LOGINTal como fueron las cosas, sabían que su matrimonio no duraría. No tenía sentido quedarse a celebrar una unión sin amor. En todo caso, en el momento en que Mervin y Olegda fueron declarados marido y mujer, ya estaban esperando ansiosamente el día de su divorcio. La familia Marvell era una de las familias más grandes y ricas de California. Con sus fuertes influencias en el mundo empresarial y político, muchos empresarios sólo podían esperar que sus hijas pudieran casarse con un miembro de la familia para ayudar a hacer avanzar sus propios negocios.
Como tal, el matrimonio de Olegda con Mervin fue visto como nada más que una espina clavada. Olegda yacía en el suelo mientras recordaba esos horribles recuerdos, pues su familia rica también, la habían desheredado, al tomar la decisión de casarse con Mervin.
El día de su boda había sido hacía mucho tiempo y, en aquel entonces, tenía esperanzas. Ahora, todo lo que esos recuerdos le dejaron fue un sabor amargo en la boca y una sensación fría y vacía en su corazón. Toda la tortura que había experimentado en esta casa abandonada por Dios se había sentido como sal frotada en sus heridas.
Se arrepintió de no haber escuchado a su familia en aquel entonces cuando le dijeron que se mantuviera alejada de Mervin. Olegda se sentó abruptamente y sacudió la cabeza. Esto era una pesadilla y la única forma de despertar era si seguía adelante con el divorcio. Sabía que no podía seguir así. Había tomado una decisión. Después de una larga ducha, Olegda sacó el acuerdo de divorcio que estaba guardado cerca de la cama, lo leyó y lo firmó.
Siempre lo había mantenido cerca de su cama matrimonial, un doloroso recordatorio de que Mervin siempre había presionado por su separación. La idea hizo que a Olegda le doliera el corazón, aunque lo rechazó. No podía pensar en eso ahora. En los papeles del divorcio se decía que le darían una pensión alimenticia de cincuenta millones de dólares, además de una casa.En realidad ella no necesitaba eso, era heredera de una familia muy rica, los Ferry, pero la familia la había desheredado al casarse con Mervin.
Olegda necesitaba hablar con Mervin sobre este término; ella valía mucho más que eso, especialmente todo lo que su familia le había hecho pasar. Con los papeles firmados, Olegda regresó a la cama. No fue tan tonta como para bajar las escaleras donde estaban el dúo de madre e hija. Carmen y Arlette solo encontrarían más formas de causarle problemas.
Había decidido que sólo bajaría cuando llegara la hora de cenar. Aunque los Marvell habían contratado docenas de sirvientes para atender sus necesidades, Olegda era la responsable de la mayoría de las tareas del hogar. Incluso los sirvientes no la respetaban, envalentonados por la mala manera en que sus amos trataban a Olegda. Esta era la última vez que Olegda ayudaría en la casa. No más, después. Olegda, sin saberlo, se había quedado dormida y se había despertado con el sonido de la puerta del dormitorio abriéndose. Entró Mervin, el hombre al que una vez había llamado su marido. Olegda simplemente lo miró, inmóvil, una acción que dejó perplejo incluso a Mervin debido a lo pegajosa que solía ser en un día normal. Él frunció el ceño, curioso y disgustado por su repentina frialdad hasta que finalmente notó los papeles de divorcio en la mesa auxiliar, firmados con su nombre. Su corazón dio un vuelco y se volvió hacia ella para preguntarle: —¿Qué es esto?— —¿Qué?— —dijo —¿No puedes reconocer tu posesión más preciada cuando la ves?— Estaba atónito, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos por la sorpresa. Su tono era frío y sarcástico, un marcado contraste con la forma en que siempre le había hablado. Ella siempre había sido dulce, tímida y una buena esposa que nunca se enojaba sin importar lo que hiciera Mervin.
Olegda continuó: —Sé que siempre quisiste divorciarte. Esa es la única razón por la que siempre has mantenido los papeles en el cajón de la mesita de noche, ¿verdad?— Ella lo miró directamente a los ojos y añadió: —Vamos a registrar este divorcio. Entonces, tú y yo seremos libres—. Mervin parpadeó tontamente, preguntándose qué había hecho que Olegda cambiara de opinión. Ella había insistido mucho en permanecer casada. Entonces, su expresión se oscureció. Seguramente este era sólo otro truco que tenía bajo la manga. —Como sea—, dijo antes de irse a la ducha.
