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MI RECHAZO

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2026-02-08 03:35:43

Aquella casa señorial en la que ahora pasaba mis días no era una casa. Era un monstruo de piedra y mármol que se alzaba en medio de la nada, rodeado de blancos bosques blancos que parecían tragarse la luz del sol en las capas de nieve.

Pabellón de caza, me había dicho Maximilian con ese acento alemán marcado, donde cada consonante sonaba como un golpe seco. Las columnas corintias se elevaban hacía techos imposiblemente altos, los pasillos eran interminables, con suelos de mármol que amplificaban el sonido de cada paso, de cada respiración. Las ventanas, enormes y ornamentadas, daban a jardines perfectamente simétricos que se extendían hasta perderse en el horizonte nevado.

No dejaba de parecerme hermoso, y sí solo fuese una turista en esa casa, estaría maravillada. Pero aquello era una prisión gigante, donde cada rincón me recordaba que solo tenía dos salidas: aceptar quedarme con él... o morir allí. Cada día se arrastraba como una sombra pesada. Cada amanecer llegaba con la misma rutina: despertar en una inmensa cama con dosel, bajo sabanas de seda que olían a lavanda y algo más... a ese hombre.

Cada día allí era infinito. Maximilian Müller era una presencia constante, incluso cuando no estaba cerca de mí. Sus pasos resonaban en la madera pulida de los pasillos, su voz grave atravesaba las paredes, y su mirada me perseguía incluso en mis pesadillas.

Y cada que nos veíamos, esperaba mi respuesta.

Guten Morgen, Emma —me saludó una mañana, entrando al comedor como si fuese al absoluto dueño de todo.

Y tal vez lo era, al menos, seguro lo sería pronto. Las elecciones ya estaban decididas. Él iba a la cabeza y ganaría. Eso hasta yo lo sabía. Iba a volverse presidente y yo... ¿su primera dama?

—Quiero marcharme —le dije apenas lo vi, tan ansiosa de irme a casa.

Ese día, como todos, tenía un aspecto cuidado e impecable. El traje gris se ajustaba muy bien a su complexión amplia, a esos hombros anchos que parecían diseñados para cargar cuerpos... o para aplastarlos como huevos. El cabello, de un suave color castaño, estaba perfectamente peinado hacía atrás, revelando el rostro masculino, de mandíbula cuadrada y rasgos marcados que parecían esculpidos en sólida roca.

—¿Has pensado en mi propuesta? —preguntó con una serenidad perturbadora, la misma que había visto en él cuando se deshizo de aquel hombre en el crucero.

Mis dedos se cerraron con fuerza en torno a la taza caliente. Al ver que sería una charla difícil, él se sentó frente a mí, y la silla crujió bajo su peso. Cruzó las piernas con elegancia, un contraste extraño con su tamaño imponente, y me observó en total silencio.

Pude sentir el peso de su descarada mirada sobre mi rostro, mi cuello... deteniéndose en el escote que mostraba mi bata.

—Ha pasado una semana desde que hablamos, te he dado tiempo para pensar, pero mi agenda no admite mayores contratiempos...

—¡No es una propuesta! —repliqué levantando la vista y enfrentándolo—. Fue un ultimátum.

Müller tenía una poco usual mirada clara, de un azul más claro que el cielo y que lucía casi transparente bajo la luz que entraba por los ventanales, como hielo derritiéndose bajo el sol. Y su estatura... ¡Dios, su estatura! Más de dos metros de hombre que se movía con una gracia depredadora, como un oso salvaje. Cada paso medido, cada gesto suyo... hacía que me sintiera diminuta, como si pudiera envolverme solo con sus manos y hacerme desaparecer.

—¿Ultimatúm? Es lo mismo —dijo con un ligero encogimiento de hombros—. La pregunta sigue siendo la misma.

Sin cámaras al frente a las que mostrar una imagen amigable, Maximilian Müller tenía una mirada de lo más fría. Justo el rostro que se esperaría de un mafioso de su categoría. Sí hubiese sido más lista, habría huido luego de ver lo que hizo, y después lo habría desenmascarado.

—No puedo casarme con usted —dije, dejando la taza. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Al oírme, algo cruzó su rostro. ¿Sorpresa? ¿Intriga? ¿Desafío?

Und warum nicht? —preguntó, mezclando dos idiomas—. ¿Y por qué no?

¿Por qué? Quise sonreír ante lo inocente que sonaba. ¿No debería bastar mi negativa, que no éramos pareja, más que eso, que todo era un engaño a su beneficio?

—Porque ya estoy comprometida.

El silencio que siguió fue pesado. Maximilian Müller se quedó inmóvil, procesando mis palabras en silencio. Luego, lentamente, elevó una ceja.

—¿Comprometida? —repitió, saboreando esa nueva palabra con ese acento rudo y gutural tan suyo—. Sin lugar a duda, es un inesperado inconveniente.

¿Eso terminaría todo? La esperanza comenzó a nacer en mi pecho, agrandándose como una luz. Me arrepentí de no haberlo dicho desde el comienzo. Sí le hubiese contado de mi prometido, de la boda que ya estábamos planeando, ¿todo habría acabado rápido?

—Llevó 4 años con él —continué, sintiendo una punzada de dolor al pensar en Christian y lo preocupado que debería estar al ver que no volvía a casa—. Tenemos una vida juntos, nos amamos. Ahora mismo, estamos organizando...

Hatten —me interrumpió con voz serena, como sí mi problema fuese poco para él—. Tenían. Es pasado, porque ahora estás aquí, conmigo, y ese futuro ya no puede ser.

