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SU PROPUESTA

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2026-02-06 02:39:23

Mi aliento quemaba y mis mejillas se volvían más rojas conforme corría. Estaba congelándome viva, pero no iba a detenerme. Mientras tanto, detrás de mí enormes reflectores se encendieron e iluminaron con cegadoras luces blancas la nieve.

Aceleré el paso cuando escuché cómo se acercaba junto a sus enormes perros, siguiendo el rastro de mis pisadas. 

—¡Emma! —su voz, como un trueno, me llamó y resonó con fuerza a mi alrededor. ¿En qué momento había averiguado mi nombre? ¿Qué más sabía de mí?

La nieve caía como un manto silencioso en el bosque y el aire me cortaba la piel, pero el verdadero frío estaba en mi pecho: huía de mi prometido y del lugar a donde me había arrastrado en secreto.

Me arrepentía de haber puesto mis ojos en aquel tipo. Aquella figura pública. Ese tipo cuya carrera política iba en ascenso. Un candidato fuerte a la presidencia. Todo mundo sabía que estaba destinado a ganar... Y creí que yo, una periodista poco conocida, podría sacar provecho de su fama. Con una cámara en mano empecé a seguirlo. A monitorear su agenda política y los eventos a los que asistía. Todo con el único objetivo de fotografiarle y obtener una historia suya que pudiera publicar. Quería una historia que llenará los diarios y brillará en los noticieros, que provocará revuelo y que todos los reflectores cayeran sobre mi noticia.

Pero jamás anticipe que yo me volvería parte de esa noticia. Antes de darme cuenta, ya estaba del otro lado del noticiero. No como la periodista que había obtenido una nota envidiable del próximo presidente de una nación, sino como la mujer con quién él se iba a casar. En un instante, me volví la prometida de un futuro presidente.

—¡Emma!

Antes de poder dar otro paso lejos de allí, una luz me iluminó por completo y tuve que detenerme. Temblando de frío, me giré y los enormes perros blancos me rodearon. Vestido con un grueso y largo abrigo de piel, quizás de lobo, y guantes en las manos, se detuvo y me miró temblar en medio de la nieve. Yo aún llevaba el vestido negro que había rentado para acudir a su fiesta de compromiso, como una periodista más, nunca como su pareja.

—Lo que hizo conmigo... no se lo permitiré —le dije con los labios azules y la voz temblorosa por el frío extremo—. No dejaré que me vuelva parte de su engaño.

Aunque no podía verle el rostro, igual lo miré con desafío, con los recuerdos de la fiesta de compromiso aún frescos. Después de anunciarme como su prometida en aquel crucero en el mar del caribe, me había llevado a una habitación y, fingiendo ser amable, me había ofrecido una bebida para tranquilizarme. Luego de eso, yo había despertado allí, en un lugar que no era el crucero: una gigante mansión rodeada de blancos bosques.

—Yo no soy su prometida y no me quedaré aquí...

Delgadas ramas se rompieron bajo sus pies cuando se aproximó y tocó mis heladas mejillas. Lo miré directamente a la cara, con los labios apretados, preguntándome cómo liberarme de todo eso.

—¿En verdad imaginó poder escapar y sobrevivir a esta nevada? —su mano tomó mi muñeca y, llevándose un pequeño radio a la boca, aviso que dejarán de buscarme y que volveríamos a aquella mansión de la que tanto me había costado salir.

Pero yo no pensaba volver tan fácilmente y ser silenciada. Al contrario, sujeté su brazo y planté firmemente los pies en la gruesa nieve.

—No jugaré al mismo juego que usted —le advertí.

—Usted y yo tenemos mucho de qué hablar. Resolvamos esto de forma pacífica.

—Yo no soy la mujer que debería estar aquí —traté de liberar mi mano arañándole la suya, pero él comenzó a caminar y a arrástrarme de regreso a aquella enorme casa a la que me había llevado la noche anterior.

