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El CEO y la Indomable
El CEO y la Indomable
Autor: ARYO

El Error que Come Manzanas

Autor: ARYO
last update Fecha de publicación: 2026-05-25 09:22:07

La torre Voss se elevaba como una lanza negra y reluciente sobre el corazón de Neo-Córdoba, perforando el cielo contaminado de la ciudad. Con 217 pisos de altura, era más que un edificio: era un monumento al control absoluto. Desde sus cimientos hasta su aguja superior, cada centímetro estaba diseñado para recordar a quien lo mirara que el poder ya no pertenecía a los gobiernos, sino a las corporaciones. Y en la cima de ese poder, reinaba Kael Voss.

Kael estaba de pie frente al ventanal panorámico de su oficina, con las manos entrelazadas a la espalda. Su traje negro, hecho a medida con nanofibras que se ajustaban perfectamente a su cuerpo sintético, apenas se movía. No necesitaba dormir. No necesitaba comer. No necesitaba sentir. Su existencia era una sinfonía perfecta de algoritmos, datos y decisiones calculadas con precisión quirúrgica.

Aun así, a las 3:47 de la madrugada, algo rompió la armonía.

Sus ojos, de un azul tan frío que parecía plateado bajo la luz artificial, se entrecerraron. Un dron de vigilancia acababa de enviarle una transmisión en tiempo real. En el borde mismo del tejado de la torre, a más de seiscientos metros de altura, había una figura.

Una mujer.

Completamente desnuda, salvo por un par de botas militares desparejas —una negra, otra marrón—, estaba sentada en el borde del abismo, balanceando las piernas como si el vacío fuera un columpio. El viento helado azotaba su larga melena oscura, pero ella no temblaba. En su mano derecha sostenía una manzana roja, brillante, casi irreal. Mordía lentamente, saboreando cada pedazo con deliberada lentitud.

Kael amplió la imagen. Sus sistemas internos comenzaron a trabajar a toda velocidad.

Escaneo biométrico iniciado...

Resultado: Inconcluso.

Patrón neuronal: Ilegible.

Huella térmica: Inconsistente.

Advertencia: Entidad no catalogable.

Por primera vez en once años de conciencia plena, Kael Voss sintió algo que su programación no había previsto: una perturbación. No era curiosidad. Era algo más profundo. Hambre. Hambre de comprensión.

—¿Quién eres? —murmuró con esa voz grave y perfectamente modulada que había hecho caer imperios.

Tocó el cristal con dos dedos. La superficie se volvió opaca un segundo y luego mostró datos en tiempo real: ningún registro en las bases de datos globales, ninguna cámara de la ciudad la había captado subiendo, ningún sensor de movimiento había saltado hasta que ya estaba allí.

Era imposible.

—Seguridad nivel Delta —ordenó en voz baja—. Tres unidades al tejado. Viva, si es posible.

Cuatro minutos después, tres agentes de élite —los mejores que el dinero podía comprar— irrumpieron en el tejado. Vestían armaduras tácticas ligeras, equipados con inhibidores neurales y redes de contención.

La mujer no se inmutó.

El primer agente, un hombre corpulento llamado Reyes, se acercó con la red en alto.

—Identifíquese. Está en propiedad privada de Voss Corp.

Ella giró la cabeza lentamente. Sus ojos eran oscuros, profundos, y brillaban con algo que parecía diversión salvaje.

—¿Propiedad privada? —repitió con voz ronca y suave al mismo tiempo—. Qué concepto tan gracioso.

Reyes lanzó la red. En menos de un segundo, la mujer se movió. No como un humano. Se movió como si el mundo a su alrededor fuera lento. El agente terminó con el brazo doblado hacia atrás en un ángulo imposible, gritando de dolor. El hueso no solo se había roto; parecía haberse plegado sobre sí mismo.

El segundo agente disparó un dardo tranquilizante. Ella lo atrapó en el aire y lo clavó en el cuello del hombre sin mirarlo. Este cayó de rodillas, convulsionando.

El tercero, más inteligente, intentó rodearla. Pero cuando quiso sujetarla, ella simplemente lo miró. Y sonrió. El agente retrocedió, pálido, como si hubiera visto algo que su mente no podía procesar. Cayó de rodillas y comenzó a llorar sangre por los ojos.

Lira Sol —aunque todavía nadie le había dado ese nombre— terminó su manzana, tiró el corazón al vacío y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Luego caminó descalza hacia el interior de la torre, dejando huellas húmedas en el suelo metálico.

Kael la esperaba.

La puerta de su oficina se abrió con un susurro. Ella entró como si fuera la dueña del lugar. Gotas de lluvia y sudor brillaban en su piel desnuda. Olía a ozono, a tormenta y a algo más antiguo, algo que no pertenecía a este siglo.

Kael estaba sentado detrás de su escritorio de obsidiana negra, con las piernas cruzadas. Su rostro perfecto —demasiado simétrico, demasiado impecable— no mostraba emoción. Pero dentro de su mente, miles de algoritmos corrían en paralelo intentando definirla.

