LOGIN••Narra Elliot••Estaba cansado de estas reuniones, de las celebraciones fuera de la oficina, por más que su motivo fueran incrementos de ganancias empresariales. En algún punto, dejó de importarme cuanto ganaba, la cantidad de dinero en el banco, el alcance de nuestra empresa. Ya estaba tan arriba, que no podía subir más. Ya lo tenía todo. Desde que tengo uso de razón, estuve añorando este éxito. Trabajé desde muy joven para lograr todo esto, para cumplir cada meta. Recuerdo todo lo que sufrí, todo mi esfuerzo, mis sacrificios. Quería alcanzar la gloria. Y eso hice hace ya muchos años. Construí todo este imperio y lo único que he tenido que hacer en esta última década, es disfrutar de el. Sin embargo, jamás logré disfrutarlo. Porque había perdido la razón más grande de mi felicidad. Me la habían arrebatado. Y diez años después, por azares del destino, la conseguí donde jamás esperé. En un país completamente ajeno en donde estaba dedicando toda mi vida a encontrarla. La hallé fí
Bianca estaba en la sala, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y el rostro pálido. Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido en un moño desordenado. Al verme, se giró, y en sus ojos marrones vi una sombra. No eran las ojeras. Tenía, pero no era a eso a lo que me refería. Su mirada parecía a… los soldados que volvían de la guerra con mil traumas encima.Ya de por si era temerosa cuando la conocí, pero ahora era diferente… como si algo en su entorno la hubiera hecho desencadenar un terrible malestar.Y tal vez ese era el caso. —Bianca —dije con educación, cerrando la puerta. Omití por completo el hecho de que se veía muy mal—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Elliot?—No sabe que estoy aquí —Unió sus manos, jugueteando con sus dedos—. Me escapé.Mantuve mi expresión neutral, ya que me esperaba esa respuesta. Lo deduje en cuestión de segundos. —¿Te escapaste? ¿Por qué?—Porque necesito saber la verdad —Dio un paso hacía mí, su expresión temerosa, pero decidida—. Nec
••Narra Maximilian••El sabor de Vienna era tan adictivo, delicioso. Su olor profundo e hipnótico. —Maximilian, ¿estás seguro de esto? —gimió, resistiéndose. Apretó la sábana entre sus dedos.No le respondí. No iba a dejar que el sentido común entrará en juego en estos momentos ni sus dudas sobre mi pronta recuperación. En su lugar, separé aún más sus pliegues para tener un mejor acceso a su clítoris. Lo chupé con fuerza, disfrutando de la manera en la que arqueaba su espalda, como sus piernas se apretaban a los lados de mi cabeza. Tener su vulva caliente y chorreando justo frente a mí rostro estaba entre las maravillas del mundo. Alterné entre chupar su clítoris y rodear su coño con mi lengua, torturándola, haciéndola crecer su humedad. Levantó las caderas, invitándome a continuar. —Maximilian… ¡Rayos! No pares. No pensaba hacerlo.Introduje un dedo en su interior mientras mi lengua comenzaba a trabajar su clítoris con esmero. Ella gritó, su cuerpo tensándose. Añadí otro dedo,
••Narra Vienna••Cada día mi recuperación iba mejor. Dentro de poco, ya no tendría que usar bastón. Podría volver a caminar como en el pasado. Algo que era normal para las personas, pero para miera un logro. Me quedé en la azotea, observando a las personas. O mejor dicho, a las hormigas, porque así se veían. Pensaba que entre ellos estaría Maximilian. Salió desde muy temprano, molesto por nuestra conversación. No sabía a donde había ido, ni cuando pensaba volver, pero esperaba que fuera pronto. Pero no para discutir. Ya no quería tratar el tema por los momentos. Los minutos pasaron, hasta que lo sentí, un escalofrío subiendo por mi espalda hasta mi nuca. Como si alguien me observara. Aferré las manos en la mesita de té y giré el tronco superior de mi cuerpo, sin levantarme de la silla. Y ahí estaba, en la puerta, recostado en el marco como si llevara ahí siglos. Me observaba con atención. —¿Maximilian? —Intenté tomar el bastón sin verlo, perdida en los ojos de Maximilian. Pero
La notaría estaba en el centro de la ciudad. Era el mismo lugar donde, hace más de un mes, le había pedido a Elliot que quemara los papeles del divorcio de Vienna. El mismo lugar donde había decidido, en un acto de cobardía y amor, atarla a mí sin su consentimiento. Hoy, volvía para hacer lo contrario. Para liberarla. Llevaba la carpeta bajo el brazo, con el acuerdo de divorcio firmado por Theodore. Mis abogados me habían asegurado que todo estaba en orden, que el documento era válido, que no había forma de que Theodore pudiera retractarse una vez que estuviera en la cárcel. Pero yo no podía evitar sentir un nudo en el estómago. No porque dudara de la firma. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba a punto de hacer lo correcto. Entré al edificio y subí las escaleras hasta el segundo piso. La notaría estaba al final del pasillo, con una puerta de madera oscura y una placa dorada que anunciaba el nombre del notario. Brillaba más que la que tenía en mí oficina. Toqué u
••Narra Maximilian•• El sótano industrial estaba ubicado en las afueras de la ciudad, en un polígono abandonado que nadie visitaba. Era un lugar frío, húmedo, con paredes de concreto y un único foco colgando del techo que parpadeaba cada pocos segundos. El aire olía a humedad y a óxido, y el silencio solo se rompía por el goteo constante de una tubería en algún rincón. Era el lugar perfecto para hacer sufrir a alguien. Pero no cualquier persona. Sino uno en específico. Theodore. Nadie sabía que Theodore estaba allí. Ni la policía. Ni la prensa. Solo Elliot y mis hombres más leales que me habían seguido desde el extranjero para instalarme en este país, los mismos que lo habían capturado en la frontera y lo habían traído de vuelta como un animal. Llevaba allí varios días, esposado a una silla de metal, con los ojos vendados y la boca amordazada. Apenas lo mantuve cuerdo ordenándole a mis hombres que lo alimentarán con pan y agua. A Vienna tampoco la alimentaban bien, lo supe so







