INICIAR SESIÓNPlaneta Sarconia, Imperio Anaki. 2159.
El Cuartel General de la Guardia Imperial Anaki en Sarconia estaba equipado con todo lo necesario para fungir como sede de las fuerzas militares del Imperio en un planeta en guerra. Uno de los espacios más necesarios, al menos desde la lógica Anaki, eran los calabozos y las cámaras de tortura en donde se interrogaba a los prisioneros.
La atmósfera estaba repleta de los gritos de prisioneros siendo atormentados. En medio del morboso espectáculo, una siniestra figura se removía complacida, como alimentándose dichosamente del dolor que provocaba. Era un Anaki alto, delgado, huesudo, narigón y con la cabeza totalmente calva. Caminó en medio de las máquinas de tortura, sonriente, hasta llegar al fondo, donde de un andamiaje metálico colgaba encadenado por las muñecas un hombre de especie Viraki, fornido y musculoso, con barba de candado. Su cabello rizado negro estaba despeinado y caía caóticamente sobre su cabeza y hombros, y las heridas que le habían provocado hicieron que sangre negra y aceitosa manchara su piel roja.
—Nombre; Ta’u, grado: comandante del Ejército Confederado —le explicó una subordinada; una mujer Anaki atractiva con el cabello castaño atado en una coleta que leía la información de una carpeta— fue atrapado en una nave comercial entregando armas, explosivos, víveres y medicamentos a miembros de la Resistencia Sarc. Sobornó a varios comerciantes Anaki para que lo dejaran usar su nave. Los responsables ya fueron ejecutados por traición.
—Comandante Ta’u —dijo el hombre— ¿sabe quien soy?
Ta’u levantó la mirada. Ya había sido golpeado y torturado, por lo que su ojo derecho estaba casi cerrado, pero pudo reconocer los rasgos de su interlocutor.
—El Carnicero de Regulus —escupió— Curshok Yorgos. Buscado por la Confederación y por varios otros estados de la Galaxia por crímenes de guerra. Masacró a 200 colonos Confederados desarmados y 30 militares que se habían rendido en una de las colonias agrícolas fronterizas de la Confederación durante la Tercera Guerra de Abraxas.
—¿Tiene algo que declarar antes de que empiece mi trabajo?
—Recordarle que la tortura de prisioneros de guerra está prohibida por la Convención de Cygma de la cual el Imperio Anaki es signatario.
—El Imperio Anaki y la Confederación no están en guerra, Comandante, así que usted no es un prisionero de guerra, sino un simple criminal que estaba dándole armas y explosivos a terroristas que los utilizarían para matar civiles Anaki inocentes. Como tal, puedo hacer lo que quiera con usted.
La mujer trajo una bandeja con diversos artefactos electrónicos y tecnológicos, así como unas jeringas. Curshok tomó una de ellas, que contenía un líquido verde fosforescente y la preparó.
—Llegará un punto en que usted me dirá todo lo que yo quiero saber y me daré cuenta que es verdad lo que me dice. Es el punto que sigue después de que suplique que lo mate —y dicho esto le inyectó el líquido en las venas. Ta’u sintió un dolor insoportable como si ácido sulfúrico estuviera recorriendo su cuerpo, como si se quemara por debajo de la piel y emitió alaridos febriles.
Los artefactos que tenía Curshok eran muchos y muy variados. Un dispositivo producía choques eléctricos de intensidad modulable y otro era como un bisturí láser que cortaba la piel finamente. Tras varias horas de tortura que a Ta’u le parecieron días, ordenó que introdujeran a su víctima a una celda.
Los guardias tomaron al Viraki y lo lanzaron en una mazmorra hecha de piedra y que solo tenía unos cuantos trapos harapientos como remedo de cama y un agujero para excretar, luego cerraron la pesada puerta de hierro y lo dejaron ahí, tirado sobre el frío piso de piedra, exánime, en la oscuridad.
—Los Confederados han incrementado la presencia en este sector —le explicaba la capitana Zammara Larg de la Guardia Imperial Anaki a su esposo y superior el general Osthar Larg y al gobernador de Sarconia (un Anaki obeso y con peinado relamido) en la sala de reuniones del Cabildo— nuestras fuerzas de patrullaje reportan un aumento de cerca del 35% en naves militares Confederadas merodeando la zona. Nuestras naves tienen órdenes de disparar a matar en cuanto se divise un transporte Confederado, pero ellos hacen lo mismo. Las escaramuzas son de todos los días y hemos perdido cerca de 15% de nuestra flota de guerra en enfrentamientos con los Confederados.
