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Capítulo 90 

Autor: CINVAN
last update Data de publicação: 2025-11-24 09:21:01

NARRADOR.

La mansión Harrington en Kensington brillaba bajo los candelabros de cristal Waterford como si estuviera preparada para una coronación y no para una simple cena familiar. Veinte cubiertos de plata, copas de Baccarat, servilletas de lino dobladas en forma de cisne. Todo perfecto, todo calculado para impresionar y, de paso, para recordar a quien no pertenecía exactamente a ese mundo quién mandaba.

Gael, impecable en su traje negro hecho a medida, aguardaba en el vestíbulo con la tensión
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  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Epílogo: El Rostro de Mi Hermana 

    POV MartinaHan pasado cuatro años desde que Manuela dejó de existir. La mansión ya no huele a pólvora ni a secretos. Huele a pan recién horneado, a pintura al óleo (porque sigo pintando cada tarde), a jabón de bebé y a la colonia de madera que Santiago sigue usando desde que volvimos a ser nosotros.Hoy es domingo. El jardín está lleno de globos blancos y dorados. Es el cuarto cumpleaños de Santí, nuestro pequeño terremoto de rizos negros y ojos verdes que heredó de su padre la sonrisa traviesa y de mí la terquedad. Los gemelos, Gabriel y Gabriela, ya tienen nueve años y corren como locos organizando una caza del tesoro que ellos mismos inventaron. Gabriel, serio y protector como siempre, lleva a Santí de la mano para que no se caiga. Gabriela grita órdenes con la autoridad de una general en miniatura. Y en el centro de todo, Santiago.Mi Santiago.Está de rodillas en la hierba, con Leo subido a sus hombros, riendo a carcajadas mientras los gemelos le lanzan serpentinas. Tiene cana

  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Capítulo 103 El Final del Camino.

    Un mes después, la mansión Harrington ya no parecía la misma. El sol de finales de primavera entraba a raudales por los ventanales del ala oeste, bañando con una luz dorada que hacía brillar el suelo de roble recién barnizado. La cuna de caoba francesa seguía allí —impecable, con dosel de lino blanco—, pero ahora compartía espacio con cosas que ninguna boutique de Milán habría vendido jamás, una manta de supervivencia térmica doblada en un cajón, un monitor de vigilancia militar con visión nocturna, un pequeño cuchillo táctico escondido en el fondo del armario “por si acaso”, y un móvil de madera hecho a mano que giraba sobre la cuna con pájaros tallados en colores vivos.Marcela había ganado esa batalla. Y muchas otras.Gael había colgado una fotografía en la pared de su estudio, justo encima del escritorio donde firmaba historiales clínicos y cartas de agradecimiento. No era una foto de boda, ni de compromiso, ni de ninguna de esas imágenes perfectas que su madre habría elegido.

  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Capítulo 102 El Nacimiento en la Tormenta.

    La lluvia caía con furia bíblica sobre Londres, un diluvio que parecía querer lavar la ciudad entera de sus pecados. El pequeño hotel cerca del aeropuerto temblaba bajo los truenos, las luces parpadeando como si la tormenta estuviera decidida a arrancarles hasta la última esperanza. Marcela y Gael seguían abrazados en la habitación 112, empapados por la lluvia y por las lágrimas, respirando agitados, como si acabaran de salir de una guerra. Él la tenía sujeta por la cintura, la frente apoyada en la suya, repitiendo una y otra vez su nombre como una letanía. Ella lloraba en silencio, el rostro hundido en su cuello, las manos aferradas a su camisa como si soltarlo significara desaparecer.—No te vayas —susurraba él, la voz rota—. Por favor, Marcela. Quédate conmigo.Ella no respondió con palabras. Solo lo besó. Un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que no habían dicho en meses: miedo, rabia, amor, deseo. Sus bocas se devoraron, dientes chocando, lenguas peleando por espac

  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Capítulo 101 La Búsqueda y la Elección.

    Gael despertó con un sobresalto que fue casi un grito ahogado. La habitación estaba fría, la cama vacía a su lado, el espacio donde Marcela debía estar hueco como una herida abierta. Por un segundo pensó que seguía siendo la pesadilla: el nombre equivocado, la discusión, la puerta cerrándose. Pero la realidad lo golpeó con más fuerza que cualquier sueño. El anillo. La nota. Sus dedos temblaron al tomar el papel, las palabras de Marcela quemando como ácido: «El deber no es suficiente, Gael. Y yo no soy ella. Nunca lo seré.»El pánico fue absoluto. No era culpa, no era remordimiento. Era pérdida. Pérdida real, visceral, como si le hubieran arrancado el corazón y lo hubieran dejado latiendo fuera del pecho.Se levantó de un salto, la nota arrugada en su puño, el anillo cayendo al suelo con un tintineo que resonó como un disparo. Corrió descalzo por el pasillo, gritando su nombre: «¡Marcela! ¡Marcela, por favor!». Las puertas de las habitaciones de servicio se abrieron, criados sobr

  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Capítulo 100 La Huida de Marcela. 

    La mansión dormía bajo un silencio que parecía de plomo. Marcela permaneció sentada en el borde de la cama de la habitación de invitados durante horas, con la espalda recta, los ojos secos y la respiración contenida. No lloraba. No podía permitírselo. Llorar era rendirse, y ella no se rendía nunca. El reloj de la mesilla marcaba las 03:17 cuando oyó los pasos de Gael en el pasillo: lentos, arrastrándose, como un hombre que lleva una carga demasiado pesada. La puerta principal de la habitación se abrió y se cerró con un chasquido suave. Después, silencio. Sabía que él no dormiría. Lo conocía lo suficiente para saber que estaría sentado en la oscuridad, con la cabeza entre las manos, repitiéndose su nombre equivocado como un mantra de culpa. Pero ella ya no era su penitencia. Se levantó sin hacer ruido. El vientre de ocho meses y medio la obligaba a moverse con cuidado, pero sus movimientos seguían siendo los de siempre: precisos, calculados, letales. Abrió el armario, sacó la mochil

  • EL ROSTRO DE MI HERAMANA.    Capítulo 99 El Nombre Equivocado (Drama y Odio) 

    Habían pasado nueve días desde el ataque en Belgravia. Nueve días en los que la mansión Harrington había dejado de ser un campo de batalla para convertirse, contra todo pronóstico, en un hogar. Gael llegaba de la clínica antes de las siete, se quitaba la bata blanca en el vestíbulo y subía directamente a la habitación donde Marcela lo esperaba leyendo o simplemente descansando con la mano sobre el vientre. La encontraba siempre con la misma expresión: cansada, hermosa, con ese brillo de desafío que nunca se apagaba del todo, pero que ahora se suavizaba cuando él entraba. Las primeras noches habían sido torpes: él se quedaba en el borde de la cama, sin saber si tocarla; ella se giraba de espaldas, protegiendo su espacio. Pero la adrenalina compartida, la sangre en sus manos, el miedo a perderse, había roto algo. Una noche él se atrevió a rozar su hombro. Ella no se apartó. A la siguiente, ella buscó su mano en la oscuridad. Y así, poco a poco, volvieron a dormir juntos.Ahora era r

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