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Capítulo 1 (segunda parte)

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-10-05 11:55:37

OLIVIA

—¿Puedo sentarme? —me preguntó aquel hombre.

Después de unos segundos que parecieron minutos, asentí con un movimiento apenas de cabeza. No quería que descubriera el estado de derrota en el que me encontraba. La verdad, no quería que nadie lo hiciera.

Debe ser dueño del restaurante. De seguro el mesonero chismoso le habrá comentado algo, pensé, mientras él arrastraba la silla y se deslizaba en ella.

El lugar iba quedándose solo y lo más acertado para cualquiera del personal, era encontrar una manera delicada de sacar a la triste mujer desvalida y con cara de loca. De verdad que sentía fastidio y más miseria si eso era posible.

Revisé mi cartera y comprobé la cantidad de dinero que tenía para el taxi. ¡Gracias a Dios era una buena suma! Las varias embarcadas han hecho de mí una mujer precavida.

—¿Quieres que te pida otra copa? —preguntó.

Subí la mirada hacia su rostro ya que su pregunta llamó mi atención. Se veía relajado, pero a la expectativa.

¿Por qué me mira así?

—No hay problema, ya me voy —respondí.

—¿Quieres que te llame un taxi?

Debí haberme visto ridícula queriendo ocultar mi desconcierto, sin lograrlo. Mi ceño fruncido apenas perceptible.

—¿Eres el dueño del restaurante?

—¿Disculpa?

Suspiré hondo, cansada, agotada de la noche, de estar allí sola y de… de todo.

—Necesitan que me vaya, ¿cierto? —le pregunté—. Está bien, tienen razón. —El mesonero no supo que lo hice cómplice de mi desconocida equivocación al mirarle—. Es tarde y debo irme a casa.

Debía levantarme después de decir aquello, era lo lógico. Pero nadie movió un músculo y a ciencia cierta no supe el porqué.

—¿«Necesitamos» que te vayas? —Negó levente con la cabeza y elevó la comisura de sus labios un poco—. Por lo menos yo, no necesito eso. En cambio, sé que tú sí precisas algo. —Se tomó una corta pausa—. ¿Qué es?

Ahora sí que lo miraba y con mucha atención, su manera de preguntar aquello me puso en alerta total. En ese momento no supe explicar ese tono de voz y Dios solo sabe lo mucho que quería responderle, decirle exactamente lo que quería y necesitaba.

Esa dichosa pregunta fue lanzada en mi mesa y rebotó contra mis sienes de una forma mortal, agonizante… ¿Qué necesitaba? ¡¿Qué necesitaba?! ¿Pagar la cuenta de la cena, irme a casa y dormir? ¿Eso era todo? Allí, pensando en la respuesta y viendo cómo él se dignaba a esperar que yo emitiera algún sonido, no despegué mis retinas de las suyas bajo todo ese proceso.

—Quiero volver a empezar —susurré, se me escapó sin aviso. Y sentí un repentino alivio, como sintiendo un peso liberarse de mis hombros pero sin certeramente percibirlo.

Válgame Jesús, que débil me había dejado mi fallida cita.

El caballero ante mí entrecerró sus ojos un poco, tan solo un pequeño movimiento. Tenía una sonrisa invariable, estaba desesperándome de una forma anormal.

—Ibas a tener sexo esta noche, ¿cierto?

¿Qué?

Sin darme tiempo a pensar en nada más, colocó un debo sobre su labio superior y lo comenzó a sobar, analizando y arrastrando la yema del índice derecho allí, en ese pedazo de carne, uno que me quitó el aliento y todo pensamiento coherente. Para efecto, mis palabras:

—Si te digo que sí, ¿qué pensarías?

—Que me decepciona el que te hayan dejado varada. Una mujer como tú debería estar sobre una cama.

