INICIAR SESIÓNPOV ELENA
El crujido de las pesadas puertas principales al cerrarse fue el golpe de gracia que decretó mi soledad. El silencio, interrumpido únicamente por el goteo lejano de la cera de los cirios moribundos y el tic-tac monótono del reloj de la sacristía.
Me quedé inmóvil en el órgano, con los dedos aún flotando sobre las teclas, respirando el aroma residual a incienso y humo. Mi pecho subía y bajaba con prisa, como si acabara de correr una maratón en lugar de haber estado sentada simulando ser la perfecta y devota Elena.
No podía seguir así. La fricción de la ropa interior contra mi intimidad, encendida por las imágenes mentales del Padre Damián alzando el cáliz con sus manos grandes y venosas, se había vuelto una tortura insoportable. Tenía la piel de la nuca erizada y un latido constante, húmedo y exigente, devorándome los sentidos desde el vientre.
Bajé las escaleras de caracol del coro con pasos torpes, cuidando de no pisar el dobladillo de mi falda gris, pero con el pulso acelerado por una urgencia ciega. La iglesia vacía parecía observarme a través de los ojos de vidrio de las estatuas de los santos, pero en ese momento, la culpa no era rival para la necesidad salvaje que me entumecía las piernas.
Crucé el pasillo lateral, buscando instintivamente el lugar más oscuro, el más apartado: el viejo confesionario de madera de roble, un cubículo estrecho que prometía ocultar mi demencia del resto del mundo.
Entré en el compartimento reservado para los penitentes. El espacio era tan reducido que mis hombros casi rozaban las paredes de madera tallada. El aire allí dentro era frío, confinado, impregnado de un olor a madera vieja y a los miles de secretos susurrados a lo largo de las décadas.
Me arrodillé sobre el duro reclinatorio de cuero gastado y cerré la portezuela a mis espaldas, sumergiéndome en una penumbra casi absoluta, rota apenas por los finos haces de luz que se colaban por la rejilla metálica que separaba mi cubículo del compartimento del sacerdote.
Apoyé las manos temblorosas contra la madera y dejé caer la frente, jadeando en la oscuridad. El calor me quemaba las mejillas. Estaba en la casa de Dios, a escasos metros de la sacristía donde el Padre Damián probablemente guardaba los ornamentos litúrgicos, y lo único que ocupaba mi mente era el deseo impío de ser destruida por él.
—Perdóname, Padre, porque he pecado... —susurré en voz alta, y mi propia voz, ronca y quebrada por la excitación, me devolvió un eco que me hizo estremecer.
No buscaba la absolución; buscaba desatar el nudo que me asfixiaba. Con dedos torpes y desesperados, me levanté un poco y tiré de la tela pesada de mi falda larga, subiéndola hasta mis caderas. La corriente de aire frío de la iglesia golpeó mis muslos desnudos, haciéndome jadear de golpe.
Deslicé mis manos por mis piernas, sintiendo la piel de gallina, hasta alcanzar el borde de mi ropa interior de algodón. Estaba empapada. El tejido liso estaba completamente pegado a mi carne, un testimonio físico de la profanación mental que llevaba cometiendo toda la tarde.
Aparté la tela hacia un lado con una mano, dejando mi intimidad expuesta a la penumbra del confesionario, y apoyé la otra mano contra la pared de madera para sostenerme.
Cuando mi propio dedo medio rozó el centro de mi coño, un gemido agudo escapó de mis labios, rebotando en el espacio cerrado. Estaba tan sensible que el más mínimo contacto me hizo arquear la espalda.
—Dios mío... —gemí, cerrando los ojos con fuerza, imaginando que no era mi mano la que me tocaba, sino los dedos largos y fuertes del Padre Damián—. Damián...
Comencé a mover los dedos en un ritmo lento, tortuoso, frotando la piel caliente y húmeda mientras mi mente volaba sin frenos. En la oscuridad de mis párpados, lo vi de nuevo: vi su mandíbula cuadrada rozando mi cuello con esa barba áspera de dos días; imaginé su cuerpo imponente, sus casi un metro noventa de pura fibra muscular, acorralándome contra los paneles de este mismo confesionario. Visualicé la tela basta de su sotana negra rozando la delicadeza de mi piel blanca, y el contraste erótico de su figura oscura devorando mi supuesta inocencia me hizo acelerar el movimiento de los dedos.
—Quiero sus manos en mis caderas —susurré, perdiendo por completo el filtro de la cordura, desnudando mis fantasías más explícitas en voz alta en medio del santuario—. Quiero que me mires con esos ojos negros mientras me desgarras la falda... quiero sentir el peso de tu cuerpo, Damián... hazme tuya aquí mismo... rompe mi pureza, ordéname lo que quieras...
Mis propias palabras actuaron como un combustible letal. El roce se volvió más rápido, más húmedo, más caótico. El sonido de mis fluidos y de mi respiración entrecortada llenaba el cubículo de una atmósfera densa, sucia, deliciosamente prohibida. La tensión en mi vientre se acumuló como una cuerda tensada al límite; sentía las pulsaciones en todo el cuerpo, el corazón golpeándome las costillas con violencia.
Estaba a solo unos segundos de romperme, al borde de un orgasmo devastador impulsado por la pura obsesión hacia el hombre que vestía los hábitos del Altísimo.
Apreté los dientes, conteniendo el aire, entregándome por completo al clímax inminente que ya congelaba mis músculos en una deliciosa agonía.
