LOGIN—¿Qué quieres decir con que te vas? —preguntó Darren, el hermano de Elizabeth, mientras la veía teclear en su laptop.
Le costaba entender por qué tenía que ser él quien cuidara de su madre a tan corta edad. No quería ofender, pero él tenía su propia vida por delante y no podía imaginarse atado a una madre enferma. Para él, cuidar de ella era responsabilidad de su hermana, y desde que su padre había muerto hace unos años, Elizabeth lo había hecho perfectamente sin su ayuda.
—Necesito trabajar para conseguir dinero para su tratamiento, Darren. Solo tienes que estar con ella unos meses; volveré después. Esto es realmente importante y es literalmente la única forma de sacarnos de esta situación —dijo Elizabeth.
—¿Qué clase de trabajo es? Sabes que juego para el club local de fútbol y recientemente fui seleccionado para representar a nivel internacional. No puedo fallar en esto, y además tengo la escuela y mi vida —replicó Darren.
—¿Quién crees que ha trabajado tan duro para que tengas la vida que siempre quisiste? No juegues conmigo, Darren. ¿Qué es más importante para ti, la vida de mamá o tu carrera en el fútbol?
La expresión de su hermano fue suficiente para saber que había elegido lo segundo sin dudar. Elizabeth suspiró y cerró la laptop.
—Lo siento por soltártelo así de repente, pero no tenía idea de que este trabajo se concretaría. Solo apliqué porque literalmente no había otra opción y ahora tengo que ir porque me eligieron.
—Todavía no me has dicho qué tipo de trabajo es, ¿qué empleo te mantiene alejada de tu familia durante meses sin poder verlos? —preguntó Darren, cruzando los brazos.
—No puedo hablar de eso porque firmé un acuerdo de confidencialidad, pero te prometo que no es nada horrible. La persona involucrada considera que es mejor que no haga contacto hasta terminar. Por favor, Darren, intenta entenderme. Le pediré a Mara que revise cómo estoy de vez en cuando y, antes de que lo sepas, habré vuelto.
—Sí, claro. Tengo práctica ahora, así que me voy. Nos vemos.
Elizabeth lo vio irse y suspiró de nuevo. Esto no era lo que había imaginado al aplicar para ser gestante de Jason; pensaba que tendría acceso libre a su familia y a todo lo demás, pero parecía que eso apenas sería posible.
Sus ojos recorrieron la casa hasta detenerse en la tarjeta que Jason le había dado ayer. Era su línea personal y debía llamarlo antes de las siete de la tarde. Se preguntaba de qué se trataría, mientras un nudo se formaba en su estómago.
“Me resultas absolutamente intrigante”
Sus propias palabras, no las de ella, y aun así no podía dejar de pensar en cómo la habían hecho sentir, el latido acelerado de su corazón ante su sonrisa y cómo se había quedado sin palabras. Esto no se suponía que sucediera; era solo un trabajo que debía cumplir. Pero aun así, no podía dejar de pensar en esa sonrisa, que lo hacía parecer menos insoportable.
Elizabeth esperó hasta las 7:30 antes de levantar el teléfono y llamarlo, con las manos temblorosas.
—Llegas tarde —dijo él simplemente, y ella se identificó de inmediato.
—Sí, solo estaba contemplando si era prudente llamarlo exactamente a la hora que me indicó.
—Te di esa hora por una razón, Elizabeth.
—Sí… lo siento —murmuró, preguntándose por qué se estaba disculpando.
—Está bien. Según el formulario que llenaste, tienes madre y hermano. ¿Cómo se siente tu madre respecto al contrato de subrogación?
—No le he informado que voy a ser madre sustituta.
—¿Cuántos años tienes, Elizabeth? Y no me refiero a la edad que pusiste en el contrato, quiero tu edad real.
—Veinticuatro… ¿por qué lo pregunta?
—¿Qué hace una graduada en Administración de Empresas trabajando en una tienda de conveniencia?
—¿Qué le importa? ¿Esto es un interrogatorio?
—No, es una entrevista. Quiero conocer a la persona que voy a emplear. Si te incomoda responder, puedo recurrir a un investigador privado.
—No será necesario —replicó Elizabeth.
No quería responder a todas sus preguntas, pero tampoco deseaba que supiera formalmente de la enfermedad de su madre.
—¿Por qué decidiste ser mi gestante?
