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SIETE SEGUNDOS

Author: S. Dal Santo
last update publish date: 2026-08-15 08:54:09

SIETE SEGUNDOS

[AMARA]

Siete segundos. Eso es todo lo que separa una noche normal de la certeza de que alguien quiere matarme.

—Señorita Bellori.

Levanto la vista del teléfono cuando Javier pronuncia mi nombre desde el asiento delantero. El automóvil acaba de detenerse frente a la entrada privada del edificio y, durante un instante, no entiendo por qué me mira a través del retrovisor.

—¿Qué?

—Llegamos.

Miro por la ventanilla y reconozco el acceso iluminado de la torre. Son casi las once de la noche y Brickell todavía parece incapaz de decidir si el lunes terminó o si simplemente debe continuar hasta convertirse en martes. Hay tráfico sobre la avenida, luces encendidas en edificios que deberían estar durmiendo y suficiente humedad en el aire para empañar ligeramente el cristal cuando abro la puerta.

—Perdón. Estaba leyendo un correo.

Javier sonríe.

—Eso nunca termina.

—No si trabajas con mi padre.

Salgo antes de que pueda abrirme la puerta. No necesito chofer, pero después de dos copas de vino durante una cena de trabajo prefiero aceptar una de las obsesiones de Dante Bellori antes que escuchar mañana un discurso sobre responsabilidad.

El teléfono vuelve a vibrar.

Luca: ¿Llegaste?

Sonrío mientras entro al lobby y respondo que acabo de hacerlo. Los tres puntos aparecen inmediatamente en la pantalla.

Luca: Podrías haber venido aquí.

Yo: Tengo reunión a las 7:30.

Luca: Precisamente. Te habría despertado temprano.

No puedo evitar reírme.

Yo: Esa es exactamente la razón por la que no fui.

Guardo el teléfono antes de que responda y saludo a Daniel, el hombre de recepción, que me conoce desde hace casi cinco años. Tengo el apartamento desde entonces y sigo utilizándolo menos de lo que imaginé cuando lo compré. La mayor parte del tiempo termino regresando a Cocoplum porque la oficina, los viajes y mi familia han convertido la mansión en el centro práctico de mi vida.

Pero algunas noches necesito distancia. De mi padre, de reuniones que continúan durante la cena, de empleados que me conocen desde que tenía quince años y, ocasionalmente, incluso de Luca. No porque no quiera estar con él. Después de cuatro años hemos aprendido que querer a alguien no significa necesitar compartir cada noche.

El ascensor está esperándome. Entro, pulso mi piso y apoyo la cabeza contra la pared durante unos segundos mientras las puertas se cierran. Mañana tengo tres reuniones antes del mediodía, una visita a una propiedad en Miami Beach y una videollamada con el equipo de Nueva York que probablemente podría haberse resuelto con dos correos.

Necesito dormir.

Cuando las puertas se abren, el pasillo está vacío. Camino hacia mi apartamento buscando las llaves dentro del bolso. La iluminación nocturna es tenue y el silencio resulta agradable después del restaurante lleno de gente del que acabo de salir.

Estoy a pocos pasos de la puerta cuando algo me hace detenerme.

No sé qué es exactamente. Una sensación, quizá. Miro alrededor, pero la puerta está cerrada, el corredor continúa vacío y detrás de mí las puertas del ascensor ya se han cerrado.

Suelto el aire mientras niego con la cabeza.

—Estás cansada, Amara.

Encuentro las llaves y avanzo otros dos pasos justo cuando escucho nuevamente el ascensor.

Me giro.

El indicador cambia de número hasta detenerse en mi piso y, cuando las puertas se abren, un hombre sale al corredor.

No lo reconozco. Lleva pantalones oscuros, una camisa azul y una gorra que proyecta suficiente sombra sobre su cara para impedirme distinguirla con claridad. No hay nada especialmente amenazante en él. Podría visitar a cualquiera de mis vecinos.

Sin embargo, no camina hacia ninguna puerta.

Me mira.

Una presión extraña se instala en mi estómago cuando mete la mano debajo de la camisa.

Todo ocurre demasiado rápido.

Veo el arma cuando ya la está levantando y mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza consiga comprender lo que ocurre.

Corro.

El primer disparo revienta algo detrás de mí. El sonido es tan brutal dentro del corredor que por un segundo no escucho absolutamente nada más. Mi bolso cae al suelo mientras intento llegar a la esquina que conduce hacia la escalera de emergencia, y un segundo disparo golpea la pared antes de que consiga alcanzarla.

Algo me roza el brazo.

