LOGINJulienne Percy
El auto se detuvo frente a una reja forjada con símbolos que jamás había visto antes. El símbolo de la manada Taleyah ardía en el centro, imponente, antiguo… como si incluso el metal supiera que ahí vivía el Alfa Supremo. Mi estómago se revolvió. El aire denso que envolvía el lugar me decía que no era bienvenida, y nunca lo iba a ser.
Davian bajó primero. La puerta del copiloto se abrió con brusquedad, y una mano grande, firme, me agarró del brazo antes de que pudiera hacer el menor movimiento.
—Escúchame bien, omega —gruñó, su voz baja y peligrosa como una bestia a punto de estallar—. Aquí no eres nadie. No eres mi pareja, ni mi compañera, ni nada que se te parezca. Eres una carga. Y si te vas a quedarte en mi casa, será para ganarte la comida. Vas a servir, limpiar, obedecer. Y si te atreves a mirarme mal, omega, te juro que te dejo fuera con los perros.
Su agarre me dolía, pero me dolía más lo que decía.
—¿Entendido? —rugió.
—Sí, alfa —respondí en voz baja, obligándome a no temblar.
Cuando me soltó, sentí la sangre volver a mi brazo. Bajé del vehículo sin mirarlo, tragando mi orgullo, mi rabia, mi dolor… Todo. Lo único que me mantenía en pie era la criatura que crecía dentro de mí.
Mis botas tocaron el suelo de mármol blanco. El frente de la mansión era tan imponente que me hizo olvidar el frío. Esculturas de lobos de piedra, escaleras que se bifurcaban como si marcaran un destino que nunca fue mío, columnas altísimas… No pertenecía a este lugar. Nunca lo hice, ni siquiera con Elion.
Él caminó delante, sin mirar atrás. Yo lo seguí, porque no tenía opción. La puerta de la mansión se abrió incluso antes de que tocara el picaporte. Un mayordomo hizo una reverencia. Nadie me dirigió una palabra.
La calidez del interior contrastaba con el hielo que sentía por dentro. No llevaba más de un minuto dentro, cuando una figura apareció en lo alto de la escalera. Alta, elegante, y hermosa. Su cabello rubio caía como una cascada dorada hasta la cintura, sus ojos eran del color del hielo y su cuerpo parecía esculpido para provocar adoración. Llevaba una un vestido rojo que apenas ocultaba su figura.
—¡Davian! —exclamó con una sonrisa luminosa.
Y antes de que yo pudiera apartar la mirada, ella bajó corriendo y se lanzó a sus brazos. Él la recibió con naturalidad, con una sonrisa bastante amplia y llena de dulzura que contrastaba con su figura. Ella lo besó. Largo. Lento. Con una pasión que me hizo sentir como si estuviera invadiendo su espacio.
Yo solo observé por un momento y luego clavé los ojos en el suelo, apretando los dientes para no llorar. El sabor amargo subió desde mi garganta como una maldición, ¡Odio esto!
—¿Y esta? —preguntó la rubia después de soltarlo, mirando en mi dirección con desdén.
Davian pasó un brazo por la cintura de ella, sin dejar de mirarla.
—Una sirvienta —dijo con desprecio—. Un regalo de mis padres. Útil para limpiar, nada más.
La risa de ella me rompió algo por dentro.
—Espero que sepa mantenerse alejada. Ya sabes que no me gustan las pulgas en la casa.
—No te preocupes, Auren —murmuró él—. No se atreverá.
Auren.
Su prometida.
Todo el aire se fue de mis pulmones. Apreté el borde de mi abrigo y agaché la cabeza, deseando que el suelo me tragara.
—Sígueme —ordenó él, alejándose con ella abrazada a su costado.
Lo hice. Como una sombra. Como lo que era para él: nada.
(…)
Horas después, una señora, Isleen, me condujo a un ala apartada de la mansión. Una habitación pequeña, sin ventanas, con una cama dura y una cubeta con agua fría. No me quejé. Al menos tenía un techo.
Pasé la tarde limpiando como me ordenaron. Escaleras, pasillos, alfombras. Todo. Los brazos me ardían, la espalda me dolía, y mi estómago protestaba con náuseas. El bebé dentro de mí era lo único que me recordaba que estaba viva.
Cuando terminé, me dijeron que Davian me esperaba en su despacho.
Subí las escaleras con los pies pesados. Al llegar, toqué la puerta. Nadie respondió. La abrí.
