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Capítulo 4: Química Sucia 

Autor: Joe Paz
last update Data de publicação: 2025-12-30 06:25:47

El lugar no tenía letrero, pero si sabías qué buscar, el olor te guiaba. Una mezcla dulce y picante, como jazmín podrido y formaldehído.

El "Aquelarre" de Cold Harbor no era una cabaña en el bosque. Era un antiguo invernadero industrial en los muelles, con los cristales empañados por la humedad y luces ultravioleta que teñían todo de un violeta enfermizo. Aquí, las Practicantes (brujas que habían cambiado los calderos por centrifugadoras) cocinaban la única cosa que mantenía la ciudad en paz: los inhibidores.

Kogan entró apartando unas cortinas de plástico grueso. El calor dentro era sofocante.

—Llegas tarde, chucho —dijo una voz rasposa desde el fondo.

Sybilla, la jefa de las Practicantes, estaba inclinada sobre un microscopio electrónico. No llevaba sombrero puntiagudo; llevaba una bata de laboratorio manchada de reactivos, guantes de látex negros y un cigarrillo colgando de la boca que desafiaba todas las normas de seguridad.

—Tuve un desvío —dijo Kogan, acercándose a la mesa de trabajo. Estaba llena de viales, sangre seca y una tablet con gráficos que subían y bajaban—. Marcus Hale dice que vuestra mercancía está defectuosa. Dice que los chicos se están transformando igual.

Sybilla soltó una carcajada seca y se quitó las gafas de protección. Tenía los ojos de un color gris lechoso, ciegos de nacimiento, pero Kogan sabía que ella veía cosas que él ni siquiera podía imaginar.

—Marcus Hale es un abogado con traje caro que no sabe distinguir un tubo de ensayo de un florero —escupió ella—. Mi química es perfecta, Kogan. La pureza es del 99%.

—Entonces, ¿por qué fallan? —Kogan apoyó las manos en la mesa de metal—. Vi a un chico esta noche. Tenía los ojos inyectados en pánico. Dijo que "escuchaba" algo.

La bruja se quedó quieta. Apagó el cigarrillo en una placa de Petri.

—Ven a ver esto.

Kogan se asomó al monitor conectado al microscopio. En la pantalla había una muestra de sangre. Las células se movían perezosas, rodeadas por el líquido azulado del inhibidor.

—Esta es la sangre de un Creciente bajo el efecto de la droga —explicó Sybilla. Luego, pulsó un botón en un generador de frecuencias—. Y esto es lo que pasa cuando simulo el "ruido" que está barriendo la ciudad.

En la pantalla, el caos. Al recibir la onda de sonido, las células de la sangre empezaron a vibrar. El líquido azul del inhibidor no se degradó; simplemente fue empujado fuera, como aceite huyendo del agua. La sangre hirvió, roja y furiosa.

—No es un fallo químico —sentenció Sybilla—. Es físico. Hay una frecuencia, una "Resonancia", que está separando el inhibidor de la sangre a nivel molecular. Es como intentar apagar un incendio con gasolina. Quienquiera que esté emitiendo este sonido... está anulando nuestra única defensa.

El teléfono de Kogan vibró en su bolsillo. Dos veces. Código de urgencia.

Lo sacó. Era un mensaje de texto. El remitente aparecía como "Servicio de Limpieza", pero Kogan sabía que era Arthur, el mayordomo de los Rozen. El viejo le debía un favor a Kogan desde hacía años, cuando Kogan sacó a su nieta de un lío con los vampiros.

El mensaje era corto: «La Secretaria de Estado estuvo aquí. Amenaza de purga total. Plazo: 7 días. Buscan una excusa. Ten cuidado.»

Kogan sintió cómo se le calentaba la sangre. No era el calor del invernadero. Era rabia pura.

Salió del laboratorio sin despedirse de Sybilla, empujando las cortinas de plástico con violencia, y salió a la noche lluviosa del muelle. El aire frío le golpeó la cara, pero no le enfrió la cabeza.

Marcó un número. Uno, dos tonos.

—¿Crowe? —La voz del Agente Miller sonaba cansada al otro lado—. Si llamas para pedir que te devuelva el teléfono del turista, la respuesta es no.

—Vete al infierno, Miller —gruñó Kogan. Caminaba rápido por el muelle, pateando un charco—. ¿Qué coño estáis jugando?

—¿Disculpa?

—No te hagas el tonto conmigo. Sé que Sterling acaba de salir de la mansión de los Rozen. ¿Amenazando con escuadrones de la muerte? ¿En serio?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Se oyó el chasquido de un mechero.

—Crowe, escucha...

—No, escucha tú —le cortó Kogan. Su voz subió de volumen, compitiendo con el sonido de las olas chocando con el hormigón—. Sé lo que estáis haciendo. No queréis arreglar esto. Estáis buscando una maldita excusa. Sabéis que los inhibidores están fallando y en lugar de ayudar a contenerlo, vais a picar al oso para que os dé un motivo para disparar.

—Es política, Kogan —dijo Miller, ya sin fingir—. La opinión pública está al límite. Si el Presidente no muestra mano dura...

—¡Si el Presidente muestra mano dura, va a tener una guerra civil en el patio de su casa! —gritó Kogan. Se detuvo bajo la luz parpadeante de una farola—. Los Alphas no son pandilleros, Miller. Tienen dinero, tienen influencia y, si los acorraláis, tienen dientes. Si Sterling cree que puede asustar a Valeria Rozen o a Dante Volkov, es que es más estúpida de lo que parece.

—Cuidado, Crowe.

—¡Cuidado tú! —Kogan bajó la voz, volviéndola un susurro peligroso—. Les habéis dado una semana. Bien. Yo voy a encontrar qué está causando el fallo de los inhibidores. Pero si la DAE vuelve a aparecer con tanques en propiedad de las Familias antes de que se acabe el plazo... yo mismo dejaré de contener los daños y empezaré a causarlos.

—¿Me estás amenazando a mí, Kogan? —preguntó Miller. Por primera vez, sonaba genuinamente tenso.

—Te estoy dando un consejo de amigo, Miller. Convence a tus jefes de que reculen. Diles que la "mano dura" les va a costar muy cara. Porque si esto explota, tú y yo estaremos en primera fila, y no tengo ganas de matarte.

Kogan colgó antes de que el agente pudiera responder.

Se quedó allí, respirando agitado, con el teléfono apretado en la mano. La lluvia le empapaba el pelo, pegándoselo a la frente.

Sybilla tenía razón. La química no servía. Miller tenía razón. La política estaba rota. Solo quedaba una opción. Tenía que encontrar la fuente de la Resonancia. Tenía que encontrar al jodido Alfa Verdadero, o lo que fuera que estuviera gritando en la oscuridad, y callarlo para siempre.

Guardó el móvil y miró hacia los barrios bajos, hacia el territorio de Grim Fang. Si había respuestas sucias, estarían allí, entre los olvidados.

—Siete días —murmuró Kogan—. A ver quién sobrevive.

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