Share

5- Juego sucio

Author: ShadiSaad
last update publish date: 2025-03-01 05:39:40

Marina

Mi corazón late con fuerza cuando el auto se detiene frente a la mansión.

Palacio.

Ni siquiera es una casa. Es una m*****a fortaleza.

Las puertas de hierro negro, los enormes ventanales, los jardines perfectamente podados… todo aquí grita lujo, poder y arrogancia.

—Bueno, ya estamos aquí —dice David desde el asiento del conductor.

Respiro hondo y me giro hacia Clara, quien está sentada a mi lado.

—Aún podemos huir —murmuro—. No mirarán en el baúl.

Ella rueda los ojos y me aprieta la mano.

—Lo superaremos. Solo… trata de llevar la fiesta en paz. No lo provoques y no dejes que te provoque.

Levanto las manos en un gesto inocente.

—Yo no provoco a la gente.

Clara arquea una ceja con escepticismo.

—Marina… todos sabemos que de paciencia tienes pocas. Solo no lo hagas enfadar.

Resopló y me cruzó de brazos.

—No prometo nada.

David abre la puerta y baja del auto. Yo hago lo mismo, sujetando con fuerza la maleta en mi mano.

En cuanto doy un paso hacia la entrada, un hombre mayor, vestido con un traje de mayordomo, aparece en la puerta.

Parpadeo.

— ¿Quién sigue teniendo mayordomos en pleno siglo XXI? —le susurro a Clara.

Ella sacude la cabeza con una pequeña sonrisa.

El hombre nos observa con una postura impecable antes de hablar.

—El señor Montenegro la está esperando afuera.

David y yo comenzamos a avanzar, pero el mayordomo levanta una mano.

—Lo siento, pero el señor ha indicado que solo puede entrar la señorita. Todo lo legal ha quedado claro.

El rostro de David se tensa.

Me giro hacia él y veo el enfado en sus ojos.

—Marina —dice con voz firme, tomándome del brazo con suavidad—. Escucha bien. No estás sola. A la mínima señal de que algo va mal, me llamas. Si ese hombre se pasa de la raya, si incumple una sola palabra del trato, lo denuncio.

Asiento con un nudo en la garganta.

—Gracias, David.

—No me las de todavía. Solo recuerda que esto no es una prisión.

Luego, Clara me toma de las manos y aprieta con fuerza.

—Este no es el fin —susurra—. Vamos a salir de esto.

Cierro los ojos por un segundo, intentando contener el temblor de mis manos.

Toma aire.

Lo suelto.

Entrar.

Salvador Montenegro me espera en el vestíbulo.

Es una imagen de autoridad, con un traje impecable y los brazos cruzados sobre el pecho.

Me observa de arriba abajo, con una expresión indescifrable.

Y de pie a su lado, con una sonrisa venenosa y una postura perfecta, está ella.

Renata.

Espectacular. Intimidante.

Todo en ella parece sacado de una revista de moda. Su cabello rubio cae en ondas perfectas, su vestido es elegante y entallado, y su rostro no muestra ni una sola imperfección.

Por el contrario, me siento expuesto.

Curvas pronunciadas, caderas anchas, muslos gruesos.

Nunca he sido delgado, nunca lo seré.

Pero aquí, frente a ellos, es la primera vez en mucho tiempo que me siento… menos.

Renata me observa como si fuera un insecto aplastado en la suela de su zapato. Luego, gira hacia Salvador,

—No puedo creer que en realidad hayas traído a esta a vivir aquí.

Salvador pone los ojos en blanco.

—No la he traído a vivir aquí. Es solo una trabajadora más.

—Entiendo—Renata cruza los brazos—. Pero que no crea que voy a aguantarme sus desplantes ni sus faltas de respeto como lo que hizo en el restaurante. A la primera, se larga de aquí.

Mi lengua arde con la necesidad de responderle.

Pero recuerdo las palabras de Clara.

No lo provoques.

No dejes que te provoque.

Así que la ignora por completo.

Miró directamente a Salvador y digo con voz firme:

—¿Dónde me lo instalo?

Su mirada se afila.

—Sígueme.

Me lleva hasta la parte trasera de la casa. Cuanto más avanzamos, más lejos quedamos del lujo. Hasta que llegamos a una pequeña edificación separada de la mansión. La puerta casi parece que se puede caer con una brisa muy fuerte y tengo que tragarme mis comentarios.

—Ahí está tu habitación —dice sin más.—No tiene baño, por lo que deberás ir al baño de empleados detrás de la cocina para ducharte.

¿QUÉ? LO ODIO. LO ODIO.

Sé que todo esto no es más que una venganza de parte suya, pero no voy a darle el gusto de demostrarle cuánto me afecta aunque la humillación me quema por dentro.

—Perfecto —respondo con frialdad.

Él sonríe con burla.

—Cuando me levante, quiero el desayuno hecho. Cuando llegue al mediodía, el almuerzo está listo. Quiero la cocina impecable. Y cuando haya que hacer la compra, también la harás tú.

La ira burbujea en mi interior.

