ログインUnas horas después, en un club.
Altezza gruñó por lo bajo antes de dar otro trago a su bebida—ya había perdido la cuenta de cuántos llevaba. El ardor y el amargor que descendían por su lengua y su garganta, que esperaba pudieran aliviar al menos un poco la opresión en su pecho causada por la decepción que Jovanka le había dejado, solo conseguían frustrarlo aún más.
Antony Quirino—su primo por parte de padre, a quien había llamado justo antes de entrar al club—se sentó a su lado, observándolo con el ceño fruncido.
—No me digas que me hiciste venir hasta aquí solo porque quieres emborracharte y que te haga de chófer, primo —murmuró, balanceando su vaso sin intención alguna de beberlo.
—No te obligué a quedarte —respondió Altezza, con la voz ya ligeramente pastosa—. Eres tú quien sigue pegado a mí.
Esbozó una sonrisa torcida antes de llevarse otra vez la bebida a los labios.
Antony le devolvió una sonrisa burlona. Lo observó de reojo y negó con la cabeza. Su primo estaba hecho un desastre. Y, por mucho que quisiera desentenderse, no podía simplemente dejarlo solo en ese estado. Cuando Altezza bebía, podía volverse impredecible… y, en el peor de los casos, acabar cayendo en las trampas de las mujeres que siempre lo acechaban.
—¿Cómo está mi sobrina? —preguntó de pronto Altezza.
Antony arqueó una ceja. Era evidente que había sacado el tema de su hija para desviar la conversación y evitar hablar de sus propios problemas… esperando, de paso, que él le siguiera el juego.
—¿Flavia? Está bien —respondió con calma.
Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Altezza. Pasó un brazo por los hombros de Antony, dándole una palmada y apretando con fuerza su brazo.
—Qué suerte tienes de tener una hija así, primo… Es hermosa, buena, obediente… y lista. Cuando crezca, va a tener a muchos hombres detrás de ella —dijo, con las palabras ligeramente arrastradas, pero aún comprensibles—. Si Dios me concediera tener un hijo… le pediría que fuera como Flavia.
Su voz bajó, volviéndose más áspera.
—Pero parece que ni siquiera eso puedo tener todavía… Así que tú… no vuelvas a descuidar a mi sobrina, primo.
El tono brusco hizo que Antony frunciera el ceño y lo mirara con seriedad antes de negar con la cabeza. Altezza no solía mencionar el desastre de su vida familiar ni su error al haber ignorado a su única hija sin razón.
—Entonces, ¿qué es lo que pasó esta vez? —insistió Antony—. No te emborrachas sin motivo… ¿por qué de pronto sacas a relucir a mi hija? —Lo miró con suspicacia—. ¿Estás burlándote de mí? Sabes perfectamente que estoy intentando arreglar mi vida.
Altezza soltó una risa baja, cargada de sarcasmo.
—¿Arreglarla, eh?
—Por eso me trasladé a la sucursal de la empresa —replicó Antony con sequedad.
Altezza dejó escapar una carcajada burlona.
—Antony, sé muy bien por qué te mudaste a la sucursal… y no fue precisamente por Flavia. —Una sonrisa cínica curvó sus labios—. ¿No te fuiste porque querías llamar la atención de la señorita Hampton? —añadió con veneno—. Me usaste como chivo expiatorio y me encajaste todo tu maldito trabajo para ir detrás de Claire Hampton… cuando sabes perfectamente que tengo mi propia empresa y mil cosas más de las que ocuparme.
Gruñó, visiblemente irritado.
—No voy a disculparme por eso —respondió Antony con una sonrisa burlona.
—¿De verdad crees que vas a conseguir a Claire, eh? —replicó Altezza, mirándolo con evidente sarcasmo.
—¿Y por qué no? Aunque le lleve quince años, sigo teniendo el encanto suficiente para hacer que las chicas jóvenes caigan rendidas —contestó Antony con orgullo.
Altezza soltó una carcajada, negando con la cabeza mientras lo observaba.
