FAZER LOGINLos últimos 4 años de mi vida se había acabado en un trago amargo; ya no tenía empleo, tampoco un prometido, y mis ahorros que me había llevado años reunir se habían desvanecido en manos del hombre que tanto amé y en la mujer que había embarazado.
Ahora ya no tenía absolutamente nada.
Comprar el boleto de regreso a Alemania vació lo poco que quedaba en mi cuenta corriente. No me importó. Ya no tenía razones para guardar fondos. Ya no tenía nada que perder.
El viaje fue un borrón de aeropuertos y aviones, mi mente dando vueltas una y otra vez en lo que estaba a punto de hacer. ¿Con qué me encontraría al volver? ¿Le importaría que volviera a su lado, no por amor, sino por supervivencia y venganza? ¿Me esperaba una boda... o un final?
La verdad es que ya no me importaba. La traición de mi prometido había sido lo último que esperaba. Me había culpado de su propia infidelidad. Había dicho que ya era insuficiente para él. Y se había ido con otra por dinero y posición.
Al aterrizar, simplemente esperé en el exterior. Sabía que se enteraría de mi regreso, que acudiría a buscarme. Y así pasó. Solo una hora después, el mismo BMW que yo le había robado para huir, llegó y se detuvo suavemente frente a mí.
La ventanilla polarizada bajó suavemente y un hombre muy apuesto me hizo un gesto. Me alivió ver que no era él.
—Herr Müller me envió a recogerla. Me llamo Sasha —dijo.
Le agradecí cuando me entregó un gran abrigo y noté que a diferencia de Maximilian Müller, Sasha era amable. No preguntó por mi equipaje y tampoco donde había estado, tampoco mencionó el hecho de que yo había escapado solo un día anytes. Él simplemente arrancó el coche y condujo fuera de Berlín, tomó una carretera vacía entre la nieve, luego una desviación en el bosque. En un par de horas, ya estábamos frente a la imponente casa señorial, rodeada de blancos bosques y nada más.
—Venga, ya la espera.
Bajamos del coche y entramos. Me condujo a través de los pasillos, me llevó a un estudio que no había visto antes. Paredes forradas de libros, un escritorio de caoba maciza, ventanas que daban a los jardines nevados. Y allí, de pie frente a la ventana con las manos en los bolsillos de su estilizado traje, estaba él.
Sasha ni siquiera entró al estudio, y se fue apenas yo entré. Me puse tensa cuando la puerta se cerró detrás de mí.
—Hola —lo saludé, sintiendo el ambiente pesado.
Maximilian se giró al oír mi voz. Su rostro cincelado en piedra no mostró sorpresa, como sí mi regreso hubiera sido inevitable. Esos ojos claros me estudiaron con intensidad, notando que había vuelto con la misma ropa y sin nada más.
—¿De regreso tan pronto? —dijo con esa voz gruesa y ese acento que volvía cada palabra rústica—. ¿No estaba ansiosa por irse de aquí y reunirse con ese prometido suyo?
Desvié la mirada de su rostro al piso, con gran vergüenza por mi orgullo destruido. ¿Cómo decirle que él había acabado conmigo? ¿Qué mi prometido me había engañado, robado y elegido el dinero de esa mujer por encima de mí?
—Infidelidad, ¿no?
Esas dos palabras, dichas con fría voz alemana, me hicieron alzar los ojos y verlo con sorpresa. Maximilian me miró desde el otro lado de su escritorio y luego suspiró, cerrando los ojos, y la gran manzana de Adán en su grueso cuello se movió cuando tragó saliva.
—Después de desaparecer por una semana, ese tipo no la buscó, no llamó a la policía. No hizo nada para encontrar a su prometida, ¿no es prueba de algo turbio?
Apreté los labios, y volvió a dolerme. Mi pecho ardió y las lágrimas volvieron a acumularse en mis ojos. En el pesado silencio del estudio, Maximilian caminó hacía mí y, con una delicadeza que no esperaría de un hombre como él, inclinó su cuerpo y acarició mis mejillas. Se llevó mis lágrimas.
—¿Por qué ha vuelto, Emma?
¿Cómo decir que yo estaba allí, delante de él, para ponerme por encima de hombre que me arruinó, para verlo desde una posición mucho más alta de la que él jamás podría obtener? Además, aún era consciente de las unicas dos opciones que tenía: casarme o morir. Y elegía la primera.
—Acepto —dije sin preámbulos.
Entonces algo cruzó su rostro. ¿Satisfacción? ¿Triunfo?
—¿Aceptas qué? —se me acercó aún más, con pasos lentos, medidos, como un depredador—. ¿Qué es lo que aceptas de mí?