Pero aprieto los dientes y concurso con frialdad:

—Muy bien. Se hará como usted quiera.

Entra en la habitación sin mirarlo.

No voy a llorar.

No voy a darle el gusto.

Estoy desempacando mi ropa cuando la puerta se abre de golpe.

Me giro bruscamente.

Renata está allí.

En sus manos, sostiene algo doblado. Su sonrisa es puro veneno.

—No te ves tan imponente como en el restaurante —dice con burla—. Aquí sí luces como lo que realmente eres.

Hago acopio de toda mi paciencia.

—¿Qué desea la señora?—Digo con falsa amabilidad y veo que su sonrisa se borra.

Ella avanza, tirando la prenda en la cama. Un uniforme de empleada doméstica. Pero no cualquiera, este parece salido de un Sex Shop.

Mi estómago se revuelve.

—Ahí tienes —dice con fingida dulzura—. Eso es lo que usarás mientras estés aquí.

La mirada a los ojos.

—Ese no es el uniforme que voy a usar. Yo traje mi propio uniforme de cocina.

Renata sonríe con crueldad.

—No estás entendiendo. Olvídate de que eres chef. Esto no es un restaurante. Aquí te pones lo que yo diga. 

Se cruza de brazos y suelta la peor puñalada.

—Traté de buscar la talla más grande que encontré, pero no sé si vaya a quedarte con tanta grasa que tienes.

Siento como si me hubieran abofeteado, pero no miro hacia abajo, hacia mi cuerpo pues aunque muchas veces no me sienta cómoda con como soy, ella no debe saberlo.

Cada célula de mi cuerpo se tensa, pero no le atreveré el gusto de verme quebrarme.

—Te quiero con eso puesto a la hora de la cena. Sin excusas —dice con voz fría antes de salir de la habitación.

Mis manos tiemblan.

Pero si cree que voy a rendirme… Está muy equivocada.

Cuando entro en la cocina para la cena, llevo puesto el uniforme.

Obviamente no es de mi talla y spe que eso fue hecho a propósito para resaltar la humillación, pero no se lo voy a permitir.

De hecho, voy a darle algo para enojarse.

El uniforme me queda excesivamente corto, la blusa no me cierra del todo por lo que el primer botón va abierto y mi brasier negro de encaje se ve, al igual que las pantimedias debajo de la falda.

Pero no importa, me encargo de llevarlo a la perfección. No porque Renata me lo haya ordenado, sino porque voy a demostrar que esto no me afecta.

Cuando entro al comedor me aclaro la garganta.

—Buenas noches.

Pero la reacción que obtengo no es la que esperaba.

Salvador, sentado en la mesa con una copa de vino en la mano, me mira.

Y casi escapa la bebida. Se atraganta y deja la copa con un golpe seco.

— ¡¿Qué demonios llevas puesto?¡

Su voz es baja. Casi un gruñido.

Levanto la barbilla y lo miro directo a los ojos.

—El uniforme que me ha dado su mujer, por supuesto.

Juego sucio, Montenegro. Vamos a ver quién aguanta más

Continue to read this book for free
Scan code to download App
Comments (1)
goodnovel comment avatar
Sandra María Velázquez Trigueros
Siempre hay jugadas y contra jugadas. Para darle jaque mate al Rey. (insertar risa malévola aquí).
VIEW ALL COMMENTS

Latest chapter

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   126- Felices para siempre

    MarinaHan pasado seis meses desde que se hizo justicia y nuestra pesadilla que parecía no acabar, finalmente terminó.Seis meses desde que Joseph y Arthur fueron arrestados y condenados, no solo por lo que nos hicieron a nosotros, sino por corrupción, el intento de asesinato de Renata, lavado de activos y por supuesto la muerte de los padres de Salvador y Federico.Nada más recordar la forma en que Salvador se desmoronó al contarme, la forma en que se rompió mientras me decía lo que había hecho su abuelo, me hizo trizas el corazón.Pero lo sostuve, porque eso es lo que hacemos. Nos apoyamos, nos sostenemos y llevamos juntos las cargas, porque de eso se trata ser una pareja. De tener a alguien en quién confíar, a quién amar.Y él hizo eso conmigo cuándo lo de Enz… mi padre, me golpeó con fuerza. La noticia fue como un balde de agua y aunque al principio me negaba a saber de él, debo admitir que ha sabido ganarse mi cariño y también el de Daniel, así que estamos llevando todo con calma,

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   125- Verdades que duelen

    MarinaPensé que iba a morir.Pensé que Clara había muerto.Pensé que no volvería a ver a Salvador otra vez, pero cuándo entró en la habitación, en el instante en que mis ojos se toparon con los de él, fue como si todo el miedo hubiese desaparecido porque ahora él estaba conmigo.El humo se queda atrás, pero el temblor en mis manos no desaparece. Tampoco el eco del disparo, ni el sonido del metal cerrándose tras de mí. Estoy en los brazos de Salvador, como si el mundo hubiese estallado a nuestro alrededor y él fuera lo único que se mantiene firme.Su pecho sube y baja con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer entre sus brazos. Su voz llega entrecortada a mis oídos. No entiendo todo, pero siento cada palabra. Cada caricia en mi espalda. Cada vez que me susurra que ya todo ha pasado.No es cierto. Aún no ha pasado. Pero sí ha terminado la parte más oscura. Lo sé. Porque estoy con él.—Nunca más vamos a hacer algo como esto, no voy a ponerte en peligro otra vez. Nunca más.Puedo

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   124- ¡MI HIJA!