—¿No es obvio, señor Rodrigues? Quiero el dinero, y también los cinco años adicionales que incluye el contrato.
—No te imaginaba tan interesada en el dinero… aunque quizá me equivoque.
Elizabeth guardó silencio un momento antes de aclararse la garganta.
—Se equivoca completamente. Ahora, si ha terminado con sus preguntas, me gustaría dar por terminado el día.
—Ven mañana a mi oficina y cerraremos el trato… y por Dios, vístete con algo menos paupérrimo o aparecerás en las noticias de las seis.
Elizabeth todavía intentaba formular una respuesta grosera cuando escuchó el clic de la línea; él había colgado.
El arrogante imbécil —se enfureció—, pero se levantó de inmediato para buscar algo presentable. No necesitaba enojarlo antes de siquiera tener un pie dentro de la puerta. Había tiempo más que suficiente para decirle exactamente lo sobreprotector y controlador que era, y se aseguraría de que lo supiera.
—¿Te importaría ser mi acompañante para una especie de gala mañana? —preguntó Lucien.Ambos habían decidido hablar de sus horarios en casa de Mara, ya que habían firmado el contrato en la suya. Ella le había pedido que estuviera disponible por la tarde, pues tenía muchas cosas que hacer.Lucien no estaba dispuesto a admitir que había imaginado cómo sería la casa de Mara y que verla por primera vez lo tenía bastante nervioso.—¿Una gala? —repitió Mara.Estaba sentada frente a él con la bata ajustada a la cintura. Había intentado hacer su rutina nocturna de cuidado facial después de un día agotador en la oficina. Había surgido un problema con el suministro de materiales de Alexander y ambos habían tenido que reunirse nuevamente para identificar el error.—Es una especie de gala para pintores y amantes del arte. He enviado algunas de mis obras a la galería, pero me encantaría estar presente para conocer las reacciones de la gente. Después habrá una cena, así que me preguntaba si te gusta
Lucien observó cómo Mara repasaba una vez más las páginas del contrato hasta quedar satisfecha.Le parecía adorable verla con la cabeza inclinada sobre los documentos, así que apoyó el rostro entre las manos y se dedicó a mirarla.Notó que sus ojos siempre se entrecerraban cuando encontraba una cláusula que no le gustaba y que, cada vez que se topaba con algo que quería revisar más adelante, cerraba los ojos un instante y lo memorizaba.—¿Has terminado? —preguntó cuando ella levantó la vista.—Sí, solo hay algunas cosas que quiero aclarar.—Te escucho.—Voy a tener que empezar a vivir contigo y necesito saber exactamente cómo va a funcionar eso.—Es sencillo, solo tienes que vivir aquí conmigo.—No puedo simplemente dejar mi casa para venir a vivir contigo. Tenemos que hablar sobre los arreglos necesarios.—Puedes conservar tu casa si quieres tener siempre un lugar al que ir —interrumpió Lucien.—No se trata solo de conservarla; se trata del hecho de que tendré que quedarme aquí.—Sol
Mara subió las escaleras y llamó a la puerta, respirando hondo.Por descabellada que fuera la propuesta de Lucien, había aceptado, y ahora estaba allí, tan temprano por la mañana, para revisar y firmar el contrato.Ambos se necesitaban y ella solo esperaba que aquello no terminara convirtiéndose en algo más.El chirrido de la puerta la sacó de sus pensamientos.Lucien parecía irritado, como si aún estuviera dormido y ella lo hubiera despertado.—¿Sigues en la cama? Son las nueve de la mañana —dijo Mara, mirando el reloj de su muñeca.—No esperaba que llegaras tan temprano. ¿Acaso dormiste?Mara pasó junto a él y entró en la casa.Estaba con el pecho descubierto y no quería seguir mirando sus abdominales marcados; era demasiado distractor.—Y te preguntas por qué nadie te toma en serio cuando todavía estás en la cama a las nueve de la mañana —bufó Mara mientras tomaba asiento.—Trabajé hasta muy tarde y no esperaba que llegaras tan temprano. ¿No tienes trabajo que hacer? —replicó Lucie
