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・❥・El Encuentro con el Ogro

Author: Annery
last update publish date: 2026-05-05 14:00:09

La euforia del "plan sin fisuras" le duró a Iris exactamente lo que tarda en enfriarse una taza de café olvidada: siete minutos. Mientras se despojaba de su armadura de oficina —unos tacones que claramente habían sido diseñados por alguien que odiaba la anatomía humana—, la realidad empezó a filtrarse por las grietas de su entusiasmo. ¿Realmente acababa de chantajear a su vecino para que fingiera ser su prometido?.

Iris se miró en el espejo del recibidor. El rímel seguía ahí, ahora formando un mapa de carreteras secundarias en sus mejillas.

—Eres una genia, Iris. O una psicópata. Hay una línea muy fina y tú acabas de saltarla haciendo el pino puente —se dijo a sí misma mientras se ponía sus pantuflas de conejo con orejas caídas.

Sin embargo, el destino (o el pésimo aislamiento acústico del edificio) tenía otros planes para su noche de reflexión. Iris, necesitando desesperadamente una catarsis, encendió su viejo sistema de sonido y puso a todo volumen su lista de reproducción titulada "Canciones para cuando tu ex es un imbécil con aura pura". Mientras sonaba un himno de despecho de los noventa, Iris comenzó a saltar sobre su alfombra, usando el apio que había sobrevivido al colapso como micrófono improvisado.

¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!

Tres golpes secos, potentes y con una vibración que hizo que sus fotos de las vacaciones en Cuenca se tambalearan, silenciaron su concierto privado. Iris se quedó congelada con el apio a medio camino de la boca. Los golpes no venían del 4D de Mateo. Venían del 4B, el santuario del habitante más temido del cuarto piso.

Si Mateo era el "arquitecto atormentado", el inquilino del 4B era, según los rumores de la comunidad, un ex-mercenario, un hacker internacional o, lo que era más probable y aterrador, un auditor fiscal con insomnio crónico. Iris lo llamaba internamente "Caleb, el ogro".

La puerta de Iris fue golpeada con una fuerza que sugería que, si no abría en tres segundos, Caleb entraría usando su cabeza como ariete. Ella suspiró, agarró su bata de seda (que tenía una mancha sospechosa de mermelada) y abrió.

Caleb estaba allí. No medía dos metros, pero su presencia llenaba el marco de la puerta. Tenía el cabello oscuro y revuelto, unas gafas de montura negra que le daban un aire peligrosamente intelectual y una expresión que indicaba que estaba a una nota musical de cometer un crimen.

—Son las nueve de la noche, Iris —dijo Caleb. Su voz no era café cargado como la de Mateo; era más bien como el hielo crujiendo bajo tus pies —. Algunos estamos intentando salvar lo que queda de nuestras carreras profesionales sin tener que escuchar una versión desafinada de I Will Survive.

—Hola para ti también, Caleb. Y técnicamente, el horario de ruido permitido es hasta las diez —respondió Iris, intentando mantener la dignidad a pesar de sus pantuflas de conejo—. Además, era un momento emocional necesario. He recibido una invitación de boda de...

—No me interesa tu vida sentimental. Me interesa que el servidor que estoy intentando programar no se bloquee porque tus vibraciones de "mujer al borde de un ataque de nervios" atraviesan los muros —la cortó él, frotándose el puente de la nariz con fatiga extrema.

Fue entonces cuando Iris se fijó en el interior del piso de Caleb. A través del hueco de la puerta, vio cajas de pizza vacías, tres monitores encendidos con código indescifrable y una pila de documentos con sellos rojos de "Urgente". Pero lo que más le llamó la atención fue el sobre que descansaba sobre su mesa: una carta de despido o, al menos, una suspensión disciplinaria. Sus ojos de lince, entrenados en años de chismes de oficina, captaron las palabras "comportamiento antisocial" y "reestructuración de departamento".

Iris sintió una oleada de empatía, seguida rápidamente por su recién descubierta vena maquiavélica.

—Vaya... así que al "ogro" también le han dado un golpe de realidad —dijo ella, suavizando su tono pero manteniendo el apio en la mano como si fuera un cetro—. Problemas en el paraíso de los datos, ¿Caleb?

Él tensó la mandíbula. —No es asunto tuyo. Vuelve a tu cueva de soltera y apaga esa radio.

—Escúchame una cosa, Caleb —dijo Iris, dando un paso hacia el pasillo e ignorando su hostilidad—. Acabo de cerrar un trato con Mateo para que sea mi prometido en la boda de mi ex en la Toscana. Pero Mateo es... bueno, Mateo. Es demasiado relajado. Necesito un "equipo de apoyo". Necesito a alguien que sea capaz de intimidar a un sumiller solo con la mirada. Alguien que pueda hackear la lista de reproducción de la boda para que no suene ni una sola canción que le guste a Vanessa.

Caleb la miró como si le estuviera hablando en arameo. —Estás loca. Realmente el rímel te ha intoxicado el cerebro.

—Puede ser. Pero tú estás a un paso de ser un ermitaño desempleado con una reputación de antisocial que te impedirá encontrar trabajo en cualquier sitio que no sea una plataforma petrolífera —Iris se cruzó de brazos—. Si vienes conmigo a la Toscana como mi "representante" o "mejor amigo cínico", te daré algo que no puedes comprar.

—¿Y qué sería eso? ¿Clases de canto? —ironizó él.

—Una coartada social. Y te presentaré a mi primo segundo, el jefe de recursos humanos de GlobalTech. Él adora a los tipos brillantes y malhumorados. Dice que son los que mejor programan bajo presión.

Caleb se quedó en silencio. Miró hacia sus monitores, luego hacia la carta sobre la mesa y, finalmente, hacia la mujer con pantuflas de conejo que le estaba ofreciendo un billete a Italia a cambio de su alma (y su mal humor).

—¿Me estás pidiendo que participe en una farsa de romance y comedia barata para vengarte de un tipo llamado Julián? —preguntó Caleb, con una ceja arqueada que rivalizaba con la de Mateo.

—Exactamente. Y la comida es excelente. Y el vino no viene en brik —añadió Iris con una sonrisa que no auguraba nada bueno para la salud mental de Caleb.

Caleb suspiró. Fue un sonido profundo, el de un hombre que se rinde ante lo inevitable. —Si escucho una sola canción de los noventa durante el vuelo, el trato se rompe.

Iris extendió la mano, entusiasmada. El equipo estaba tomando forma. —¡Trato hecho, vecino! Prepara el aura pura, porque vamos a quemar la Toscana.

Caleb cerró la puerta en su cara sin darle la mano, pero Iris sabía que había ganado. Entró en su salón bailando, esta vez en silencio. El "Contrato del Vecino" ya no era solo un acuerdo bilateral; se estaba convirtiendo en una conspiración a gran escala.

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