INICIAR SESIÓN—Ya no soy joven, Joe —dijo en voz baja.
Alzó la cabeza y la miró con una intensidad que le heló la sangre.
—Y mis padres tampoco.
El corazón de Jovanka latía con violencia, mientras su rostro perdía todo color.
—Lo único que desean es verme casado… y con hijos —continuó con frialdad—. Pero ¿cómo voy a casarme con la mujer que ellos elijan si ya tengo esposa? ¿Y cómo puedo decirles que estoy casado… si mi propia esposa insiste en ocultarlo?
Altezza inhaló profundamente y soltó el aire despacio, como si así pudiera contener la tormenta que llevaba dentro.
—Soy su único hijo. Y su único sueño—que también es el mío—es tener descendencia que continúe con nuestro apellido. —Su voz se volvió más grave—. Si no puedes cumplir el deseo de mis padres… ¿no podrías, al menos, considerar que casarme contigo y tener hijos contigo es mi propio sueño?
La profundidad de sus palabras dejó a Jovanka sin fuerzas.
Se levantó lentamente y avanzó hacia él, como si cada paso pesara el doble. Intentó tomar su rostro entre sus manos, pero Altezza apartó la cara de inmediato.
El gesto fue como un golpe.
Jovanka terminó sentándose en el suelo frente a él. Alzó la mirada, suplicante, con los ojos brillantes por las lágrimas, mientras sus manos se aferraban a las piernas de Altezza.
—Lo sé… lo entiendo… —susurró, con la voz quebrada—. Pero, Al, por favor… solo una vez más. Te lo prometo… esta será la última.
Un sollozo escapó de sus labios.
Altezza bajó la mirada. Sus manos, que hasta entonces permanecían en los bolsillos, salieron para sujetar los brazos de Jovanka y ayudarla a ponerse de pie con suavidad.
Por un instante, ella creyó que la había perdonado.
Abrió los brazos, intentando abrazarlo… pero Altezza la detuvo antes de que pudiera alcanzarlo. Sus delgados brazos quedaron suspendidos en el aire, incapaces de rodear su cuerpo.
—Estoy cansado, Joe… —dijo Altezza mientras la hacía sentarse en la silla del tocador.
—Te amo. Pero eso no significa que tenga que seguir cumpliendo todos tus deseos.
Se alejó de ella. Esta vez caminó hasta el gran ventanal de la habitación, cubierto por unas cortinas traslúcidas que dejaban pasar la luz.
—He sido muy tolerante contigo todo este tiempo. Siempre te he apoyado para que alcances tus sueños. Te he dejado hacer lo que quisieras… incluso te juré que nunca te obligaría a dejar tu carrera ni a convertirte en ama de casa, como siempre imaginé que sería mi esposa.
Su voz se mantenía firme, pero cada palabra llevaba un peso que oprimía el pecho de Jovanka.
—Acepté mantenerme al margen de tu carrera. Te dejé viajar, convertirte en una modelo que cruza continentes. No quise atarte… aunque lo único que deseaba era que estuvieras a mi lado, así como yo siempre he estado para ti.
Hizo una pausa breve, como si necesitara reunir fuerzas.
—Lo único que te pedí fue que hiciéramos oficial nuestro matrimonio. Al menos, decírselo a mi familia… a las personas que amo y respeto. Que supieran que eres mi esposa. No solo para que mi madre deje de intentar emparejarme con otras mujeres, sino también para darle tranquilidad… para que sepa que su hijo ya tiene a la mujer que ama, alguien que lo acompañará hasta el final de su vida.
Su tono descendió, volviéndose más profundo, más cargado.
—Y también quería que tuvieras un hijo conmigo. Aunque fuera uno solo… un heredero. Un niño que me reciba con una sonrisa cuando vuelva a casa, cansado de trabajar. No te pedía que lo criaras todo el tiempo… solo quería su presencia en medio de mi soledad. Y tú aceptaste eso… antes.
La frustración se filtró, imposible de contener.
—He cedido demasiado, Joe. Incluso cuando el año pasado me pediste más tiempo por ese contrato que, según tú, no podías romper—cuando yo ya estaba dispuesto a pagar cualquier penalización—, aun así te di la razón.
Su voz se endureció.