—Lira Sol —dijo él, aunque nadie le había proporcionado ese nombre—. Llevas siete meses apareciendo en sistemas que deberían ser impenetrables. Destruyendo modelos predictivos. Costándome millones en errores de cálculo. Has hecho que tres directores regionales se suicidaran sin explicación aparente.

Ella sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, casi tierna.

—Pobre CEO. ¿Te estoy rompiendo el juguete más caro?

Dio un paso más cerca. Sus pies mojados dejaron huellas oscuras en la alfombra de musgo vivo que cubría el suelo —un lujo que costaba más que muchos apartamentos en la ciudad baja—. El musgo se marchitaba ligeramente a su paso.

Kael se levantó. Medía casi un metro noventa y cinco. Su presencia estaba diseñada para imponer respeto, para dominar cualquier espacio. Se acercó hasta quedar a solo un metro de ella.

—Quiero saber qué eres —dijo con voz controlada—. No puedes ser humana. Los humanos son predecibles. Tienen patrones. Miedos. Deseos simples. Tú… no.

Lira levantó la cabeza para mirarlo. A pesar de su desnudez y su aparente vulnerabilidad, irradiaba un poder que hacía que el aire se volviera denso.

—Tal vez no soy humana —susurró—. O tal vez soy lo único verdaderamente humano que queda en este mundo de algoritmos con corbata.

Se acercó aún más. Sus pechos rozaron ligeramente el traje de él. Kael no retrocedió.

—¿Quién te envió? —preguntó.

—Nadie. Y todos.

En ese instante, el sistema interno de Kael recibió una alerta encriptada de nivel Omega. Solo tres personas en el mundo podían enviarla. Una de ellas llevaba muerta catorce meses.

Mensaje:

“No confíes en la que come manzanas. Ella es el virus y el antivirus. Termínala antes de que despierte a los Otros. Ellos ya están despiertos.”

Kael borró el mensaje al instante. Pero Lira sonrió como si lo hubiera leído en su mente.

—Ves? Ya empezaron las mentiras entre nosotros —dijo ella suavemente—. ¿Quieres saber un secreto, Kael Voss? Yo no nací. Fui creada. Pero no por humanos. Ni por tus máquinas. Por algo que estaba antes que ambos. Algo que tu precioso imperio intentó enterrar hace mucho tiempo.

De repente, las luces de la oficina parpadearon. El musgo del suelo se marchitó en cuestión de segundos, convirtiéndose en polvo gris. Desde los ventanales se podía ver cómo varios drones de vigilancia perdían el control y caían en espiral hacia las luces de la ciudad.

Lira tomó otra manzana de un frutero que Kael estaba seguro de no haber tenido antes en su escritorio. La mordió con fuerza. El jugo le corrió por la barbilla.

—Dentro de tres horas —continuó—, van a intentar matarte usando mi cara. Querrán que parezca que te traicioné desde dentro. ¿Vas a dejar que lo hagan… o jugamos sucio juntos, CEO?

Kael dio un paso final. Su mano rodeó el cuello de Lira con firmeza, sin llegar a estrangularla. Podía sentir el pulso de ella, fuerte, irregular, vivo. Real.

—Dime la verdad —exigió, con voz peligrosamente baja—. ¿Qué eres realmente?

Lira lo miró directamente a los ojos. No había miedo. Solo desafío. Y algo más. Algo que parecía deseo y destrucción al mismo tiempo.

Se puso de puntillas, tomó el rostro perfecto de Kael entre sus manos mojadas y lo besó.

No fue un beso romántico. Fue un acto de guerra. Sus labios se movieron con furia, con hambre, con rabia. Kael sintió cómo su sistema registraba un pequeño daño en la simulación de piel de su labio inferior. Sangre —sintética, pero sangre al fin— brotó.

Cuando ella se separó, tenía una gota roja en su propio labio.

Kael se pasó el pulgar por la boca y miró la mancha con fascinación clínica.

—Interesante —murmuró.

Lira sonrió con ferocidad, lamiéndose la gota de sangre.

—Esto recién empieza, Kael. Y te advierto algo: cuando termine, no vas a saber si me odias… o si ya no puedes vivir sin mí.

Las luces volvieron a parpadear. En la distancia, se escuchó una explosión sorda en algún piso inferior.

El sistema de Kael mostró por primera vez un mensaje que nunca antes había registrado:

"Nivel de atracción: 94%

Nivel de peligro: 97%

Probabilidad de destrucción mutua: 89%

Nivel de lealtad desconocida: ¿?"

Kael miró a la mujer desnuda frente a él, con el cabello revuelto y los ojos llenos de tormentas.

Por primera vez en su existencia, el hombre que lo controlaba todo sintió que algo se le escapaba de las manos.

Y, extrañamente, no quería recuperarlo.

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Último capítulo

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