—Parece que se te ha pegado el narcisismo de Gian —dijo, mencionando al más joven de sus primos—. Mi consejo: mejor renuncia a Claire… y déjame a mí encargarme de conquistarla.
La seguridad en su voz hizo que Antony frunciera el ceño, claramente molesto.
—¿Por qué Claire? —preguntó con dureza.
Nunca se le había pasado por la cabeza que Altezza pudiera interesarse por Claire Hampton. Durante años, su primo había sido completamente fiel—casi obsesivo—con Jovanka Lawrence. Pero más que eso, la idea de tener que competir con él por una mujer le resultaba especialmente desagradable.
Altezza se encogió de hombros, como si no tuviera importancia.
—Porque es más adecuada para mí. Además de ser hermosa y atractiva, me entiendo muy bien con ella. Sinceramente, sería una buena esposa… y una buena madre. Mis padres la aprobarían. Y, más importante aún, Flavia la adora. —Una leve sonrisa curvó sus labios—. De hecho, fue Flavia quien me sugirió que me casara con Claire. Dice que quiere que seamos una familia de verdad… con ella.
Antony soltó un resoplido, negando con incredulidad.
—Imposible que Flavia te haya dicho algo así.
—Si no me crees, pregúntaselo tú mismo —respondió Altezza con calma—. Está fascinada con Claire. Tus padres también la aprecian. Y si a la tía Brianna le gusta, estoy seguro de que a los míos también les agradará.
Dio otro trago a su bebida antes de continuar:
—Además, Flavia dice que Claire cocina de maravilla. Y ya sabes cuánto me gustan las mujeres así.
Su tono se volvió deliberadamente casual.
—Recuerdas perfectamente qué tipo de mujer siempre he querido, ¿no? Una buena esposa, una mujer de hogar… Y, sinceramente, Claire parece la candidata perfecta.
Volvió a beber.
Por dentro, Altezza no pudo evitar sonreír al notar el cambio en la expresión de su primo. En realidad, no tenía ningún interés en Claire Hampton. Todo aquello no era más que una provocación dirigida a Antony.
Porque, a pesar de todo, Altezza jamás sería el tipo de hombre que le arrebataría a su propio primo a la mujer que le gustaba.
Adaline negó lentamente con la cabeza.—No me molesta.—Sinceramente, no pretendo menospreciarte por evitar la manera convencional. Es solo que, por lo que sé, las mujeres normalmente quieren intimar con un hombre al que aman. Y ambos sabemos que ahora mismo no hay amor entre nosotros. Estoy intentando respetar tu cuerpo.Altezza dejó escapar una risita.—Además, soy de esos hombres a los que les gusta el contacto físico. Me preocupa que, si empiezo una vez, después no pueda detenerme y termine queriendo más.Las mejillas de Adaline se tiñeron de un rojo aún más intenso.—Por supuesto, sería completamente natural, teniendo en cuenta que ahora somos marido y mujer legalmente —continuó Altezza con un guiño travieso—. Pero aun así, no quiero que pienses que estoy aprovechándome de la situación. A menos que de verdad estés dispuesta y no te moleste que empiece a tocarte, acariciarte, besarte en...—¡Basta! ¡Ya es suficiente, señor! —Adali
Adaline levantó ligeramente la mirada y asintió.—Lo recuerdo.—¿Qué te pedí que hicieras?—Me pidió que diera a luz a su hijo —respondió Adaline con formalidad.Altezza asintió lentamente.—¿Y?—Eso fue todo.—De acuerdo. Sé que deberíamos haber hablado de esto antes de la boda. Lo siento por haber estado tan ocupado y no haber encontrado el momento para contártelo. —Altezza hizo una pausa y contuvo el aliento durante unos segundos—. En realidad, no es que no tuviera tiempo. Quizá simplemente estaba buscando excusas para seguir posponiéndolo. Mientras tanto, mi madre se adelantó y lo organizó todo sin tener en cuenta mis planes.Altezza respiró profundamente, clavando la mirada en los ojos dorados de Adaline.—No sé si esto te hará daño o no. Al principio, este secreto solo lo conocíamos Antony y yo. Pero, por lo que dijo mi padre hace un rato —a menos que lo haya entendido mal—, parece que él también lo sabe. Así que t