El corazón que ya sentía enfermo se movió con una señal de sismo, no me gustó mucho lo que dijo pero la manera, la certeza y seguridad en cómo lo dijo… Pude haber sentido miedo, cualquier chica lo sentiría. Él era un extraño y dueño de aquel recinto, el Rey de esa esquina. Cualquier cosa que intentara hacer conmigo podría confundirse con algo peligroso.

Pero debo confesar que ese albur codicioso me encendió toda.

—¿Y si me respuesta es la contraria? ¿Si te digo que no?

—Entonces te diría que quieres empezar para precisamente dar inicio a una nueva aventura, porque las propias te merecen. —Se tomó un breve momento de silencio—. Pero algo te lo impide, ¿cierto? Algo te impide volver a empezar. ¿Qué es?

De nuevo ese extraño fisgoneo. Mi lengua estaba seca, mi paladar… Suspirar era lo que mejor hacía frente a él, lo comprobé tras sus directas palabras. De igual forma, ese hombre no lograría intimidarme.

—Que preocupación tan grande la de los hombres, ¿no es así?

—¿Cuál?

—Si nosotras las mujeres no poseemos el disfrute y la vida que físicamente deberíamos tener según ustedes, entonces el mundo termina allí, justo en ese instante. —Sonreí triste y hasta pude disfrutar que mis susurros y palabras bajas, de yo elevarlas, serían casi el único sonido en la estancia. Volví a mirarle y con más profundidad, quería que entendiera bien lo que le estaba diciendo—. Ustedes viven todo el tiempo, siempre, de maquinarle la vida a una fémina y déjame decirte algo, esa moda ya pasó, ahora somos otras. ¿A caso no se cansan de tener decepción tras decepción?

Sonrió genuinamente y tuve que mirar hacia otro lado para no mostrarme más por debajo de lo que me sentía en el momento.

Abajo. Debajo de mí. Muy por debajo de esa mesa quise estar de repente al ver esa sonrisa.

—Por favor —emitió una suave risa—, no pienses que me acerqué a tu mesa porque esté preocupado por ti. No te conozco de nada, pero supongo que una dama sola a estas horas en Maracaibo, llorando y mirando la pantalla del celular como si le fuera la vida en ello, es una atracción inevitable. —Tragué grueso al darme cuenta de sus detalles sobre mí—. No me eches la culpa de nada. En cambio, yo te echo la culpa de todo. Te echo la culpa porque por ti es que me alejé de mi mesa y me vine para acá.

¿Su mesa? ¿Es el dueño, o no es el dueño? Bueno, de serlo puede literalmente poseer una mesa aquí, pensé.

Y miré a mi alrededor ubicando al personal, o cualquier cosa que me insistiera que me encontraba en el ojo del huracán. Fruncí el ceño y apreté mis labios para evitar una profusa exhalación.

—Supongo entonces que todas y todos aquí ya debieron hacer sus conclusiones de lo que me pasa. Quizás el poco personal que queda debe estar pensando y divirtiéndose con el compañero dignado a cumplir una apuesta personal conmigo, ¿o no? Una jugada con la solitaria muchacha del vestido verde...

—¿Qué? —Sus cejas arrugadas hacían juego con su desconcertada sonrisa—. Yo no apuesto nada, nunca. No estoy cumpliendo ninguna apuesta.

—Entonces, ¿por qué me pediste permiso para sentarte aquí si no cumples con ninguna apuesta?

—Ok, entiendo tu punto. Pero no solo te pedí permiso para sentarme, te pedí permiso para acompañarte. Algo muy distinto.

—Ah, entonces lo reconoces. Reconoces que como empleado del lugar llevas una intensión. Lo haces y luego cambias la pregunta que ya por sí misma ha caducado hace bastante rato.