Olegda no le prestó atención. Se bajó de la cama y fue a la cocina, donde estaba esperando el mayordomo. —Buenas noches, señorita Olegda—, saludó David con una cálida sonrisa. Su corazón se calentó. —Buenas noches, tío David—. En esta casa, sólo él y la abuela Elaine trataban a Olegda con respeto. No había necesidad de ser hostil hacia un aliado. Juntos se pusieron a trabajar para preparar la cena. Ninguno de los sirvientes se molestó en ayudar. De todos modos, esta sería la última vez que Olegda cocinaría para su —maravillosa— familia.
Cuando Mervin salió de la ducha, Olegda ya no estaba en la habitación. Sin embargo, la hoja de los papeles del divorcio permanecieron justo donde ella los había dejado, a la vista para que él los tuviera a la mano. No sabía por qué, pero verlo le hizo fruncir el ceño. —¿Habla en serio?— se preguntó en voz alta.
En el momento en que entró al comedor, todos ya estaban sentados. Carmen y Arlette estaban charlando mientras el padre de Mervin, Marcos, estaba atendiendo una llamada. La abuela Elaine tenía una cálida sonrisa mientras su mirada seguía a otra persona. Mervin miró en la misma dirección solo para encontrar a Olegda ocupada, llevando los platos a la mesa para que todos pudieran comer.
Su confianza, previamente sacudida al ver la firma de Olegda en los papeles del divorcio, volvió a surgir. 'No hay manera de que Olegda acepte. un divorcio', pensó para sí mismo. —Ella no querría enojar a la abuela—. Pero tan pronto como ese pensamiento entró en su cabeza, frunció el ceño. ¿No había sido el divorcio lo que había deseado durante los últimos meses?
Una vez que los platos estuvieron servidos y todos se sentaron, Mervin se encontró incapaz de apartar los ojos de su esposa. Si ella hablaba en serio sobre el divorcio, seguramente sacaría el tema. Como si hubiera leído su mente, Olegda de repente declaró a nadie en particular: —Mervin y yo nos vamos a divorciar—.
Mientras Olegda viajaba sola a la comunidad del chamán, su mente se llenaba de emociones encontradas. Necesitaba tiempo y espacio para reflexionar sobre su vida, su relación con Andrés y las experiencias sobrenaturales que había tenido cerca del río. A su llegada a la comunidad, el chamán la recibió con una cálida sonrisa. —Bienvenida de nuevo, Olegda—, dijo. —Sentí que necesitabas estar aquí—. Olegda asintió, sintiendo una sensación de comodidad y familiaridad en el tranquilo entorno de la comunidad. Compartió sus experiencias recientes con el chamán, contándole el objeto metálico que había visto cerca del río y la sensación de ser observada. El chamán escuchó atentamente, sus ojos sabios llenos de comprensión. —En esta tierra sagrada convivimos con muchos seres, tanto visibles como invisibles—, explicó. —El río contiene energías ancestrales y quienes habitan aquí están profundamente conectados con la naturaleza—. A medida que pasaban los días, Olegda pasaba el tiempo en tranquila c
Mientras Ana estaba sentada en su escritorio bajo el cálido resplandor de su oficina, sus pensamientos estaban consumidos por el progreso que estaban logrando sus clientes en CORAZONES UNIDOS. La base del perdón que habían construido estaba creando cambios transformadores en sus vidas, y ella no pudo evitar sentir una sensación de orgullo y satisfacción por su trabajo. En medio de sus pensamientos, el teléfono de Ana vibró con un nuevo mensaje. Miró hacia abajo y vio un mensaje de Roger, un joven al que había visto en las reuniones de la fundación. Sus ojos contenían una curiosidad y una profundidad que la habían intrigado desde el principio. —Hola Ana—, decía el mensaje. —Me preguntaba si les gustaría almorzar juntos hoy. Hay un pequeño café cerca que creo que les gustaría—. El corazón de Ana dio un vuelco ante la invitación. Había sentido una conexión con Roger y su interés genuino en conocerla mejor le conmovió el corazón. Después de un momento de vacilación, ella respondió: —¡Cla