Mis labios se separaron y mi última esperanza se desplomó en caída libre. ¿Planeaba separme del hombre que amaba? Lo vi levantarse de su silla con gracia, a pesar de su corpulencia. Caminó hacía mí con pasos medidos, cada uno resonando en el silencio del gran comedor. Se detuvo a mi lado y yo tuve que inclinar la cabeza atrás para mirarlo. Desde allí, ese hombre se veía aún más grande, más imponente, casi monstruoso.

—Emma —susurró mi nombre con ese acento peligroso, dándole una entonación completamente nueva para mí—. No me interesa sí tienes novio, prometido o incluso un esposo esperándote. Todo eso puede cortarse de raíz, ¿sabes?

Su mano se posó en mi rostro y el pulgar acarició una vez mi labio inferior. A pesar de su calor, sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero no era exactamente miedo.

—No le pertenezco...

—Aún no... —respondió, inclinándose hasta que su boca quedó a centímetros de mi oído.

Su aliento rozó mi piel, cálido e insinuante. Sin quererlo, mi rostro se puso caliente y el corazón se me aceleró. 

—N-no funcionará. Usted no me interesa...

—El interés puede construirse —atrapó mi rostro entre sus dedos y me hizo verlo. La mirada, más clara que un cielo limpio, era intensa, tan intima que casi me estremezco—. Cualquier sentimiento puede forjarse, armarse desde cero, incluso entrenarse.

¿Así pensaba la mafia? ¿Tan corrompido estaba que creía que podría adiestrar mis sentimientos como si fuese un perro a sus órdenes? 

—Usted... debe haber perdido la cabeza —me oí decir y temí que se enfadará.

Pero sucedió lo contrario, él alzó una ceja con sorpresa y luego apareció una sonrisa de genuina diversión, suavizando sus severos rasgos.

—¿Eso crees? —se acercó más. 

Allí me di cuenta, olía a menta y su cuerpo desprendía un agradable aroma a perfume. Me quedé quieta, atrapada entre su cuerpo y la silla.

—Tengo una reunión en Berlín esta tarde —anunció, ya irguiéndose y ajustándose los puños de la camisa—. Volveré mañana temprano. Espero que, entonces, tú y yo tengamos una conversación más amena.

Y se fue, dejándome sola con un latido frenético en mi corazón.

Durante el resto de la mañana, la opresión en la casa señorial se intensificó. Mientras él se preparaba para irse, yo caminé por los pasillos, intenté abrir algunas puertas, pero la mayoría estaban cerradas con llave. Desde las ventanas, se podía ver los jardines extendiéndose con perfección, pero más allá de ellos, todo era una muralla impenetrable de árboles con ramas cubiertas de nieve. 

Con opresión puse la mano en el cristal, pensé en mi prometido, y tuve un pensamiento tan suicida como atrevido. ¿Podría tomar la ausencia de Müller como una oportunidad para irme?

La oportunidad llegó más rápido de lo esperado. Primero oí el creciente sonido de un helicóptero acercándose. Después, desde la ventana, vi como Maximilian salía de la casa. Llevaba un abrigo largo de lana negra que acentuaba su estatura imponente. Caminó hacía el helicóptero con esa seguridad arrogante.

Un minuto más tarde, el rugido de las aspas llenó el aire y la maquina se elevó sobre la casa, alejándose.

No lo pensé dos veces.

Bajé corriendo, con el corazón martilleando de adrenalina. No había nadie allí más que yo, así que nadie me detuvo cuando crucé el vestíbulo y salí. El enorme garaje estaba abierto. Adentro, había una fila de autos lujosos. Mis ojos se posaron en el primero, un BMW negro, con las llaves en el contacto y llantas para nieve.

No dudé. Subí, encendí el motor y el auto rugió al salir de la propiedad. Tomé la única carretera, conduciendo por horas sin rumbo, solo alejándome. Finalmente, después de horas, llegué a una ciudad. Las luces, la gente y el ruido, todo me pareció irreal.

Abandoné el auto en plena calle y fui al único lugar seguro: el consulado. Pero antes de entrar, pensé en lo que diría. ¿Cómo explicarles que había presenciado un crimen y que estaba huyendo de un candidato presidencial con conexiones a la mafia, y que pretendía hacerme su esposa?

—Me robaron —fue lo que dije, temiendo el alcance de ese hombre—. Me robaron mi pasaporte, cartera, todo. Solo quiero volver a casa, con mi novio.

Esa misma noche ya estaba en un avión de regreso. Pero sin imaginarlo, pronto me arrepentiría de haberme esforzado tanto para regresar y, por primera vez, desearía desesperadamente casarme, incluso con un hombre como él.

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Último capítulo

  • ENGAÑO PRESIDENCIAL   NUESTRA FELICIDAD

    Después de su confesión pública, todo se movió demasiado rápido. Un caos de dimensiones ininmagables se instaló en todo el país, desatando protestas y reclamos al presidente. Maximilian tomó el primer paso y antes de ser expulsados del palacio de Bellevue, él pidió empacar todo y nos mudamos a la casa señorial, esa misma donde vivimos al comienzo de todo.Volví a ver sus dimensiones imponentes, sus esculturas en los techos, los estanques congelados y sus muros impenetrables. Pero ahora, en lugar de provocarme temor, me llenó de alivio entrar en ella y saber que estaba en casa, donde de verdad pertenecía.En la intimidad de nuestra habitación, días despues, mientras todos los medios hablaban y la prensa presionaba, donde las cámaras no podían alcanzarnos, me senté frente a él, estudiando cada línea de su rostro.Había algo diferente en sus ojos, como si un peso invisible hubiese sido levantado, pero al mismo tiempo, una nueva carga se hubiera instalado en su lugar.—¿Qué va a pasar aho

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