INICIAR SESIÓNMaksim Dragunov es el líder más temido de la mafia rusa: implacable, fiel a sus reglas y acostumbrado a que todo el mundo obedezca. Pero antes de tomar el mando definitivo, debe cumplir una última voluntad: encontrar una esposa. Katya Bieri construyó su vida lejos de todo peligro, dedicada a sus sueños y a la gente que ama. Jamás pensó que una entrega de postres cruzaría su camino con el hombre más imponente y peligroso que existe. En cuanto sus miradas se cruzaron, el destino ya estaba escrito: él la quiere a ella, y solo a ella. Ninguna barrera será suficiente, ni las mentiras, ni los secretos, ni el pasado que los une de la forma más cruel posible. Dos mundos opuestos, un secreto que podría destruirlos y un amor que nace donde solo debería haber odio. ¿Será posible amar a quien deberías odiar?
Ver másEl puerto de Kronstadt olía a sal, aceite y pólvora guardada. Bajo la luz fría de las farolas, decenas de cajas de metal pesado eran trasladadas con precisión: armas de alto calibre, munición y equipo de guerra, el negocio más importante del año para la organización Dragunov.
En el centro de todo, Olga Dragunova permanecía erguida, con su larga trenza rubia cayendo sobre el abrigo negro, sus ojos verdes escrutando cada movimiento con la frialdad de quien ha gobernado toda su vida. A su lado, Aleksandr Dragunov la superaba en altura y fuerza; cabello oscuro como la noche, ojos azules tan duros como el acero que manejaban, con una mano apoyada en el hombro de su esposa y la otra cerca de su arma. Los representantes de la familia Meier, los compradores suizos, contaban el dinero sin prisa pero sin pausa. Cuando terminaron, asintieron, se despidieron y sus vehículos se alejaron entre la niebla. —Todo listo —dijo Aleksandr, y su voz retumbó como un trueno lejano—. Regresamos a casa. Apenas arrancaron los primeros autos, la voz rasposa de uno de sus hombres estalló por los comunicadores: —¡EMBOSCADA! El estallido sacudió el suelo antes de que cualquiera pudiera reaccionar. No eran balas: misiles ligeros y cargas explosivas impactaron contra los vehículos de seguridad, haciéndolos estallar en llamas y metal retorcido. El caos se apoderó del lugar: disparos cruzados, gritos, el fuego iluminando los rostros tensos. Olga y Aleksandr respondieron al instante, disparando con precisión, cubriéndose mutuamente, mientras sus hombres luchaban por mantenerlos a salvo. Los chalecos antibalas les daban una falsa sensación de seguridad; una explosión directa o un disparo a quemarropa los reduciría a cenizas igual que a cualquiera. De pronto, Aleksandr entrevió el brillo del lente de un francotirador en un tejado cercano. El arma apuntaba directamente al pecho de Olga. Sin dudarlo ni un segundo, la empujó con toda su fuerza y se interpuso en su camino. El disparo le alcanzó en el costado, justo donde la protección no cubría. Olga gritó su nombre, intentando llegar a él, pero dos impactos más lo atravesaron sin piedad. El líder de los Dragunov cayó al suelo, y la vida se le escapó entre sus manos antes de que pudiera decir una última palabra. Los refuerzos llegaron minutos después, pero los atacantes ya habían huido. Se llevaron a Olga a empujones hacia un vehículo seguro, pero ella luchaba, llamando a su marido, con las manos manchadas de su sangre. Esa noche, el silencio más pesado y doloroso cayó sobre toda la organización. Al día siguiente, bajo un cielo gris que parecía llorar con ellos, enterraron a Aleksandr Dragunov. Los cuatro hijos estaban allí: Maksim, de dieciocho años, con la mirada fija en la tumba y la mandíbula tan tensa que dolía; Kirill, con los puños cerrados; y las pequeñas Ekaterina y Daria, abrazadas entre sí, llorando sin consuelo. Apenas terminó la ceremonia, un hombre se acercó a Olga y le entregó un sobre de cuero negro. Ella lo abrió con manos temblorosas de rabia, y al leer el contenido, su rostro se endureció como piedra. Horas más tarde, reunida con el consejo y los hombres de confianza, alzó la voz. —Pavel Morozov. Él fue quien vendió la información. Él mató a mi esposo. Se giró hacia su hijo mayor, y le clavó sus ojos verdes. —Maksim. Toma a los hombres más leales y veteranos. Ve al pueblo de Vysokoye. Trae a Pavel. Y a toda su descendencia. La ley es clara: la traición se paga con sangre. Y no quedará ni un solo cabo suelto. Esa misma tarde, una caravana de vehículos negros salió a toda velocidad hacia el norte. En la pequeña aldea de Vysokoye, Pavel Morozov irrumpió en su casa pálido y temblando, ordenando a su esposa Irina y a su hijo mayor Artem que recogieran lo indispensable en cuestión de minutos. —Nos vamos. Ahora —dijo, sin dar explicaciones. Su hija menor, Natalia, de apenas ocho años, sintió que el corazón se le rompía. No quería irse, no quería dejar a su mejor amiga. Mientras su madre y su hermano se apresuraban, ella se trepó por la ventana trasera y corrió a la casa de su amiga que quedaba a una cuadra de distancia, para despedirse en silencio. Cuando regresó minutos después, vio los vehículos negros estacionados frente a su puerta. Oyó la voz de su padre, llena de desesperación, y luego la voz de un joven, fría y firme como el hielo: era Maksim Dragunov, el muchacho de dieciocho años que había venido a cobrar la deuda. Pavel suplicó, ofreció su vida a cambio de la de su familia, pero nadie escuchó. Se llevaron a él, a su