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MI BODA SILENCIOSA

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2026-02-17 04:03:47

Creí estar lista para casarme con él. Pero nunca imaginé que ocurriría tan deprisa. Sin embargo, aquel hombre tenía prisa. No hubo tiempo para procesar lo que había hecho, para cuestionar la locura de haber regresado voluntariamente a la casa de ese hombre. 

A los dos días de mi regreso, simplemente Maximilian Müller salió unas horas a Berlín y cuando regresó, lo hizo con un hombre. Un invitado. Y me presentó con un gesto de cabeza simple, mientras se quitaba el grueso abrigo y los guante.

—Es ella. Es Frau Müller —dijo, y entendí que me llamaba “señora Müller”, a pesar de que todavía no nos casábamos. Era como si ya fuera un hecho consumado, una inevitabilidad.

El hombre, de pulcro traje negro, asintió con un gesto de comprensión y me saludó con una sonrisa.

—Encantado, señora.

Después de esa extraña presentación, Maximilian le indicó el camino a su estudio, y cuando yo pretendí simplemente alejarme, me indicó ir con ellos. Tuve que hacerlo. Y allí, en el escritorio, el hombre sacó una pila de documentos. Después, empezó a hablar frente a nosotros y al fin entendí quién era. Se trataba de un oficiante de bodas. 

Alcé el rostro hacía Maximilian, pero él se mantuvo mirando al hombre, atento a cada palabra suya.

—Como dijo Antoine de Saint-Exupéry: “amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección”.

Con miles de pensamientos y arrepentimientos llenando mi cabeza, escuché cómo el oficiante celebraba la boda civil allí mismo, en un estudio vacío, sin invitados, familiares y sin que pareciera en absoluto una boda.

—Hoy, en este instante, Maximilian y Emma se comprometen con palabras sinceras y un anillo que representa su amor eterno.

En ese momento, Maximilian se giró hacía mí y tomó mis manos sin reservas. Al anillo de compromiso que me había puesto en el crucero, le dio un hermano: un anillo mucho más ostentoso, con un gran rubí en el centro, rodeado de diamantes pequeños en una sortija de oro brillante. Era el anillo de bodas.

—Con este acto simbólico, declaro que Maximilian Müller y Emma Vega están oficialmente unidos en matrimonio.

En menos de 5 minutos, la ceremonia concluyó. Y yo seguía sin procesarlo. El funcionario devolvió todo a su portafolio y estrechó la mano del señor Müller.

—¡Felicidades, Herr! Me encargaré del trámite legal y el matrimonio quedará registrado pronto. Podrá celebrar una ceremonia mejor planeada sin problema, como acto simbólico y no habrá problema.

No escuché lo que Maximilian le respondió, tampoco los oí salir. Mis oídos no percibían nada, y mis ojos seguían mirando el rubí en mi dedo. El contraste a lo que había soñado era descomunal. Cuando aún creía que me casaría por amor, había planeado una boda pequeña pero especial: un vestido, decoración, el pastel, incluso los votos... Todo especial.

Pero, sin saber cómo, había terminado casada en un estudio.

—¿Qué ocurre? —me preguntó y se sentó tras su escritorio con esa elegancia natural que poseía. Llevaba un traje gris oscuro que se ajustaba perfectamente a su complexión amplia.

Cerré la mano y la apreté contra mi pecho.

—¿Así se casa un futuro presidente? ¿O es lo que merezco yo, siendo una persona promedio y no la rica mujer con quién debía casarse?

Él simplemente se sirvió una taza de café con movimientos precisos. Noté que, a diferencia mía, él no llevaba ningún anillo.

—Las elecciones son en dos meses —me explicó con esa calma que me irritaba—. Necesito que la imagen de pareja estable esté consolidada antes de la recta final. Además, casarme ahora contigo evita que mi equipo de campaña interfiera.

Hice un gesto de confusión.

—Por ahora, eres un secreto, periodista. Un secreto resguardado en mi casa señorial. Mi equipo no sabe de ti, nadie sabe. La prensa que estuvo en la fiesta de compromiso aún no publica nada, por orden mía.

—¿Por qué? —intuí que tenía qué ver conmigo.

Y no me equivoqué.

—Algunos aún tienen dudas del camino que elegí, sustituyendo a mi prometida original con la periodista que fue testigo de mi crimen —dijo y el aire se atascó en mis pulmones—. Sugieren que lo mejor sería “cortar” el problema desde sus raíces y no mantenerlo bajo control. 

Del escritorio tomó una pluma estilográfica y la paseó por sus dedos, admirando los detalles. Cada palabra era calculada, estratégica, y entendí que nada en él era espontaneo.

—Así que, ahora mismo, nadie sabe que te tengo aquí. Creen que te mantengo aislada en otro lado, mientras decido. Pero ya decidí, por eso me casé.

Lo había pensado mucho luego de elegir casarme con ese tipo: debía protegerme de él. Sin conocerlo, sin saber nada de su carácter, debía protegerme en caso de que en algún momento me viera como un “problema”. Por eso elegí ser su esposa con un doble propósito: asegurar mi futuro y mi vida. Mientras estuviéramos juntos, lo investigaría.

Investigaría todo: su pasado, su origen, su familia. Todo lo que me ayudará a protegerme en caso de que ese criminal, disfrazado de político, cambiará de parecer respecto a mí.

—A propósito, firma esto.