Siento ardor, pero no me detengo.

Llego a la puerta de emergencia y tiro de ella.

No abre.

—¡Mierda!

Empujo la barra otra vez. Nada.

Escucho pasos detrás de mí y el miedo se convierte en algo mucho más primitivo cuando comprendo que está acercándose. No tengo tiempo para preguntarme por qué una puerta de emergencia está bloqueada. Golpeo la barra con todo mi peso y esta vez cede.

Entro en la escalera justo cuando escucho otro disparo. El impacto contra el metal me hace gritar y casi pierdo el equilibrio, pero consigo sujetarme de la barandilla y comienzo a bajar sin saber exactamente hacia dónde voy.

Un piso. Después otro.

Los tacones convierten cada escalón en una posibilidad real de romperme el cuello, así que me detengo apenas lo necesario para quitármelos y los abandono allí.

La puerta se abre varios pisos por encima de mí.

Me está siguiendo.

Sigo bajando. Mi respiración se vuelve dolorosa y siento el corazón golpeándome contra las costillas mientras intento recordar dónde están las salidas de esta maldita escalera.

Entonces escucho voces debajo.

—¡Policía! ¡Deténgase!

Me paralizo.

Hay más pasos, pero esta vez vienen de arriba y se alejan. Una puerta se abre violentamente contra la pared y comprendo que el hombre está saliendo de la escalera.

—¡Señorita Bellori!

Miro hacia abajo. Un guardia del edificio aparece dos pisos más abajo con el arma levantada.

—¡Soy yo!

—¡Quédese donde está!

Intento hacerlo, pero mis piernas deciden por mí. Termino sentándome en un escalón mientras alrededor comienzan a multiplicarse las voces por radio, los pasos corriendo, las puertas que se abren y órdenes que no consigo procesar.

Solo entonces miro mi brazo.

Hay sangre, aunque no demasiada. Un corte largo atraviesa la parte exterior y probablemente lo provocó algún fragmento de la pared cuando la bala impactó detrás de mí.

Estoy viva.

La certeza debería tranquilizarme. No lo consigue.

[…]

—Quiero irme.

—Amara.

—He dicho que quiero irme.

El paramédico termina de colocar el vendaje sobre mi brazo mientras mi padre camina de un lado a otro dentro de una sala privada del hospital.

No recuerdo haberlo visto llegar. Tampoco recuerdo exactamente cómo terminé aquí. Hay fragmentos: policías haciéndome preguntas, una ambulancia, alguien intentando limpiarme la sangre de la mano y después mi padre entrando por una puerta con el rostro completamente blanco.

Ahora son casi las dos de la mañana y Dante Bellori lleva treinta minutos intentando no perder el control.

Mi madre está sentada junto a mí y no ha soltado mi mano desde que llegó.

—Los médicos quieren observarte un poco más —dice.

—No me dispararon.

Bianca cierra los ojos.

—No vuelvas a decirlo de esa manera.

—Es la verdad.

—Tres balas —interviene mi padre.

Lo miro. Dante está frente a la ventana, todavía vestido con los pantalones de la cena y una camisa que se puso tan rápido que uno de los botones está mal abrochado.

—¿Qué?

—Disparó tres veces.

—Ya lo sé. Estaba allí.

—Tres veces en un pasillo cerrado, a menos de quince metros.

Mi madre aprieta mi mano.

—Dante.

—Quiero que entienda lo cerca que estuvo.

—Lo entiendo perfectamente.

Mi voz sale más fuerte de lo necesario y él finalmente se queda quieto.

No quiero pelear con mi padre. No esta noche.

La puerta se abre antes de que alguno pueda hablar y Luca entra.

Nunca lo había visto así. Lleva jeans, una camiseta gris y el cabello completamente desordenado. Sus ojos encuentran los míos y se detiene un instante, como si necesitara comprobar por sí mismo que sigo entera antes de cruzar rápidamente la habitación.

—Dios, Amara.

Me abraza.

El movimiento hace que me duela el brazo, pero no me importa. Escondo la cara contra su cuello y por primera vez desde el pasillo permito que el miedo llegue de verdad.

Luca me sostiene con fuerza.

—Estoy bien —murmuro.

—No vuelvas a decirme eso después de que alguien te dispare.

—Técnicamente, disparó hacia mí.

Se aparta para mirarme.

—No tiene gracia.

—Un poco.

No sonríe.

Le acaricio la cara.

—Estoy bien.

Esta vez no discute. Me besa la frente y se queda a mi lado antes de mirar a mi padre.

—¿Lo encontraron?