esposa y a su hijo a empujones, mientras otros hombres destruían la casa con furia. Natalia se quedó paralizada un instante, y el miedo más primitivo le cerró la garganta. Dio media vuelta y corrió, corrió sin rumbo, sin saber hacia dónde iba, mientras las lágrimas se mezclaban con el viento. Maksim llevó a los cautivos a un bosque aislado, lejos de cualquier mirada. Cumplió la orden: hizo justicia. Y para dejar clara su lealtad, mandó cortar la cabeza de Pavel y la guardó como prueba de lo hecho. De regreso en Moscú, se presentó ante su madre y le mostró lo que había traído. Pero al revisar los registros de la familia Morozov una vez más, Olga dio un paso atrás, con los ojos encendidos de ira. —¡Te faltó alguien! Pavel no tenía solo un hijo. Tenía una hija. La dejaste viva. Se acercó a él, y le dejó una marca con la hoja de su daga en las costillas, un recuerdo que le dolería para siempre. —Regresa a Vysokoye. Y encuentra a ese error que respira. En mi familia no hay espacio para los fallos. En las calles de la aldea, la tormenta estalló con furia. El viento aullaba y la lluvia golpeaba tan fuerte que casi no se veía nada. Natalia seguía corriendo, empapada, perdida, sin escuchar los autos que pasaban. De pronto, unas luces la cegaron. Un estruendo, un golpe seco... y todo se volvió oscuridad.Un aroma masculino, denso y delicioso inundó la habitación, y Katya abrió los ojos despacio. Maksim estaba de pie junto a la cama, recién bañado, el cabello aún húmedo peinado hacia atrás, impecable con una camisa blanca y pantalones oscuros. Su loción, lo impregnaba todo. Se veía tan guapo, tan imponente… y ella, en cambio, sentía que tenía el cabello revuelto y la cara hinchada de tanto dormir.—Buenos días, preciosa —le dijo con voz suave, acercándose.—Buenos días —trató de incorporarse, pero un dolor sordo en el bajo vientre la obligó a detenerse.—Despacio, Lastochka. Es normal que estés adolorida por lo que hicimos anoche y esta madrugada —una sonrisa traviesa se le formó en los labios al verla sonrojarse—. Me encanta ver tu carita así, toda encendida, pero no debes sentir vergüenza por desear a tu marido. Yo también te deseo. Y juro que si no fuera consciente de que necesitas descansar, te estaría haciendo el amor otra vez ahora mismo.Le besó la frente con ternura infinita, y
Las manos de Maksim recorrieron la piel desnuda de Katya con una mezcla de delicadeza y posesión absoluta, llenándola de caricias calientes que la hacían temblar de pies a cabeza. Se inclinó sobre ella, tomó sus pechos redondos y blancos entre sus manos, y lamió, succionó sus pezones erectos con una devoción que la hizo arquear la espalda y jadear. Mientras la llenaba de besos, un dedo grande y cálido descendió despacio entre sus piernas, explorando su intimidad, sensible, húmeda, ardiendo de deseo. No dejaba de susurrarle al oído palabras llenas de ternura y de un morbo que la volvía loca, frases que la hacían imaginar todo lo que estaba por venir.—Eres tan suave… tan mía… —susurró contra su piel—. Nadie te va a tocar así nunca. Nadie te va a conocer como yo te conozco. Eres mía, Katya. Cuerpo y alma.—Creo… creo que eres muy grande para mí —susurró ella, sintiendo cómo la cabeza de su miembro rozaba su entrada, la frotaba despacio de abajo hacia arriba, una y otra vez, y ese roce e
La primera semana en Italia fue un sueño del que ninguno de los dos quería despertar. Recorrieron Roma, Florencia, Venecia y Siena, y en cada ciudad Maksim parecía saber exactamente qué le gustaba antes de que ella lo pidiera. Era detallista hasta lo imposible: le apartaba el cabello del rostro antes de que probara bocado, le compraba flores frescas cada mañana, le explicaba la historia de cada plaza y cada catedral como si quisiera que ella amara este país tanto como él la amaba a ella. Comieron pasta fresca en trattorias escondidas, helado de pistacho en plazas antiguas, vino tinto toscano que él pedía por nombre y cosecha, y caminaron de la mano hasta que les dolían los pies.Una tarde, mientras paseaban por las calles empedradas de Florencia, él se detuvo frente a una tienda pequeña y antigua, de cristales empañados y puerta de bronce.—Entremos —le dijo, guiándola del brazo.Dentro, el aire olía a flores, madera y vainilla. Un hombre mayor los esperaba con una reverencia y le en
La tensión no había bajado en todo el día. Cada mirada, cada roce de sus manos, cada palabra que se dijeron en las calles de Roma llevaba cargada esa electricidad que los unía sin que pudieran evitarlo. Y esa noche, tras una cena tranquila y una película que apenas vieron, la atmósfera se volvió densa, cálida, inevitable. Fue Katya, con las mejillas encendidas y el corazón latiéndole desbocado, quien se acercó a él y le susurró casi sin voz:—¿Jugamos?Maksim no dudó ni un segundo. La atrajo hacia sí con suavidad, rozando sus labios con los de ella.—Juguemos, esposa mía. Pero advierto… no sé perder.Los besos empezaron lentos, dulces, explorándose con calma, pero pronto se volvieron ardientes, hambrientos, como si llevaran toda la vida esperando este momento. Uno a uno, fueron quitándose las prendas, despacio, sin prisa, cada prenda que caía era una barrera menos entre ellos. Quedaron finalmente solo en ropa interior, y Maksim no intentó ocultar lo mucho que la deseaba: la miraba con






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