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34. Mi plan

last update Data de publicação: 2024-01-18 01:58:54

34 Alaric

Cuando fui a ver a Adara, el día después de que su madre la atara en su sótano, los vampiros regresaron, eran diferentes a lo que se había visto con anterioridad. No estaba seguro de que siguieran las ordenes de Ekaterina II Tepes.

Estos vampiros eran erráticos, su sincronización no era buena lo que me decía que no estaban coordinados. Su olor, que normalmente era desagradable, era aún peor.

—¡Atacan por el este, mi señor! —me grita desesperado por llegar en el punto donde me encontra
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Comentários (8)
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Mervis Karina Prado Castro
siento que es una trampa, ten cuidado Alaric
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Mervis Karina Prado Castro
puras locas desesperadas
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Mervis Karina Prado Castro
puras locas desesperadas
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Último capítulo

  • Dos alfas enormes para la omega   EPÍLOGO

    99El silencio se extendió por la aldea cuando el cortejo del rey alfa Rhys cruzó la entrada. Los lobos negros que lo acompañaban se movían como una sola sombra, y el peso de su presencia se sentía en cada respiración contenida.Ares se mantuvo erguido en medio del camino, firme, con una mano protegiendo instintivamente a las gemelas que se asomaban detrás de él.Rhys no dijo palabra. Sus ojos, dorados y afilados, se fijaron en el muchacho. Y sin previo aviso, se lanzó.El aire silbó con la fuerza de su primer golpe.Ares reaccionó antes de que cualquiera pudiera gritar. Sus pies se deslizaron hacia un lado, esquivando con una agilidad que no correspondía a su edad. El segundo ataque fue más rápido, un zarpazo dirigido al cuello. Ares lo detuvo con un bloqueo preciso, girando la muñeca para desviar la fuerza.Los murmullos comenzaron. Nadie se atrevía a intervenir.Rhys sonrió, pero no aflojó. Atacó con una ráfaga de golpes, cada uno más veloz que el anterior. Ares respondió a todos,

  • Dos alfas enormes para la omega   98. Ya sabes como es

    98El amanecer tiñó los bosques de un dorado tenue. La niebla se retiraba como un ejército derrotado. En los límites de la manada, Mason y Alaric esperaban con la tensión marcada en el rostro. No habían dormido. Sus oídos estaban atentos a cualquier ruido.Entonces, el silencio se quebró.Entre las sombras de los árboles, una figura emergió. Adara. Con el cabello revuelto, el andar firme, y un bulto cálido en brazos. Ares dormía, su respiración tranquila, ajeno al peso de todo lo ocurrido.—¡Por la luna! —susurró Mason, dando un paso hacia ella.—Cariño, gracias a la diosa estas bien.Alaric se acercó con un movimiento rápido, revisando que no tuviera nuevas heridas.—Estoy bien —dijo ella con una sonrisa cansada y su bebé en brazos—. Lo prometí, ¿no?Pero no venía sola. A unos pasos detrás, caminando con la calma de quien sabe que nadie lo detendrá, apareció Vlad Tempest. La luz del sol no lo quemaba, pero parecía no tocarlo del todo.Mason se tensó de inmediato.—¿Él… te trajo?Adar

  • Dos alfas enormes para la omega   97. No te la llevas

    97La batalla había terminado. El castillo de Ekaterina era ahora una ruina humeante. El cielo clareaba tras siglos de sombras. Los cuerpos, las cenizas y los ecos del enfrentamiento se disolvían entre el viento frío.Pero no había celebración.Solo alerta.Mason y Alaric flanqueaban a Adara mientras caminaban entre restos de columnas derrumbadas, ayudándola a mantenerse en pie. Ella estaba agotada, sus heridas superficiales casi cerradas, pero el alma… el alma temblaba.Delante, Vlad Tempest caminaba en silencio. Su presencia no era pesada, pero sí absoluta. Como si el mundo alrededor lo evitara por instinto.Alaric se adelantó y lo detuvo, cruzando los brazos.—Debemos irnos, loba blanca —habla con voz melodiosa, como si estuviera hechizando a todos.—No vas a llevártela, así como así.Vlad se detuvo sin girarse.—¿Así como así?Mason frunció el ceño, poniéndose a su lado.—No confiamos en ti. No sabemos qué planeas. Ella está débil. Si piensas hacerle algo, vas a tener que pasar so

  • Dos alfas enormes para la omega   96. Cuando la noche tiene miedo

    96El viento aullaba entre las montañas como un presagio. Vlad corría como una sombra viva, envuelto en su manto oscuro, el bebé dormido en sus brazos, ajeno al caos que se avecinaba. Ningún vampiro lo veía, ningún guardia lo oía. Él era lo que se esconde cuando la noche tiene miedo de sí misma.Atravesó bosques congelados, quebradas y riscos ocultos, hasta llegar a la entrada sellada de una cueva enterrada bajo siglos de piedra. Un santuario perdido. Una grieta entre dos mundos.Con un gesto de su mano, la roca respondió, abriéndose ante su presencia.Dentro, las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos. Energía oscura y sagrada vibraba en cada rincón. Vlad colocó al niño envuelto en mantos sobre un lecho de musgo encantado. El lugar estaba protegido, sellado por runas que solo él comprendía.Miró al pequeño Ares por un largo momento.—No dejaré que repitan conmigo lo que quisieron hacer contigo —susurró con un dejo de amargura—. Ellos destruyeron al rey… pero ahora protegeré al

  • Dos alfas enormes para la omega   95 Trágico y poético

    95Las puertas del trono se cerraron tras ella con un eco pesado, como el portazo de una tumba. Adara se mantuvo firme, aún con los sentidos alterados por la presencia de tantos vampiros antiguos. Sabía que estaban hambrientos, curiosos, entretenidos... y cada uno de ellos la miraba como si fuera parte de un espectáculo diseñado para su diversión.Desde las alturas del castillo, entre vitrales rotos y estatuas cubiertas de polvo, Vlad Tempest la observaba oculto. Nadie más sabía que el primer rey vampiro había regresado. Solo Adara. Solo ella había oído su voz.Y en su mente, resonaba su advertencia:"Primero el niño. Luego… que se maten entre ellos, si quieren."Adara se aferró a esa idea. Lo primero era rescatar a Ares. Ponerlo a salvo. Después, si los vampiros querían destruirse por poder, venganza o locura, que lo hicieran.Ekaterina descendió los escalones de su trono con la elegancia cruel de una reina nacida para el juego mental. Su sonrisa era afilada como una daga.—Qué trági

  • Dos alfas enormes para la omega   94. El castillo

    94El bosque parecía susurrar su nombre, pero no de forma amable. Las ramas crujían bajo sus pasos, y el viento llevaba consigo el eco de antiguos cantos oscuros. Adara corría con decisión, su cuerpo moviéndose como una sombra entre los árboles. La mochila apretada a su espalda, el cuchillo curvo atado al muslo, y el corazón palpitando con fuerza animal.El camino hacia el castillo de Ekaterina no era uno común. Ni seguro. Estaba oculto, sellado por runas antiguas y custodiado por criaturas nocturnas. Pero Adara había leído los grimorios de su abuela. Había aprendido más de lo que muchos sabían. Y esta noche… el miedo no era un lujo que podía permitirse.Su hijo la llamaba.Y ella no iba a fallarle.Cruzó un arroyo encantado, dejando atrás el terreno seguro del territorio de la manada. Sintió el cambio de energía en la piel, como una descarga eléctrica en la espina dorsal.—Voy por ti, Ares… mamá ya viene.***El aullido desgarrador que se oyó en el centro de la manada no fue de un lo

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