Altezza levantó la cabeza al oír que se abría la puerta del baño.Adaline salió, con su pequeña figura envuelta en un albornoz negro del hotel que le quedaba demasiado grande y colgaba holgadamente de su cuerpo, cubriéndola hasta media pantorrilla.—¿Acaso no se supone que ese es mío? —preguntó Altezza al notar que Adaline miraba alrededor de la habitación.—¿Eh? Ah, esto... bueno, yo... —Adaline volvió a mirar por los rincones de la habitación—. ¿Has visto por aquí alguna bolsa de tela negra? Ayer traje una muda de ropa y dejé la bolsa sobre la encimera del baño. Esta mañana todavía estaba allí, pero ahora ha desaparecido.Hablaba confundida mientras recorría la habitación en busca de la bolsa.Altezza frunció el ceño mientras observaba los movimientos de su esposa.—Quizá la dejaste en otra habitación —sugirió Altezza mientras se levantaba de la cama y caminaba tranquilamente hacia el baño—. Pero ¿podrías quitarte primero ese albornoz? Si
El comentario, pronunciado en voz baja, fue recibido de inmediato por un coro de carraspeos procedentes de los familiares mayores, seguido por un silbido todavía más estridente de Gian.Adaline levantó la cabeza y miró directamente a los ojos dorados de Altezza. Su rostro se volvió de un rojo intenso, no por el rubor que llevaba en las mejillas, sino por la vergüenza abrumadora que se apoderó de ella.Altezza sostuvo su mirada con una cálida sonrisa.—Por favor, intercambien los anillos de boda —indicó el maestro de ceremonias.Altezza tomó la alianza de oro del estuche de joyería que Duncan le tendía. Lentamente, se la deslizó en el delicado dedo de Adaline antes de levantarle suavemente la mano y depositar un beso sobre su dorso.El roce de sus labios contra la piel de Adaline le provocó a Altezza un extraño y agradable estremecimiento en el pecho.—Novio, por favor, bese a la novia en la frente.Altezza se acercó un poco más y dejó
Adaline ya había bajado al salón principal y había quedado al cuidado de una maquilladora y de varios miembros del equipo de organización del evento encargados de atenderla. Se acomodó en un rincón del sofá, con la mirada fija en la pantalla plana que brillaba frente a ella. El monitor transmitía en directo la ceremonia de boda que se estaba celebrando en el salón de baile principal.Adaline no tenía idea de cuántos camarógrafos había contratado la familia Quirino para inmortalizar aquel momento sagrado. Fuera cual fuera el número, las cámaras habían conseguido dejarla maravillada. La majestuosidad de la decoración que llenaba el salón era sencillamente impresionante, y sus dudas de hacía apenas unos instantes se desvanecieron momentáneamente ante semejante magnificencia.Todo era lujoso y hermoso, algo que Adaline jamás había imaginado que llegaría a experimentar en su vida.—El novio acaba de entrar al salón —se escuchó decir a uno de los miembros del personal
—Activándome de deseo cuando escuche su dulce voz.Su respuesta hizo que su padre, Benjamin Quirino, tuviera que contener a duras penas la risa. Delila se quedó mirando a su hijo con los ojos muy abiertos.—Imagínate lo que es para mí. Llevo días obligándome a no pensar en mi futura esposa ni a echarla de menos. Y, de repente, la llamo solo para consolarla, y todos esos pensamientos que he estado intentando reprimir volverán de golpe.—Ma, ahora mismo estoy en el punto más alto de mi libido. Si no consigo controlarme porque no dejan de aparecerme imágenes eróticas de mi futura esposa en la cabeza, ¿de verdad quieres que me pase el tiempo en el baño...?Delila le tapó la boca a su hijo con su regordeta mano antes de que pudiera terminar.—¡No te atrevas a decir ni una palabra más, Altezza Quirino! —gruñó, manteniendo la mano firmemente sobre su boca.Altezza, travieso, lamió la palma de su madre.Delila se estremeció de asco y se limpi







