MasukEl timbre del teléfono me despertó. Abrí los ojos, confundida, estirando las manos en busca de mi celular. Pero al tomarlo, me di cuenta que no era el mío el que causaba ese sonido infernal que no me dejaba dormir. Los ojos me ardían en busca del causante, hasta que visualicé a Maximilian estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la mano. Su ceño estaba fruncido, como si dudará en responder. ¿Quién era? —¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome. Él rechazo la llamada al instante, guardando su celular. Por un segundo, no respondió. Hasta que sus ojos azul profundo se encontraron con los míos. —Amelia está muerta. Por un segundo, creí haber escuchado mal. Parpadeé repetidas veces, en busca de mayor nitidez. Necesitaba ver si Maximilian me estaba tomando el pelo. Sin embargo, no poseía mueca alguna. Estaba totalmente serio. —¿Qué? —susurré, sin poder caer en la realidad. Se me hacía difícil procesar el hecho de que la mujer que me ha causado tantas inseguridades
••Narra Vienna•• El hospital me había salvado la vida incontables veces, pero también se había convertido en una prisión. Después del ataque, después de ver a ese hombre caer muerto en el suelo de nuestra habitación, ya no podía sentirme segura entre esas paredes blancas sin importar que nos hayan transferido a otra habitación. Cada vez que una enfermera entraba, mi corazón se aceleraba. Cada vez que una puerta se abría, mis manos temblaban. Maximilian lo notó. Por supuesto que lo notó. Y por eso, cuando el doctor dijo que podíamos recibir el alta, él no dudó ni un segundo. —Nos vamos hoy ahora mismo —ordenó. —¿A dónde? —pregunté, sentándome en la cama con cuidado. Bianca estaba a mi lado, aún pálida, aún temblando. La noticia de que estaban buscando matarla no le había sentado muy bien. Yo, en cambio, estaba más que acostumbrada. —A un lugar seguro. Elliot y yo hemos estado trabajando en ello. Una mansión en las afueras de la ciudad. Privada, protegida, con guardias las vei
Pasó una hora antes de que las cosas se calmaran.Los médicos revisaron a Vienna y a Bianca, confirmando que estaban ilesas. La policía tomó declaraciones, interrogó a los guardaespaldas, revisó la escena. El cuerpo del asesino fue retirado y la habitación fue limpiada. Vi a detalle como hicieron todo. Sin dejar un cabo suelto. Los guardaespaldas se duplicaron. Nadie entraba ni salía sin autorización. Solo el doctor a cargo y dos enfermeras ya identificadas y con el expediente revisado. Ningún otro enfermero, sin importar si es el mismísimo dueño del hospital. Vienna estaba sentada en la cama, con una manta sobre los hombros y una taza de té entre las manos. Bianca estaba a su lado, recostada contra las almohadas, con los ojos cerrados pero sin dormir. Ambas tenían camas diferentes, pero decidían estar apretadas en la misma cama. A este paso terminaría pensando que son siameses. Elliot estaba de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en la ciudad.—Necesito saber qué pasó,
El coche se detuvo frente a las puertas de emergencias del hospital con un chirrido de neumáticos que resonó en la noche. Antes de que el motor se apagara por completo, ya estaba fuera, corriendo hacia la entrada. Elliot me seguía de cerca, podía escuchar sus pasos detrás de mí. Ya sabía que estaba bien, que no lograron lastimarla. Pero no podía evitar pensar que este lugar no era seguro. Ningún lugar lo era realmente para ella. Algunas veces quería meterla en una habitación acolchada estilo psiquiátrico, solo para que no se lastimara. Pero conociendo a Vienna, encontraría una manera de lastimarse. El vestíbulo del hospital era un caos. Guardaespaldas, policías, médicos, enfermeras. Todos se movían con urgencia, y el murmullo de las voces llenaba el aire. Un enfrentamiento con armas terminando con la muerte de uno de los involucrados, no era algo común en los hospitales. Este país no estaba acostumbrado a los tiroteos y ya habíamos tenido dos el mismo año. Y para mi desgracia,
••Narra Maximilian••El silencio era incómodo en la sala de interrogatorio. Muy opresivo. Tal vez sea habitual en esta clase de lugares o tal vez sea por las personas que estábamos dentro de este pequeño rectángulo de concreto que apenas se podía llamar habitación. Amelia estaba sentada ante a una mesa metálica, con las manos esposadas frente a ella. Su cabello rojo, siempre tan perfectamente peinado, colgaba en mechones desordenados sobre su rostro. Su maquillaje estaba corrido, y sus ojos marrones, aquellos ojos que siempre me habían mirado con deseo y con desprecio a partes iguales, ahora estaban inyectados en sangre y llenos de miedo.Me preguntaba de qué manera el detective la habrá traído a este lugar y que le dijo para terminar con este aspecto.Se veía fácil para quebrarse en una confesión, que es justo lo que buscábamos, ya que era mi principal sospechosa. Yo estaba del otro lado de la mesa, sentados con los brazos cruzados. Elliot estaba a mi lado, con la mandíbula apretad
••Narra Vienna•• Los ojos me ardían a causa de la gran cantidad de humo a la que estuve expuesta en el incendio. Y eso que ya me hicieron un lavado. Abrí los ojos despacio, observando mi tranquilo y frío entorno. No se escuchaba más que el pitido constante de las máquinas. La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la lámpara de la mesita de noche. Bianca dormía a mi lado, en la misma cama, de lado para no presionar la quemadura de su espalda. Su respiración era tranquila, su rostro relajado. Ella tenía su propia cama a mi lado, pero prefirió meterse en mis sábanas para dormir. Estábamos solas, llevábamos rato sin saber de Maximilian y Elliot. Debían estar ocupados resolviendo el crimen. Intenté volver a dormir, pero no podía. Por más que cerrara los ojos o buscará liberar mi mente, no lo lograba. Al final, me rendí, cogiendo un libro de la mesita de noche. Hace rato, una de las empleadas de la mansión vino a traer provisiones. Entre ellas, este bello libro







