Mag-log inPov Artem Mis ojos amenazan con cerrarse, la oscuridad buscando reclamarme con cada respiración trabajosa que me llena los pulmones de aire y dolor. —Mantente despierto, maldita sea, ya casi llegamos. —Eres muy ruidoso, Kaelor. Intentó bromear, sonreír, pero todo lo que sale es una mueca torcida que no llega a ningún lado. Las siento en mi interior, cada flecha incrustada dentro, cada hoja filosa que retorcieron y luego dejaron para que me desangrara. Como el acónito corre por mis venas, como la plata me quema desde adentro, peor o igual que las llamas de Edana. Miraré el lado positivo, al menos tendremos una Reina con buen carácter. —Por aquí, señor. Ya tenemos todo listo, los sanadores... Mi mente vuelve a caer en un vacío profundo, en la oscuridad. Dónde todo lo que siento es dolor y más dolor. Grito cuando algo entra en mí, toca algo filoso enterrado en mi cuerpo y luego lo saca con un sonido húmedo desagradable. Eso me arrastra a la conciencia de nuevo. —Hay más, seño
Pov Narrador El bosque arde, el fuego se arrastra dentro de él como serpientes buscando una presa o escapando de algo peor. El cielo se ilumina de color naranja, la piedra de las montañas oscuras se iluminan por el fuego que las rodea. En medio de ambos, como una danza mortal y devastadora, están los lobos de fuego lanzándose hacia una batalla perdida. El fuego de sus cuerpos buscan tocarla a ella, retorcerse por sus extremidades, hacerla gritar de dolor, pero... quizás sean ellos los que terminen por hacerlo. Antes si quiera de poder tocarla, chocan contra un muro invisible, desviándo las llamas hacia otra dirección. Edana sonríe, sus labios curvandose apenas hacia arriba, alzando ligeramente su mano. Cassius retrocede al ver el fuego, rojo, intenso, despiadado, devorando una parte de los lobos que se supone son inmune a ellos. Los demás guerreros se ven unos a otros, el miedo que sienten dentro de ellos también los hace retroceder, querer escapar; sin embargo, se man
Pov Narrador Kaelor avanza por los túneles poco iluminados que parecen llevarlo una vez más, a un camino sin salida. Los sonidos llegan a él, sus hombres enfrentando a lobos de fuego en alguna de las entradas protegidas. Su impaciencia crecía, cada segundo que pasaba era un segundo que Artem no tenía. Zoira y Lili se habían quedado atrás, ella ya no podía seguir. Exigirle más cuando estaba tan débil y adolorida habría sido cruel. Es por eso que Cassius se quedó con ellas protegiéndolas junto con sus hombres. Sus sentidos ahora estaban divididos, entre los enemigos que puedan aparecer al frente y en Edana, que se había alejado mucho más allá de las montañas. Eso lo tenía un poco tranquilo, pensando que se había escondido de los ataques, del fuego que hace temblar las paredes de piedra amenazando con caerle encima. Vio el fuego brillar por otro camino angosto, un lobo de fuego viniendo hacia él con las fauces abiertas y las llamas extendiéndose por el suelo. —Siga, señ
Pov Narrador —Hola, Edana. Cuánto tiempo hasta volverte a encontrar. Se acercó a ella otro paso, Edana no retrocedió. Lo miró fijamente, luego a los hombres a su espalda que no sabían si debían quedarse o huir. —Mucho tiempo, André. Desde el día que escapaste como cobarde de esa habitación donde despedazaba a Vera. La sonrisa de André se hizo más amplia, sus ojos brillando con codicia, obsesión, algo enfermizo que no tenía nombre. —Ese fue un día trágico para todos. Vera se merecía más que eso. Matar a tu padre debió dolerte mucho. Yo aún sigo aquí, mi Luna, para consolarte y sacarte de este infierno. Una risa baja y hasta escalofriante hizo que todos dieran un paso atrás. Edana se burlaba frente a él, ladeando la cabeza. No parecía ella. No era ella en ese momento. Se sentía como en aquella cabaña desgastada y vieja, frente a los espías capturados. Cruel, fría, desprovista de la amabilidad que la caracterizaba. En ese momento, no estaban frente a Edana, estaban fren
Pov Narrador La brisa entra por las cuevas angostas y oscuras de la montaña. Arrastrando el aire frío del invierno que no toca esas tierras. Las fronteras eran las más secas, las más bastas. Todo aquel que las pisaba ya sabía que estaba cerca de la tierra de los lobos del fuego. Dentro de una de las camaras naturales, encadenado a una pared como una bestia salvaje, estaba Artem. Débil, respirando agitado, con la sangre saliendo de cada herida que le habían infligido por diversión. Sus ojos azul medianoche, con destellos dorados, miran las piedras de fuego, ya casi oscurecidas. Lo mantenían así, con la plata y el acónito corriendo por sus venas. Esa era la peor de las torturas que él sentía en su cuerpo. Pero el tiempo se agotaba, las piedras a su lado se lo decían. Ellos sabían que con Artem lúcido, sin todas esas trampas, ya hubiese acabado con todos ellos. Un poco más. Se repetía a pesar de su debilidad. Solo un poco más. Mientras tanto, en otra parte de la montaña, e
Pov Edana Esto no se parecía en nada a una manada estable y en pie como lo habían descrito sus hombres antes de llegar aquí. Ahora no era más que escombros, casas destruidas, como si hubiese sido abandonada hace años y no un par de días. El aire huele a muerte, cenizas y madera quemada. El suelo está cubierto de hollín negro y cuerpos incinerados que pertenecieron a los hombres Kaelor. —Aquí, señor. Fue el único rastro que conseguimos del general. Kaelor se acerca al lugar que le señalan, yo me mantengo alejada dejando que él sea quien reuna las pruebas. Pero algo dentro de mí se agita haciéndome ver el bosque quieto y silencioso que nos rodea. Es como si el peligro nos acechara, nos esperara, aguardando el momento para sacar sus garras. —Quiero a tres escuadrones moviéndose ahora. Rastreen el bosque circundante. Necesito saber las direcciones hacia donde se movieron. Muevanse ya. Sus guerreros se movieron rápido, dejando salir a sus Lycan e internandose en el bosque