—No.

—¿Las cámaras?

—Estamos esperando.

La respuesta de Dante hace que levante la cabeza.

—¿Esperando qué?

Mi padre me mira.

—Información.

—¿Qué información?

—Amara, ahora no.

—Alguien acaba de intentar matarme. Creo que ahora es exactamente el momento.

Bianca intenta intervenir, pero no aparto los ojos de mi padre.

—¿Creen que esto tiene relación con la empresa?

—No sabemos nada todavía —contesta Dante.

Lo conozco demasiado bien para no detectar algo extraño en su voz. Mi padre puede mentir sin pestañear frente a una sala llena de empresarios, pero con sus hijos nunca ha sido tan bueno.

—Papá.

—No.

Frunzo el ceño.

—Ni siquiera te he preguntado nada.

—Pero sé lo que vas a preguntar.

—Entonces respóndeme.

Sus ojos se quedan sobre los míos.

—No sé quién era ese hombre.

El problema es que esa no era mi pregunta y él lo sabe.

Antes de que pueda decírselo, la puerta vuelve a abrirse y esta vez entra Alessandro. Mi hermano parece dispuesto a arrancarle la cabeza a alguien.

—¿Dónde está?

—Alessandro...

—Estoy bien.

Se acerca, me observa de arriba abajo y termina deteniéndose en el vendaje.

—Eso no parece bien.

—Es un corte.

Me abraza con más cuidado que Luca.

—Me vas a matar algún día.

—Parece que alguien intentó adelantarse.

—Amara —protesta mi madre.

—Está bien. Dejo los chistes sobre mi asesinato.

Alessandro se aparta, pero no sonríe. En lugar de eso, mira a nuestro padre y algo ocurre entre ellos. Es apenas una mirada que dura un par de segundos, pero Dante sostiene los ojos de Alessandro y mi hermano endurece la mandíbula.

Lo veo.

—¿Qué?

Alessandro vuelve hacia mí.

—¿Qué de qué?

—Eso que acaba de pasar.

—No sé de qué hablas.

—Acabas de mirar a papá.

—Es nuestro padre. Lo miro con frecuencia.

—Alessandro.

—Amara, son las dos de la mañana.

—Y hace tres horas un hombre intentó meterme una bala en la cabeza. Perdóname si esta noche estoy especialmente interesada en las conversaciones silenciosas de mi familia.

Nadie responde y el miedo que me ha acompañado durante toda la noche comienza lentamente a transformarse en otra cosa.

—¿Qué está pasando?

Mi madre se levanta.

—Cariño...

—No, mamá. Quiero saber por qué papá no parece sorprendido y por qué Alessandro entra aquí, me mira durante treinta segundos y después lo primero que hace es buscarlo a él.

—Estoy sorprendido —dice Dante.

—Estás furioso. No es lo mismo.

Su rostro cambia muy poco, pero lo suficiente.

Luca apoya una mano sobre mi pierna.

—Amara, quizá deberíamos esperar hasta mañana.

Lo miro.

—¿Tú también?

—Solo digo que acabas de pasar por algo terrible.

—Precisamente por eso quiero saber qué demonios está ocurriendo.

Mi padre se acerca a la cama.

—Mañana hablaremos.

—¿De qué?

—De seguridad.

—No necesito más seguridad.

—A partir de esta noche, sí.

Sé hacia dónde va la conversación antes de que termine de hablar.

—No vas a regresar al apartamento.

Me río porque durante un instante creo que bromea. Su expresión deja claro que no.

—Claro que voy a regresar.

—No mientras no sepamos quién hizo esto.

—No puedes decidir dónde vivo.

—Esta noche puedo.

—Tengo treinta y cuatro años.

—Y hace unas horas alguien esperó a que llegaras a tu piso para intentar matarte.

La palabra me silencia.

Esperó.

Miro a mi padre y repaso mentalmente lo que acaba de decir.

—¿Cómo sabes que estaba esperando?

Dante no responde.

Luca retira lentamente la mano de mi pierna. Alessandro desvía la mirada y mi madre palidece de una manera que hace que un escalofrío me recorra la espalda.

Hay algo que no me están diciendo.

Esta vez no necesito preguntarlo. Puedo verlo en los cuatro.

Mi padre mantiene los ojos sobre mí, pero ni siquiera intenta negarlo, y el miedo regresa con una intensidad diferente a la que sentí cuando vi aquella pistola apuntándome.

Porque el hombre del pasillo era un desconocido.

Las personas que están ocultándome por qué alguien quiere matarme son mi propia familia.

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