Extendió un papel con los dedos. Comencé a leerlo. Era un documento ya preparado, y contenía todo lo que yo había escrito como condiciones: los costos por menciones públicas, el contacto físico público, contacto físico privado, apariciones públicas y las condiciones adicionales puestas por él. Pero además de eso, contenía sus propias clausulas restrictivas.

—Es el contrato prenupcial —explicó al ver mi cara—. Estándar para matrimonios de conveniencia política. Protege mis activos en caso de divorcio. Lo enviaré a mi abogado para que lo revise antes de que se registre el matrimonio.

Lo leí cuidadosamente. Era generoso, más de lo que esperaba. En caso de divorcio después de 5 años, recibiría una suma considerable. Pero había una cláusula que me hizo detenerme y fruncir el ceño.

— “La esposa no podrá revelar información confidencial sobre el esposo bajo pena de acciones legales” —leí en voz alta y luego alcé la vista a él, viendo con enfado que estaba un paso delante de mí—. Esto incluye el crimen que presencié, ¿verdad?

—Por supuesto —me respondió—. Esa es la razón por la que estás aquí, Liebling. Eres un testigo inconveniente que necesita ser... controlado.

Contuve un gesto de irritación. Como periodista, podría investigar de él todo lo que quisiera, pero revelar algo sería el problema.

—¿Un testigo controlado? ¿No será mejor llamarme testigo silenciado?

—Controlado —insistió él, y se inclinó sobre el escritorio, acercando su rostro al mío—. Debes reconocer la diferencia. Silenciarte sería acabar contigo, como mi equipo sugiere. Controlarte, por otra parte, es darte una razón para mantener el silencio.

Me controla a traves de este maldito matrimonio, pensé mirándolo con enfado, ¿así asegura mi silencio? Con la punta de dedo, dio dos toques en el papel. Y tuve que firmarlo. Lo que averiguará de él, ¿cuánto me costaría sacarlo a la luz?

—En unas semanas, celebraremos una ceremonia mucho mejor —guardó aquel valioso documento y sus dedos se cerraron en mi mentón. Su voz se suavizó, igual que esos ojos—. Tendrás una gran boda, cariño. Así que no te enfades.

No lo frené, podía hablarme así y acariciarme, siempre que pagará lo acordado. Y siempre lo hacía, me había abierto una cuenta en Alemania y depositaba sin demoras. No lo detuve ni siquiera cuando su mano bajó a mi garganta y sus dedos se cerraron en torno, como una gruesa cadena.

Jadeé levemente, sintiendo la presión, pero mirándolo a la cara.

—Hoy se está endeudando conmigo...

—No importa. Tengo el dinero suficiente para cubrir ese contrato un millón de veces. Ahora, tengo curiosidad respecto a tus propios limites.

Mi corazón latió más rápido cuando me jaló hacía él. Tuve que poner ambas manos sobre la gruesa madera que había entre los dos para no caerme al frente. Ahora estábamos lo suficientemente cerca para que pudiera ver los distintos matices azules en esos ojos.

—¿Mis limites? —pregunté, aunque no estaba segura de querer oír su respuesta—. ¿De qué habla?

Maximilian alzó una ceja, y me habló con burla en ese tono alemán, grueso y casi agresivo.

—Yo no tengo problemas para cubrir los costos de tus condiciones. Puedo cubrir perfectamente el precio de una caricia, incluso el exuberante costo de una noche contigo, puedo cubrirlo diariamente. ¿Pero tú puedes sostener tus propias condiciones?

Su cuello se ladeó unos grados, examinando con una especie de placer cómo sus palabras cambiaban lentamente mi expresión. Pasé de la confusión, al entendimiento y después al temor. Me di cuenta de que decir que era inteligente, era decir poco: Maximilian Müller era perspicaz y un hombre totalmente astuto.

—Tengo curiosidad de saber qué tanto eres capaz de hacer conmigo, Emma —impregnó mi nombre de un marcado acento alemán. 

No lo esperaba. Así que no supe cómo reaccionar cuando, jalando de mí, me besó de lleno. Su boca capturó la mía con una intensidad que puso mi mente en blanco. No fue un beso tierno, sino uno totalmente pasional y descarado. Fue hambre, fue burla, y un triunfo que pude saborear en su lengua.

Mis manos subieron instintivamente a su pecho, sintiendo los músculos solidos bajo el costoso traje. Él gruñó contra mi boca, un sonido bajo y gutural que envió un extraño calor directo a mi vientre.

—En tu lista de condiciones, olvidaste decir que eras libre de elegir no cumplir con el contacto que tanto restringes —habló contra mis labios. Noté la sonrisa en su voz—. Eso quiere decir que, siempre que te pagué, puedo tocarte todo lo que quiera.

Y, dicho esto, liberó mi garganta, pero solo para sujetar mi delgado brazo y tirar de mí. La fuerza que usó para atraerme fue tanta que terminé con una pierna encima del grueso escritorio y ambas manos plantadas firmemente. La bata que llevaba se abrió por los hombros y mostró parte de mis pechos sin sujetador.

—Esto complica las cosas —dijo con la voz enronquecida y cuando levanté los ojos, lo encontré mirando la piel expuesta.

Pero antes de poder cubrirme o reclamarle, me tomó por la nuca y me hizo besarlo. Su lengua rozando la mía en un beso mucho más profundo y agresivo, hizo que perdiera la capacidad de pensamiento racional.

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Último capítulo

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