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Capítulo 4: La oferta de Sebastian

Author: Cece Walken
last update Petsa ng paglalathala: 2026-06-18 11:21:46

La luz del amanecer se filtró gris y fría por el ventanal del cuarto de invitados, despertándome de un sueño ligero e intermitente. Me despojé de la gabardina y de la lencería blanca que ahora descansaban en el fondo de un cajón, reemplazándolas por un sencillo vestido negro de punto que guardaba en mi bolso de mano. Mi mente ya no estaba nublada por el dolor; la humillación se había transformado en un cálculo frío. Tenía que recoger mis documentos personales y mis carpetas de auditoría de mi oficina externa antes de que Brandon intentara bloquear mis accesos.

Dos horas más tarde, mientras caminaba por la acera lateral del edificio de consultoría, el chirrido de unos neumáticos me hizo detenerme en seco. Un sedán deportivo de lujo se detuvo junto a mí. La puerta del conductor se abrió de golpe y Brandon bajó, luciendo un aspecto desastroso. Su esmoquin de la noche anterior estaba arrugado, y su cabello, usualmente perfecto, se encontraba completamente desarreglado. Su rostro se iluminó con una mezcla de alivio y desesperación al verme.

—¡Abigail! —exclamó, intentando tomarme de los brazos, pero retrocedí dos pasos, esquivando su contacto con un desprecio absoluto—. Llevo toda la noche buscándote. Fui a tu apartamento, llamé a tus amigas... Pensé que habías cometido una locura. Lo de Penélope fue un error estúpido, una debilidad de última hora antes del matrimonio. No significa nada. Tienes que perdonarme. Falta menos de una semana para la boda. Si no nos casamos, mi abuelo Maximilian congelará mis cuentas de inmediato.

Miré al hombre con el que pretendía pasar el resto de mi vida. Su descaro era monumental. No estaba allí por remordimiento hacia mí; estaba allí porque su preciado estilo de vida pendía de un hilo.

—No hay ninguna boda, Brandon —le respondí, manteniendo una calma que pareció descolocarlo—. Se acabó. Puedes casarte con Penélope si tanto te urge un contrato nupcial. 

La súplica en los ojos de Brandon se desvaneció en un segundo, siendo reemplazada por la arrogancia Laurent que tanto conocía. Dio un paso hacia mí, acorralándome contra la pared de piedra del edificio.

—No seas ingenua, Abigail —siseó, y su voz se volvió áspera y amenazante—. ¿Crees que puedes dejarme y salir ilesa? Si cancelas la boda y destruyes mi reputación ante mi abuelo, me aseguraré de que no vuelvas a conseguir un empleo en el sector financiero de este país. Mi familia controla las firmas de auditoría más grandes de la ciudad. Te quedarás en la miseria. Vas a regresar conmigo a esa suite y vamos a continuar con los planes, te guste o no.

Extendió la mano con brusquedad para sujetarme de la muñeca, pero antes de que sus dedos rozaran mi piel, una sombra colosal se proyectó sobre nosotros.

Una mano larga y fuerte interceptó el brazo de Brandon en el aire, apretándolo con una fuerza tan descomunal que mi ex prometido soltó un gemido de dolor, doblándose de rodillas de inmediato. Me giré y me encontré con la figura imponente de Sebastian Laurent. Vestía un traje de tres piezas azul marino impecable, y sus ojos grises destilaban una furia tan contenida que hacía que el ambiente se sintiera gélido. Detrás de él, dos de sus guardaespaldas de confianza se posicionaron a los lados de la acera, cortando cualquier ruta de escape.

—Aprende a mantener tus manos quietas, Brandon —sentenció Sebastian. Su voz grave atravesó el silencio de la calle con una calma tan gélida que resultó más intimidante que cualquier grito—. Te advertí anoche que tu falta de autocontrol te costaría caro. Amenazar a una mujer en la vía pública no es el comportamiento que el consejo de administración espera de un director. Regresa a tu auto antes de que decida llamar a la policía del condado para que te retire por acoso.