Él estaba sentado tras un enorme escritorio de roble, hojeando papeles. No me miró.
—¿Pediste verme? —pregunté, apenas audible.
—Entra. Cierra la puerta.
Obedecí.
—Acércate —ordenó.
Caminé hasta quedar frente a él. Mis manos temblaban.
—¿Qué quieres? —dije finalmente, alzando apenas la mirada.
Davian levanto sus ojos y me observó largo rato. Como si me midiera.
—Quiero dejar claras algunas cosas —dijo con frialdad—. Lo que pasó entre nosotros fue un error. Un accidente causado por tus feromonas y mi descuido. No significa nada.
—Estoy embarazada.
—Lo sé —respondió—. Me haré cargo del niño. Tendrá mi nombre, mi protección, y todo lo que necesite. Pero tú…
Me miró con desdén.
—Tú no me importas.
Las palabras me golpearon más fuerte que cualquier bofetada.
—Lo arruinaste todo —continuó—. Ibas a casarte con Elion. Ibas a ser parte de su manada. Pero te ofreciste a mí como una cualquiera, sin saber quién era. ¿Y ahora pretendes que te marque?
No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—Solo quiero un lugar para criar a mi hijo —susurré—. No tengo a dónde ir.
—Y lo tendrás —replicó—. Pero no como mi omega. No como mi compañera. Serás una sirvienta más. Tu deber es no causar problemas. No hablar de lo que ocurrió. Y cuando el niño nazca, te largas.
—¿Me… me quitarás a mi bebé?
Su sonrisa fue cruel.
—Tú solo lo gestas. Yo lo crío. ¿O crees que permitiré que un cachorro Taleyah sea criado por una omega caída en desgracia y sobre todo deshonrada?
Algo en mi interior se rompió del todo.
—¿Y si me niego a dártelo?
—Puedes probar —respondió, poniéndose de pie y rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí—. Pero no te conviene. El consejo ya está al tanto. La profecía dice que el heredero debe ser criado por ambos padres, pero si tú fallas, si tú no cumples con tu parte…
Acarició mi mejilla con burla.
—No me temblará la mano para buscar otra forma.
—Eres cruel…
—No soy cruel. Soy necesario. Y tú, Julienne Percy, deberías estar agradecida de seguir viva, ya que sabes cómo es la tradición. Yo te salve.
Giró sobre sus talones y me señaló la puerta.
—Vuelve a tus deberes. Auren no tolera que las sirvientas se paseen sin razón.
Davian Taleyah El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del despacho, dorando los muebles de madera oscura y el tapete persa que Auren insistía en mantener aunque yo no encontraba razón alguna. En mis brazos, Khaos jugueteaba con mis dedos, apretándolos con su fuerza diminuta mientras balbuceaba sonidos que apenas podía entender. Su olor a leche tibia y piel limpia llenaba la habitación, calmando todo a mí alrededor.Habían pasado varios días desde la batalla, pero las secuelas aún se sentían en la manada. Algunos lobos no regresaron. Otros, aún heridos, con cuerpos y almas marcadas por la guerra. Entre ellos, Emma. La pequeña omega que Kian había protegido con la fiereza… su luna.El teléfono vibró sobre el escritorio. Miré la pantalla: Kian Duncan.Apreté la mandíbula y deslicé el dedo para contestar.—Al fin —dije en tono bajo, caminando hacia la ventana con Khaos apoyado en mi hombro—. ¿Cómo está Emma?—Está viva, Davian —respondió al fin, con voz ronca—. Despertó hace
Emma BakerLa luz se filtraba entre las rendijas del techo, bañando la habitación con un tono dorado y cálido. No sabía cuánto tiempo había dormido desde la última vez que abrí los ojos, pero el aire fresco y el silencio absoluto me hicieron pensar que había pasado una eternidad.Me moví lentamente, y fue entonces cuando noté que estaba envuelta apenas en una camisa de Kian. Su olor me rodeaba: bosque, lluvia y algo indescriptiblemente suyo. Me quedé quieta por un momento, con el corazón acelerado, tratando de asimilar todo. No recordaba haberme dormido otra vez, ni haberlo sentido marcharse. Me llevé la mano al abdomen, aún esperando sentir las cicatrices del pasado, pero no había nada. Ni una marca, ni un rastro de la herida que debió haberme quitado la vida. Solo piel tibia y respiración entrecortada.El silencio del lugar se interrumpió por unas voces que venían desde abajo, una de ellas inconfundible.Kian.El sonido de su voz era grave, profunda, algo apagada… como si hablara co