Su verdadera prometida había huido, roto su compromiso sin avisar y escapado antes de él. ¿El saber que su futuro esposo provenía de una de las mafias más poderosas del mundo fue la razón de que haya decidido irse?

—¡Tampoco puede silenciarme! ¡No puede usarme!

Yo había visto demasiado en aquel crucero: una discusión sobre sus nexos con la mafia alemana, el cuerpo de una persona cayendo al mar, el silencio que siguió, la mirada del candidato cuando se cruzó con la mía y supo que yo lo había visto todo, mejor dicho, captado todo con mi cámara. En aquel momento su expresión había cambiado radicalmente; se había llenado de frialdad y de astuta inteligencia. Y antes de poder reaccionar, le había dado un giro radical a la situación al anunciarme como la mujer con quién se casaría.

Caminando en la nieve, regresamos a la enorme mansión. No, no era una mansión exactamente, era distinta: una construcción clásica mucho más grande e impresionante. Era más similar a un palacio, y se alzaba en la penumbra como un gigante silencioso. Sus columnas neoclásicas, altas y solemnes, brillaban bajo la luz de la luna, reflejándose en los canales congelados que lo rodeaban como espejos, reflectando también la poca luz que escapaba de los altos ventanales, alineados con una precisión exacta en sus muros de piedra clara. Al frente había un parque inmenso con aire barroco, con sus avenidas arboladas y estanques oscuros.

El edificio entero transmitía una sensación de absoluto orden y poder, como si nada pudiera escapar de su mirada. En el techo, después de 4 pisos, pude ver estatuas de cisnes y hombres mirándonos.

—Entremos —dijo y jaló de mi mano cuando notó mi resistencia a seguirlo.

Al cruzar el umbral de aquel lugar, vi por primera vez todo lo que había pasado por alto al despertar y salir de allí a toda prisa. La primera impresión de su magnificencia fue abrumadora. Los salones se extendían con techos altísimos, decorados con estucos dorados y molduras que parecían contar antiguas historias. Las paredes, cubiertas con tapices y paneles de madera oscura, transmitían una solemnidad que imponía respeto.

—He enviado a comprar ropa para ti en Berlin, pero la nevada retrasará a mis empleados y volverán hasta mañana.

Me hizo sentarme en la descomunal sala y me entregó su propio abrigo. De solo tocar el esponjoso pelo mis manos se sintieron calientes y no dude en envolverme en él. Con una calma extraña, Maximilian Müller se sirvió un trago y luego se sentó delante de mí, como un negociador tan elegante como temido.

—No puedes irte —fue tajante, como sí no hubiese otra respuesta—. Después de lo que viste y sabiendo que eres periodista, no puedo permitir que te vayas.

—Esto es una confusión, ¡yo no...!

Me miró y eso bastó para que mi voz muriera.

—Eso no importa. Fuiste testigo de que cometí un crimen al perder los estribos, y no puedo dejar que hables...

Me levanté, temiendo morir allí. Ese hombre no era un simple candidato a presidente, sino que bajo esa piel se escondía un mafioso, y uno de los peores.

—¡No hablaré! ¡Juro que no!

Él también se puso de pie y caminó hasta mí. Ya lo había visto ciento de veces en televisión, pero me sorprendió lo llamativo que era a la vista. Su cabello castaño encajaba muy bien con los ojos claros, y todo eso iba muy bien con el resto de su rostro: maduro y atractivo. Con más de dos metros de musculo, Maximilian Müller tenía una apariencia deseable, más que eso, demasiado dominante.

—¿Prefieres morir a quedarte?

Su pregunta fue inesperada, y se quedó flotando un minuto en el silencio de aquel inmenso lugar.

—Qué... ¿dice? —como tonta, apenas pude hablar.

Él alzó una ceja clara y gruesa.

—Eso me sugirió mi equipo de campaña —a diferencia mía, mantuvo un rostro sereno, hablándome desde la diplomacia—. Es sencillo acabar con una persona. Sobre el compromiso, ya está anunciado, y podemos prescindir de ti con una buena excusa. Después de las elecciones, diremos que nuestros intereses nos han llevado por caminos diferentes.