    SalvadorLa rabia es ahora mismo más grande que el dolor, y me concentro en ella, porque sé que en el momento en que deje que mi mente y mi corazón asimilen sus palabras voy a derrumbar.Y no puedo hacerlo ahora.No cuándo Marina está en peligro, cuándo mi primo me necesita, cuándo él también está sufriendo su pérdida.No voy a dejar que el viejo infeliz me vea derrumbado, por eso inclino mi cabeza y pongo mis ojos en los suyos.—Eres una escoria. No vas a salirte con la tuya—le digo y el malnacido se ríe—Tal vez antes pudiste, pero ahora vamos a hacer que pagues por todo lo que nos hiciste. Te vas a pudrir en la cárcel.—Oh no, querido nieto, el único que va a pudrirse eres tú.Y entonces todo pasa como en cámara lenta.Veo como levanta el arma y el sonido del disparo llena mis oídos, incluso antes de que pueda pensar en responder, pero el dolor no llega y cuándo abro los ojos veo a Federico delante mio y al viejo tumbado en el suelo.Todas mis alarmas se encienden y cuándo me adelant

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   123 - Los mataste

    SalvadorTodo el cuerpo me tiembla cuando escucho la explosión. No necesito preguntar qué fue. Lo sé. Lo siento en los huesos. Joseph acaba de mover su primera ficha, y con eso, ha marcado el inicio de esta maldita partida final.Veo a los hombres del detective empezar a correr y ubicarse en sus posiciones, pero no es suficiente, ellos esperan órdenes, se mueven según las reglas y no entienden que en esta guerra las reglas se han desdibujado.Pero los entiendo, ellos están obligados a cumplirlas, pero no yo.Me pongo en pie sin siquiera pestañear y tomo mi arma metiéndola en la parte trasera del pantalón.—¡No puedes entrar! —grita el detective a mi espalda—. ¡Tenemos un perímetro! ¡Tenemos un plan!Pero no lo escucho. No lo quiero escuchar.—Lo siento, pero yo no soy un hombre que se quede de brazos cruzados —escupo, y ya estoy corriendo.Federico está justo detrás de mí. Su rostro refleja la misma mezcla de rabia, miedo y determinación que debo tener yo, él imita mis movimientos y an

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   122- Estoy contigo

    MarinaEstoy tratando que el miedo no se apodere de mí, no puedo paralizarme ahora, mucho menos cuándo aún no he visto a Clara.Pero el panorama no es para nada esperanzador, las cosas acaban de empezar y ya se han jodido.Han explotado el acceso a la fabrica.No hay escapatoria. No esta vez.La puerta se cierra tras de mí con un estruendo metálico que resuena en todo el complejo abandonado. El eco es frío. Inhumano. Mis pies están firmes sobre el suelo, pero siento que el corazón quiere salirse por la garganta. No puedo ver a Joseph aún, pero sé que está aquí. Su voz lo dejó claro en el altavoz: esto es personal.Respiro hondo. No puedo perder la calma. Cada segundo cuenta. Todavía tengo las cámaras en mis pupilas, el micrófono camuflado. Salvador y los demás deben estar viendo. Tengo que aprovecharlo.Mi mirada recorre el lugar. Techos altos, oxidados. Luz tenue. Cámaras en las esquinas. Estoy siendo observada. No solo por él… también por ellos. Por los míos. Quiero creerlo.Un ruido

  • Dulce Castigo: La chef curvy del Magnate   121- Una trampa

    SalvadorLas palabras de Marina aún resuenan en mi cabeza: “Voy a ir.”No debería dejarla. Mi cerebro me dice la tome de la cintura y la encierre en una habitación hasta que hayamos recuperado a Clara, pero si lo hago ella no me lo perdonaría.Por eso, aunque todo dentro de mí me grita que no, sé que no tenemos opción. No después del video de Clara, no después de la amenaza tan clara de Joseph, ni mucho menos cuándo el plazo hasta hoy a las 8:00. Y, joder… Marina no es solo valiente, es el corazón de todo esto.Pero eso no significa que voy a quedarme de brazos cruzados.—Tenemos que armar esto como una operación militar —digo, con el tono más firme que puedo. Estamos en el salón de la mansión. Todos están aquí: Alex, el detective, Joaquín, Daniel, Federico y Marina.Y bueno, mi primo es otra cosa. Federico está fuera de si. No ha dejado de culparse y la rabia… el odio que ha dejado ver hacía sí mismo me ha partido el alma, porque sé que no es de ahora, es de años de estar bajo la t

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status