Pov ElenaEl cielo sobre el cementerio de San Judas amaneció cubierto por una capa densa de niebla gris. El frío de la montaña se me colaba por los huesos, pero no sentía frío; el calor de la mano de Damián, sujetando la mía con una fuerza inquebrantable, era mi único refugio.El coche fúnebre que contratamos desde la ciudad vecina acababa de colocar el ataúd de la tía Beatriz sobre el foso de tierra fresca. A nuestro alrededor no había multitudes, ni cánticos de la iglesia local, ni las caras falsas de los vecinos que la noche anterior nos escupían veneno. Solo estábamos nosotros tres: Damián, nuestro hijo Lucas y yo. Había ordenado que el sepelio fuera completamente privado, pagando a los sepultureros para que nos dejaran a solas en el momento final.Me acerqué al borde de la tumba, sosteniendo una sola rosa blanca entre las manos. Lucas observaba en silencio desde los brazos de su padre, sintiendo el peso del momento.—Gracias por haberme querido cuando nadie más lo hacía, tía —mur
Pov DamiánEl letrero de madera carcomida por la humedad le dio la bienvenida a la camioneta como un aviso de advertencia: Bienvenidos a San Judas. El aire en este valle no había cambiado nada en quince años; seguía oliendo a pino húmedo, a tierra fría y a esa rancia sensación de santidad fingida que se pega a los pulmones.Apreté el volante de cuero con la fuerza suficiente para blanquear los nudillos. A mi lado, Elena mantenía la mirada fija en las casas de piedra y adobe que comenzaban a aparecer a los lados del camino. Estaba pálida, con la mandíbula tensa y una lágrima seca marcada en la mejilla. En el asiento trasero, Lucas dormía profundamente, ajeno por completo a que el suelo que pisábamos era el mismo donde la moral de este pueblo pretendió enterrar a sus padres.Estacioné el vehículo frente a la pequeña casa de madera de la tía Beatriz. En el porche, la luz de unas cuantas velas parpadeaba contra el viento de la tarde. El ataúd de madera sencilla descansaba en la sala princ
Pov ElenaLa mañana en Los Ángeles se anunciaba brillante y tranquila. Estaba en la isla de la cocina sirviendo un vaso de jugo para Lucas, mientras escuchaba el murmullo de la televisión de fondo y el sonido suave del periódico que Damián pasaba en la mesa. Era una rutina doméstica pacífica, el tipo de paz que nos costó años conquistar y que valoraba con cada fibra de mi ser.Entonces, el teléfono sonó.No era el tono de la línea corporativa ni la alarma del sistema de seguridad. Era mi teléfono personal, un número que muy pocas personas tenían. Al mirar la pantalla, vi un prefijo desconocido, pero el código de área me hizo congelar la mano a milímetros del cristal.Era el código del condado de San Judas.Damián levantó la vista del periódico al instante. Su mirada se volvió afilada, intuyendo la alteración en mi energía antes de que yo dijera una sola palabra.Con los dedos temblorosos, deslicé la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.—¿Bueno? —mi voz salió más débil de lo que
Pov DamiánEl sonido seco del motor V8 de mi auto resonaba con firmeza en el garaje subterráneo de nuestro edificio en la zona más exclusiva de Los Ángeles. Apagué el contacto y permanecí unos segundos en silencio, observando el volante de cuero antes de mirar a Elena, quien retochaba su lápiz labial en el espejo de cortesía.Quince años. Quince años desde que colgué la sotana en aquel armario de madera carcomida en San Judas y quemé las naves detrás de mí.A veces, cuando el mundo financiero trata de presionarme en una negociación millonaria, me entra una risa amarga e interna. Ellos creen que están lidiando con un simple magnate inmobiliario educado en el rigor del negocio de mi padre. No tienen idea de que la verdadera disciplina, el arte de la manipulación y la frialdad la aprendí escuchando las miserias de la gente al otro lado de una rejilla de madera, fingiendo que me importaba su redención mientras en lo único en lo que pensaba era en la carne, en el aroma y en la perdición de
Pov ElenaLas luces de Los Ángeles jamás se apagaban, y desde el ventanal del piso cuarenta de la torre corporativa de nuestra firma inmobiliaria, la ciudad parecía una alfombra infinita de estrellas caídas. Era una vista imponente, despiadada y perfecta; exactamente como la vida que habíamos construido sobre las ruinas de lo que alguna vez fuimos.Ajusté la tela de seda de mi vestido color crema frente al espejo de mi oficina privada. Me observé unos segundos, deteniéndome en los detalles que el tiempo había transformado. A mis treinta y seis años, la muchacha asustadiza que vestía faldas grises por debajo de la rodilla, con el cabello recogido en trenzas apretadas que le dolían en el cuero cabelludo, no era más que un fantasma lejano. En su lugar, el reflejo me devolvía la imagen de una mujer impecable, segura de sí misma, envuelta en telas caras, joyas finas y un halo de poder que no le debía nada a nadie.Aquel pueblo opresivo llamado San Judas, con sus paredes de piedra helada, s
POV ELENA El rugido de la gran ciudad no se parecía en nada al silencio opresivo de San Judas. Aquí, a medianoche, las luces de neón parpadeaban contra el asfalto mojado por la lluvia y el eco del tráfico creaba un zumbido constante, ajeno y ensordecedor. Nadie me miraba. Al bajar del autobús que me había alejado para siempre de la plaza, de las partituras del órgano y de la sombra de la señora Marta, experimenté por primera vez el peso de la invisibilidad. Ya no era la organista huérfana; era simplemente una mujer caminando hacia su destino con un sobre de papel kraft apretado contra el pecho.El edificio de departamentos era una estructura moderna de concreto y vidrio, un monolito gris que se alzaba hacia el cielo nocturno. Subí por el ascensor en silencio, observando mi reflejo en el espejo de la cabina. Llevaba un vestido negro que jamás me habría atrevido a usar en el pueblo; el escote dejaba al descubierto la palidez de mi cuello y la seda se ceñía a mis caderas con una fluid