Se detuvo a nada de mí, tan cerca que tuve que inclinar la cabeza hacía atrás para poder mirarlo. Con los ojos llorosos, miré la atractiva cara de ese hombre alemán. Desde esa perspectiva, parecía aún más grande, más imponente.
—Su propuesta —aclaré, manteniendo la voz firme—. Quiero casarme con usted.
A pesar de estar llena de dolor, me negaba a dejarme intimidar por su estatura imponente, por esos hombros anchos que parecían llenar el espacio.
—¿Y tú prometido? —preguntó con un tono que sonaba a burla—. ¿Tus planes de boda?
Mis labios temblaron y, por primera vez desde que vi a Christian con esa mujer, el dolor me rebasó por completo. Sentí cómo sí mi pecho hubiera sido abierto por la mitad y ya no tuviese nada dentro.
—Ya nada de eso pasará —le respondí.
Sus ojos se entrecerraron, estudiándome con una intensidad perturbadora.
—¿No te retractarás en el futuro? ¿No te reconciliaras con ese hombre y buscarás irte de nuevo? Te aviso que esta vez te lo permití, pero ya no más.
Sus ojos claros parecieron enfriarse, y supe que hablaba muy enserio. Lo entendí, él me había dejado marchar, pudo detenerme, pero no lo hizo porque sabía que volvería. Y allí estaba yo, aceptando casarme.
—No volveré a escapar. Me casaré. Pero tengo condiciones.
Entonces, una sonrisa lenta, oscura e impresionada, se dibujó en sus labios.
—¿Condiciones? —repitió, y sonó divertido por primera vez—. Aún en tu posición de desventaja, ¿demandas condiciones?
Alcé la barbilla, enfrentándolo. Ya había sido arruinada una vez, y no iba a permitirlo de nuevo. Esta vez tomaría precauciones. Sí iba a casarme con ese hombre, sacaría provecho de él, así como él pensaba aprovecharse de su matrimonio conmigo.
—Si quiere que esto funcione, si quiere una esposa convincente, entonces escuchará lo que tengo que decir.
Alzó una ceja y sin molestarse se cruzó de brazos. El movimiento hizo que sus hombros parecieran aún más anchos, más amenazantes.
—Gut —dijo finalmente—. Te escucho.
Respiré profundo, preparando lo que había planeado en el vuelo. Si todo resultaba bien, me casaría, y si no, nunca saldría de esa casa.
—Primero: me pagará por cada interacción publica —comencé, y vi como sus oscuras cejas se alzaban por la sorpresa—. Cada vez que me llame “esposa”, “cariño”, o cualquier termino afectuoso en público, me pagará.
Cerré las manos en fuertes puños mientras seguía hablando y veía sus rasgos cambiar. ¿Había sido buena idea ir allí con tanto valor?
—Cada vez que tome mi mano, me abrace, me bese, me pagará. Y el precio variará según el nivel de intimidad.
El silencio que siguió fue absoluto. Maximilian me miraba como sí de repente no comprendiera mi idioma.
—¿Me estás pidiendo que te pague... por tocarte? —preguntó lentamente luego de unos instantes, cada palabra pronunciada con precisión alemana.
Haber sido traicionada por un hombre luego de 4 años juntos, me había vuelto precavida.
—No es una petición —le aclaré—. Es una condición. Si quiere una esposa en todo el término, tendrá que pagarla. Como cualquier transacción comercial.
Lo vi llevarse los nudillos bajo la barbilla y mirarme a detalle, como sí yo ahora fuese diferente a sus ojos.
—¿Y cuándo me costaría tocar a mi esposa?
Aunque me sentí como una servidora sexual, le respondí.
—Depende...
Algo oscuro brilló en sus ojos claros.
—¿Depende de qué?
Sentí mi cara ponerse roja.
—Del nivel de intimidad. Cualquier cosa más íntima... tendrá un precio considerablemente más alto. Además, en cuanto termine su gobierno, querré el divorcio.
Ante mi atrevimiento, se me acercó más, invadiendo mi espacio personal. Su presencia era abrumadora, el calor de su cuerpo, el olor a madera y especias de su colonia. Tuve que hacer un gran esfuerzo para sostenerle la mirada y no retroceder.
—¿Y sí simplemente tomo lo que quiero? —susurró y su voz fue como un terciopelo oscuro, a pesar de ese acento ronco y brusco—. ¿Si decido que no pagaré por lo que ya es mío? ¿Sabes que, sí lo deseo, puedo casarme contigo ahora? ¿Eres consciente de que doblegarte no es un problema? ¿Entendiste cuando te dije que solo tenías dos opciones en esta casa?