Me eché a reír con mis locuras. Él ya comenzaba a mirarme de una forma divertida y extraña y no supe en qué momento empecé a tutearle. Disfruté de mi risa, pero solo por un breve instante, porque el sonido de su silla siendo arrastrada hacia mi cuerpo me trajo de vuelta a la realidad, una de la que tampoco sabía que me había apartado y esta última palabra describe a la perfección el antónimo de cómo me encontraba ahora junto a él. Ese hombre decidió que con sus manos podía acercarme a su anatomía, a su hombría, a su perfume…, con todo y asiento.

El cuerpo que me soportaba aquella noche quiso sacudirse en defensa, pero el traicionero vestido dejó en evidencia un hoyuelo que solía formarse en mi muslo derecho. Me di cuenta de ello porque el frío del aire acondicionado se coló allí y al mover mi mano para bajar la falda, unas malditas y diabólicas palmas de macho me lo impidieron.

Atrapada… ¡Estaba atrapada y perdida!

Balanceó sus manos con toques de los que jamás había sido testigo en mi vida. Su aliento a whisky y ese perfume a hierbabuena se volcaron de repente sobre el hueco entre mi cuello y mi hombro. No tuve cabeza para nada más, ¡me la había arrancado de raíz! Manos sobre mis piernas, boca saboreando mi piel junto un pequeño soplido. El embarque, las lágrimas, el dolor, el fracaso, la angustia y hasta los minutos, se fueron al techo y se quedaron allí. Juro por el más alto rango en el cielo que ya no me importaba demasiado si la gente nos veía. Dos extraños se profesaban algo apenas íntimo, apenas turbio, apenas prohibido, pero demasiado excitante como para detenerlo.

Mis piernas estaban cruzadas antes de aquello y sentí perfecto cuando sus dedos las fueron separando poco a poco y no sé si fueron locuras mías, pero creí percibir un ligero olor a mí.

Creó más intimidad entre nosotros cuando su dedo índice, ese que antes arrastraba sobre su labio y ya me había encendido, comenzó a conocerme profundo, viajaba hacia el interior de aquella tela verde por debajo de la mesa y anclé mi mano en su muñeca. Pero presioné más para sostenerme, que otra cosa. Ese extraño se estaba metiendo en un lugar donde muy pocos habían entrado. Algo me dijo entonces que desde hace mucho, en ese lugar, él ya debía estar.

—Si esto que percibo aquí debajo es un anhelo por volver a empezar —susurró para matarme—, coordinaré un nuevo embarque, pagaré si es necesario para que te hagan llorar. —Su dedo encontró mi lugar y jadié—. Seré yo mismo quien te vista de verde nuevamente. —Su yema provocando un desorden en mi cabeza—. Ajustaré el broche de tus tacones para regresar aquí y comenzar, una y otra vez y tenerse así… —Metió su dedo al completo y mi lengua se secó por la sed de más que aquello me provocó—. Iniciaré unas cuantas veces, todas las veces que lo necesites.

Mi respiración, mi noche, mi vida dando piruetas, ¡transformándose!

—Tu rostro, mujer —continuó con placer—, este que veo ahora y que me dedicas mientras te recorro, valdría la pena cada hora de esta noche, cada desplante, cada puto mensaje de tu celular.

—Oh, Dios…

Siguió moviendo su macabro dedo, dentro y fuera, respirándome, venerando lo que su mano alcanzara. Estaba a punto, acabaría explotando en un lugar público de la mano de un total desconocido. Y como leyendo mis pensamientos, de inmediato se colocó en mi oreja para susurrarme:

—Mi nombre es Carlos, no soy el dueño del local, y si lo que quieres es empezar, entonces hoy lo harás conmigo.

CARLOS

Quiero volver a empezar… Tan pronto dijo eso, me volví loco.

Explicar de la mejor manera lo que sentí al escuchar aquello de su boca, con esa expresión exigiendo y rogando por ayuda, sería un arduo trabajo. Juro por lo más sagrado que no tengo caracteres ni números para exponerlo. Es de suponer que la única percepción efectiva al tocar a una desconocida, se limita en las sensaciones más físicas que puedan compartir dos personas. Pero esa mujer con sus palabras desordenadas y su roja confesión (un gran botón del peligro), me transformó en un ser de acción.