Emma BakerEl olor a madera húmeda y humo tenue fue lo primero que percibí antes de atreverme a abrir los ojos. Mi cuerpo se sentía extraño… pesado, como si hubiera dormido durante siglos, y al mismo tiempo liviano, demasiado liviano para lo que recordaba. El último instante nítido en mi memoria era frío, sangriento, desgarrador… Astariel, su sonrisa cruel, sus manos heladas apretando mi cuello, y luego la nada. Oscuridad.Un temblor me recorrió al abrir los ojos lentamente. El techo que se extendía sobre mí estaba hecho de madera vieja, cubierta con paja. No había lámparas modernas, ni las paredes elegantes de la mansión Taleyah o Duncan; apenas un resplandor dorado entraba por la ventana cubierta con una cortina de lino raído. El aire olía a bosque, tierra mojada y humo de chimenea.No estaba muerta. O… ¿sí lo estuve?Mi respiración se agitó cuando bajé la mirada. Esperaba encontrar mi vientre desgarrado, la piel rota, la sangre… pero no había nada. La piel estaba intacta, limpia, c
Kian Duncan Caminábamos entre los cuerpos de nuestros caídos y los restos carbonizados de los vampiros cuando sentí algo que me heló hasta los huesos.Un tirón en el pecho.Un grito en mi mente.Emma.Me detuve de golpe, el corazón golpeándome contra las costillas. Su miedo atravesó el vínculo como un cuchillo ardiente. No era un presentimiento, no era una intuición: era ella. Su desesperación, su súplica muda, el terror sofocando su respiración.—¡No…! —rugí, transformándome en un instante y lanzándome al bosque.Los árboles se convirtieron en un borrón a mi alrededor. Sentía su dolor cada vez más fuerte, cada jadeo suyo como si mi propia garganta se cerrara. No corría solo; lobos me seguían, y entre ellos, el pelaje negro de Davian destacaba, veloz, imparable.Mis patas ardían por los saltos que daba para llegar a ella.Entonces lo vi.El claro se abrió ante nosotros y la imagen me partió en dos. Emma suspendida en el aire, pequeña, vulnerable, desnuda y con los ojos abiertos de pa
Davian TaleyahEl amanecer aún no terminaba de imponerse sobre el horizonte. Eran las cinco de la mañana y el cielo tenía ese color gris azulado que precede a la salida del sol, un tono frío que no traía consuelo. El aire cortaba los pulmones con cada inhalación, cargado de la humedad del bosque y de un silencio antinatural que se sentía como una trampa.Me encontraba atento en mi forma lobuna, observando a los lobos avanzar entre los árboles. La tierra húmeda crujía bajo sus patas, el ritmo de sus pasos acompasado y silencioso, casi como si marcharan hacia un ritual de sangre. El whisky que había tomado minutos antes me ardía todavía en la garganta, pero no era suficiente para aplacar el presentimiento que me atravesaba el pecho.Emma, pequeña incluso en su forma de loba, caminaba con pasos cortos entre ellos. Su pelaje grisáceo se veía apagado bajo la luz tenue del amanecer. No pertenecía a la primera línea, y aun así era un blanco demasiado evidente para alguien como Astariel. Gruñ
Davian Taleyah El crujido leve de la puerta resonó en mis oídos cuando entré en mis aposentos. La penumbra reinaba en la habitación, iluminada solo por la luna que se filtraba a través del ventanal. Y allí estaba ella. Julienne, de pie, con su silueta recortada contra la luz plateada, como si la luna la hubiese reclamado como suya.Se encontraba inmóvil, con la frente casi pegada al cristal, los brazos cruzados contra su pecho. Sus hombros, tan frágiles y fuertes a la vez, se tensaban con un peso invisible. No dijo nada al escucharme entrar, pero su respiración profunda me dijo que sabía que estaba allí.Me acerqué en silencio hasta colocarme detrás de ella. El aroma de su piel me golpeó primero: suave, cálido, impregnado de esa dulzura que mi lobo reconocía como hogar. Pasé mis brazos alrededor de su cuerpo, atrayéndola hacia mí, y sentí cómo su espalda encajaba contra mi torso cubierto por la camisa blanca que aún llevaba puesta. Mi mentón rozó su cabello y presioné mis labios cont