—¿Quieres que esto sea un acuerdo matrimonial? —chilló Mara.Había aceptado firmar un contrato con Lucien para ser su novia, no su esposa, y ahora, sentada frente a él, apenas podía creer lo que estaba escuchando.—Ser solo mi novia no será suficiente para satisfacer a la multitud hambrienta de noticias sobre nosotros, pero anunciarte como mi prometida bastará para hacerlos callar —dijo Lucien, observando su expresión.Parecía conmocionada, y era comprensible, porque él mismo no sabía muy bien qué estaba haciendo al pedirle que firmara un contrato para convertirse en su esposa.—Está pisando una línea muy fina, señor Rodrigues. Sinceramente, no veo cuál es el problema de decir las cosas tal y como son. Somos amigos y el beso fue exactamente eso: solo un beso.—¿Sabes qué hará la prensa con esa noticia? La devorarán, la escupirán como basura y luego te convertirán en una cazafortunas. Tu negocio se irá a pique y yo saldré ileso porque, a sus ojos, no puedo hacer nada mal.—No puedo fin
Mara estaba encorvada sobre su escritorio cuando la puerta se abrió de golpe y Lucien irrumpió en la oficina luciendo tan irresistible como enfadado. Su recepcionista lo seguía de cerca, murmurando disculpas por la interrupción y por no haber podido impedirla.—Discúlpanos, Arianna. Gracias —dijo Mara, arqueando una ceja al mirar al hombre.Esperó hasta que la puerta se cerró antes de hablar, con la molestia reflejada en el rostro.—¿Qué quieres? —preguntó.Lucien rodeó el escritorio y se colocó a su lado, mirando por la ventana hacia la calle.—He estado pensando en ti —dijo con voz peligrosamente baja.Yo también he estado pensando en ti, pensó Mara fugazmente mientras él se giraba para mirarla.Sus hermosos ojos estaban entornados y reflejaban una ira apenas contenida.¿Por qué está enfadado?, se preguntó.—No me parece una razón válida para irrumpir en mi lugar de trabajo y acosar a mi recepcionista —dijo Mara, observándolo fijamente.—No has contestado mis llamadas, Mara Sinclair
Mara estaba segura de haber cometido un error cuando la despertó a la mañana siguiente el insistente sonido de su teléfono.Gimió mientras intentaba desenredarse de las sábanas que se habían enredado alrededor de sus piernas.—Al diablo —maldijo mientras alcanzaba el teléfono.Elizabeth la había llamado trece veces en la última hora y solo podía ser por una razón…¡Había besado a Lucien!Mara no tenía idea de qué se había apoderado de ella, salvo que estaba decidida a que no volviera a suceder.Marcó el número de Elizabeth con el corazón en la garganta.—¡Ya despertaste, cobarde escurridiza! —gritó Elizabeth al otro lado de la línea.—¿Qué pasa? —preguntó Mara, aunque sabía perfectamente de qué se trataba.—¡Voy para tu casa ahora mismo y tienes que contarme todos los detalles jugosos sobre qué provocó ese beso! ¡Internet está explotando, idiota! —chilló Elizabeth, encantada, mientras Mara soltaba un gemido.—No te muevas mucho con el bebé. Iré en cuanto salga de la cama —le dijo.—Si
—¿Qué decisión has tomado? —preguntó Jason por teléfono.Elizabeth respiró hondo. Deseaba desesperadamente decir que sí, aunque fuera solo por su madre, pero no podía pronunciar las palabras.—¿Sigues ahí?—Sí, lo siento. Estaba... olvídalo.—Tu respuesta, Elizabeth —dijo Jason, recordándoselo.—De
CAPÍTULO SEIS—¿Qué le dijiste? ¿Cuando te preguntó si eras virgen, qué contestaste? —preguntó Mara, agachada en el suelo junto a mí. Estaban desgranando frijoles para la cena; Mara planeaba quedarse a dormir porque Darren tenía práctica y pasaría la noche en casa de un amigo.Honestamente, Elizabe
CAPÍTULO CINCOElizabeth había decidido no maquillarse. Él le había dicho que se vistiera bien, pero ¿significaba eso que tenía que verse atractiva para él? No quería verse bien para él, pero aun así se encontró aplicándose un poco de brillo labial; no era necesario que sus labios se resecaran solo
CAPÍTULO TRES—¿¡Qué dijiste!? —gritó Mara, la amiga de Elizabeth.Después de pensarlo mucho, Elizabeth le había contado a su amiga lo de la gestación subrogada… y que además acababa de arruinar la única oportunidad que tenía para cuidar a su madre enferma.—No puedes estar hablando en serio. Quier