—¿Pero ahora? ¿Sin siquiera hablarlo conmigo, firmas otro contrato? —La miró, con frialdad—. ¿Qué crees que soy para ti, eh?
Jovanka rompió en llanto.
Las lágrimas caían sin que pudiera detenerlas. En seis años de relación, era la primera vez que lloraba por culpa de Altezza. No por un golpe, no por dolor físico… sino por la frialdad de su voz.
Sí… aquella voz distante y helada dolía mucho más que cualquier grito o insulto.
Durante todo el tiempo que llevaban conociéndose, Altezza nunca había sido brusco con ella, ni con palabras ni con acciones. Jamás intentó controlarla ni imponerle su voluntad. Y precisamente por eso Jovanka se había enamorado de aquel hombre de sangre italiana. Porque, detrás de su imponente físico, Altezza tenía un corazón increíblemente suave… y frágil.
Jovanka era consciente de que había abusado demasiado de esa bondad. Debería sentirse afortunada de que él la hubiera elegido.
Altezza la adoraba. La amaba con una intensidad absoluta, incluso desde antes de que ella fuera alguien en el mundo. Él había estado a su lado desde el inicio de su carrera. Él la había impulsado a perseguir sus sueños. Él siempre había cedido… mientras que ella, en cambio, no había sabido valorar nada y, con el tiempo, se había vuelto cada vez más egoísta.
Pero así era Jovanka.
Ambiciosa.
No quería perder ni a Altezza… ni su carrera. Y estaba convencida de que el amor de ese hombre por ella era tan grande que, una vez más, terminaría cediendo.
Aferrándose a esa certeza, Jovanka se puso de pie, caminó hacia él y lo abrazó por la espalda. Apoyó la cabeza en su firme espalda mientras sus manos comenzaban a deslizarse por su pecho, intentando calmarlo a su manera.
Pero, en lugar de corresponder al abrazo, Altezza tomó sus brazos y la giró hacia él. Bajó la cabeza hasta quedar frente a frente, sus miradas chocando.
—Ya has puesto a prueba mi paciencia más que suficiente, Joe —dijo con frialdad—. Si aun así decides irte, no me culpes cuando esta vez tome medidas drásticas.
Y, sin besar su frente como solía hacer, Altezza la dejó atrás.
Jovanka se quedó allí, inmóvil, con los brazos cayendo sin fuerza a los lados de su cuerpo.
Adaline negó lentamente con la cabeza.—No me molesta.—Sinceramente, no pretendo menospreciarte por evitar la manera convencional. Es solo que, por lo que sé, las mujeres normalmente quieren intimar con un hombre al que aman. Y ambos sabemos que ahora mismo no hay amor entre nosotros. Estoy intentando respetar tu cuerpo.Altezza dejó escapar una risita.—Además, soy de esos hombres a los que les gusta el contacto físico. Me preocupa que, si empiezo una vez, después no pueda detenerme y termine queriendo más.Las mejillas de Adaline se tiñeron de un rojo aún más intenso.—Por supuesto, sería completamente natural, teniendo en cuenta que ahora somos marido y mujer legalmente —continuó Altezza con un guiño travieso—. Pero aun así, no quiero que pienses que estoy aprovechándome de la situación. A menos que de verdad estés dispuesta y no te moleste que empiece a tocarte, acariciarte, besarte en...—¡Basta! ¡Ya es suficiente, señor! —Adali
Adaline levantó ligeramente la mirada y asintió.—Lo recuerdo.—¿Qué te pedí que hicieras?—Me pidió que diera a luz a su hijo —respondió Adaline con formalidad.Altezza asintió lentamente.—¿Y?—Eso fue todo.—De acuerdo. Sé que deberíamos haber hablado de esto antes de la boda. Lo siento por haber estado tan ocupado y no haber encontrado el momento para contártelo. —Altezza hizo una pausa y contuvo el aliento durante unos segundos—. En realidad, no es que no tuviera tiempo. Quizá simplemente estaba buscando excusas para seguir posponiéndolo. Mientras tanto, mi madre se adelantó y lo organizó todo sin tener en cuenta mis planes.Altezza respiró profundamente, clavando la mirada en los ojos dorados de Adaline.—No sé si esto te hará daño o no. Al principio, este secreto solo lo conocíamos Antony y yo. Pero, por lo que dijo mi padre hace un rato —a menos que lo haya entendido mal—, parece que él también lo sabe. Así que t