Brandon levantó la mirada hacia su tío, temblando de puro pánico. La sumisión que le profesaba al patriarca de la familia era absoluta. Se soltó del agarre, retrocedió tropezando con sus propios pies y subió a su auto sin mirar atrás, saliendo disparado de la avenida en cuestión de segundos.

Me quedé a solas con Sebastian en la acera. Mi respiración era un tanto errática, no por el miedo a Brandon, sino por la abrumadora presencia del hombre que acababa de aparecer como un espectro protector.

—Te lo advertí en la biblioteca, Abigail —dijo, dándose la vuelta para mirarme desde su impresionante altura. Su mirada recorrió mi vestido negro, deteniéndose en mis ojos indomables—. Mi sobrino es un cobarde desesperado. Sube al Maybach. El tiempo corre y es hora de que escuches la única oferta que te salvará de sus garras.

Esta vez no protesté. El encuentro con Brandon me había demostrado que el peligro era real y que necesitaba una armadura más fuerte que mi propio orgullo. Subí al auto, y en menos de veinte minutos nos encontrábamos de regreso en la biblioteca privada de la mansión.

Sebastian caminó hacia su escritorio de caoba, deslizó un pesado documento de piel sobre la superficie y lo abrió, revelando un contrato formal impreso en papel sellado de alta seguridad. Se apoyó contra el borde del mueble, cruzando los brazos, manteniéndome bajo su escrutinio gris.

—Esto es un contrato de colaboración matrimonial por el periodo estricto de un año —declaró con una frialdad ejecutiva que me devolvió la estabilidad—. Ante el mundo y ante la junta directiva, serás mi esposa. Declararemos que manteníamos un romance secreto y que decidiste dejar a Brandon al darte cuenta de quién es el verdadero líder de esta familia.

Me acerqué al escritorio, tomando el documento entre mis manos. Mis ojos devoraron cada línea con rapidez analítica.

—¿Y qué gano yo con esta farsa, señor Laurent? —lo desafié, sosteniéndole la mirada—. Las acciones de tu familia no se regalan por una simple actuación.

—Ganas el diez por ciento de las acciones de la división matriz al finalizar el año, lo que te convertirá en una mujer absurdamente rica e independiente —respondió, dando un paso hacia mí, reduciendo el espacio hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Pero sé que el dinero no es lo que buscas ahora. Así que añadí una cláusula especial. El lunes por la mañana, asumirás la Dirección Ejecutiva de la División de Gestión de Activos. El puesto de Brandon. Serás su jefa directa, la dueña de sus cuentas y la única persona que firmará sus bonos trimestrales. Tendrá que agachar la cabeza y mostrarte respeto cada día de su miserable vida.

El aire se me congeló en los pulmones. Era una propuesta audaz, una alianza con el mismísimo demonio corporativo, pero era la venganza perfecta. Brandon me había robado mis ideas; ahora yo le quitaría su legado desde el brazo del hombre al que más temía.

—Cláusula de no intimidad. Dormitorios separados en esta casa. Nada de contacto físico real fuera de los eventos públicos —sentencié, clavando mis ojos en los suyos.

Sebastian sonrió de medio lado, una mueca oscura que me aceleró el pulso. Se inclinó hacia mí, su rostro a tan solo centímetros del mío, permitiendo que la tensión latente entre nosotros volviera a encenderse en el silencio de la biblioteca.

—Cumplo mis acuerdos, Abigail. No tocaré tu piel a menos que tú me lo supliques —susurró, extendiéndome una estilográfica de oro—. ¿Tenemos un trato?

Tomé la pluma con dedos firmes, sosteniéndole la mirada desafiante. Con un trazo rápido y decidido, firmé mi nombre al pie del documento.

—Tenemos un trato, tío Sebastian —respondí, y la última palabra cayó entre nosotros como el inicio de una guerra silenciosa.

 

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