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LAS REGLAS DE LA CASA

Author: Dunni
last update publish date: 2026-10-13 00:43:48

Valeria woke up in silence.

It wasn't the usual silence of a quiet morning, but something heavier, the kind that pressed against her ears and made her aware of every tiny sound she made. The rustle of the sheets. The slow rhythm of her own breathing.

He opened his eyes and didn't recognize the ceiling.

For a moment of disorientation, she thought she was still dreaming. Then, the events of the previous night returned to her mind in fragments: the contract, the walk through the gates of the estate, and the maid calling her Mrs. Valdés. Valeria sat up quickly, as if waking up could undo it all.

The bedroom was bigger than the one she'd had before. Even bigger than Adrian's. The windows stretched from floor to ceiling and offered only views of gardens and the gray morning light.

The furniture was dark wood and light linen, beautiful and completely impersonal. Nothing in the room suggested that anyone lived there. There were no books, photographs, or scattered small objects to reveal the owner's tastes.

It looked like a hotel room that had been waiting for a guest for years.

Valeria pulled back the sheets and noticed the paper on the nightstand.

It was folded once, with his name written on the front in precise, angular handwriting. He opened it.

Un horario, los turnos del personal de seguridad, las horas del servicio de comidas y los códigos de acceso al ala este, al despacho privado y a la puerta del jardín. Tres números de teléfono: el de seguridad de la finca, el del ama de llaves y, al final, separado del resto, el número directo de Alejandro.

Ningún saludo. Ninguna explicación. Solo instrucciones.

Lo leyó dos veces y, para la segunda lectura, ya tenía la mandíbula tensa. Dejó el papel sobre la mesita de noche y lo miró como si la hubiera insultado personalmente.

Había pasado tres años siendo controlada. Tres años aprendiendo qué decisiones le correspondían y cuáles ya se habían tomado por ella antes de que siquiera se lo comunicaran. Tres años de horarios, permisos y de la lenta erosión de todo lo que alguna vez había creído sobre sí misma.

Y allí estaba otra vez. Una casa diferente, un hombre diferente, pero la misma situación.

Se vistió con la ropa que el ama de llaves había sacado de su equipaje la noche anterior. Tampoco había pedido aquello. Después, bajó las escaleras.

La finca era más silenciosa a la luz del día que durante la oscuridad de la noche. La luz del sol avanzaba lentamente por los suelos de piedra. En algún lugar lejano, oyó el murmullo bajo de una radio, la única señal de que había alguien más en el edificio.

Alejandro se había marchado. Lo supo incluso antes de preguntar.

En su lugar, encontró a Thiago en la cocina, de pie junto a la encimera, con una taza de café y el periódico de la mañana doblado a su lado. Él levantó la mirada cuando ella entró y, a diferencia de su sobrino, su rostro era capaz de transmitir calidez.

—Te has levantado temprano —dijo.

—No dormí bien —murmuró ella.

—No. —Sirvió una segunda taza sin preguntarle si quería una y la dejó delante de ella—. La primera noche suele ser así.

Valeria rodeó la taza con las manos. El calor la ayudó a sentirse más centrada.

—¿Siempre deja instrucciones en la mesita de noche?

La comisura de los labios de Thiago se curvó ligeramente.

—Siempre.

—¿Y siempre decide todo antes de darles a los demás la oportunidad de hacerlo? —preguntó Valeria.

El hombre mayor guardó silencio por un momento. Bebió un sorbo de café y la miró por encima del borde de la taza con una expresión que ella no logró interpretar del todo.

—Vas a ser buena para él —dijo finalmente.

Valeria parpadeó.

—Eso no fue una respuesta.

—No —admitió Thiago—. No lo fue.

Dobló el periódico, se lo colocó bajo el brazo y se dirigió hacia la puerta. Al llegar al umbral, se detuvo y volvió la mirada hacia ella.

—Por lo que vale, señora Valdés, las instrucciones no son una crueldad. Él no conoce otra manera de mantener a salvo a las personas —explicó Thiago.

—Yo no soy las personas —replicó Valeria—. Soy su esposa.

La expresión de Thiago se suavizó, aunque solo ligeramente.

—Sí —dijo—. Eso es lo que me preocupa.

Then he left, and Valeria was left alone in the kitchen of a house that did not belong to her, holding a cup of coffee that she had not ordered, inside a marriage that she had not wanted.

---

He spent the morning in the private office of the estate.

It was a small, well-protected room on the ground floor, with a desk, a terminal, and a wall lined with filing cabinets. Alejandro had granted her access as part of the contract. She had demanded it herself and intended to use every last inch of what she'd been allowed.

The first thing he checked were the Laurent family's accounts.

The numbers hadn't improved overnight. Crown Meridian Consulting had received three more transfers since she'd first uncovered the trail, and the dates they'd been made made her stomach churn. Two had been processed during the same week she filed for divorce. Someone had been preparing for this.

She wrote down all the company names, every account number, and every date. She compared them to the preliminary list Marina had prepared and found four new entries that Marina had overlooked. Small amounts, easy to ignore. Deliberate.

By midday, his neck ached and his vision was beginning to blur. He forced himself to stop, stood up, stretched, and walked to the window overlooking the garden.

That's when he heard the main doors open.

Alejandro's steps were different from those of the staff. Deliberate. Calm. They were the steps of a man who had never in his life worried about being in a place where he didn't belong.

She turned around when he entered the office.

He was still wearing his coat. He glanced at the papers spread out on the desk and then looked at her. Something flashed across his face so quickly that Valeria couldn't identify it.

"You've been working," he said.

"I've been reviewing the information." He gestured to the documents. "You gave me access. I used it."

—I gave you access so you would be informed, not so you would exhaust yourself the day after signing —Alejandro replied.

"I'm not exhausted." She paused. "And even if I were, it's none of your business."

Alejandro took off his coat and hung it on the back of the chair. He didn't sit down.

"It's my business because you live here now. Anything that happens to you inside this house affects the agreement."

—Ah. —Valeria's voice cooled—. The agreement.

He noticed the change in her tone and narrowed his eyes, but said nothing. He walked past her to the desk and picked up one of the pages he had been working on.

"These transfers," he said. "You found three that I didn't have."

-Four.

"Four." She turned the page and examined the back. "You're meticulous."

"I've had three years to practice," she stated.

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