A medida que crecía la pasión de Ana por la psicología y el poder transformador del perdón, también crecía su deseo de crear un impacto duradero en las vidas de los demás. Con el apoyo inquebrantable de sus padres, Olegda y Andrés, se embarcó en un viaje para establecer una fundación dedicada al arte del perdón y la reconciliación. Ana llamó a la fundación —CORAZONES UNIDOS—, un testimonio de la liberación que el perdón puede traer a las almas heridas. La misión de CORAZONES UNIDOS era simple pero profunda: brindar un espacio seguro y enriquecedor para que personas y familias exploren el poder curativo del perdón. La sede de la fundación estaba ubicada en un campo sereno, rodeada de la belleza de la naturaleza. Un lago tranquilo brillaba a lo lejos, simbolizando la posibilidad de encontrar la paz interior en medio de las tormentas de la vida. El edificio en sí era un santuario cálido y acogedor, adornado con vibrantes pinturas y esculturas, creadas por Olegda y otros artistas que ha
El viaje al apartado santuario del chamán estuvo lleno de anticipación y temor para Olegda, Andrés y Ana. Habían regresado para buscar respuestas, con la esperanza de que el sabio chamán pudiera arrojar luz sobre los extraños acontecimientos recurrentes y la extraña conexión de Ana con el padre de Andrés. Cuando entraron en el espacio sagrado, el aire estaba cargado con el olor a salvia quemada y el chamán los saludó con una cálida sonrisa. Sus ojos contenían una profunda sabiduría, como si pudiera ver lo más profundo de sus almas. —Bienvenidos, queridos—, dijo el chamán con voz tranquilizadora. —Siento que lleváis cargas del pasado que todavía pesan mucho en vuestros corazones—. Olegda y Andrés intercambiaron una mirada, sabiendo que su viaje los había llevado hasta allí por una razón. Contaron los extraños sucesos, las peculiares palabras de Ana y las revelaciones sobre la participación del padre de Andrés en la sociedad secreta. El chamán escuchó atentamente y asintió mientras ab
A medida que se acercaba el tercer cumpleaños de Ana, Olegda y Andrés no pudieron evitar notar algunos sucesos peculiares. Ana solía decir palabras y frases que parecían fuera de su edad, usando un lenguaje que era más apropiado para una persona mayor. Al principio, lo descartaron como una fase precoz, pero a medida que el patrón continuó, comenzaron a preguntarse si había algo más.Una noche, mientras la familia se reunía para cenar, Ana estaba sentada a la mesa, con los ojos muy abiertos fijos en Andrés. —Papá, ¿recuerdas la casa grande con el hermoso jardín?— preguntó, su voz inocente tenía un extraño aire de familiaridad. Andrés intercambió una mirada desconcertada con Olegda antes de responder: —Sí, mi amor, lo recuerdo. ¿Pero cómo sabes eso?— Ana se encogió de hombros, con la mirada
Olegda se paró frente al espejo del baño, sus manos temblaban de emoción mientras sostenía el pequeño palito blanco en su mano. Los segundos parecieron una eternidad mientras esperaba el resultado que cambiaría sus vidas para siempre. Andrés caminaba ansiosamente fuera del baño, incapaz de contener sus nervios. Siempre había soñado con formar una familia con Olegda, y la posibilidad de que su sueño finalmente se hiciera realidad lo abrumaba de emoción.Finalmente, el cronómetro de la prueba sonó y Olegda respiró hondo antes de mirar la palanca. Dos líneas brillantes le devolvieron la mirada y lágrimas de alegría brotaron de sus ojos. No podía creerlo: estaba embarazada. Cuando salió del baño, Andrés estaba allí, esperando con gran expectación las noticias. En el momento en que sus miradas se encontraron, el rostro de Olegda se iluminó con una sonrisa radiante. —Andrés—, susurró, con la voz llena de emoción, —vamos a tener un bebé—.Las lágrimas llenaron los