Casarme o morir. Esas eran las dos opciones, y no las había olvidado.
—Con las elecciones próximas y un compromiso recién anunciado, será un problema llegar a la presidencia sin esposa. Pero también será un problema tener una esposa que no lo parece.
Agudizó sus lindos ojos y un musculo se tensó en su mandíbula. Nos miramos durante lo que pareció una eternidad. Podía ver el conflicto en su mirada, en la lucha entre su orgullo y lo que era conveniente para él.
Finalmente, se alejó y camino hacía su escritorio con pasos pesados. De un cajón sacó una libreta de cuero y una pluma estilográfica. Me las entregó.
—Escribe tu lista de precios —dijo con voz neutra—. Cada interacción, cada contacto, cada palabra por la que desees cobrar. Haremos un contrato prenupcial.
Sonreí para mis adentros ante ese gran triunfo y comencé a escribir. Él se quedó de pie, observándome con esos ojos claros que parecían atravesarme. Cuando terminé, le extendí la libreta y Maximilian la leyó en silencio, con su rostro impasible.
Finalmente levantó la vista.
—10 mil dólares por una noche —dijo lentamente—. Eres ambiciosa.
No pretendía dormir con él, por eso había puesto un precio muy alto. Si buscaba sexo, le saldría más barato ir con una prostituta.
—Además, tenga en cuenta las condiciones adicionales. Todo pago debe realizarse dentro de 24 horas posteriores al contacto. Los pagos se depositarán a una cuenta bancaria a mi nombre exclusivo. El contrato es confidencial y no puede ser revelado.
Esta vez fui yo quien avanzó hacía él, hasta plantarme justo en frente de ese enorme tipo.
—Y dentro de 5 años, cuando finalice su mandato, disolveremos este matrimonio.
Nos miramos por un largo momento. A pesar de que él parecía querer aplastarme bajo su mano, yo le sostuve la mirada, negándome a dejarme intimidar. Sí iba a casarme con ese tipo, no podía vivir temiéndole y escapando de él.
Por primera vez en mi vida, tomaría todo lo que pudiera de una relación. Esta vez no me quedaría en la calle después de una ruptura.
—¿Tenemos un trato, señor Müller? —le pregunté.
—Aun no —dijo él, enderezando la espalda y una torcida sonrisa apareció en sus labios.
Tomó la pluma y en el papel agregó una cláusula al final de la lista. La giró para que pudiera leerla. Era una cláusula adicional y decía dos cosas: Sí la esposa inicia contacto físico voluntario, el esposo no está obligado a pagar. Sí la esposa muestra afecto genuino, fuera de sus obligaciones públicas, no se considerará una transacción.
Levanté la vista hacía él, sorprendida.
—Eso no pasará.
—Wir werden sehen —murmuró y dejo el papel para trasladar sus manos a mi cara—. Ya veremos.
Con los pulgares acarició mis mejillas, y terminó sonriendo con ironía.
—Supongo que ahora te debo 300 dólares, Liebling.
Una caricia y un apodo cariñoso, pero con un significado desconocido. Ese era el final de mi vida y el comienzo de un calculador matrimonio: un enlace oscuro, complicado y posiblemente peligroso.
Pero también era mi elección.
—Willkommen in der Familie, Frau Müller —dijo con esa voz grave, doblando su gran cuerpo para darme un breve beso—. Bienvenida a mi familia, señora Müller.