Estiró un brazo y sujetó mi mano derecha con sus dedos, gruesos y largos. Ambos bajamos los ojos, mirando aquel costoso anillo que me había puesto en el crucero, sellando un compromiso que no era real. Con el pulgar, acarició la gran piedra y sus cejas se fruncieron.

—Eso sería lo ideal, después de todo, dejar a ir a una persona que sabe mucho, implica el riesgo de que en el futuro se le vaya la lengua —levantó la mirada y me miró llenarme de miedo bajo unas largas pestañas oscuras—. Y ese riesgo crece si se trata de una periodista, ¿lo entiendes? No puedes irte de aquí caminando.

Aunque su abrigo me envolvía y la estancia era cálida, mis huesos se llenaron de gélido hielo y apenas pude contener un estremecimiento. Por un largo instante, incluso respirar se volvió un desafío. Incluso morir congelada en la nieve hubiese sido mejor. Todo hubiese sido mejor a caer en las manos de un hombre como ese, con nexos con la mafia y un poder creciente en la política.

—Sí decides quedarte conmigo y guardar lo que sabes, me aseguraré de nadie ponga una mano en ti —acarició mis dedos y su mirada se suavizó un ápice—. Cuidaré de ti, como no he cuidado de nadie. Eso puedo prometértelo, Emma.

Lo sabe todo de mí. No ha dejado cabos sueltos. En sus ojos había una indiferencia permanente y sus expresiones siempre eran severas, distantes; a él no le importaba mi vida. Comprendí en ese momento que no estaba delante del candidato que seguí, sino al frente de un hombre criado en lo más profundo y corrupto de una organización criminal.

—¿Por qué me trajo aquí? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Esta es una casa señorial situada en el norte de Alemania. Históricamente se solía utilizar como pabellón de caza por la nobleza alemana. 

En una noche me había trasladado desde el caribe hasta Alemania.

—Por lo tanto, está lejos de la mayoría de los poblados, sumida en los densos bosques. Es una construcción aislada, construida para la caza y encuentros clandestinos.

Al oír tal descripción, me sentí sofocada. Si pensaba matarme, estaba en el lugar más idóneo del planeta. Allí nadie me encontraría, nadie sabría dónde buscar.

—¿Mis opciones... son confiar en usted... o morir en sus manos aquí? —aventuré con pesimismo, sintiendo como mi alma se resignaba.

Él asintió, como si no fuese nada.

—Tus opciones son casarte conmigo, permanecer siempre a mi lado, donde yo pueda vigilarte —aquella mirada clara que había visto cientos de veces en tv, se llenó de una sombra opaca y pesada—. O nunca salir de aquí.

Su agarre se volvió más firme y jaló de mí, hasta lograr una cercanía nueva entre los dos. Con más de 30 centímetros de diferencia, tuve que echar la cabeza atrás para poder verlo. Él inclinó el rostro, ladeándolo un poco, y su entrecejo se frunció ligeramente.

—Por ahora nadie sabe que te traje aquí, ni siquiera mi equipo de campaña. Mantengámoslo así mientras decides qué salida tomar —noté sus manos colarse dentro del abrigo y deslizarse por mi cintura, abrazándome suavemente con una mano grande y callosa, pero increíblemente cálida—. Te sugiero no dejar la casa señorial por ahora, a menos que quiera ser cazada por mis perros... o morir congelada en el campo nevado.

La mano que no me abrazaba subió hasta mi rostro y se acopló facilmente a mi mejilla. Sostuvo mi rostro, viéndome con una sombra inquietante en esos ojos, que ya no eran claros.

—Ojalá tu sed de verdad no te hubiese llevado a buscarme. Ahora, ¿qué harás para salir viva de aquí?

Dicen que los ojos son el espejo del alma, pero eso no es verdad. Aquel hombre parecía no tener nada dentro. 

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Último capítulo

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