Me había propuesto no salir de casa esa noche. Mi trabajo suele ser demasiado competitivo y cansón; tratando de entenderme de manera sencilla. Los fines de semana los aparto para dedicarlos a la nada, a pernoctar en casa o en algún otro lugar para desconectar. Yo-no-estaría-allí. Aquello no estaba destinado y no soy un hombre de creer tanto en esas bobadas del destino. De hecho, todavía pienso que la cena que compartí con ella (si es que se le puede llamar cena, porque no recuerdo haberme comido nada que no fuese a ella misma), en el caso de desarrollarse en base a un plan, no habría quedado tan perfecta.

La vida nocturna en Maracaibo para un hombre que trabaja con tantas ratas y cizañas alrededor, suele teñirse de vicios y malos actos carnales. A ciencia cierta, muy pocos son los que saben cómo es este mundo aquí debajo. En las calles que todos transitan durante el día, el marabino siembra la sazón en base a los billetes que pagan putas, humos ilegales, peligro, delincuencia a borbotones, licor en cantidades infrahumanas, contrabando de cualquier tipo… Ver a una mujer sola en un restaurante como La Napolitana no es sorpresa, porque allí se reúnen desde artistas municipales con mayor renombre, hasta los chulos o proxenetas con sus hijas de la mafia. Y si los juntamos, déjenme decirles que de todo eso saldría una noche muy interesante. Es simple, ninguna mesa se comunica con la otra, todos dejan que fluya su noche predilecta pero, verla sola, esperando por alguien en una de esas mesas antiguas y de madera oscura que caracterizan al italiano establecimiento, podría ser, tal vez, un capítulo trillado en mi vida. Sin embargo, al verle el rostro algo pasó, nació ese interés, una malévola pretensión de sentarme a su lado así de la nada y comencé a darme cuenta de que ella no era una mujer cualquiera.

Pero algo más terminó por destruir por completo mi cordura: su desahogo. Y recordé que fue fácil acercarme, pero la ocasión como grandeza, colocó la cuestión espesa, difícil, como un tedioso problema. ¿Qué debía hacer? Su mala manera de responderme me dio a entender que frente a mí tenía a una altanera. Y como me gustan…, como gustan, de verdad, las altaneras.

No entiendo eso de que a los hombres nos encantan los desafíos. En mi caso, solo me gustan aquellas féminas sinceras y gracias a ese gusto, he aprendido a leerlas sin que hablen. Pues, ella lo hizo incluso antes de acercarme. Solo Dios sabe que Carlos, yo, este carajo quien tuvo la necesidad el día de hoy de contar aquella noche, luchó muchísimo consigo mismo para no desarmar a esa mujer en el acto.

Entonces ya la tenía bajo mis dedos, con ese olor tan conocido, aunque... No, no existía nada igual, nunca en mis treinta y cinco años de edad podría igualar su olor a feminidad con el de las mujeres que habían pasado por mis manos, no pude evitarlo.

Me acomodé como pude para taparla de los pocos curiosos, porque no iba a parar de tocarla y al mismo tiempo, no quería que se sintiera avergonzada. Ella había acabado en mis manos y la satisfacción era de miedo.

Con mi extremidad mojada por sus jugos, saqué la mano de su vestido y acerqué los dedos a sus labios. ¡Aun no entiendo cómo no morí en el acto! Empezó a reírse bajito, con la vista entrecerrada. Yo igual, no pude evitar sonreírle y mucho menos hacer que se saboreara entre mis yemas.

Entonces, así, inició una de las mejores conversaciones que he tenido en la vida.

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Comentários (2)
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Orla
Uff. Que bueno está . Quiero seguir leyendo.
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Adamis Mckeson
que tipo peculiar de charla ............
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