Después de su confesión pública, todo se movió demasiado rápido. Un caos de dimensiones ininmagables se instaló en todo el país, desatando protestas y reclamos al presidente. Maximilian tomó el primer paso y antes de ser expulsados del palacio de Bellevue, él pidió empacar todo y nos mudamos a la casa señorial, esa misma donde vivimos al comienzo de todo.Volví a ver sus dimensiones imponentes, sus esculturas en los techos, los estanques congelados y sus muros impenetrables. Pero ahora, en lugar de provocarme temor, me llenó de alivio entrar en ella y saber que estaba en casa, donde de verdad pertenecía.En la intimidad de nuestra habitación, días despues, mientras todos los medios hablaban y la prensa presionaba, donde las cámaras no podían alcanzarnos, me senté frente a él, estudiando cada línea de su rostro.Había algo diferente en sus ojos, como si un peso invisible hubiese sido levantado, pero al mismo tiempo, una nueva carga se hubiera instalado en su lugar.—¿Qué va a pasar aho
Hans condujo a toda velocidad por las calles desiertas, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en el camino. Yo, sentada en el asiento trasero, apenas podía contener las lágrimas. Mi bebé, como si percibiera mi angustia, lloraba desconsoladamente en mis brazos. Intenté calmarlo, pero mi propio temblor lo alteraba aún más.—¿A dónde vamos? —pregunté con la voz quebrada, intentando mantener la calma.Hans no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos revisaban constantemente los espejos retrovisores. Sus manos estaba tensas sobre el volante. Finalmente, habló.—A un lugar seguro. Maximilian sabía que esto podía pasar. Me pidió que te sacara de ahí si las cosas se complicaban.—¿Y él? —insistí, mi voz subiendo un poco más de tono—. ¿Qué le va a pasar?Hans apretó los labios, como si las palabras le pesaran demasiado.—Él puede cuidarse solo.No era suficiente para mí. ¿Cómo podía estar tan seguro? Había visto a Maximilian enfrentarse a esos hombres, per
La camioneta avanzaba lentamente entre los contenedores apilados del puerto, el rugido del motor apenas audible entre el sonido de las olas golpeando el muelle. Tenía a mi bebé apretado contra mi pecho, su respiración cálida y tranquila contrastando con el caos que se desataba a nuestro alrededor. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se iba a salir del pecho. A través de las ventanas polvorientas, podía ver a Maximilian de pie en medio de la bodega, rodeado por una docena de hombres armados. Su postura era firme, su expresión impenetrable, pero sus ojos… sus ojos buscaban algo.A pesar del miedo que me atenazaba, no podía apartar la mirada de él. Aquel no era el hombre que yo conocía, no era el esposo que compartía conmigo las noches tranquilas en casa, ni el padre que cantaba canciones de cuna al bebé. Este Maximilian era alguien completamente diferente: frío, calculador, peligroso. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que estaba viendo al hombre que había s
La noche había caído sobre Berlín, y la ciudad, vibrante y luminosa, parecía ajena al caos que se desataba en mi interior. Estaba sentado en mi despacho, con las manos entrelazadas sobre la mesa de caoba, intentando procesar las palabras de Christian. Su voz aún resonaba en mi cabeza, como un eco que no lograba disiparse.—Sasha es el traidor —había dicho, con una certeza que me heló la sangre, entrando a mi despacho con una actitud descontrolada—. Emma me pidió investigarlo hace un tiempo, cuando nos reencontramos. Todo apunta a él.La incredulidad me había paralizado al principio. En ese momento la idea de Christian y Emma juntos no me pesó tanto. Toda mi mente se volcó en otro lado. Sasha, mi amigo de toda la vida, mi confidente, el hombre que había sido como un hermano para mí. ¿Cómo podía ser posible? Pero Christian no era alguien que hablara sin pruebas. Había llegado a mí desesperado, preocupado por Emma y el niño. Y ahora, mientras las piezas del rompecabezas comenzaban a enca
El aire en la cabaña era denso, cargado de tensión y miedo. Sasha se paseaba lentamente de un lado a otro, como un león enjaulado, mientras los hombres de la mafia comenzaban a llegar. Uno tras otro, cruzaban la puerta, sus rostros endurecidos y sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Algunos saludaban a Sasha con inclinaciones de cabeza, otros con palmadas en la espalda, como si fueran viejos amigos que se reencontraban después de mucho tiempo.Yo permanecía sentada en la silla, inmóvil, con las manos apretadas sobre mi regazo para evitar que temblaran. Mi hijo dormía en la cuna improvisada, ajeno al peligro que nos rodeaba. Mi mente trabajaba a toda velocidad, buscando una salida, una oportunidad para escapar. Pero con cada hombre que entraba y llenaba el pequeño espacio, mi esperanza se desmoronaba un poco más.¿Hasta donde podía llegar sí me levantaba, tomaba a mi hijo y salía corriendo? Probablemente ni siquiera lograría alcanzar la puerta.¿Tendría que esperar un momento de distr
La noche había caído sobre Bellevue, envolviendo el palacio en un manto de silencio. Las luces del exterior proyectaban sombras alargadas en las paredes, y cada crujido del suelo parecía amplificarse en la penumbra. Mi corazón latía con fuerza mientras me movía de un lado a otro en la habitación, incapaz de encontrar consuelo en la espera. Maximilian había salido temprano esa mañana para atender asuntos urgentes, y desde entonces no había tenido noticias suyas.En mi mente, las palabras de Christian resonaban como un eco interminable: "Sasha nunca dejó la mafia". La traición de alguien tan cercano a nosotros, alguien en quien habíamos confiado ciegamente, me carcomía por dentro. Pero lo que más me atormentaba era cómo decírselo a Maximilian. ¿Cómo podía revelarle que el hombre que había sido como un hermano para él, un pilar en su vida, era el enemigo?Mientras intentaba calmar mis pensamientos, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Lo tomé rápidamente, esperando que fuera Maxim