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95. Testigo

Autor: Fénix Vm
last update Data de publicação: 2026-09-25 01:29:46

Pov Edana

Esto no se parecía en nada a una manada estable y en pie como lo habían descrito sus hombres antes de llegar aquí.

Ahora no era más que escombros, casas destruidas, como si hubiese sido abandonada hace años y no un par de días.

El aire huele a muerte, cenizas y madera quemada. El suelo está cubierto de hollín negro y cuerpos incinerados que pertenecieron a los hombres Kaelor.

—Aquí, señor. Fue el único rastro que conseguimos del general.

Kaelor se acerca al lugar que le seña
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Último capítulo

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   98. Acorralados

    Pov Narrador Kaelor avanza por los túneles poco iluminados que parecen llevarlo una vez más, a un camino sin salida. Los sonidos llegan a él, sus hombres enfrentando a lobos de fuego en alguna de las entradas protegidas. Su impaciencia crecía, cada segundo que pasaba era un segundo que Artem no tenía. Zoira y Lili se habían quedado atrás, ella ya no podía seguir. Exigirle más cuando estaba tan débil y adolorida habría sido cruel. Es por eso que Cassius se quedó con ellas protegiéndolas junto con sus hombres. Sus sentidos ahora estaban divididos, entre los enemigos que puedan aparecer al frente y en Edana, que se había alejado mucho más allá de las montañas. Eso lo tenía un poco tranquilo, pensando que se había escondido de los ataques, del fuego que hace temblar las paredes de piedra amenazando con caerle encima. Vio el fuego brillar por otro camino angosto, un lobo de fuego viniendo hacia él con las fauces abiertas y las llamas extendiéndose por el suelo. —Siga, señ

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   97. Enfrentando el pasado

    Pov Narrador —Hola, Edana. Cuánto tiempo hasta volverte a encontrar. Se acercó a ella otro paso, Edana no retrocedió. Lo miró fijamente, luego a los hombres a su espalda que no sabían si debían quedarse o huir. —Mucho tiempo, André. Desde el día que escapaste como cobarde de esa habitación donde despedazaba a Vera. La sonrisa de André se hizo más amplia, sus ojos brillando con codicia, obsesión, algo enfermizo que no tenía nombre. —Ese fue un día trágico para todos. Vera se merecía más que eso. Matar a tu padre debió dolerte mucho. Yo aún sigo aquí, mi Luna, para consolarte y sacarte de este infierno. Una risa baja y hasta escalofriante hizo que todos dieran un paso atrás. Edana se burlaba frente a él, ladeando la cabeza. No parecía ella. No era ella en ese momento. Se sentía como en aquella cabaña desgastada y vieja, frente a los espías capturados. Cruel, fría, desprovista de la amabilidad que la caracterizaba. En ese momento, no estaban frente a Edana, estaban fren

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   96. La montaña

    Pov Narrador La brisa entra por las cuevas angostas y oscuras de la montaña. Arrastrando el aire frío del invierno que no toca esas tierras. Las fronteras eran las más secas, las más bastas. Todo aquel que las pisaba ya sabía que estaba cerca de la tierra de los lobos del fuego. Dentro de una de las camaras naturales, encadenado a una pared como una bestia salvaje, estaba Artem. Débil, respirando agitado, con la sangre saliendo de cada herida que le habían infligido por diversión. Sus ojos azul medianoche, con destellos dorados, miran las piedras de fuego, ya casi oscurecidas. Lo mantenían así, con la plata y el acónito corriendo por sus venas. Esa era la peor de las torturas que él sentía en su cuerpo. Pero el tiempo se agotaba, las piedras a su lado se lo decían. Ellos sabían que con Artem lúcido, sin todas esas trampas, ya hubiese acabado con todos ellos. Un poco más. Se repetía a pesar de su debilidad. Solo un poco más. Mientras tanto, en otra parte de la montaña, e

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   95. Testigo

    Pov Edana Esto no se parecía en nada a una manada estable y en pie como lo habían descrito sus hombres antes de llegar aquí. Ahora no era más que escombros, casas destruidas, como si hubiese sido abandonada hace años y no un par de días. El aire huele a muerte, cenizas y madera quemada. El suelo está cubierto de hollín negro y cuerpos incinerados que pertenecieron a los hombres Kaelor. —Aquí, señor. Fue el único rastro que conseguimos del general. Kaelor se acerca al lugar que le señalan, yo me mantengo alejada dejando que él sea quien reuna las pruebas. Pero algo dentro de mí se agita haciéndome ver el bosque quieto y silencioso que nos rodea. Es como si el peligro nos acechara, nos esperara, aguardando el momento para sacar sus garras. —Quiero a tres escuadrones moviéndose ahora. Rastreen el bosque circundante. Necesito saber las direcciones hacia donde se movieron. Muevanse ya. Sus guerreros se movieron rápido, dejando salir a sus Lycan e internandose en el bosque

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   94. Tus deseos son órdenes.

    Pov Edana Me despierto con un dolor furioso quemando mi espalda. Como si ya no fuera un solo cuchillo caliente intentando dibujar algo en ella si no miles. Solana no está diferente a mí, sus ojos brillan con el fuego en ellos, tiembla tanto como yo de dolor, gimiendo bajo, deseando que pase. Me incorporo despacio llegando al borde de la cama, siseando por el escozor de mi feminidad que, aunque no es tan intenso, es molesto. No me sorprendería en lo más mínimo, ese hombre es grande en más de un sentido. Y aún en medio del dolor, no puedo evitar sonreír como tonta. «Edana, duele» «Lo sé, solo... déjame llegar afuera» Miro la habitación, no hay señal de Kaelor. La desilusión me golpea, un dolor diferente me atraviesa el pecho porque él no se quedó. Intento ponerme de pie, las piernas apenas me sostienen y cuando pienso que voy a caerme, unos poderosos brazos me sostienen. —Amor, ¿qué haces? Quédate en la cama. —No... yo, necesito... necesito... Veo la nieve afuera

  • El Deseo Prohibido del Rey Lycan   93. Es una meztiza

    Pov Kaelor "Te amo" No podía dejar de escucharla. No era la primera vez que lo decía. Aquella vez también lo dijo, como un susurro suave que no deseaba ser escuchado, pero yo pude oírlo. La aprieto un poco más contra mí, enterrando mi naríz en su cabello, aspirando su aroma salvaje a lirios de fuego. Lo amaba, desde el primer segundo que lo olí se había quedado impregnado dentro de mí. Yo no la merecía. ¿Cómo podía ella amarme después de todo lo que había hecho? La había encadenado. Esa fue la decisión más cruel y desesperada que pude tomar por no perderla. Me aterraba la idea que ella me dejara. Que se alejara de mi lado. Que eligiera cualquier destino menos el nuestro. Ella podía hacerlo. Podía elegir no quedarse al lado de una bestia que vuelve a amar cuando pensó que jamás lo haría de nuevo. Pero mi manera de hacerlo no es suave, no es paciente, no es perfecta. Es como una tormenta que destruye todo a su paso, que posee sin pedir permiso, que reclama sin dar op

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