Altezza levantó la cabeza al oír que se abría la puerta del baño.Adaline salió, con su pequeña figura envuelta en un albornoz negro del hotel que le quedaba demasiado grande y colgaba holgadamente de su cuerpo, cubriéndola hasta media pantorrilla.—¿Acaso no se supone que ese es mío? —preguntó Altezza al notar que Adaline miraba alrededor de la habitación.—¿Eh? Ah, esto... bueno, yo... —Adaline volvió a mirar por los rincones de la habitación—. ¿Has visto por aquí alguna bolsa de tela negra? Ayer traje una muda de ropa y dejé la bolsa sobre la encimera del baño. Esta mañana todavía estaba allí, pero ahora ha desaparecido.Hablaba confundida mientras recorría la habitación en busca de la bolsa.Altezza frunció el ceño mientras observaba los movimientos de su esposa.—Quizá la dejaste en otra habitación —sugirió Altezza mientras se levantaba de la cama y caminaba tranquilamente hacia el baño—. Pero ¿podrías quitarte primero ese albornoz? Si
El comentario, pronunciado en voz baja, fue recibido de inmediato por un coro de carraspeos procedentes de los familiares mayores, seguido por un silbido todavía más estridente de Gian.Adaline levantó la cabeza y miró directamente a los ojos dorados de Altezza. Su rostro se volvió de un rojo intenso, no por el rubor que llevaba en las mejillas, sino por la vergüenza abrumadora que se apoderó de ella.Altezza sostuvo su mirada con una cálida sonrisa.—Por favor, intercambien los anillos de boda —indicó el maestro de ceremonias.Altezza tomó la alianza de oro del estuche de joyería que Duncan le tendía. Lentamente, se la deslizó en el delicado dedo de Adaline antes de levantarle suavemente la mano y depositar un beso sobre su dorso.El roce de sus labios contra la piel de Adaline le provocó a Altezza un extraño y agradable estremecimiento en el pecho.—Novio, por favor, bese a la novia en la frente.Altezza se acercó un poco más y dejó
Adaline ya había bajado al salón principal y había quedado al cuidado de una maquilladora y de varios miembros del equipo de organización del evento encargados de atenderla. Se acomodó en un rincón del sofá, con la mirada fija en la pantalla plana que brillaba frente a ella. El monitor transmitía en directo la ceremonia de boda que se estaba celebrando en el salón de baile principal.Adaline no tenía idea de cuántos camarógrafos había contratado la familia Quirino para inmortalizar aquel momento sagrado. Fuera cual fuera el número, las cámaras habían conseguido dejarla maravillada. La majestuosidad de la decoración que llenaba el salón era sencillamente impresionante, y sus dudas de hacía apenas unos instantes se desvanecieron momentáneamente ante semejante magnificencia.Todo era lujoso y hermoso, algo que Adaline jamás había imaginado que llegaría a experimentar en su vida.—El novio acaba de entrar al salón —se escuchó decir a uno de los miembros del personal
—Activándome de deseo cuando escuche su dulce voz.Su respuesta hizo que su padre, Benjamin Quirino, tuviera que contener a duras penas la risa. Delila se quedó mirando a su hijo con los ojos muy abiertos.—Imagínate lo que es para mí. Llevo días obligándome a no pensar en mi futura esposa ni a echarla de menos. Y, de repente, la llamo solo para consolarla, y todos esos pensamientos que he estado intentando reprimir volverán de golpe.—Ma, ahora mismo estoy en el punto más alto de mi libido. Si no consigo controlarme porque no dejan de aparecerme imágenes eróticas de mi futura esposa en la cabeza, ¿de verdad quieres que me pase el tiempo en el baño...?Delila le tapó la boca a su hijo con su regordeta mano antes de que pudiera terminar.—¡No te atrevas a decir ni una palabra más, Altezza Quirino! —gruñó, manteniendo la mano firmemente sobre su boca.Altezza, travieso, lamió la palma de su madre.Delila se estremeció de asco y se limpi