—Los Confederados perdieron la Guerra de Marte hace 7 años —intervino Osthar— y tuvieron que abandonar toda presencia militar en esa colonia humana. Quedó totalmente en nuestras manos. No tiene valor energético pero si estratégico; nos permitió colocar en un sistema confederado una buena cantidad de bases militares y una guarnición gracias a nuestra alianza con el dictador local. Es obvio que ante la pérdida de Marte estén ahora apostándole todo a Sarconia.
—Recientemente el Primer Ministro de la Confederación —adujo Zammara— acusó públicamente al Imperio Anaki de estar perpetrando un genocidio contra los Sarc, lo cual fue rápidamente rechazado por el Imperio que retiró su embajador de la Confederación. Los Confederados hicieron lo mismo y de momento las relaciones diplomáticas están congeladas.
—Palabras populistas de un líder débil como el Primer Ministro Confederado —respondió el Gobernador— para sembrar la ira y el odio de su pueblo hacia nosotros…
—Sin duda —dijo Osthar— el problema no es el hecho sino la razón que subyace tras él. La única razón por la cual el Primer Ministro de la Confederación empezaría una campaña de desprestigio sería para justificar ante sus votantes una eventual guerra abierta contra nosotros. Guerra que se libraría acá.
—Los Drosh ya están ayudando a los Confederados ¿no es así?
—Correcto, Gobernador —confirmó Osthar— los Drosh son aliados de los Confederados, al menos de momento. Todos sabemos que cambian muy fácilmente de alianzas.
—¡Malditos Drosh malagradecidos!
—El problema, Gobernador —adujo Osthar— es que sus medidas hacia la población Sarc no sólo engrosan las filas de la Resistencia sino que son precisamente la clase de acciones que los Confederados utilizan para argumentar que se está cometiendo un genocidio…
—¿Mis acciones?
—Sí, Gobernador. Ordenar jornadas de trabajo esclavo para los Sarc en las minas de oricalcum, algunos de ellos niños y ancianos, muchos de los cuales mueren de agotamiento, destruir sus lugares sagrados, prohibir so pena de muerte practicar su religión y el hablar su lengua natal y las ejecuciones extrajudiciales… ¿Cuántos fueron la última vez?
—500.000 Sarc ejecutados —contestó Zammara— entre ellos algunos niños.
—Eran terroristas… ¡combatientes! —respondió el Gobernador con desprecio.
—Sospechosos de serlo… —corrigió Osthar— y sus familias. Y su jefe de seguridad… ese…
—¿Curshok Yorgos?
—Sí, el Carnicero de Regulus. Es un monstruo…
—Su trabajo, Osthar, no es abogar por los derechos de estos animales nativos, sino proteger a los colonos Anaki de las agresiones de nuestros enemigos Confederados y del terrorismo Sarc. Mi trabajo es administrar esta colonia y extraerle todo su valioso oricalcum para bien del Imperio y una de mis prerrogativas es nombrar a quien yo quiera como mi jefe de seguridad, y decidí nombrar a Yorgos de cuya labor estoy complacido. Yo no me meto en su trabajo, y le sugiero que no se meta en el mío. Ahora, con el permiso de ambos, pero tengo cosas que hacer.
Osthar suspiró.
