LOGINEl sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación, dibujando líneas de polvo dorado que danzaban en el aire. Emma abrió los ojos con una sacudida, el corazón galopándole en las costillas como un animal atrapado. El sudor frío empapaba su nuca y una sensación de irrealidad la envolvía, como si acabara de emerger de un océano profundo y oscuro.Se incorporó bruscamente, mirando a su alrededor con ojos desorbitados. Las paredes de la mansión White, con sus molduras neoclásicas y sus cuadros de antepasados severos, le resultaban familiares, pero extrañamente hostiles.—¿Emma? ¿Qué sucede, mi vida? —La voz de Roderick, suave y cálida, llegó desde el otro lado de la cama.Ella saltó, envolviéndose en las sábanas como si fueran una armadura. Su respiración era errática, sus ojos buscaban una salida.—¿Qué hacemos aquí, Roderick? ¿Por qué estoy en esta habitación? ¡Tengo que salir! —gritó, intentando levantarse, pero sus piernas se sentían pesadas, como s
—Entonces no hay más que hablar —dijo Gray con una voz suave pero firme, como si estuviera sellando un pacto inquebrantable. Sus manos, que antes habían dudado, ahora se afirmaron en la cintura de Alicia, tirándola suavemente hacia él hasta que no quedaba ni un centímetro de aire entre sus cuerpos.Alicia levantó la vista, sus ojos anegados en lágrimas que no eran de tristeza, sino de una felicidad tan abrumadora que dolía. El temor a perderlo, a que este momento fuera un sueño del que despertaría sola, se mezclaba con la certeza de que estaba exactamente donde debía estar. Levantó una mano temblorosa y acarició la mejilla de Gray, sintiendo la calidez de su piel bajo sus yemas.—No quiero despertar si esto es un sueño —susurró, su voz quebrada por la emoción.Gray sonrió, una expresión tierna que borró cualquier vestigio de duda de su rostro. Inclinó la cabeza y presionó sus labios contra los de ella en un beso que no era de pasión frenética, sino de promesa. Era un beso lento y prof
Aiden condujo al oficial Marlon hacia el estudio privado, un espacio revestido de caoba y cuero que solía oler a tabaco premium, pero que ahora estaba impregnado de un incienso fuerte, un intento desesperado de Samantha por ocultar el hedor a hierro y muerte que bajaba del piso superior.—Tome asiento, oficial —dijo Aiden, señalando una de las butacas mientras él mismo se servía un trago de agua, sus manos manteniendo una firmeza que no sentía.Marlon no se sentó de inmediato. Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en las sombras de las esquinas.—Señor White, iré al grano. Dinamarca es un país pequeño. Aquí, cuando tres jóvenes desaparecen en el mismo radio geográfico en menos de treinta días, no es una estadística, es una crisis nacional. Y los rastros... bueno, ¡no son humanos!En ese momento, un golpe sordo resonó arriba. Fue un sonido seco, como si algo pesado hubiera caído al suelo de madera. Aiden se tensó visiblemente, su oído captando el forcejeo de Scarleth en su r
Los días siguientes a la incursión de los Red transformaron la Mansión White en un hervidero de tensiones invisibles. En los límites exteriores de la propiedad, ocultos bajo el denso follaje y aprovechando las corrientes de aire para enmascarar su rastro, los lobos de las montañas conocidos como los “Eclipcianos” habían montado guardia.Lionel, su Alpha, un hombre de facciones duras y cicatrices que narraban guerras pasadas, mantenía la vista fija en la mansión. Sus hombres estaban escondidos en cada lindero, formando un cerco que Scarleth, encerrada en su delirio de poder y debilidad, aún no lograba percibir.Sin embargo, Aiden sí los sentía. Cada vez que se acercaba a las puertas, el vello de su nuca se erizaba. Percibía el olor a pino húmedo y pelaje salvaje que solo los lobos de altura traían consigo.Aiden sabía que estaban allí, sabía que eran el arma que los Red habían dejado atrás como un seguro de vida. Pero Aiden no hizo mención alguna. En su mente, desatar una batalla ahora
Scarleth cayó al suelo, soltando un grito que no pertenecía a este mundo; no era un grito de dolor físico, sino de puro terror existencial. Parecía que la criatura dentro de ella, su mayor herramienta para controlar a Aiden, podría perecer ante el ataque.Los Red se encontraban confiados, observando la escena con la frialdad de quien contempla un experimento científico. Fue un ataque inesperado, audaz, pero, aun así, para los ojos de un veterano, parecía ineficiente para erradicar a una bestia de tal calibre.Morant, cuya lealtad a Scarleth rozaba lo místico, se incorporó entre los escombros de la entrada y enfrentó a los Red sin pizca de piedad. Sus garras se extendieron, rasgando el aire mientras sus ojos se inyectaban en un ocre salvaje.—Hoy firmaron su sentencia de muerte —exclamó Morant con el grito de un guerrero dispuesto a defender a su reina, incluso si ella se estaba cayendo a pedazos frente a él.Alejandro y Roberto Red esperaban una reacción inmediata de Samantha y Aiden.
Scarleth aulló como loba en celo. El eco del aullido vibraba en las molduras de la mansión White, un sonido que no solo marcaba el inicio de su reinado, sino que parecía haber fracturado la misma realidad del linaje.La atmósfera en el gran salón era densa, cargada de un rancio olor a sumisión. Samantha, aún con las rodillas hincadas en el suelo, mantenía la cabeza baja, pero sus nudillos blancos delataban la furia que quemaba sus entrañas. Aiden, de pie a un lado, sentía cómo su propia sangre hervía en una mezcla de asco y desesperación.—Levántense —ordenó Scarleth, su voz ahora era un ronroneo que ocultaba una debilidad física creciente—. Morant, lleva a Aiden a la habitación principal. Asegura las puertas. No quiero que nuestro "consorte" se pierda el espectáculo de mi transformación total.Aiden no opuso resistencia cuando Morant lo tomó del brazo. Sabía que cualquier estallido de violencia en ese momento terminaría en una masacre de sus primos. Mientras subía las escaleras, lanz







