. No sabía si estaba arrepentido de lo que había dicho frente a ellos o si simplemente le divertía tenerme en vilo, pero ahí estaba esa sensación de pausa entre los dos.
Al terminar, papá y yo recogimos los platos mientras mamá preparaba el té. Jacob había ido al estudio para atender una llamada de su oficina.
«¿Quién empieza a trabajar a los veintiuno y se vuelve adicto al trabajo a los veintitrés?»
Sé que es un genio, pero quizá también un poco aburrido.
Después de unos minutos regresó para despedirse. Mamá le dio un termo de té para el camino y papá lo abrazó con fuerza. En esos momentos, cuando estaban juntos, se notaba la devoción entre ellos: papá lo quería como a un hijo y Jacob lo miraba como al padre que había perdido hacía tanto tiempo. Yo lo entendía; aunque mi papá biológico no había muerto, tampoco formaba parte de mi vida desde hacía años. No tengo un solo recuerdo suyo guardado en mi memoria.
Jacob había perdido a sus padres hace una década; Sam y sus abuelos se hicieron cargo de él. Ambos habíamos encontrado en Sam una figura paterna, aunque de maneras distintas. Tras el accidente, Jacob se mudó con sus abuelos al otro lado del país y papá lo visitaba siempre que podía. Cuando mamá se casó con él, yo tenía seis años, pero Jacob y yo apenas coincidimos en algunas festividades. Luego entró a la universidad, a menos de una hora de aquí, y desde entonces empezó a visitarnos con más frecuencia: en vacaciones, los fines de semana, en cualquier ocasión para ver a papá. A él lo hacía feliz tenerlo cerca y yo lo aceptaba por eso, aunque conmigo Jacob siempre fue cortante y distante. Con el tiempo me acostumbré a su rechazo hasta que dejé de intentar acercarme. Supuse que no tenía interés en congeniar con la hija de la esposa de su tío. Aun así, en contadas ocasiones sentía que había algo más bajo esa coraza, aunque quizá sólo eran imaginaciones mías.
“Supongo que nos veremos el sábado. ¡No se vale retractarse!”, dije a su espalda mientras abría la puerta.
Jacob giró apenas medio cuerpo, me sostuvo la mirada y con voz ronca contestó:
“Hasta el sábado, Camila.”
Ese ‘Camila’ me recorrió como un escalofrío por toda la columna vertebral, erizando los vellos de mi nuca.
«Hasta el sábado, Jacob.»
PAUL“¿Y bien?”, preguntó una voz desde la oscuridad, áspera, sin prisa.Paul se encendió un cigarrillo. El resplandor naranja apenas iluminó el contorno de su rostro antes de hundirse de nuevo en las sombras.“Lo hará”, respondió con una calma que no era natural, sino ensayada.“¿Qué te hace pensar eso?”, insistió el hombre, avanzando un paso.Paul soltó el humo lentamente, observando cómo se deshacía en el aire húmedo.“Es igual a su madre”, dijo con una nostalgia fingida. “Llena de esperanza. Llena de compasión.” Hizo una pausa mínima. “Entré cuando no me quería ver y terminé con un ‘regalo’. Me mandó
Aquel hombre respiró hondo, como si estuviera ensayando desde hacía tiempo lo que iba a decir.“Camila… las cosas se salieron de control. No quería hacerte daño y, ciertamente, no quería que te hicieran daño.”Lo miré sin prisa. No sentí el impulso de interrumpirlo ni de corregirlo de inmediato. Dejé que sus palabras se asentaran en el aire, torpes, incompletas, insuficientes.“No hay una disculpa ahí”, dije al fin, con calma. No como un reproche, sino como una constatación.Frunció el ceño, incómodo, y asintió una vez, como si eso bastara.“No veía otra salida”, insistió. “Estaba acorralado.”“Y decidiste que yo fuera la salida”, respondí, sin levantar la voz. “N
“Buenas tardes, Jacob”, dijo Paul desde el umbral, sosteniendo una boina entre las manos como si fuera una extensión inútil de su culpa, con los dedos nerviosos y la voz quebrada por una fragilidad que no inspiraba ternura sino rechazo. “Lamento venir sin previo aviso, pero… me gustaría hablar con Camila, por favor.”El silencio que siguió fue denso, casi físico. Jacob respiró hondo, tan despacio que pude sentir el esfuerzo que hacía para no reaccionar como su cuerpo se lo pedía. Había algo feroz en él, una violencia justa que se mantenía a raya sólo porque yo estaba ahí.“No puedes estar aquí, Paul”, respondió al fin, sin elevar la voz ni titubear. “Camila aún no quiere verte.”La mirada que le lanzó no necesitaba volumen ni amenazas; era una senten
Durante mucho tiempo creí que el tiempo era un enemigo: una fila interminable de días que no me pertenecían, horas que sólo existían para recordarme lo que había perdido, pero el tiempo, como casi todo, resultó ser más complejo.No me devolvió lo que me habían arrebatado, ni borró la herida, pero sí hizo algo más silencioso y decisivo: dejó de abrirla cada vez que respiraba. Seguía ahí, sensible, viva, pero ya no sangraba como antes.Había sobrevivido a cosas que en otro momento de mi vida me habrían parecido imposibles.No salí intacta —ya no era la misma—, pero tampoco era la versión rota que creí que sería para siempre.Había aprendido a mantenerme a flote, incluso cuando el mar seguía agitado.Tal v
Estacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un
Kate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerenc
“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.Jacob le dirigió una mirada asesina, pero
Las luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo;






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