Sector KazarSi Zammara Larg había tenido sus dudas en ejecutar las órdenes más crueles emanadas de la Corte Imperial, Korok Yorgos no tuvo ese problema, sino más bien las disfrutaba. Usó la nave que comandaba para jugar tiro al blanco con siete naves civiles que cargaban refugiados androides escapando de la guerra y había destruido cinco sin piedad alguna.—Señor, los capitanes de las naves que quedan continúan enviando mensajes de rendición —le informó su navegante.—Sigan disparando —ordenó Yorgos.Un agujero de gusano se formó en el espacio y de él emergió la nave confederada de La Libertad, comandada por Ta’u que le disparó inmediatamente. Ambas naves espaciales se enfrascaron así en una lucha encarnizada.—Capitán Ta’u —le dijo Cheng leyendo la informació
Nueva York, Planeta Tierra, Sistema Sol, Confederación Interestelar. Sede local de la Central General de Trabajadores, dos meses después.Una nutrida multitud de personas se congregó en la sala de conferencias de un gran edificio ubicado cerca del Edificio de las Naciones Unidas. Al menos un tercio de los presentes eran androides. La mayoría vestía distintos tipos de uniformes que denotaban sus labores obreras o técnicas.Richard se subió al podio principal y fue recibido por un caluroso aplauso. A sus espaldas un mural había sido pintado en honor a su padre, Armando Sevilla, quien estaba retratado en medio de los emblemas y símbolos de los trabajadores.—Para mí es un verdadero honor hablarles, mis amigos y compañeros —le dijo a la multitud— como todos saben que alguna vez mi padre fue presidente de la Central General de Trabajadores de la Confederació
Sector Kazar, Imperio AnakiLa nave Anaki que comandaba la capitana Zammara Larg, esposa de Osthar, llegó hasta la órbita de un planeta minero colonizado por androides.—Señora, hemos llegado a las coordenadas indicadas —le informó su navegante.—¿Condiciones?—Siete ciudades y asentamientos grandes —le respondió una oficial Anaki leyendo la información en las consolas— alrededor de 30 millones de personas, la mayoría androides.—¿Sus órdenes, Capitana? —preguntó el primer oficial. Zammara titubeó.—Disparen los cañones de plasma a la superficie del planeta —dijo finalmente, aunque parecía que cargaba con ello una gran culpa— que no quede nadie vivo.Sus subalternos obedecieron e iniciaron un brutal bombardeo con armas de destrucción masiva.—La
Richard esperó pacientemente en su celda, aunque atormentado en pensar en lo que debía estarle pasando a sus dos colaboradoras.—¡Hey! —gritó a su celador— ¡Hey! ¡Quiero hablar con alguien! ¿¡No me escuchan!?—¿Qué sucede? —preguntó el guardia que estaba custodiándolo.—Quiero hablar con mi embajador. Quiero saber por qué la nave que debía recogerme ha tardado tanto, maldita sea. Hace tiempos debí salir de esta pocilga.El guardia pidió autorización al asistente de Yorgos, quien se la concedió, tras lo cual llevó a Sevilla a la misma habitación que antes.—De nuevo, esta es una conversación privada —le dijo altivo al guardia— lárguese de aquí.El guardia obedeció y Richard ingresó el código de seguridad nuevamente
Planeta Xelunus , provincia del Imperio AnakiXelunus era un planeta enano, décimo desde su sol, ubicado en un sistema solar dominado por los Anaki. El planeta estaba cubierto por nieve y hielo por lo que parecía una gran y redonda bola de nieve en medio de la negrura del espacio. En torno de él había dos satélites, uno natural conformado por una pequeña luna esférica cubierta de hielo, y una estación espacial Anaki en donde residían las autoridades de la administración imperial, algo de personal y sus familias.Una nave aterrizó en el planeta clandestinamente, abriendo un agujero de gusano que extrajo el vehículo del hiperespacio desde el otro lado del planeta para no ser detectado por los sistemas de la estación. El transporte interestelar descansó sobre los inhóspitos parajes de Xelunus, rodeado de frígidas montañas nevadas. En esa &a
Luna Talos, capital de la Confederación Interestelar. —Gracias por cuida a Cuasar mientras no estemos —le decía Michael Sevilla a su amiga la niña Viraki de nombre Yar’lin. Ella le acariciaba el lomo al perro labrador que jadeaba complacido.—Un gusto. Disfruta las vacaciones.—No son vacaciones. Asistiremos a la boda de una prima de mi mamá en Xith.Mientras los dos niños hablaban los padres de Michael se veían muy ocupados cargando maletas y finalizando los últimos preparativos para el viaje. Una vez que Richard introdujo lo último del equipaje en el maletero del aerotaxi, llamó a su hijo.—Hora de irnos, Michael, o perderemos el vuelo. Adiós Yar’lin.Yar’lin se despidió con un beso en la mejilla de Michael y luego se alejó llevándose a Cuasar y diciendo:—¡Adiós se&n